El miedo a estar enfermo

Quién no tiene un pariente, un amigo o un conocido que continuamente se lamenta de las enfermedades que cree sufrir? A menudo se tilda a estas personas de quejicas y su entorno más cercano, como familiares y amigos, considera que la única razón de los habituales lamentos es conseguir ser el centro de atención. Sin embargo, en muchas ocasiones, estas personas se enfrentan sin saberlo y sin hallar la comprensión de quienes les rodean a un trastorno crónico y de difícil solución: la hipocondría.

La hipocondría consiste en la preocupación excesiva que una persona siente por su propia salud, una inquietud fuera de lo normal por padecer enfermedades que no se tienen, o por magnificar las ya existentes. Angustia, depresión y el abandono de las actividades habituales para dedicarse al cuidado de uno mismo son algunos de sus efectos más frecuentes.

Para poder diagnosticar este trastorno, debe existir preocupación y miedo a tener, o la convicción de padecer, una enfermedad grave (generalmente relacionadas con determinados cánceres o enfermedades del corazón) a partir de la interpretación personal de ciertos síntomas somáticos; que suelen persistir a pesar de las exploraciones y explicaciones médicas, llegando a provocar un gran malestar o deterioro familiar, social o laboral.

Existen varias causas que pueden producir el desarrollo de la hipocondría, entre las que se encuentran una educación basada en el miedo o la protección excesiva; haber padecido enfermedades durante la infancia; la interpretación incorrecta de ciertos síntomas; experiencias traumáticas relacionadas con la enfermedad o la muerte; o recibir información alarmante sobre enfermedades. También se cree que situaciones de estrés psicosocial, sobre todo la muerte de alguna persona cercana, pueden precipitar la aparición de este trastorno.

Se puede definir a los hipocondríacos como personas obsesionadas por su salud. El mismo hipocondríaco se diagnostica por su cuenta su enfermedad, basándose en los síntomas que cree padecer incluso mucho antes de llegar a la consulta del médico. Una vez allí, y aunque se le asegure que no está enfermo, su preocupación sólo desaparecerá momentáneamente, para volver a angustiarse al poco tiempo. Este es el proceso habitual.

Las personas que rodean a estos enfermos son conscientes del continuo autoanálisis al que se someten: estudian con detenimiento cada pequeño síntoma de su cuerpo, se toman el pulso, la temperatura, la tensión, cuentan las veces que respiran por minuto, analizan sus heces y orinas, sus ojos y su piel. Se trata de personas muy informadas que leen continuamente reportajes y artículos sobre medicina, además de ver todos programas televisivos sobre salud, o se pasan horas realizando búsquedas en Internet. Resulta curioso observar la reacción de estos enfermos ante la lectura de los diversos males, en muchas ocasiones sienten los síntomas según los leen.

Dentro de esta patología hay varios tipos de pacientes: aquéllos que no acuden a la consulta del médico por miedo a que les diagnostiquen una enfermedad y quienes no dejan de acudir a diversas consultas en su empeño de encontrar a un médico que les haga caso, que les tome en serio.

Es difícil encontrar un terapeuta que trate bien la hipocondría. El paciente se resiste a ser atendido porque entiende que su enfermedad es física y no encuentra motivos para ser sometido a terapia. Y aunque acceda y el profesional consiga que supere su sintomatología y miedos, el hipocondríaco tiende a exponer nuevos síntomas y a autoconvencerse de que padece nuevas enfermedades.

De cara al tratamiento, es importante enseñar al paciente cómo afrontar el problema y a que diferencie entre los síntomas reales y los creados. Se utilizan estrategias como la exposición, el control de la ansiedad a través de la relajación, etc. Se dará por terminado el tratamiento cuando deje de sentir miedo a las enfermedades y a la muerte de una manera obsesiva, no siente la necesidad de acudir continuamente al médico y a urgencias, y cesan las habituales quejas y conversaciones sobre probables enfermedades. De esta manera recuperará su bienestar personal y dejará de situar la enfermedad en el centro de su vida familiar, social y laboral.

Fernando Bermejo.

