La separación y el divorcio: efectos en la pareja y en los hijos

Tanto la separación como el divorcio producen en la pareja una gran sensación de fracaso. Aunque al principio pueda aparecer cierta sensación de liberación por haber tomado la decisión o por haber decidido solucionar un problema que ya resultaba insoportable, pronto se presenta la duda, la sensación de haber fallado, la culpa, el desasosiego y un profundo sentimiento de pérdida. También el propio entorno se siente desorientado ante una situación de ruptura. Casi nadie sabe qué hacer ni qué es lo más conveniente. De este modo, podríamos decir que sus consecuencias negativas a corto plazo superan con creces a las positivas.

La separación y el divorcio suponen la ruptura de un equilibrio y conlleva el sufrimiento para la pareja. Constituyen acontecimientos vitales que generan un proceso de duelo, aunque pocas veces los dos cónyuges lo viven de forma parecida. Muchas veces uno vive la ruptura como un paso adelante y el otro como un paso atrás, pero para los dos es un proceso de pérdida que tendrán que superar y donde muchas emociones van a entremezclar. La rabia que se mezcla con la nostalgia y la pena inicial, para más tarde dejar paso a la melancolía, la desesperanza y el desamor. Y a todas éstas pueden añadirse otras como el odio, la rivalidad, los celos, la envidia y la necesidad o el deseo de controlar al otro.

El dolor por la separación o el divorcio no es solo para la pareja, ya que ocasiona también un importante sufrimiento a los hijos. Los cambios que siguen a la separación o el divorcio son muy estresantes para la mayoría de los hijos, aunque existen diversos factores que influyen notablemente en la adaptación a la nueva situación (el nivel de conflictividad entre los padres, la edad de los hijos en el momento de la separación o el divorcio, la calidad de la relación con el progenitor con el que viva, las nuevas parejas y relaciones de los padres, el sexo del hijo, etc.).

Los hijos que han vivido el divorcio de sus padres suelen manifestar un mayor número de problemas de comportamiento y psicológicos, más trastornos psicopatológicos, mayor desadaptación social y una disminución de los logros académicos. Al contrario, un factor que protege de estos efectos es que los padres mantengan sus funciones parentales de manera satisfactoria a pesar de su ruptura.

Para favorecer la adaptación de los hijos y reducir los efectos psicológicos en situaciones de separación o divorcio son necesarias varias tareas. Los niños deben reconocer y aceptar la ruptura, lo que implica entender qué quiere decir el divorcio y aceptar las realidades que conlleva. Es importante que puedan continuar con sus actividades cotidianas, a pesar de que el divorcio en muchos casos supone la pérdida de las rutinas familiares diarias y de la estabilidad hasta ahora conocida.

También son muchas las emociones a las que los hijos habrán de sobreponerse, entre ellas, el sentimiento de rechazo, humillación e impotencia que provoca la partida de un progenitor, o la rabia contra los padres y la autoculpabilización. A esto último contribuye que el divorcio representa una decisión voluntaria de al menos uno de los miembros de la pareja, lo que hace que los niños sean conscientes de que no es inevitable y entiendan que su causa verdadera es la falta de ganas o el fracaso de mantener el matrimonio. Por ello, los niños, e incluso los adolescentes, no creen que el divorcio no tenga culpables, culpando a uno o a los dos padres o a sí mismos, sobre todo los niños pequeños.

Otra tarea necesaria para los hijos es aceptar que el divorcio es definitivo, luchando con las esperanzas de restablecer la familia tal como estaba y con las fantasías de reconciliación. El hecho que ambos padres tengan cierto contacto y que el divorcio sea percibido como evitable, favorece y alimenta las fantasías de reconciliación.

En definitiva, a pesar del intenso dolor que puede sentir uno o los dos miembros de la pareja que se rompe, el dolor puede superarse si se asume la pérdida y se resuelve favorablemente el duelo que le sigue. Por otro lado, como decía antes, a este dolor se puede sumar el que los hijos experimentan, dolor que puede mitigarse si ambos padres siguen ejerciendo como tales a pesar de la ruptura, lo que contribuirá a que los hijos superen la separación de sus padres evitando problemas psicológicos.

