La importancia de las emociones positivas

Cada vez son más habituales las referencias que encontramos sobre la psicología positiva. Se trata de una rama reciente de la psicología que busca comprender desde un punto de vista científico, los procesos que subyacen a las cualidades y emociones positivas del ser humano. Tiene como objetivo aportar nuevos conocimientos de la mente humana no sólo para resolver los problemas psicológicos, sino también para incrementar la mayor calidad de vida y el bienestar de las personas. Esto va en contra de la tendencia natural y habitual de estudiar lo que amenaza el bienestar de las personas, y por tanto, centrarse en las emociones negativas y olvidar el valor de las positivas.

Experimentar emociones positivas es siempre algo agradable y placentero, y sus funciones vendrían a complementar las de las emociones negativas, de modo que ambas serían igualmente importantes desde un punto de vista adaptativo. De modo que de la misma manera que las emociones negativas nos ayudan de cara a nuestra supervivencia, por ejemplo, la ira nos prepara para el ataque o el miedo para huida, las emociones positivas nos hablan de cuestiones relativas con el desarrollo y crecimiento personal.

Si bien experimentar emociones negativas es algo inevitable y a la vez útil desde el punto de vista evolutivo, también es cierto que tales emociones se encuentran en el núcleo de muchos de los trastornos psicológicos. Aunque el interés por estudiarlas y manipularlas ha ayudado notablemente a disminuir el sufrimiento de muchas personas, no es suficiente y se necesita seguir mejorando la eficacia de los tratamientos psicológicos. Esto obliga a explorar nuevos caminos y en este sentido parece razonable proponer el posible papel de las emociones positivas en la prevención y el tratamiento de numerosos trastornos.

De hecho, podríamos decir que parte de la eficacia de muchas de las técnicas psicológicas ampliamente utilizadas se debe a que generan estados emocionales positivos o a que crean las condiciones adecuadas para que éstos aparezcan. Por ejemplo, la relajación que se utilizan en el tratamiento de los trastornos de ansiedad es eficaz porque, de alguna forma, fomenta sensaciones positivas de calma interior o de desconexión con el mundo. Algo parecido ocurre con la activación conductual o la programación de actividades placenteras para tratar trastornos como la depresión. Es obvio que realizar de actividades placenteras aumenta los niveles de reforzamiento positivo y hace más probable que aparezcan distintas emociones positivas, que vendrían a contrarrestar la presencia de las negativas.

En definitiva, con la Psicología Positiva nos encontramos una tendencia sugerente que no parte del malestar psicológico y se centra en el presente, en la vida cotidiana, pero desde un enfoque positivo, basándose en las potencialidades y las fortalezas, de cara a buscar el crecimiento personal y la felicidad. Se trata, por tanto, de alcanzar el bienestar psicológico introduciendo emociones positivas en nuestra vida, en lugar de evitando o eliminando las emociones negativas; se trata de sentirse bien y continuar sintiéndose bien, sin necesidad de haberse sentido mal.

Fernando Bermejo.

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Los peligros de la sobreprotección infantil

Hoy en día, es frecuente que muchos padres se sientan culpables por no poder pasar más tiempo con ellos, por cuestiones laborales, y se vuelquen de forma excesiva y sobreprotectora. Los padres sobreprotectores son aquellos que están de forma continua pendientes de evitar que sus hijos se expongan a situaciones conflictivas, angustiantes o dolorosas. Son quienes les hacen los deberes si ven que son incapaces, que toman decisiones que por edad ya deberían tomar sus niños, que dan todo lo que les piden para evitar que se frustren, los que no quieren que vayan de excursión o que se queden a dormir en casa de algún amigo, que no dan tareas del hogar, que no quieren separarse nunca de ellos, que disculpan cualquier error o travesura que cometan sus hijos… Con estas conductas de sobreprotección los padres consiguen calmar su angustia, pero puede ser una piedra en el camino para el desarrollo de sus hijos.

Numerosas investigaciones señalan que la sobreprotección puede ser un lastre para el desarrollo del niño y que, incluso, puede afectar de forma negativa y profunda al futuro adulto. Aunque no todos los pequeños reaccionarán igual ante un estilo relacional sobreprotector por parte de sus padres, muchos tendrán baja tolerancia a la frustración y una incapacidad para reconocer sus errores, serán inseguros con problemas para relacionarse con los demás, tendrán un desarrollo psicológico inferior a su edad o serán niños que siempre están aburridos o descontentos.

