No sé qué decisión tomar

Esta es una de las frases más frecuentes en aquellas personas que son inseguras, y por tanto indecisas ante las situaciones cotidianas de la vida.

En realidad, sí sabemos, todos sabemos tomar decisiones. Lo que sucede es que dudamos de cuál es la decisión correcta, y eso nos paraliza. Tomar una decisión es fácil, siempre que nos sintamos seguros de nosotros mismos. Pero es precisamente nuestra inseguridad la que nos impide tomar decisiones ante la vida. Y junto a ella, nuestros miedos.

Sentirnos inseguros significa no estar centrados en nosotros mismos, sino más bien pendientes de lo que pensarán los demás de nuestra decisión. Por tanto, es fácil no saber tomar una decisión cuando nos basamos en los motivos en los que otros esperan u opinan acerca de esto o lo otro.

Sentirnos seguros de nosotros mismos supone tener una buena autoestima, es decir, una buena relación con nosotros mismos, valorando quienes somos, conociendo bien nuestras virtudes y también nuestras debilidades. Tener seguridad personal supone conocernos a nosotros mismos y conocer nuestros valores y deseos ante la vida.

Cuando estamos ante varias opciones, de las cuales tenemos que tomar una decisión, en primer lugar, como hemos dicho, es importante sentirnos conectados con nosotros mismos, sabiendo quiénes somos y nuestra proyección en la vida. De tal forma, que no estaremos centrados en los demás, en lo que piensan u opinan de nuestras opciones, sino en nosotros.

Ante cualquier cambio en la vida, aparecerán miedos y éstos nos harán dudar sobre si esa decisión será la más adecuada. ¿Y quién sabe qué decisión es la mejor? La única persona que puede valorar lo que es mejor es uno mismo. Podemos equivocarnos, pero el error, inevitablemente, también puede servirnos para aportarnos aprendizaje en nuestra vida.

Además, es probable que no tomar la decisión fuese la peor opción, porque nos bloquearía en el camino, y la consecuencia de esto podría ser mucho peor que las consecuencias que nos puede deparar el camino escogido, ya que se corresponde a nuestros deseos y valores más profundos.

Fernando Bermejo.

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¿Cómo vivir el presente?

La práctica del mindfulness puede ayudarte a vivir el presente en cada instante, día tras día, mediante el control de tu atención, que es a su vez el mejor modo de controlar tu mente y tus emociones, sin dejarte atrapar por obsesiones, autocríticas o emociones intensas y destructivas, estando plenamente en el momento presente.

El mindfulness ayuda a tomar las riendas de uno mismo, en vez de vernos arrastrados por torbellinos de emociones o pensamientos descontrolados que no nos aportan nada bueno. Implica decidir libremente cuándo y durante cuánto tiempo te vas a preocupar por algo o pensar en algún problema, en vez de dejar que sea tu propia mente la que lo decida, llenándote la cabeza de ideas negativas en los momentos más inoportunos (como cuando estás trabajando o pasando un buen rato con tus amigos) o viéndote atrapado por el miedo, la ansiedad, la rabia o el desconsuelo sin poder hacer nada por evitarlo.

Tal vez te ha sucedido alguna vez que tenías un fuerte dolor de cabeza (o cualquier otra molestia física igual de desagradable) y has empezado a ver una película tan interesante que te has sumergido en ella hasta el punto de olvidarte del dolor. Por supuesto, el dolor no se ha ido, pero al centrar tu atención intensamente en otra cosa, ha pasado a segundo plano. Como ves, controlar tu atención es un arma muy poderosa.

Cuando no puedes dormir porque no paras de dar vueltas a preocupaciones; cuando comienza en tu mente un autodiálogo de desprecio hacia ti mismo; cuando aparece en tu cabeza una y otra vez un recuerdo relacionado con una humillación, una pérdida importante, una discusión de pareja o cualquier otra cosa igual de desagradable; cuando sucede todo eso y no sabes qué hacer para salir de esa espiral autodestructiva, recurrir al mindfulness puede ser tu respuesta.