Fernando Bermejo.

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El perfeccionismo en los niños

Hay niños que se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas. A estos niños les resulta fácil caer en la frustración, y les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan cuando pintan un dibujo, que están tensos si no van vestidos de forma correcta o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo psicológico que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. En los niños excesivamente perfeccionistas existen conductas típicas que pueden ayudar a distinguirlos. La más evidente es que son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, estos niños tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Este perfeccionismo suele tener su origen en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el pequeño afectado siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. Sin embargo, algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño “huye” de ellos al refugiarse en esta tendencia. Para ayudar a un niño perfeccionista se le debe valorar, aunque no haya logrado el resultado deseado en una actividad, y transmitirles la idea de que no hay por qué aspirar a hacer las cosas perfectas sino hacerlas lo mejor posible y con el mayor empeño que uno ha podido poner para sentirse satisfecho con uno mismo.

Fernando Bermejo.

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La manía por el orden

La manía por el orden y el afán de perfección y pulcritud que sienten algunas personas puede ser un rasgo muy ventajoso en algunas situaciones, pero también puede ser indicativo de una patología y revelar la existencia de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC).

La manía por el orden que sufren algunas personas puede parecer una afección extraña y hasta cómica para quienes no la sufren o no han tenido que convivir con alguien que la padezca. Pero cuando ésta alcanza niveles patológicos puede transformar la existencia en un verdadero infierno. Una cosa es ser extremadamente pulcro, preciso, metódico y ordenado, y otra muy distinta es convertirse en esclavo de rituales y conductas que, además de causar ansiedad y sufrimiento a quien las practica, llevan a ejecutar compulsivamente cierto tipo de acciones siempre en el mismo orden, y siguiendo un patrón de comportamiento obsesivo que las demás personas pueden tomarán por excéntrico y absurdo.

Más concretamente, cuando se habla de obsesión por el orden nos referimos a personas que pueden sentir una angustiosa necesidad de ordenar los objetos de su lugar de trabajo, de su vivienda de acuerdo con una rígida disposición milimétrica, por colores y tamaño, o según un patrón totalmente arbitrario. Y el simple hecho de que les cambien de sitio una lámpara, una silla, o cualquier otro objeto, puede provocar que se angustien en extremo; incluso pueden adquirir el hábito de vestirse o asearse siempre en un determinado orden, volviendo a empezar desde el principio si se salta algún paso.

A este respecto, conviene también señalar que cuando se trata de una simple manía por el orden, este rasgo particular de la personalidad puede llegar a ser ventajoso cuando el afán por el método, la perfección, la pulcritud, la proporción y la simetría se aplica a cualquier actividad que requiera un alto grado de rigurosidad, precisión y exactitud. Sin embargo, cuando estos rasgos son patológicos se convierten en un claro inconveniente, ya que en exceso entorpecen el rendimiento normal.

Llegado a este extremo, es cuando muchas personas buscan la ayuda profesional, después de mucho tiempo en el que se han visto perturbados por su problema, y se han sentido incomprendidos o como personas extrañas que tenían que esconder sus manías. Recibir ayuda psicológica, más concretamente un tratamiento basado en la terapia conductual, la exposición con prevención de respuesta, el cual ha demostrado empíricamente su eficacia, puede servir para dar respuesta a las necesidades de estas personas y dar un nuevo impulso a sus vidas. Este tratamiento consiste en hacer que la propia persona busque aquellos pensamientos y estímulos que teme y se enfrente a ellos, y que, sobre todo, se resista a realizar los típicos rituales compulsivos encaminados a restaurar el orden, la pulcritud o la perfección. Todo ello de manera gradual y programada, bajo la guía del terapeuta el cual le ayudará en todo este difícil proceso.

Fernando Bermejo.

