¿Necesito un psicólogo?

¿Cuándo acudir a un psicólogo?, ¿me podría ayudar ir a un psicólogo?, ¿necesito la ayuda de un psicólogo?. Estas y otras preguntas similares son frecuentes cuando nos planteamos solicitar la ayuda de un profesional y, desgraciadamente, suelen aparecer a consecuencia de estar sufriendo un importante malestar psicológico, en muchos casos desde hace bastante tiempo.

Sin embargo, no dudamos tanto el pedir ayuda cuando estamos ante otras dificultades y contrariedades que se nos presentan en nuestra vida cotidiana, donde nos vemos obligados a tomar decisiones con prontitud. Pensemos en nuestra propia casa, cuando observamos una grieta, una humedad, un radiador que gotea o un problema eléctrico. Solemos actuar con celeridad ya que identificamos claramente el problema, y sabemos claramente hasta qué punto nuestros propios recursos son suficientes para resolverlo. Raramente permanece en el tiempo la pregunta: ¿llamo a un electricista? o ¿llamo al fontanero para que me revise la instalación?.

Pero no hacemos esto mismo con nuestra salud psicológica, lo que tiene que ver evidentemente con su mayor complejidad y con el intento que solemos hacer de resolver nuestros problemas nosotros mismos, convivir con ellos o esperar que desaparezcan por sí solos, o lo que es peor, soportarlos creyendo que necesariamente son parte de la vida misma. Algo es cierto, los problemas, las dificultades y el malestar psicológico son parte de la vida, como lo son las piedras que nos encontramos en un camino y nos hacen tropezar e incluso caer, pero no lo es creer que no podemos hacer nada al respecto, ya sea por nosotros mismos o contando con la ayuda de un psicólogo, ayuda que muchas veces llega cuando llevamos tiempo y tiempo soportando moratones y magulladuras, si no en el suelo sin levantarnos.

Nos cuesta reconocer que necesitamos ayuda. ¡Déjame, que yo puedo solo!, es otra de nuestras expresiones favoritas aún cuando demos muestras de que no es así y nosotros mismos estemos siendo conscientes. Puede ser impidiendo que nos ayuden a coger una caja, aún cuando a duras penas podemos levantarla de suelo, o cualquier otra situación ante la que tras diversos intentos fracasados seguimos diciendo, ¡déjame, que yo puedo! Creemos que los servicios de un psicólogo no son para nosotros. Inclusive existe, aunque cada vez menos, la idea de que el psicólogo es para cuando se está “loco”. El hecho de enfrentar los problemas y decidir consultar con un psicólogo ya denota un cambio de actitud y el buen comienzo en el camino de la recuperación, en caso de existir un trastorno o, simplemente, un intento de superar nuestras dificultades y fomentar nuestro crecimiento personal.

Entonces, ¿como saber si necesito consultar con un psicólogo?. Esta pregunta se resuelve tomando la temperatura a nuestro malestar. Si nos sentimos mal física, mental y/o emocionalmente, sin causas aparentes, llevamos un tiempo en esta situación y no podemos hacer frente a ella en solitario, entonces es un buen momento para consultar con un psicólogo. Cuando en nuestro vocabulario empiezan a instalarse expresiones como “no aguanto más”, “no puedo soportarlo” o “no sé qué hacer”, o ya no son frecuentes los momentos de calma, alegría y disfrute, y predominan más bien la tristeza, la angustia, el estrés, la amargura, la ira, el rencor, la insatisfacción, el desasosiego, la ansiedad, el miedo, la desesperanza… En definitiva, cuando hemos dejado de ser quienes éramos, y ni nuestros comportamientos, pensamientos ni emociones son los que eran. O si simplemente nos sentimos mal y eso nos afecta o afecta seriamente a las personas con las que nos relacionamos. Entonces es recomendable consultar con un especialista, con un psicólogo clínico.

Fernando Bermejo.

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Sentirse bien en soledad

El sentimiento de soledad no siempre es perjudicial. A veces las personas eligen destinar parte de su tiempo a realizar tareas en solitario. En este caso se trata de una soledad buscada que nada tiene que ver con sentimientos de tristeza, sino que puede ser muy gratificante porque fomenta el bienestar emocional. Se trata más bien de gozar de momentos de intimidad más que de soledad.

Cuando una persona decide disponer de tiempo para estar solo, se trata de alguien que disfruta de estar sin la compañía de los demás durante un tiempo limitado. Esto significa que se es capaz de estar sin otras personas, señal de autonomía e independencia. Cuando una persona tiene vínculos sanos y fuertes con las personas de su entorno está preparada para disfrutar de su intimidad, no sufre por estar sola porque sabe cuenta con personas cercanas que le aportan bienestar y a las que puede recurrir si lo desea.

