Sentirse bien en soledad

El sentimiento de soledad no siempre es perjudicial. A veces las personas eligen destinar parte de su tiempo a realizar tareas en solitario. En este caso se trata de una soledad buscada que nada tiene que ver con sentimientos de tristeza, sino que puede ser muy gratificante porque fomenta el bienestar emocional. Se trata más bien de gozar de momentos de intimidad más que de soledad.

Cuando una persona decide disponer de tiempo para estar solo, se trata de alguien que disfruta de estar sin la compañía de los demás durante un tiempo limitado. Esto significa que se es capaz de estar sin otras personas, señal de autonomía e independencia. Cuando una persona tiene vínculos sanos y fuertes con las personas de su entorno está preparada para disfrutar de su intimidad, no sufre por estar sola porque sabe cuenta con personas cercanas que le aportan bienestar y a las que puede recurrir si lo desea.

La soledad deseada resulta recomendable para cualquiera. Todo el mundo debería reservar ciertos momentos de intimidad para uno mismo, donde es probable que se sienta una sensación cercana a la libertad, que a su vez puede inspirar el sosiego necesario para sobrellevar el estrés de la vida diaria. Más aún en la sociedad actual, en la que es difícil encontrar situaciones en las que se pueda disfrutar de dicha sensación de libertad, normalmente por falta de tiempo debido a las obligaciones diarias.

Sin embargo, hay muchas veces que la soledad no es deseada. Cuando la soledad no es deseada puede provocar emociones negativas que vienen motivadas por ser la soledad una circunstancia que la persona no ha elegido.

Cuando no se tienen vínculos con los demás o éstos son superficiales, suelen aparecer sentimientos de tristeza que afectan al estado de ánimo y que disminuyen la motivación para relacionarse. Aislarse socialmente no es, normalmente, un deseo. Hay personas que optan por no relacionarse en exceso pero desearían tener vínculos sociales satisfactorios, aunque algo les impide relacionarse con normalidad.

Normalmente se trata de individuos con falta de habilidades sociales o con miedo exagerado a estar con otras personas, lo que impide relacionarse y establecer relaciones íntimas. La soledad que no es deseada también puede producirse por un cambio repentino en el entorno, como ocurre con la ruptura de relaciones personales.

Como vemos, la soledad en sí misma no tiene un cariz negativo. Todo depende de si es elegida o no, lo que la provoca y cómo se vive.

Fernando Bermejo.

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Nuestros propósitos para el nuevo año

Con el inicio de cada año nos solemos proponer cambios en nuestra vida con la buena intención de sentirnos mejor con uno mismo. Con propositos, que no son lo mismo que la expresión de un deseo, nos referimos a metas que planeamos, a intenciones firmes cuya realización dependerá exclusivamente de nuestro empeño y acción al respecto.El principio de año suele ser propicio para que nos planteemos estas metas debido a que con el cambio de año y la vuelta de vacaciones, que supone el regreso a la rutina tras un periodo en el que hemos dado rienda suelta a lo que nos apetecía, sin exigirnos demasiado, llega el momento de pensar qué queremos ser y qué tenemos que hacer para conseguirlo.

Cuando hagamos nuestros propósitos para el año entrante, debemos hacerlo con confianza, esperanza y determinación. Debemos proponernos realizar aquello que en verdad estemos dispuestos a buscar y a esforzarnos para conseguirlo. No se trata de elaborar una lista interminable de metas, sino más bien de elegir tan sólo unos pocos, aquellos que nos sean de verdad deseados, necesarios y beneficiosos.