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La eyaculación precoz: un golpe para la autoestima

La eyaculación precoz es más frecuente de lo que señalan las estadísticas, ya que, a menudo, se lleva en silencio. Uno de de cada tres hombres padecen este trastorno y el factor psicológico suele estar detrás de la mayoría de los casos. En este artículo pretendemos describir algunas de las causas de esta disfunción, sus consecuencias en la autoestima de los afectados y cómo el tratamiento psicológico puede ayudar a resolver este problema.

La eyaculación precoz consiste en expulsar el semen fuera de la vagina de la mujer, antes incluso de penetrarla. A veces, cualquier mínimo roce o estimulación disparan esta eyaculación no deseada, por lo que el acto sexual resulta frustrante para ellos. Se considera que un hombre sufre este trastorno si no tiene dominio sobre el momento en que desea hacerlo.

Las causas de esta disfunción son varias. Una de las más importantes es la masturbación rápida durante la adolescencia; los adolescentes tienden a masturbarse en poco tiempo, lo que enseña al cuerpo en qué tiempo se ha de eyacular. Otra causa muy frecuente es la ansiedad sexual. El nerviosismo, propio de muchas relaciones sexuales, provoca que la eyaculación surja antes de lo deseado. Hay determinados pensamientos que están en la base del problema. Otra posible causa, relacionada con la anterior (el nerviosismo), que es muy habitual, es el miedo a que una mala experiencia pasada se repita. Las situaciones en que tiene lugar el acto sexual también influyen. Así, surge con más frecuencia en circunstancias en las que hay una carga de nerviosismo, como la que produce cuando el sexo ocurre en lugares donde se teme que alguien les descubra.

La autoestima de los chicos u hombres con esta disfunción sufre un duro golpe. Los afectados suelen tener menos seguridad en sí mismos, sobre todo, ante el sexo opuesto, tienden a evitar el contacto afectivo e, incluso, suelen mostrar comportamientos de irritación. En las parejas con una buena comunicación, se sufre el problema, pero el conflicto que crea es menor. En aquellas con problemas añadidos o que tienen falta de habilidades para comunicarse, este problema provoca una afectación mayor.

La eyaculación precoz en la mayoría de los hombres entre la adolescencia y los 45 años es de origen psicológico, aunque hay algunos que tienen una base orgánica o física. Por este motivo, siempre es conveniente consultar a un médico. Además, con la edad, las causas físicas comienzan a cobrar mayor protagonismo, junto a otros problemas como la impotencia y la falta de deseo sexual. Los afectados deben acudir a la consulta de un psicólogo cuando nunca han tenido un control de la eyaculación o lo han tenido y lo han perdido, sobre todo si esta pérdida se relaciona con alguna experiencia adversa (un “gatillazo” o pensamientos negativos). En estos casos, el objetivo del tratamiento desde una perspectiva cognitivo-conductual, es educar su reflejo eyaculatorio, para conseguir retrasarla y, así, disfrutar de una relación sexual más prolongada y placentera.

Fernando Bermejo.

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La importancia de la empatía

La habilidad para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar y responder correctamente a sus reacciones emocionales, se conoce como empatía.

La habilidad de experimentar emociones ajenas como si fuesen propias es la base de la empatía. Averiguar qué emociones alberga nuestro interlocutor, cuán fuertes son dichas emociones y qué las ha desencadenado puede parecer una labor de adivino, pero hay muchas personas que en un grado u otro pueden acometer esta tarea. No se trata sólo de ser simpáticos. Podemos invitar a alguien a tomar café, escuchar atentamente sus exposiciones y mostrarnos congruentes con su estado de ánimo, aliviando sus pesares o reforzando sus alegrías… Peros eso es sólo simpatía.

Si no entendemos las emociones que nuestro invitado expone hasta el punto de identificar su origen, no seremos capaces de cuadrar el círculo empático. La simpatía es un proceso puramente emocional, que tiene con la empatía la misma relación que puede tener un dibujo con el objeto que representa. La empatía involucra las emociones propias; sentimos lo que sienten los demás porque compartimos los mismos sentimientos; no captamos solamente la emoción ajena, la sentimos propia y la razonamos con nuestra propia razón. Incluye perspectivas, pensamientos, deseos o creencias que importamos de quien está sentado ante nosotros.

