Aceptarnos como somos: mirarnos a nosotros mismos

Casi todas las personas tenemos un ideal acerca de quién queremos ser, y como ocurre con todos los ideales, casi nunca coincide con la realidad. Esto en sí no es negativo ni sorprendente, pues esa diferencia entre lo ideal y la realidad ocurre en muchos órdenes de la vida. El problema aparece cuando esa diferencia desencadena una frustración que nos lleva a enfadarnos con nosotros mismos por no ser capaces de alcanzar aquello que perseguimos, y que erróneamente pensamos que nos haría sentirnos bien. El no vernos reflejados como creemos que nos gustaría ser nos puede llevar a sentirnos frustrados y a no gustarnos a nosotros mismos, o lo que es igual: no aceptar nuestros defectos, ni tampoco mirar ni valorar nuestras virtudes.Conviene aclarar que muchas veces entendemos que aceptarse es resignarse o conformarse. Nada más lejos de la realidad. Aceptarse es mirarse a sí mismo, y desde esa aceptación proponerse cambios, pero cambios realistas, o convivir activamente y de forma provechosa con quienes somos. Y esto no es resignarse.

Para poder aceptarnos es necesario dedicar un tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, pero no para agobiarnos con todo lo que deberíamos haber hecho o nos falta por hacer, dar vueltas a cualquier hecho que nos tiene preocupados o aislarnos con nuestras preocupaciones o pensamientos recurrentes. Más bien, para darnos un respiro de las preocupaciones y una tregua de las obligaciones, conectar con nuestra propia soledad y sentirnos y conocernos más y mejor. Y desde ahí, centrados en ese momento presente experienciar lo que estamos viviendo, pensando y sintiendo.

Y durante ese tiempo, se pueden agolpar los pensamientos, o nos vendrán de uno a uno, o puedo que no venga ninguno. A los pensamientos hay que dejarlos pasar, sin pararnos en cada uno de ellos, ni concederles interés. Y esto vale también para las emociones o para otras sensaciones. Al principio puede que ese tiempo incomode e inquiete, igual que la primera vez que compartimos un espacio y un tiempo con alguien a quien no conocemos. Pero debemos encontrar el gusto y el placer de disfrutar más de nuestra propia compañía, y valorarla más.

Fernando Bermejo.

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Los miedos infantiles

Miedo a un ruido fuerte, a quedarse solo en la habitación, a la oscuridad, a que mamá se vaya y no vuelva o, incluso, a seres sobrenaturales… En la infancia, estos miedos son muy habituales. La mayoría de los niños tienen algún tipo de miedo, pero sólo si llega a ser excesivo, poco razonable o se prolonga durante la vida adulta, puede favorecer el desarrollo de trastornos de ansiedad. Ante estos casos, es aconsejable acudir a un especialista.

El miedo es una de las emociones básicas. A los bebés les asustan los estruendos o las personas desconocidas, muchos niños entre tres y cinco años necesitan dormir con alguna luz encendida porque temen a la oscuridad y entre los seis y los ocho años es común el recelo a seres sobrenaturales. Algunos padres creen que sus hijos pueden sufrir un problema psicológico cuando estos les cuentan sus miedos. Sin embargo, es propio del desarrollo del pequeño pasar por etapas en las que estos temores adquieren protagonismo. Pero a medida que crecen los miedos remiten.

Es fundamental tomar en serio a los niños. En su mundo infantil, el miedo a la oscuridad puede ser muy desasosegante. Es necesario que el niño sepa que tiene derecho a sentir temor. No ayudan comentarios como “venga, no llores, que no pasa nada”, ni intentar convencerle de forma racional. Se puede decir al niño que aunque la luz está apagada no va a pasar nada, pero es aconsejable, mientras se da la explicación, consolarle de alguna forma, con abrazos, besos, caricias, etc.

No es recomendable forzar al niño a que se enfrente al miedo de forma directa con la esperanza de que lo supere de manera inmediata. Si un niño teme la oscuridad, obligarle a dormir con la luz apagada aumentará su ansiedad, casi con toda probabilidad. Es preferible hacerlo de forma progresiva: primero dejar una noche todas las luces encendidas para, en noches sucesivas, reducir la iluminación si el niño está cada vez más tranquilo. Los padres, además, deben reaccionar con la máxima tranquilidad posible.

Los pequeños son muy sensibles a las reacciones emocionales de las personas importantes para ellos y pueden contagiarse de su miedo. Por este motivo, es muy importante que los padres moderen sus reacciones ante los miedos de sus hijos. De cualquier modo, ante temores muy frecuentes e intensos que afecten al rendimiento escolar o a la vida social del niño, es aconsejable acudir al experto.