Los propósitos pueden ser formulados mediante alguno de los tradicionales rituales, como poner fecha, escribirlos en un papel, comunicarlos a nuestros allegados o comprometernos públicamente. O también pueden plantearse de manera íntima y personal, tan sólo pensando en ellos, con determinación, y visualizando la manera de convertirlos en realidad. Existen muchos tópicos entre los propósitos para el año nuevo que se repiten, no sólo año tras año sino también entre todas las personas, como perder peso, comer mejor, ir al gimnasio, dejar de fumar, tener una vida menos sedentaria, encontrar tiempo para realizar alguna actividad de ocio, quedar más con los amigos, mejorar el aspecto físico, dedicar más tiempo a la familia, trabajar menos horas, tener un hijo, etc. Todos estos propósitos son como contratos que firmamos con nosotros mismos y con nuestro bienestar.

Sin embargo, muchas veces estos propósitos se quedan tan solo en buenas intenciones, si los hacemos de una forma poco reflexiva al estar centrados en lo que nos gustaría ser o hacer, pero sin pensar demasiado si estos cambios se ajustan a nuestras posibilidades reales de conseguir los cambios que nos proponemos, o cuando los objetivos son variados o la elección estuvo guiada por el deseo de ajustarse a un ideal que poco tiene que ver con uno mismo. De modo que aunque es positivo plantearse objetivos e intentar crecer como personas, esto se puede volver en contra cuando nos proponemos cambios inalcanzables o que una vez alcanzados, dejan de tener valor para nosotros, ya que esto conducirá a la insatisfacción y a la sensación de fracaso.

Por tanto, cuando nos planteemos cambios para el año que comienza, conviene reflexionar seriamente en lo que de verdad deseamos alcanzar, ser realista y no proponernos algo que se escapa de nuestro alcance; encontrar satisfacción en el camino que lleve a alcanzar el objetivo y no que esta satisfacción provenga únicamente de su consecución, lo que nos llevaría a abandonar prematuramente; procurar que los cambios se conviertan en parte de un nuevo estilo de vida en lugar de que tengan un principio y un fin; y sobre todo, tener en cuenta que por muchos propósitos que nos hagamos, es muy posible que no lleguemos a ese “ideal”, y que un buen objetivo a incluir entre los propósitos del año nuevo es que aunque deseemos ciertos cambios y nos comprometamos para conseguirlos, intentemos querernos más, ser menos críticos con nosotros mismos, y fijarnos y valorar más como somos que lo que deseamos ser.

Feliz 2019.

Fernando Bermejo.

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Tengo ataques de pánico

¿Has tenido alguna vez una crisis de ansiedad?, ¿sabes qué es un ataque de pánico?, ¿alguna vez has sentido tu corazón ir tan deprisa que parecía que quería salirse del pecho?. Si alguna vez te ha sucedido esto, sabrás que entonces respirar se hace muy difícil, la sensación de ahogo es cada vez más acuciante y en muchas ocasiones nos lleva a pensar que nos estamos muriendo.

Lo que se siente en un ataque de pánico es un miedo muy grande a la muerte y/o a la locura, unido a otros síntomas como dolor en el pecho, taquicardia, respiración entrecortada, sensación de ahogo, mareo, escalofríos, sudores, temblores o sacudidas, hormigueos en piernas y brazos, confusión y pérdida de la noción de la realidad. Estos ataques duran apenas unos minutos, pero los síntomas son tan acusados que causan un impacto y sufrimiento enorme.  Todas estas sensaciones físicas y todos los pensamientos de muerte y de pérdida de control que las acompañan suceden a gran velocidad, y en pocos segundos se pasa de estar bien a sentir que te estás muriendo.

Las causas de los ataques de pánico pueden ser muy variadas: posibles factores estresantes (divorcio o separación, estrés laboral, muerte o enfermedad de una persona allegada, enfermedades importantes, problemas económicos…), ansiedad tónica elevada, susceptibilidad a la ansiedad, nivel elevado de actividad, problemas médicos (cardiovasculares, endocrinos, neurológicos…), ejercicio, fatiga,  falta de sueño, ciertos medicamentos, etc. En otros casos son consecuencia del consumo excesivo de cafeína, nicotina, marihuna, cocaína, anfetaminas o estimulantes; abuso de alcohol o de alucinógenos, etc.