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Llega la Navidad

Cuando pensamos en la Navidad, solemos asociar este periodo a momentos que tienen que ser de alegría, disfrute y buenos propósitos, también de reconciliación y estar acompañado, compartiendo momentos y emociones. Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre más bien al contrario, y para muchas personas se convierte en un tiempo que temen y desean que pase cuanto antes mejor al representar para ellos tristeza, nostalgia, soledad, tensión, angustia, ansiedad, conflictos familiares, y en definitiva, malestar o incomodidad. Este malestar puede aparecer por diversos motivos: la Navidad puede hacer más visible el dolor por la ausencia de un ser querido que ha muerto o se encuentra lejos, la nostalgia de Navidades pasadas, el incumplimiento de las expectativas creadas e ilusiones puestas en torno a estas fiestas, se hace mucho más patente la soledad en personas con un entorno social y/o familiar escaso o deteriorado, el marcado carácter consumista de esta época en caso de estar asociado a una posible falta de recursos económicos, o la falsa creencia, muy extendida y potenciada por los medios de comunicación, de que en estos días todos tenemos que estar alegres y felices, cuando muchas veces nada de esto tiene que ver con la realidad de muchas personas con problemas económicos, personales, laborales o de pareja.

Por otro lado, son fechas que nos obligan a relacionarnos con familiares con los que no tenemos mucho contacto o cuya compañía no nos es grata, o que facilitan que salgan a relucir los trapos sucios que nos hemos ido guardando, pero que tras una buena comida, y más si la hemos regado con un buen, o mejor dicho, con mucho vino, lleva a que una celebración termine convirtiéndose en una batalla.

Y son fechas en las que también son numerosos los conflictos que surgen dentro de la propia familia o se hacen más visibles. Se trata de conflictos que quizás estén presentes durante el resto del año, pero que pasan más desapercibidos o se les da menos importancia, mientras que se viven más intensamente en Navidad; o aquéllos que surgen de las situaciones propias de este periodo, como decidir el lugar donde juntarse para comer y cenar, el menú a elegir, los regalos que comprar, etc.; o los conflictos que aparecen al ser un periodo en que las familias disponen de mayor tiempo para estar juntos, cuando en el resto del año las ocupaciones de cada uno hace que el contacto entre ellos sea más escaso.

En definitiva, la Navidad es para muchas personas algo distinto a turrones, belenes, regalos, celebraciones, deseos de felicidad y oportunidades para relacionarse y compartir con los demás. Pensemos también en ellos, e intentemos ayudarles a recorrer este periodo no solo deseándoles una Feliz Navidad, sino preguntando y comprendiendo cómo se sienten, y haciendo que sea más feliz “su” Navidad.

Fernando Bermejo.

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Las asignaturas pendientes: culpa y sensación de fracaso

Quien cree que cometer errores equivale a fracasar, olvida que las equivocaciones forman parte fundamental de todo aprendizaje. Además, niega la posibilidad de reparar aquello que siente como una asignatura pendiente y que tal vez pueda solucionarse, siempre y cuando se haga para mejorar el presente y no con la intención de reparar el pasado. “Si hubiese hecho, si hubiese dicho, si me hubiese comportado de otra manera o hubiera optado por la otra opción”… Echamos la vista atrás y nos culpabilizamos por acciones de nuestro pasado y pensamos que ahora pagamos las consecuencias. También achacamos lo que no nos gusta del presente a situaciones desfavorables que nos tocó vivir. Concluimos entonces que, si pudiéramos, cambiaríamos algunos capítulos de nuestra vida porque son culpables de que no tengamos lo que merecemos y de que no seamos lo felices que podríamos ser. ¿Cuánto de razón o sinrazón hay en ello?

Es cierto que las decisiones que resultaron no ser las más acertadas condicionan muchas facetas de nuestra vida. De hecho, lo que somos es producto tanto de lo que hicimos como de lo que dejamos de hacer, y nos afecta en lo académico, profesional y emocional. Es comprensible que en ciertas situaciones, que suelen coincidir con momentos de inestabilidad o de carencias emocionales, nos lamentemos por no haber adquirido habilidades concretas o por haber dejado escapar a aquella persona que tanto bien nos hacía. Sentirlo con cierta añoranza no es negativo, siempre que aceptemos nuestro presente y lo vivamos con agrado, no con resignación. Pero si no partimos de esa aceptación y andamos de continuo con la vista atrás pensando en lo que fue y en lo que pudo haber sido, tendremos que plantearnos si no estamos viviendo con asignaturas pendientes.