Por desgracia, la mayoría de la gente está más habituada a no estar en estado de mindfulness, sino todo lo contrario. Por ejemplo, ¿has entrado alguna vez en alguna habitación para coger algo y has olvidado qué era? ¿Has estado hablando con alguien pero no has escuchado nada de lo que decía? ¿No recuerdas lo que comiste ayer? ¿Has ido en coche alguna vez y al llegar te das cuenta de que no recuerdas la mitad del viaje, como si hubieras ido en piloto automático? ¿Has aparcado el coche hace un instante y no recuerdas si lo has cerrado con llave o dónde lo has aparcado? Si has respondido que sí a algunas de estas preguntas, entonces ya sabes qué es lo contrario al mindfulness. Todo esto que comento aquí arriba son ejemplos de falta total o casi total de atención al momento presente. Tu mente está en otra parte; tal vez en el pasado, recordando agravios o malos momentos, o en el futuro, tratando de resolver las cosas malas que pueden pasar… Tu mente no está donde tú quieres tenerla, sino que está descontrolada, yendo adónde ella quiere, de un lado a otro. Este divagar la mente puede ser algo positivo, que ayuda a fomentar la creatividad, pero no cuando el lugar al que suele ir tu mente solo sirve para hacer que te sientas mal.

Por lo general, estamos tan atrapados por nuestros pensamientos acerca de lo que ha pasado o lo que va a pasar, que apenas estamos en el presente, que es donde se desarrollan realmente nuestras vidas.

Practicar el mindfulness lleva a estar totalmente implicado en el presente, en todo lo que haces en cada momento. No significa que no te des cuenta de las ideas, pensamientos o recuerdos que surgen en tu mente; por supuesto que te das cuenta, pero optas por dejarlo ir y centrar tu atención en el presente o bien optas por pensar en esa idea que ha surgido en tu mente, pero lo haces voluntariamente. Esta es la gran diferencia. Al practicar el mindfulness cada día, en cada pequeña cosa que hagas, ya sea comer, leer, darte una ducha o hablar por teléfono te metes de lleno en esa experiencia y la vives plenamente en cada instante, como si no hubiera nada más en el mundo. Si haces esto habitualmente, vas adquiriendo cada vez un mayor control de tu mente. Además, el mindfulness hace que tu experiencia del día a día sea más rica y amplia. Con mindfulness, los días que parecían todos iguales empiezan a dejar de serlo, porque todo es siempre diferente si lo observas con atención. Incluso tú eres diferente cada día y cada momento que pasa.

Las muchas investigaciones realizadas han mostrado que el mindfulness no solo tiene beneficios emocionales sino también físicos. Por ejemplo, ayuda a manejar el dolor, reduce la presión sanguínea, alivia la ansiedad y la depresión, hace mejorar ciertas enfermedades de la piel y ayuda a dormir mejor. Las personas que lo practican habitualmente muestran menos signos de estrés, ven las situaciones complicadas como menos estresantes y más manejables y tienen menos probabilidades de evitarlas. El mindfulness ayuda a que las personas estén más relajadas pero al mismo tiempo más alertas, aumenta el número de emociones positivas que siente una persona habitualmente, así como la sensación general de bienestar emocional y social. Saber vivir plenamente el momento presente ayuda a ser más consciente de esas emociones, disfrutarlas más y sacar el máximo partido de cada día.

Fernando Bermejo.

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El miedo a estar enfermo

Quién no tiene un pariente, un amigo o un conocido que continuamente se lamenta de las enfermedades que cree sufrir? A menudo se tilda a estas personas de quejicas y su entorno más cercano, como familiares y amigos, considera que la única razón de los habituales lamentos es conseguir ser el centro de atención. Sin embargo, en muchas ocasiones, estas personas se enfrentan sin saberlo y sin hallar la comprensión de quienes les rodean a un trastorno crónico y de difícil solución: la hipocondría.

La hipocondría consiste en la preocupación excesiva que una persona siente por su propia salud, una inquietud fuera de lo normal por padecer enfermedades que no se tienen, o por magnificar las ya existentes. Angustia, depresión y el abandono de las actividades habituales para dedicarse al cuidado de uno mismo son algunos de sus efectos más frecuentes.