Es un trastorno mucho más frecuente de lo que se cree, que interfiere notablemente en la vida de las personas que lo padecen. En cuanto al tratamiento, sus objetivos están dirigidos a eliminar o reducir las conductas de evitación de las situaciones relacionadas con el pánico, los pensamientos catastróficos, los ataques de pánico, la preocupación por ataques de pánico futuros, el miedo y evitación de sensaciones fisiológicas, etc. Afortunadamente, existen en la actualidad tratamientos que han demostrado su eficacia en diversos estudios clínicos, mostrando unas elevadas tasas de recuperación. Esto sitúa al trastorno de pánico en una patología cuyo pronóstico, siempre y cuando se reciba el tratamiento adecuado, es uno de los más favorables entre los trastornos psicológicos.

En cuanto al tratamiento, se suelen utilizar la respiración diafragmática, técnicas de distracción, reestructuración cognitiva (para que la persona aprenda a identificar y cuestionar los pensamientos negativos y realizar atribuciones más objetivas sobre sus sensaciones fisiológicas), técnicas de decatastrofización (para cambiar la interpretación catastrofista que se suele hacer de las respuestas de ansiedad o de las situaciones que las provocan), exposición controlada a los estímulos externos o internos que provocan los ataques de pánico, exposición y prevención de respuesta (para neutralizar las conductas que evitan la ansiedad o permiten que se escape de ella), etc.

Fernando Bermejo.

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La fiesta de Halloween: una forma de enfrentarnos a nuestros miedos más primitivos

La fiesta de Halloween, aparte de su carácter lúdico, es también una forma de enfrentarnos a los miedos más ancestrales del hombre, como la muerte o los espíritus que vuelven al mundo de los vivos, burlándonos de todo ello durante una noche y convirtiéndolo en una diversión macabra. Este es el secreto del éxito de Halloween, que nos permite entrar en contacto con nuestros miedos y, de forma controlada, burlarnos y reírnos de ellos. Todo esto, ridiculizar a la muerte y reírse de los miedos humanos, es positivo. Además, experimentar miedo es a veces muy divertido y es una sensación que resulta muy estimulante para muchas personas. Si no, difícil explicación tendría el gusto que muchas personas tienen por las películas de terror.

Sin embargo, la vivencia de esta celebración puede ser bien distinta para unos y otros. En el caso de los niños, Halloween siempre se ha relacionado con grupos de niños que, ataviados con los disfraces más terroríficos, van de casa en casa pidiendo que les den dulces y caramelos. Sin embargo, a algunos niños Halloween les despierta otras sensaciones bien distintas, ya que los disfraces típicos de esta celebración (fantasmas, vampiros, esqueletos o brujas), les provocan un miedo tan intenso que, en los casos más extremos, puede llevar a provocarles una fobia severa.

Incluso existen datos que indican que alrededor de un 1% de los niños tienen fobia a los disfraces, y no solo a los más terroríficos. Aunque el miedo a los disfraces es una respuesta que en mayor o menor medida la mayoría de los niños han experimentado en algún momento, a veces el problema se agrava. En estos casos, los niños con fobia a los disfraces suelen negarse a acudir a celebraciones o eventos dónde haya personas disfrazadas, lo que puede interferir de manera importante en la vida social de estos niños.

Para los adultos, aunque la festividad de Halloween puede verse como una buena oportunidad para disfrutar con la familia y los amigos, también hay personas que sufren una verdadera fobia a Halloween, y a todos aquellos elementos relacionados con esa noche de terror: la oscuridad, la sangre, la muerte, los cementerios, los espíritus, el más allá… Esto nos enseña que lo que para muchas personas es divertido, para otras puede implicar situaciones en la que se sientan verdaderamente incómodas.