Los padres que sobreprotegen a sus hijos creen que, actuando como lo hacen, protegen a sus hijos de los sinsabores y las frustraciones de la vida. Pero, en realidad, consiguen el efecto contrario. Las emociones negativas, como la frustración, son su mejor entrenamiento. Durante los primeros años de vida, es necesario que los niños sientan que sus progenitores están para protegerles. De este modo, crecen con confianza para aventurarse a explorar el mundo. Pero, poco a poco, también deben equivocarse y sentirse frustrados o aburridos. Pequeños sinsabores que les ayudan a desarrollar una saludable tolerancia a la frustración. Ver sufrir a un hijo no es agradable. No obstante, el sufrimiento o la frustración son aspectos fundamentales en el desarrollo de los niños.

Los adultos pueden y deben proteger a sus hijos, pero no sobreprotegerles. Proteger significa dejar que estos se equivoquen o sufran pero que sientan que sus padres están para ayudarles. Por ejemplo, no hay que hacerles los deberes; son los escolares quienes deben hacerlos y, si no lo logran, pedir ayuda a sus padres. Y no hay que anticiparse a la frustración. Hay que esperar que el niño se equivoque o su frustre, de vez en cuando (sin poner en peligro su integridad física o psicológica), para que vaya madurando.

Fernando Bermejo.

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La importancia de la empatía

La habilidad para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar y responder correctamente a sus reacciones emocionales, se conoce como empatía.

La habilidad de experimentar emociones ajenas como si fuesen propias es la base de la empatía. Averiguar qué emociones alberga nuestro interlocutor, cuán fuertes son dichas emociones y qué las ha desencadenado puede parecer una labor de adivino, pero hay muchas personas que en un grado u otro pueden acometer esta tarea. No se trata sólo de ser simpáticos. Podemos invitar a alguien a tomar café, escuchar atentamente sus exposiciones y mostrarnos congruentes con su estado de ánimo, aliviando sus pesares o reforzando sus alegrías… Peros eso es sólo simpatía.

Si no entendemos las emociones que nuestro invitado expone hasta el punto de identificar su origen, no seremos capaces de cuadrar el círculo empático. La simpatía es un proceso puramente emocional, que tiene con la empatía la misma relación que puede tener un dibujo con el objeto que representa. La empatía involucra las emociones propias; sentimos lo que sienten los demás porque compartimos los mismos sentimientos; no captamos solamente la emoción ajena, la sentimos propia y la razonamos con nuestra propia razón. Incluye perspectivas, pensamientos, deseos o creencias que importamos de quien está sentado ante nosotros.

La mayoría de nosotros habla prestando más atención a las propias emociones que a lo que nos dicen las emociones de los demás; escuchamos pensando en lo que vamos a decir nosotros a continuación, o pensando en qué tipo de experiencias propias podemos aportar a la situación. Aprender a escuchar supone enfocar toda la atención hacia el otro cuando habla, dejar de pensar en lo que queremos decir o en lo que nosotros haríamos en su lugar. Las personas con gran capacidad de empatía son capaces de sincronizar su lenguaje no verbal al de su interlocutor. Son capaces de interpretar indicaciones no verbales por medio de cambios en los tonos de voz, gestos o movimientos que realizamos inconscientemente pero que proporcionan gran cantidad de información.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que un exceso de empatía puede también suponer un problema. Una persona tremendamente empática vive expuesta a un complejo universo de información emocional, dolorosa y puede que intolerable, que los demás simplemente no perciben. Los muy empáticos triunfan en labores de enseñanza, asistencia sanitaria o ventas, pero también deben hacer frente a una constante fuente de estrés.

Fernando Bermejo.

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Nuestros propósitos para el nuevo año

Con el inicio de cada año nos solemos proponer cambios en nuestra vida con la buena intención de sentirnos mejor con uno mismo. Con propositos, que no son lo mismo que la expresión de un deseo, nos referimos a metas que planeamos, a intenciones firmes cuya realización dependerá exclusivamente de nuestro empeño y acción al respecto.El principio de año suele ser propicio para que nos planteemos estas metas debido a que con el cambio de año y la vuelta de vacaciones, que supone el regreso a la rutina tras un periodo en el que hemos dado rienda suelta a lo que nos apetecía, sin exigirnos demasiado, llega el momento de pensar qué queremos ser y qué tenemos que hacer para conseguirlo.