Para poder diagnosticar este trastorno, debe existir preocupación y miedo a tener, o la convicción de padecer, una enfermedad grave (generalmente relacionadas con determinados cánceres o enfermedades del corazón) a partir de la interpretación personal de ciertos síntomas somáticos; que suelen persistir a pesar de las exploraciones y explicaciones médicas, llegando a provocar un gran malestar o deterioro familiar, social o laboral.

Existen varias causas que pueden producir el desarrollo de la hipocondría, entre las que se encuentran una educación basada en el miedo o la protección excesiva; haber padecido enfermedades durante la infancia; la interpretación incorrecta de ciertos síntomas; experiencias traumáticas relacionadas con la enfermedad o la muerte; o recibir información alarmante sobre enfermedades. También se cree que situaciones de estrés psicosocial, sobre todo la muerte de alguna persona cercana, pueden precipitar la aparición de este trastorno.

Se puede definir a los hipocondríacos como personas obsesionadas por su salud. El mismo hipocondríaco se diagnostica por su cuenta su enfermedad, basándose en los síntomas que cree padecer incluso mucho antes de llegar a la consulta del médico. Una vez allí, y aunque se le asegure que no está enfermo, su preocupación sólo desaparecerá momentáneamente, para volver a angustiarse al poco tiempo. Este es el proceso habitual.

Las personas que rodean a estos enfermos son conscientes del continuo autoanálisis al que se someten: estudian con detenimiento cada pequeño síntoma de su cuerpo, se toman el pulso, la temperatura, la tensión, cuentan las veces que respiran por minuto, analizan sus heces y orinas, sus ojos y su piel. Se trata de personas muy informadas que leen continuamente reportajes y artículos sobre medicina, además de ver todos programas televisivos sobre salud, o se pasan horas realizando búsquedas en Internet. Resulta curioso observar la reacción de estos enfermos ante la lectura de los diversos males, en muchas ocasiones sienten los síntomas según los leen.

Dentro de esta patología hay varios tipos de pacientes: aquéllos que no acuden a la consulta del médico por miedo a que les diagnostiquen una enfermedad y quienes no dejan de acudir a diversas consultas en su empeño de encontrar a un médico que les haga caso, que les tome en serio.

Es difícil encontrar un terapeuta que trate bien la hipocondría. El paciente se resiste a ser atendido porque entiende que su enfermedad es física y no encuentra motivos para ser sometido a terapia. Y aunque acceda y el profesional consiga que supere su sintomatología y miedos, el hipocondríaco tiende a exponer nuevos síntomas y a autoconvencerse de que padece nuevas enfermedades.

De cara al tratamiento, es importante enseñar al paciente cómo afrontar el problema y a que diferencie entre los síntomas reales y los creados. Se utilizan estrategias como la exposición, el control de la ansiedad a través de la relajación, etc. Se dará por terminado el tratamiento cuando deje de sentir miedo a las enfermedades y a la muerte de una manera obsesiva, no siente la necesidad de acudir continuamente al médico y a urgencias, y cesan las habituales quejas y conversaciones sobre probables enfermedades. De esta manera recuperará su bienestar personal y dejará de situar la enfermedad en el centro de su vida familiar, social y laboral.

Fernando Bermejo.

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Llega la Navidad

Cuando pensamos en la Navidad, solemos asociar este periodo a momentos que tienen que ser de alegría, disfrute y buenos propósitos, también de reconciliación y estar acompañado, compartiendo momentos y emociones. Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre más bien al contrario, y para muchas personas se convierte en un tiempo que temen y desean que pase cuanto antes mejor al representar para ellos tristeza, nostalgia, soledad, tensión, angustia, ansiedad, conflictos familiares, y en definitiva, malestar o incomodidad. Este malestar puede aparecer por diversos motivos: la Navidad puede hacer más visible el dolor por la ausencia de un ser querido que ha muerto o se encuentra lejos, la nostalgia de Navidades pasadas, el incumplimiento de las expectativas creadas e ilusiones puestas en torno a estas fiestas, se hace mucho más patente la soledad en personas con un entorno social y/o familiar escaso o deteriorado, el marcado carácter consumista de esta época en caso de estar asociado a una posible falta de recursos económicos, o la falsa creencia, muy extendida y potenciada por los medios de comunicación, de que en estos días todos tenemos que estar alegres y felices, cuando muchas veces nada de esto tiene que ver con la realidad de muchas personas con problemas económicos, personales, laborales o de pareja.