La soledad deseada resulta recomendable para cualquiera. Todo el mundo debería reservar ciertos momentos de intimidad para uno mismo, donde es probable que se sienta una sensación cercana a la libertad, que a su vez puede inspirar el sosiego necesario para sobrellevar el estrés de la vida diaria. Más aún en la sociedad actual, en la que es difícil encontrar situaciones en las que se pueda disfrutar de dicha sensación de libertad, normalmente por falta de tiempo debido a las obligaciones diarias.

Sin embargo, hay muchas veces que la soledad no es deseada. Cuando la soledad no es deseada puede provocar emociones negativas que vienen motivadas por ser la soledad una circunstancia que la persona no ha elegido.

Cuando no se tienen vínculos con los demás o éstos son superficiales, suelen aparecer sentimientos de tristeza que afectan al estado de ánimo y que disminuyen la motivación para relacionarse. Aislarse socialmente no es, normalmente, un deseo. Hay personas que optan por no relacionarse en exceso pero desearían tener vínculos sociales satisfactorios, aunque algo les impide relacionarse con normalidad.

Normalmente se trata de individuos con falta de habilidades sociales o con miedo exagerado a estar con otras personas, lo que impide relacionarse y establecer relaciones íntimas. La soledad que no es deseada también puede producirse por un cambio repentino en el entorno, como ocurre con la ruptura de relaciones personales.

Como vemos, la soledad en sí misma no tiene un cariz negativo. Todo depende de si es elegida o no, lo que la provoca y cómo se vive.

Fernando Bermejo.

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Aceptarnos como somos: mirarnos a nosotros mismos

Casi todas las personas tenemos un ideal acerca de quién queremos ser, y como ocurre con todos los ideales, casi nunca coincide con la realidad. Esto en sí no es negativo ni sorprendente, pues esa diferencia entre lo ideal y la realidad ocurre en muchos órdenes de la vida. El problema aparece cuando esa diferencia desencadena una frustración que nos lleva a enfadarnos con nosotros mismos por no ser capaces de alcanzar aquello que perseguimos, y que erróneamente pensamos que nos haría sentirnos bien. El no vernos reflejados como creemos que nos gustaría ser nos puede llevar a sentirnos frustrados y a no gustarnos a nosotros mismos, o lo que es igual: no aceptar nuestros defectos, ni tampoco mirar ni valorar nuestras virtudes.Conviene aclarar que muchas veces entendemos que aceptarse es resignarse o conformarse. Nada más lejos de la realidad. Aceptarse es mirarse a sí mismo, y desde esa aceptación proponerse cambios, pero cambios realistas, o convivir activamente y de forma provechosa con quienes somos. Y esto no es resignarse.

Para poder aceptarnos es necesario dedicar un tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, pero no para agobiarnos con todo lo que deberíamos haber hecho o nos falta por hacer, dar vueltas a cualquier hecho que nos tiene preocupados o aislarnos con nuestras preocupaciones o pensamientos recurrentes. Más bien, para darnos un respiro de las preocupaciones y una tregua de las obligaciones, conectar con nuestra propia soledad y sentirnos y conocernos más y mejor. Y desde ahí, centrados en ese momento presente experienciar lo que estamos viviendo, pensando y sintiendo.

Y durante ese tiempo, se pueden agolpar los pensamientos, o nos vendrán de uno a uno, o puedo que no venga ninguno. A los pensamientos hay que dejarlos pasar, sin pararnos en cada uno de ellos, ni concederles interés. Y esto vale también para las emociones o para otras sensaciones. Al principio puede que ese tiempo incomode e inquiete, igual que la primera vez que compartimos un espacio y un tiempo con alguien a quien no conocemos. Pero debemos encontrar el gusto y el placer de disfrutar más de nuestra propia compañía, y valorarla más.

Fernando Bermejo.

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Los miedos infantiles

Miedo a un ruido fuerte, a quedarse solo en la habitación, a la oscuridad, a que mamá se vaya y no vuelva o, incluso, a seres sobrenaturales… En la infancia, estos miedos son muy habituales. La mayoría de los niños tienen algún tipo de miedo, pero sólo si llega a ser excesivo, poco razonable o se prolonga durante la vida adulta, puede favorecer el desarrollo de trastornos de ansiedad. Ante estos casos, es aconsejable acudir a un especialista.

El miedo es una de las emociones básicas. A los bebés les asustan los estruendos o las personas desconocidas, muchos niños entre tres y cinco años necesitan dormir con alguna luz encendida porque temen a la oscuridad y entre los seis y los ocho años es común el recelo a seres sobrenaturales. Algunos padres creen que sus hijos pueden sufrir un problema psicológico cuando estos les cuentan sus miedos. Sin embargo, es propio del desarrollo del pequeño pasar por etapas en las que estos temores adquieren protagonismo. Pero a medida que crecen los miedos remiten.