Cuando hagamos nuestros propósitos para el año entrante, debemos hacerlo con confianza, esperanza y determinación. Debemos proponernos realizar aquello que en verdad estemos dispuestos a buscar y a esforzarnos para conseguirlo. No se trata de elaborar una lista interminable de metas, sino más bien de elegir tan sólo unos pocos, aquellos que nos sean de verdad deseados, necesarios y beneficiosos.

Los propósitos pueden ser formulados mediante alguno de los tradicionales rituales, como poner fecha, escribirlos en un papel, comunicarlos a nuestros allegados o comprometernos públicamente. O también pueden plantearse de manera íntima y personal, tan sólo pensando en ellos, con determinación, y visualizando la manera de convertirlos en realidad. Existen muchos tópicos entre los propósitos para el año nuevo que se repiten, no sólo año tras año sino también entre todas las personas, como perder peso, comer mejor, ir al gimnasio, dejar de fumar, tener una vida menos sedentaria, encontrar tiempo para realizar alguna actividad de ocio, quedar más con los amigos, mejorar el aspecto físico, dedicar más tiempo a la familia, trabajar menos horas, tener un hijo, etc. Todos estos propósitos son como contratos que firmamos con nosotros mismos y con nuestro bienestar.

Sin embargo, muchas veces estos propósitos se quedan tan solo en buenas intenciones, si los hacemos de una forma poco reflexiva al estar centrados en lo que nos gustaría ser o hacer, pero sin pensar demasiado si estos cambios se ajustan a nuestras posibilidades reales de conseguir los cambios que nos proponemos, o cuando los objetivos son variados o la elección estuvo guiada por el deseo de ajustarse a un ideal que poco tiene que ver con uno mismo. De modo que aunque es positivo plantearse objetivos e intentar crecer como personas, esto se puede volver en contra cuando nos proponemos cambios inalcanzables o que una vez alcanzados, dejan de tener valor para nosotros, ya que esto conducirá a la insatisfacción y a la sensación de fracaso.

Por tanto, cuando nos planteemos cambios para el año que comienza, conviene reflexionar seriamente en lo que de verdad deseamos alcanzar, ser realista y no proponernos algo que se escapa de nuestro alcance; encontrar satisfacción en el camino que lleve a alcanzar el objetivo y no que esta satisfacción provenga únicamente de su consecución, lo que nos llevaría a abandonar prematuramente; procurar que los cambios se conviertan en parte de un nuevo estilo de vida en lugar de que tengan un principio y un fin; y sobre todo, tener en cuenta que por muchos propósitos que nos hagamos, es muy posible que no lleguemos a ese “ideal”, y que un buen objetivo a incluir entre los propósitos del año nuevo es que aunque deseemos ciertos cambios y nos comprometamos para conseguirlos, intentemos querernos más, ser menos críticos con nosotros mismos, y fijarnos y valorar más como somos que lo que deseamos ser.

Feliz 2019.

Fernando Bermejo.

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La utilidad del mindfulness

Mindfulness es un término que no tiene traducción al castellano, aunque a veces lo encontramos como atención o conciencia plena. Con independencia del término que se utilice, consiste en centrarse en el momento presente, en el aquí y el ahora, de forma activa y reflexiva, siendo consciente de lo que se está haciendo, sintiendo o pensando. Constituye una experiencia en la que se trata de prestar atención y observar sin emitir juicios, aceptando dicha experiencia tal como se produce. En definitiva, una atención y conciencia ausente de crítica, abierta y no valorativa.

Como decíamos, el mindfulness implica centrarse en el momento actual, sentir las cosas tal como ocurren, sin pretender su control, aceptando las experiencias, sentimientos y sensaciones tal como suceden. También requiere la apertura a la experiencia y los hechos, a los aspectos perceptivos y emocionales por encima de su interpretación, sin dejarse llevar por la multitud de pensamientos que asaltan la mente, y evitando que tales pensamientos deformen lo que se ve y se siente, que interfieran o sustituyan lo real, falsificando o encorsetando la experiencia en base a los esquemas del pensamiento.

Otro aspecto novedoso que incluye el mindfulness es la aceptación, sin emitir juicios ni análisis, de la experiencia. Es decir, prestar atención y aceptar la experiencia sin realizar ninguna valoración, como algo natural y normal, con independencia de su valor positivo o negativo, de su agrado o desagrado. Sin rechazar el malestar psicológico, sin intentar controlarlo ni reducirlo. Y decimos que esto es novedoso al alejarse de la pretensión inicial de quien busca ayuda psicológica: evitar o eliminar el malestar y huir de aquello que lo provoca.