Por otro lado, son fechas que nos obligan a relacionarnos con familiares con los que no tenemos mucho contacto o cuya compañía no nos es grata, o que facilitan que salgan a relucir los trapos sucios que nos hemos ido guardando, pero que tras una buena comida, y más si la hemos regado con un buen, o mejor dicho, con mucho vino, lleva a que una celebración termine convirtiéndose en una batalla.

Y son fechas en las que también son numerosos los conflictos que surgen dentro de la propia familia o se hacen más visibles. Se trata de conflictos que quizás estén presentes durante el resto del año, pero que pasan más desapercibidos o se les da menos importancia, mientras que se viven más intensamente en Navidad; o aquéllos que surgen de las situaciones propias de este periodo, como decidir el lugar donde juntarse para comer y cenar, el menú a elegir, los regalos que comprar, etc.; o los conflictos que aparecen al ser un periodo en que las familias disponen de mayor tiempo para estar juntos, cuando en el resto del año las ocupaciones de cada uno hace que el contacto entre ellos sea más escaso.

En definitiva, la Navidad es para muchas personas algo distinto a turrones, belenes, regalos, celebraciones, deseos de felicidad y oportunidades para relacionarse y compartir con los demás. Pensemos también en ellos, e intentemos ayudarles a recorrer este periodo no solo deseándoles una Feliz Navidad, sino preguntando y comprendiendo cómo se sienten, y haciendo que sea más feliz “su” Navidad.

Fernando Bermejo.

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Las asignaturas pendientes: culpa y sensación de fracaso

Quien cree que cometer errores equivale a fracasar, olvida que las equivocaciones forman parte fundamental de todo aprendizaje. Además, niega la posibilidad de reparar aquello que siente como una asignatura pendiente y que tal vez pueda solucionarse, siempre y cuando se haga para mejorar el presente y no con la intención de reparar el pasado. “Si hubiese hecho, si hubiese dicho, si me hubiese comportado de otra manera o hubiera optado por la otra opción”… Echamos la vista atrás y nos culpabilizamos por acciones de nuestro pasado y pensamos que ahora pagamos las consecuencias. También achacamos lo que no nos gusta del presente a situaciones desfavorables que nos tocó vivir. Concluimos entonces que, si pudiéramos, cambiaríamos algunos capítulos de nuestra vida porque son culpables de que no tengamos lo que merecemos y de que no seamos lo felices que podríamos ser. ¿Cuánto de razón o sinrazón hay en ello?

Es cierto que las decisiones que resultaron no ser las más acertadas condicionan muchas facetas de nuestra vida. De hecho, lo que somos es producto tanto de lo que hicimos como de lo que dejamos de hacer, y nos afecta en lo académico, profesional y emocional. Es comprensible que en ciertas situaciones, que suelen coincidir con momentos de inestabilidad o de carencias emocionales, nos lamentemos por no haber adquirido habilidades concretas o por haber dejado escapar a aquella persona que tanto bien nos hacía. Sentirlo con cierta añoranza no es negativo, siempre que aceptemos nuestro presente y lo vivamos con agrado, no con resignación. Pero si no partimos de esa aceptación y andamos de continuo con la vista atrás pensando en lo que fue y en lo que pudo haber sido, tendremos que plantearnos si no estamos viviendo con asignaturas pendientes.