Es fundamental tomar en serio a los niños. En su mundo infantil, el miedo a la oscuridad puede ser muy desasosegante. Es necesario que el niño sepa que tiene derecho a sentir temor. No ayudan comentarios como «venga, no llores, que no pasa nada», ni intentar convencerle de forma racional. Se puede decir al niño que aunque la luz está apagada no va a pasar nada, pero es aconsejable, mientras se da la explicación, consolarle de alguna forma, con abrazos, besos, caricias, etc.

No es recomendable forzar al niño a que se enfrente al miedo de forma directa con la esperanza de que lo supere de manera inmediata. Si un niño teme la oscuridad, obligarle a dormir con la luz apagada aumentará su ansiedad, casi con toda probabilidad. Es preferible hacerlo de forma progresiva: primero dejar una noche todas las luces encendidas para, en noches sucesivas, reducir la iluminación si el niño está cada vez más tranquilo. Los padres, además, deben reaccionar con la máxima tranquilidad posible.

Los pequeños son muy sensibles a las reacciones emocionales de las personas importantes para ellos y pueden contagiarse de su miedo. Por este motivo, es muy importante que los padres moderen sus reacciones ante los miedos de sus hijos. De cualquier modo, ante temores muy frecuentes e intensos que afecten al rendimiento escolar o a la vida social del niño, es aconsejable acudir al experto.

Fernando Bermejo.

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Nuestros propósitos para el nuevo año

Con el inicio de cada año nos solemos proponer cambios en nuestra vida con la buena intención de sentirnos mejor con uno mismo. Con propositos, que no son lo mismo que la expresión de un deseo, nos referimos a metas que planeamos, a intenciones firmes cuya realización dependerá exclusivamente de nuestro empeño y acción al respecto.El principio de año suele ser propicio para que nos planteemos estas metas debido a que con el cambio de año y la vuelta de vacaciones, que supone el regreso a la rutina tras un periodo en el que hemos dado rienda suelta a lo que nos apetecía, sin exigirnos demasiado, llega el momento de pensar qué queremos ser y qué tenemos que hacer para conseguirlo.

Cuando hagamos nuestros propósitos para el año entrante, debemos hacerlo con confianza, esperanza y determinación. Debemos proponernos realizar aquello que en verdad estemos dispuestos a buscar y a esforzarnos para conseguirlo. No se trata de elaborar una lista interminable de metas, sino más bien de elegir tan sólo unos pocos, aquellos que nos sean de verdad deseados, necesarios y beneficiosos.

Los propósitos pueden ser formulados mediante alguno de los tradicionales rituales, como poner fecha, escribirlos en un papel, comunicarlos a nuestros allegados o comprometernos públicamente. O también pueden plantearse de manera íntima y personal, tan sólo pensando en ellos, con determinación, y visualizando la manera de convertirlos en realidad. Existen muchos tópicos entre los propósitos para el año nuevo que se repiten, no sólo año tras año sino también entre todas las personas, como perder peso, comer mejor, ir al gimnasio, dejar de fumar, tener una vida menos sedentaria, encontrar tiempo para realizar alguna actividad de ocio, quedar más con los amigos, mejorar el aspecto físico, dedicar más tiempo a la familia, trabajar menos horas, tener un hijo, etc. Todos estos propósitos son como contratos que firmamos con nosotros mismos y con nuestro bienestar.

Sin embargo, muchas veces estos propósitos se quedan tan solo en buenas intenciones, si los hacemos de una forma poco reflexiva al estar centrados en lo que nos gustaría ser o hacer, pero sin pensar demasiado si estos cambios se ajustan a nuestras posibilidades reales de conseguir los cambios que nos proponemos, o cuando los objetivos son variados o la elección estuvo guiada por el deseo de ajustarse a un ideal que poco tiene que ver con uno mismo. De modo que aunque es positivo plantearse objetivos e intentar crecer como personas, esto se puede volver en contra cuando nos proponemos cambios inalcanzables o que una vez alcanzados, dejan de tener valor para nosotros, ya que esto conducirá a la insatisfacción y a la sensación de fracaso.

Por tanto, cuando nos planteemos cambios para el año que comienza, conviene reflexionar seriamente en lo que de verdad deseamos alcanzar, ser realista y no proponernos algo que se escapa de nuestro alcance; encontrar satisfacción en el camino que lleve a alcanzar el objetivo y no que esta satisfacción provenga únicamente de su consecución, lo que nos llevaría a abandonar prematuramente; procurar que los cambios se conviertan en parte de un nuevo estilo de vida en lugar de que tengan un principio y un fin; y sobre todo, tener en cuenta que por muchos propósitos que nos hagamos, es muy posible que no lleguemos a ese “ideal”, y que un buen objetivo a incluir entre los propósitos del año nuevo es que aunque deseemos ciertos cambios y nos comprometamos para conseguirlos, intentemos querernos más, ser menos críticos con nosotros mismos, y fijarnos y valorar más como somos que lo que deseamos ser.

Feliz 2019.

Fernando Bermejo.

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