Al hablar de asignaturas pendientes nos referimos a situaciones del pasado cuya influencia en nuestra realidad cotidiana tendemos a magnificar. Vistas en la actualidad y con un sentimiento de fracaso, incapacidad e incluso de culpa, podemos idealizar lo que hubiera sido nuestra vida si no existieran, si hubiéramos sabido gestionar lo que ocurrió de manera diferente. Pero lo cierto es que no hay vuelta atrás y no sabemos, ni podremos saber, qué hubiera sido de nosotros y de nuestras vidas si nuestra asignatura pendiente no existiera.

En las asignaturas pendientes se mezclan sentimientos dolorosos, como la insatisfacción, la incapacidad personal, la irresponsabilidad, la falta de confianza, la exigencia perfeccionista, el victimismo, el miedo y la culpa. Se sostienen porque se parte de la falsa creencia de que cometer errores equivale a no valer. Las equivocaciones del pasado se toman, entonces, como fracasos personales y no como parte fundamental de todo aprendizaje, olvidando que sirven para percibir lo que no nos conviene o nos hace mal. Usarlas para maltratarnos y castigarnos, además de despojarlas de su utilidad, nos lleva a recaer en otro nuevo error: castigarnos.

Además, dependiendo de nuestro momento actual y de cuál sea nuestra asignatura pendiente quizá podamos reparar aquello que pensamos que hicimos equivocadamente, acometer lo que no hicimos, decir lo que no dijimos, aclarar malentendidos, pedir perdón o dar las gracias. Pero es importante hacerlo desde la idea de que nos va a procurar mayor felicidad y ahora es posible porque se ha aprendido del error del pasado. Hacerlo para llenar huecos y negar lo que fue es no vivir el presente.

Fernando Bermejo.

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Los niños necesitan límites

Una de las grandes dudas de padres y madres en la educación de sus hijos e hijas es referente a los límites que deben imponerles en sus actitudes y comportamientos. ¿Cuándo hay que recriminar, advertir o castigar a un niño? ¿Cómo podemos guiar a nuestros hijos sin generar tensiones innecesarias? Las preguntas son muchas y no existe una respuesta inequívoca. Un primer paso para afrontar estas dificultades consiste en tomar conciencia de que no es beneficioso, para pequeños ni para adultos, proteger y excusar por sistema la actitud de los hijos e hijas.

Las consecuencias de la permisividad y la sobreprotección pueden ser muy negativas. Hay quienes aseguran que la experiencia familiar de los padres de hoy ha influido de forma notable. Hace veinte años, adultos que recibieron una educación familiar estricta se estrenaron en la tarea de ser padre o madre, convencidos de que había que superar el autoritarismo que habían sufrido. Eso empujó a muchos de ellos a dejar hacer, a no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas psicológicos, a no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros.

En la educación de un hijo no se pueden evadir las normas ni la disciplina. Un niño aprende que cuando su madre o su padre dicen que no, esa decisión es inamovible. La frustración que le generará es inevitable, pero debe aprender a tolerarla y convivir con ella porque las normas son precisamente las que le dan seguridad y le enseñan a confiar en un criterio sólido.

Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar (“eres un tonto”, “eres malo”…), sino marcar el problema (“eso que haces o eso que dices está mal”). Conviene dar razones, pero no excederse en la explicación. Los sermones no sirven de mucho. Los niños responden a los hechos, no a las palabras. Un gesto de firmeza y serenidad, acompañado de pocas palabras será más efectivo que un discurso.

A los padres nos cuesta poner límites porque no nos sentimos suficientemente fuertes para enfrentarnos a nuestros hijos; porque demasiado a menudo somos complacientes con nuestros hijos e hijas para compensar el poco tiempo que les podemos dedicar; porque cuando nuestra autoestima no pasa por su mejor momento queremos ser aceptados por nuestros hijos; o, porque los adultos, el padre y la madre, nos desautorizamos mutuamente y seguimos líneas de actuación claramente contradictorias. Sin embargo, los efectos de no poner límites enseñan al niño que nunca tiene suficiente, que exige cada vez más y que tolera cada vez peor las negativas, un niño que crece con una escasa o nula tolerancia a la frustración.

Fernando Bermejo.