Con el mindfulness no se pretende el control directo de las sensaciones ni emociones, sino experimentarlas tal como ocurren. Es decir, no se busca controlar o reducir el malestar, el miedo, la ira o la ansiedad, sino que al experimentarlos, puedan actuar los mecanismos de regulación emocional y fisiológica, pero de un modo indirecto. Esto es también novedoso respecto a las estrategias psicológicas habitualmente utilizadas que pretenden el control de la ansiedad o de la ira, la eliminación los pensamientos negativos, el control de la excitación sexual, la reducción de la activación, controlar las sensaciones fisiológicas desagradables, etc.

En cuanto a su utilidad, en la actualidad muchos psicólogos clínicos están mostrando su interés por las técnicas mindfulness, que han sido integradas en el tratamiento de una gran variedad de trastornos psicológicos. Actualmente existen programas diseñados para varias aplicaciones que incluyen el mindfulness como un conjunto de habilidades que pueden ser aprendidas y practicadas para reducir los problemas psicológicos e incrementar la salud y el bienestar. Entre ellos, trastornos de ansiedad, depresión, trastornos de la alimentación, estrés relacionado con el cáncer, dolor crónico, etc.

En definitiva, esta es una muestra más de cómo los tratamientos psicológicos se pueden enriquecer de nuevas estrategias de intervención. Pero previamente, dichas estrategias tienen que ser investigadas y conocidas, no sólo entre los profesionales sino entre la población general. Este es el objetivo de estas líneas, contribuir a que las personas que soliciten ayuda psicológica conozcan mejor las posibilidades y utilidad de esta técnica.

Fernando Bermejo.

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La fiesta de Halloween: una forma de enfrentarnos a nuestros miedos más primitivos

La fiesta de Halloween, aparte de su carácter lúdico, es también una forma de enfrentarnos a los miedos más ancestrales del hombre, como la muerte o los espíritus que vuelven al mundo de los vivos, burlándonos de todo ello durante una noche y convirtiéndolo en una diversión macabra. Este es el secreto del éxito de Halloween, que nos permite entrar en contacto con nuestros miedos y, de forma controlada, burlarnos y reírnos de ellos. Todo esto, ridiculizar a la muerte y reírse de los miedos humanos, es positivo. Además, experimentar miedo es a veces muy divertido y es una sensación que resulta muy estimulante para muchas personas. Si no, difícil explicación tendría el gusto que muchas personas tienen por las películas de terror.

Sin embargo, la vivencia de esta celebración puede ser bien distinta para unos y otros. En el caso de los niños, Halloween siempre se ha relacionado con grupos de niños que, ataviados con los disfraces más terroríficos, van de casa en casa pidiendo que les den dulces y caramelos. Sin embargo, a algunos niños Halloween les despierta otras sensaciones bien distintas, ya que los disfraces típicos de esta celebración (fantasmas, vampiros, esqueletos o brujas), les provocan un miedo tan intenso que, en los casos más extremos, puede llevar a provocarles una fobia severa.

Incluso existen datos que indican que alrededor de un 1% de los niños tienen fobia a los disfraces, y no solo a los más terroríficos. Aunque el miedo a los disfraces es una respuesta que en mayor o menor medida la mayoría de los niños han experimentado en algún momento, a veces el problema se agrava. En estos casos, los niños con fobia a los disfraces suelen negarse a acudir a celebraciones o eventos dónde haya personas disfrazadas, lo que puede interferir de manera importante en la vida social de estos niños.

Para los adultos, aunque la festividad de Halloween puede verse como una buena oportunidad para disfrutar con la familia y los amigos, también hay personas que sufren una verdadera fobia a Halloween, y a todos aquellos elementos relacionados con esa noche de terror: la oscuridad, la sangre, la muerte, los cementerios, los espíritus, el más allá… Esto nos enseña que lo que para muchas personas es divertido, para otras puede implicar situaciones en la que se sientan verdaderamente incómodas.

De modo que tengamos en cuenta las sensaciones tan distintas que Halloween puede despertar, y tomemos la versión más lúdica de esta celebración. Aprovechemos también la oportunidad que nos ofrece de acercarnos a aquello que nos causa tanto desasosiego, e incluso, angustia o terror, como la muerte, las tinieblas, la oscuridad, los espíritus que vuelven a la vida… En definitiva, con miedos que van inexorablemente unidos al hombre y que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.

Fernando Bermejo.

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