De modo que tengamos en cuenta las sensaciones tan distintas que Halloween puede despertar, y tomemos la versión más lúdica de esta celebración. Aprovechemos también la oportunidad que nos ofrece de acercarnos a aquello que nos causa tanto desasosiego, e incluso, angustia o terror, como la muerte, las tinieblas, la oscuridad, los espíritus que vuelven a la vida… En definitiva, con miedos que van inexorablemente unidos al hombre y que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.

Fernando Bermejo.

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La separación y el divorcio: efectos en la pareja y en los hijos

Tanto la separación como el divorcio producen en la pareja una gran sensación de fracaso. Aunque al principio pueda aparecer cierta sensación de liberación por haber tomado la decisión o por haber decidido solucionar un problema que ya resultaba insoportable, pronto se presenta la duda, la sensación de haber fallado, la culpa, el desasosiego y un profundo sentimiento de pérdida. También el propio entorno se siente desorientado ante una situación de ruptura. Casi nadie sabe qué hacer ni qué es lo más conveniente. De este modo, podríamos decir que sus consecuencias negativas a corto plazo superan con creces a las positivas.

La separación y el divorcio suponen la ruptura de un equilibrio y conlleva el sufrimiento para la pareja. Constituyen acontecimientos vitales que generan un proceso de duelo, aunque pocas veces los dos cónyuges lo viven de forma parecida. Muchas veces uno vive la ruptura como un paso adelante y el otro como un paso atrás, pero para los dos es un proceso de pérdida que tendrán que superar y donde muchas emociones van a entremezclar. La rabia que se mezcla con la nostalgia y la pena inicial, para más tarde dejar paso a la melancolía, la desesperanza y el desamor. Y a todas éstas pueden añadirse otras como el odio, la rivalidad, los celos, la envidia y la necesidad o el deseo de controlar al otro.

El dolor por la separación o el divorcio no es solo para la pareja, ya que ocasiona también un importante sufrimiento a los hijos. Los cambios que siguen a la separación o el divorcio son muy estresantes para la mayoría de los hijos, aunque existen diversos factores que influyen notablemente en la adaptación a la nueva situación (el nivel de conflictividad entre los padres, la edad de los hijos en el momento de la separación o el divorcio, la calidad de la relación con el progenitor con el que viva, las nuevas parejas y relaciones de los padres, el sexo del hijo, etc.).

Los hijos que han vivido el divorcio de sus padres suelen manifestar un mayor número de problemas de comportamiento y psicológicos, más trastornos psicopatológicos, mayor desadaptación social y una disminución de los logros académicos. Al contrario, un factor que protege de estos efectos es que los padres mantengan sus funciones parentales de manera satisfactoria a pesar de su ruptura.

Para favorecer la adaptación de los hijos y reducir los efectos psicológicos en situaciones de separación o divorcio son necesarias varias tareas. Los niños deben reconocer y aceptar la ruptura, lo que implica entender qué quiere decir el divorcio y aceptar las realidades que conlleva. Es importante que puedan continuar con sus actividades cotidianas, a pesar de que el divorcio en muchos casos supone la pérdida de las rutinas familiares diarias y de la estabilidad hasta ahora conocida.

También son muchas las emociones a las que los hijos habrán de sobreponerse, entre ellas, el sentimiento de rechazo, humillación e impotencia que provoca la partida de un progenitor, o la rabia contra los padres y la autoculpabilización. A esto último contribuye que el divorcio representa una decisión voluntaria de al menos uno de los miembros de la pareja, lo que hace que los niños sean conscientes de que no es inevitable y entiendan que su causa verdadera es la falta de ganas o el fracaso de mantener el matrimonio. Por ello, los niños, e incluso los adolescentes, no creen que el divorcio no tenga culpables, culpando a uno o a los dos padres o a sí mismos, sobre todo los niños pequeños.