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El sentimiento de culpa

En nuestra vida experimentamos multitud de situaciones que nos despiertan sentimientos y emociones. Unos son de alegría y regocijo, y estimulan la risa e incluso el llanto de emoción. Otros son de tristeza y dolor, y nos llevan al silencio y al desconsuelo. Esto último sucede con el sentimiento de culpa. Cuando aparece, si no se sabe manejar correctamente, puede conducirnos al bloqueo y al encierro en nosotros mismos. Ser consciente de ello nos ayudará a superarlo y a encauzar el juicio sobre nuestra persona sin convertir la culpa en castigo.

Señales físicas (presión en el pecho, dolor de estómago, de cabeza, de espalda), señales emocionales (nerviosismo, desasosiego, irascibilidad) y señales mentales (pensamientos de autoacusaciones y autorreproches) nos alertan de que la culpa está siendo mal administrada.

Es más probable que sea así cuando mantenemos un sistema de pensamiento polarizado (pensamos que las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no admitimos el término medio); negativo (tan sólo tenemos en cuenta los detalles negativos y además los magnificamos, sin atender a los aspectos positivos); rígido (nos basamos en un sistema de normas estricto donde el deber prevalece en nuestras acciones), sobredimensionado (abandonamos la responsabilidad de nuestra vida y pasamos a responsabilizarnos de las vidas de los demás y de cuanto ocurre a nuestro alrededor) o perfeccionista (el nivel de exigencia lo colocamos en la perfección y ésta en todos los actos que llevemos a cabo).

Cuanta mayor concordancia exista entre nuestro pensar y actuar, y cuanto más lejos se mantenga nuestro razonamiento de absolutos, rigideces y perfeccionismos, menos veces se nos generará el sentimiento de culpa. Pero sin duda, cuando somos incoherentes, el sentimiento de culpa aparece. En ese momento, en la medida en que aparquemos la descalificación y el castigo, nos liberaremos de la paralización y mantendremos la suficiente fluidez interna que nos llevará a abordar nuestras faltas de coherencia como problemas a resolver y no como losas autodestructivas.

Ahora bien, incluso practicando lo anterior no estamos exentos de que se nos encienda esa señal de la culpa con capacidad de ser dolorosa. El problema no radica en sentirla, sino en cómo afrontamos su presencia.

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en una señal que sirva para cuestionarnos cómo hacemos lo que estamos haciendo; un momento de reflexión y análisis de por qué nos surge, sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento; un diálogo interior que nos lleve a designar y concretar cuál es la conducta por la que sentimos la culpa; la búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado; y la petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.

Si ante la culpa no ejercemos nuestra responsabilidad, caeremos en la descalificación personal (somos malos, egoístas….) y en el autocastigo (agresividad que provoca sufrimiento). Pero también podemos ver en su manifestación una función saludable, pues nos hace conscientes del conflicto y, a partir de ahí, seremos capaces de analizar las soluciones y dar los pasos oportunos que restablezcan nuestro vivir coherente. Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas.

Fernando Bermejo.

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Los deberes en vacaciones

Acaba el curso escolar y empiezan las vacaciones. Todos los miembros de la familia desean disfrutar del verano. Los niños también necesitan romper con la rutina de la escuela, los deberes, los horarios y las actividades extraescolares. El verano es el momento ideal para relajarse y olvidar la disciplina del reloj.

Sin embargo, algunos niños se sienten abrumados cuando llega el verano porque sus padres les mandan gran cantidad de deberes, ya que la mayoría de ellos considera que sus hijos deberían continuar con alguna tarea escolar también en vacaciones. Algunos padres lo plantean con el objetivo de reforzar lo aprendido durante el año, otros quieren que empiecen a preparar algunas asignaturas para el curso siguiente, y también hay quien desea simplemente tenerlos ocupados durante algunas horas del día.

Si un niño ha aprobado el curso y tiene un buen nivel, no tendrá problemas cuando regrese en septiembre, aunque pueda olvidar algunas cositas. Por tanto, si no le han quedado asignaturas para septiembre es preferible dedicar el tiempo libre a las actividades lúdicas y no hacer excesivas tareas relacionadas con la escuela.

Los niños necesitan descansar del trabajo realizado durante todo el curso y lo mejor es que vivan el verano como un período para relajarse, jugar y compartir actividades con sus padres y amigos estará en mejor disposición para empezar el nuevo curso que otro que viva estos meses como una tortura, agobiado por los deberes. Y si les ha quedado alguna asignatura, se puede hacer compatible el tiempo libre con las clases particulares o la planificación de los estudios.

Fernando Bermejo.

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