Al hablar de asignaturas pendientes nos referimos a situaciones del pasado cuya influencia en nuestra realidad cotidiana tendemos a magnificar. Vistas en la actualidad y con un sentimiento de fracaso, incapacidad e incluso de culpa, podemos idealizar lo que hubiera sido nuestra vida si no existieran, si hubiéramos sabido gestionar lo que ocurrió de manera diferente. Pero lo cierto es que no hay vuelta atrás y no sabemos, ni podremos saber, qué hubiera sido de nosotros y de nuestras vidas si nuestra asignatura pendiente no existiera.

En las asignaturas pendientes se mezclan sentimientos dolorosos, como la insatisfacción, la incapacidad personal, la irresponsabilidad, la falta de confianza, la exigencia perfeccionista, el victimismo, el miedo y la culpa. Se sostienen porque se parte de la falsa creencia de que cometer errores equivale a no valer. Las equivocaciones del pasado se toman, entonces, como fracasos personales y no como parte fundamental de todo aprendizaje, olvidando que sirven para percibir lo que no nos conviene o nos hace mal. Usarlas para maltratarnos y castigarnos, además de despojarlas de su utilidad, nos lleva a recaer en otro nuevo error: castigarnos.

Además, dependiendo de nuestro momento actual y de cuál sea nuestra asignatura pendiente quizá podamos reparar aquello que pensamos que hicimos equivocadamente, acometer lo que no hicimos, decir lo que no dijimos, aclarar malentendidos, pedir perdón o dar las gracias. Pero es importante hacerlo desde la idea de que nos va a procurar mayor felicidad y ahora es posible porque se ha aprendido del error del pasado. Hacerlo para llenar huecos y negar lo que fue es no vivir el presente.

Fernando Bermejo.

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Los niños necesitan límites

Una de las grandes dudas de padres y madres en la educación de sus hijos e hijas es referente a los límites que deben imponerles en sus actitudes y comportamientos. ¿Cuándo hay que recriminar, advertir o castigar a un niño? ¿Cómo podemos guiar a nuestros hijos sin generar tensiones innecesarias? Las preguntas son muchas y no existe una respuesta inequívoca. Un primer paso para afrontar estas dificultades consiste en tomar conciencia de que no es beneficioso, para pequeños ni para adultos, proteger y excusar por sistema la actitud de los hijos e hijas.

Las consecuencias de la permisividad y la sobreprotección pueden ser muy negativas. Hay quienes aseguran que la experiencia familiar de los padres de hoy ha influido de forma notable. Hace veinte años, adultos que recibieron una educación familiar estricta se estrenaron en la tarea de ser padre o madre, convencidos de que había que superar el autoritarismo que habían sufrido. Eso empujó a muchos de ellos a dejar hacer, a no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas psicológicos, a no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros.

En la educación de un hijo no se pueden evadir las normas ni la disciplina. Un niño aprende que cuando su madre o su padre dicen que no, esa decisión es inamovible. La frustración que le generará es inevitable, pero debe aprender a tolerarla y convivir con ella porque las normas son precisamente las que le dan seguridad y le enseñan a confiar en un criterio sólido.

Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar (“eres un tonto”, “eres malo”…), sino marcar el problema (“eso que haces o eso que dices está mal”). Conviene dar razones, pero no excederse en la explicación. Los sermones no sirven de mucho. Los niños responden a los hechos, no a las palabras. Un gesto de firmeza y serenidad, acompañado de pocas palabras será más efectivo que un discurso.

A los padres nos cuesta poner límites porque no nos sentimos suficientemente fuertes para enfrentarnos a nuestros hijos; porque demasiado a menudo somos complacientes con nuestros hijos e hijas para compensar el poco tiempo que les podemos dedicar; porque cuando nuestra autoestima no pasa por su mejor momento queremos ser aceptados por nuestros hijos; o, porque los adultos, el padre y la madre, nos desautorizamos mutuamente y seguimos líneas de actuación claramente contradictorias. Sin embargo, los efectos de no poner límites enseñan al niño que nunca tiene suficiente, que exige cada vez más y que tolera cada vez peor las negativas, un niño que crece con una escasa o nula tolerancia a la frustración.

Fernando Bermejo.

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