Otra tarea necesaria para los hijos es aceptar que el divorcio es definitivo, luchando con las esperanzas de restablecer la familia tal como estaba y con las fantasías de reconciliación. El hecho que ambos padres tengan cierto contacto y que el divorcio sea percibido como evitable, favorece y alimenta las fantasías de reconciliación.

En definitiva, a pesar del intenso dolor que puede sentir uno o los dos miembros de la pareja que se rompe, el dolor puede superarse si se asume la pérdida y se resuelve favorablemente el duelo que le sigue. Por otro lado, como decía antes, a este dolor se puede sumar el que los hijos experimentan, dolor que puede mitigarse si ambos padres siguen ejerciendo como tales a pesar de la ruptura, lo que contribuirá a que los hijos superen la separación de sus padres evitando problemas psicológicos.

Fernando Bermejo.

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Obsesiones y rituales: el trastorno obsesivo compulsivo

El trastorno obsesivo compulsivo puede interferir de forma significativa en la vida cotidiana y causar un gran malestar psicológico. Sin embargo, muchas personas que lo padecen sienten vergüenza de sus obsesiones y compulsiones, de modo que pueden tardar hasta diez años en acudir a un especialista. De este modo, los síntomas se agravan y es frecuente desarrollar otros trastornos asociados, como depresión.

El trastorno obsesivo compulsivo es un trastorno de ansiedad que se caracteriza por sentir obsesiones y compulsiones. Las primeras son pensamientos o imágenes mentales que se presentan de forma espontánea y que a menudo se reconocen como absurdas o sin sentido. Las compulsiones son actos que se realizan para neutralizar la ansiedad provocada por las obsesiones convirtiéndose de llevarse a cabo de forma encadenada, en lo que se denominan rituales.

Una de las formas en que se manifiesta este trastorno consiste en sentir una persona que se contamina al tocar determinados objetos, sin necesidad de que estos estén muy sucios, de modo que necesita evitar el contacto o lavarse las manos para dominar la elevada ansiedad que siente tras tocarlos. Otra forma es sentir una inseguridad tremenda tras realizar determinados actos, como cerrar la llave del gas, cerrar la puerta del coche o conectar una alarma, lo que le lleva a realizar comprobaciones frecuentes, pese a que en el fondo se sabe que son innecesarias. También es muy frecuente tener pensamientos agresivos, obscenos o de contenido sexual inapropiado.

Las obsesiones y las compulsiones provocan un gran malestar y limitan de forma muy evidente la vida personal, laboral o académica. Los individuos que sufren este problema acostumbran a evitar multitud de situaciones habituales. Dedican mucho tiempo a las compulsiones y rituales con los que intentan calmar su ansiedad. El sufrimiento psicológico lleva a muchos afectados a plantearse si son unos pervertidos o están locos, lo que contribuye a multiplicar su angustia.

Sin el tratamiento adecuado, el trastorno obsesivo compulsivo empeora con el paso del tiempo. Sin embargo, quienes lo sufren sienten tanta vergüenza de sus obsesiones y compulsiones, que muchas veces no se atreven a acudir al especialista o cuando lo hacen evitan hablar de todas sus obsesiones.

De cara al tratamiento, primero se trabaja con las obsesiones que el afectado considera menos amenazantes y, a continuación, de manera progresiva, se intenta dominar la exposición y prevención de respuesta, que es una de las técnicas que más apoyo empírico acumula en cuanto a eficacia. Consiste en una exposición gradual a los estímulos que disparan las obsesiones e impide las compulsiones que se utilizarían para calmar la ansiedad. Se complementa con técnicas cognitivas y, en ocasiones, es necesario el apoyo de la medicación para poder abordar este trastorno en toda su extensión.

Pero lo más importante es no dejar que el trastorno se cronifique a la vez que se enmascara o minimiza bajo la justificación de que se solo trata de rarezas o de manías. El sufrimiento que conlleva es el primer indicador de que puede que estemos ante un trastorno que va más allá de simples manías o rarezas.

Fernando Bermejo.

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