La mayoría de nosotros habla prestando más atención a las propias emociones que a lo que nos dicen las emociones de los demás; escuchamos pensando en lo que vamos a decir nosotros a continuación, o pensando en qué tipo de experiencias propias podemos aportar a la situación. Aprender a escuchar supone enfocar toda la atención hacia el otro cuando habla, dejar de pensar en lo que queremos decir o en lo que nosotros haríamos en su lugar. Las personas con gran capacidad de empatía son capaces de sincronizar su lenguaje no verbal al de su interlocutor. Son capaces de interpretar indicaciones no verbales por medio de cambios en los tonos de voz, gestos o movimientos que realizamos inconscientemente pero que proporcionan gran cantidad de información.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que un exceso de empatía puede también suponer un problema. Una persona tremendamente empática vive expuesta a un complejo universo de información emocional, dolorosa y puede que intolerable, que los demás simplemente no perciben. Los muy empáticos triunfan en labores de enseñanza, asistencia sanitaria o ventas, pero también deben hacer frente a una constante fuente de estrés.

Fernando Bermejo.

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El abuso de las nuevas tecnologías

El uso de las nuevas tecnologías facilita el día a día de gran parte de las personas y difícilmente nos podemos ya imaginar un mundo sin ellas. Ordenadores, videoconsolas, móviles, Internet… nos permiten comunicarnos mejor, obtener muchísima información o entretenernos sin necesidad de salir de casa.

Sin embargo, se estima que una de cada cuatro personas sufre un problema relacionado con el abuso de las nuevas tecnologías, por lo que también pueden suponer un riesgo para la salud. En este sentido, las nuevas tecnologías que más problemas dan son, sobre todo, el móvil, las videoconsolas e Internet. Y como parte de este último, al igual que en otro tipo de adicciones, puede aparecer la dependencia a las redes sociales, al correo electrónico, a chatear, a la compra online, etc.

Determinar o no la presencia de una adicción a las nuevas tecnologías es más bien una cuestión de grado. Sería un problema cuando su uso repercute de manera negativa en la vida de una persona y se llega a descuidar las obligaciones laborales y familiares, o se entra en una espiral de aislamiento, abandono de las aficiones u otras actividades propias del tiempo libre, descenso del rendimiento académico o laboral, gasto incontrolado, depresión y ansiedad.

Sin embargo, no todas las personas tienen el mismo riesgo de padecer una adicción de este tipo ya que algunos rasgos de personalidad o estados emocionales que pueden aumentar la vulnerabilidad a sufrir la adicción. Se trataría de personas con ciertos niveles de impulsividad, cambios de humor, baja tolerancia a la frustración, falta de habilidades sociales, dificultad para enfrentarse a problemas y para encontrar soluciones, dependencia emocional o baja autoestima. Y como son numerosas las personas que no buscan ayuda para abordar estos problemas, la adicción puede actuar como una válvula de escape a través de la cual se busque sentirse bien, aunque esta sea sólo una “solución” que sirva durante poco tiempo.

En cuanto a su tratamiento, para tratar este tipo de adicciones nos encontramos con una dificultad que las hace diferentes a adicciones como el alcohol o las drogas. En este último caso, el objetivo es la abstinencia, mientras que este objetivo es inviable para algunas adicciones a las nuevas tecnologías, porque Internet o el móvil son imprescindibles para trabajar o comunicarse. Así pues, las personas adictas deben aprender a vivir con las nuevas tecnologías de una forma más sana.

Pero esto último, convivir con las nuevas tecnologías de una forma sana, no solo es aplicable a las personas para quienes las nuevas tecnologías ya se han convertido en un problema, sino que es una recomendación que vale para todos. Es cierto que las nuevas tecnologías nos han cambiado la vida, pero tenemos también que ser conscientes de sus riesgos y de que su uso ha de corresponderse con nuestras verdaderas necesidades. Y deben servir para facilitar, completar o potenciar los ámbitos en los que nos movemos, pero no para sustituirlos ni enmascarar las dificultades que tengamos en ellos.

Fernando Bermejo.

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