Fernando Bermejo.

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Cuando el perfeccionismo se torna en una obsesión

Muchos niños se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas, a quienes les resulta fácil caer en la frustración, que les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. Una definición ampliamente aceptada lo define como un conjunto de creencias muy exigentes acerca de lo que las personas consideran que deben llegar a ser.

Sin embargo, también existen personas con un perfeccionismo que podríamos entender como sano, las cuales se caracterizan por unas metas elevadas, pero razonables y alcanzables, tienen altas expectativas de sí mismos y los demás y, aunque esto los vuelve exigentes, no los hace hostiles ni extremadamente críticos.

Un criterio para pensar que un niño puede ser perfeccionista en exceso es analizar si siente rabia al hacer muy bien -pero no de forma perfecta- una tarea. Otro es que los niños excesivamente perfeccionistas son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, los afectados tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Algunas explicaciones sobre cómo se desarrolla el perfeccionismo, señalan que estos niños suelen vivir en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el niño siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. No obstante, hay quienes señalan que algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño “huye” de ellos al refugiarse en esta tendencia. En todo caso, la mayoría de los especialistas coinciden en que está directamente relacionado con una baja autoestima y una necesidad apremiante de sentirse querido al hacer las cosas tan perfectas como pueda.

Para ayudar a estos niños, hay que animarles aunque no hayan logrado el resultado deseado en una actividad. Cuando tengan una rabieta porque no han hecho de forma perfecta una tarea cotidiana, hay que transmitirles la idea de que no es necesario que se enfaden tanto aunque entendemos su sufrimiento. Y tener en cuenta que los mejores momentos para explicarles que no hay por qué aspirar al perfeccionismo es cuando están tranquilos, justo después de la rabieta o el disgusto, y no en plena crisis emocional.

Fernando Bermejo.

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Vivir con adolescentes

La adolescencia de los hijos es para muchos padres una etapa marcada por la angustia, donde se hacen menos imprescindibles para los hijos al ser los amigos lo más importante y en la que hay que adaptarse a multitud de cambios. En esta época, los jóvenes necesitan independizarse, hacerse con las riendas de su vida y construir su propia identidad. No obstante, a pesar de que son frecuentes los conflictos con los padres, ante las dificultades muchos todavía necesitan refugiarse en la familia.

La adolescencia es un momento en el que los padres se topan con el deseo de autonomía de los hijos, cuando su percepción suele ser que no están todavía preparados para volar solos. Además, los jóvenes cambian de preferencias y rechazan la intromisión de los adultos que quedan relegados por el grupo de amigos. Los padres deben saber que el grupo de amistades es necesario para su crecimiento personal y, por ello, es imprescindible respetarlo.

En esta etapa, además, los adolescentes se enfrentan a nuevas situaciones como es el contacto con el alcohol, el tabaco, las drogas, las relaciones sexuales e, incluso, es el momento de decidir sus intereses académicos y laborales. Por todo, tampoco es un tiempo fácil para ellos. Por ello, es esencial permitirles espacio y escuchar sus opiniones, pero sin abandonar los límites y la orientación de los padres, porque son necesarios, ya que les aportan tranquilidad y les facilitan su autonomía. En otras palabras, y aunque a veces cueste de creer, siguen necesitando a los padres.

Por otro lado, adolescencia es equivalente a ansias de libertad, de riesgo, de negación sistemática sobre todo a la autoridad especialmente de los padres, de sexo, de experimentación… Un sinfín de actitudes contra las cuales los progenitores poco pueden hacer en ese momento. Por este motivo, es fundamental llevar los deberes hechos antes de que se vean inmersos en esta etapa, porque a esa edad de poco servirá aleccionarlos. La relación con el adolescente, la confianza, las pautas de comportamiento y de prevención, entre otras, hay que trabajarlas desde la infancia. No obstante, hay que seguir hablando con ellos, aconsejarlos, que sientan que se está a su lado y confiar en ellos y en que sepan escoger de manera adecuada.

Además, es en esta etapa vital cuando se incrementa el número de disputas: sea por la ropa, por el incumplimiento de las tareas domésticas, por los horarios, los estudios, los amigos… Sin embargo, aunque estas saquen de quicio a los padres, no hay que desesperarse. A medida que el joven crece y se desarrolla, disminuye el número de discusiones.

Establecer puentes de comunicación y saber ponerse en la piel del hijo, comprender sus inquietudes, es fundamental para resolver conflictos. También hay que ser selectivos en las batallas ya que “a veces es mejor tener paz, que tener razón”. Tal vez no valga la pena pelearse por el corte del pelo o la vestimenta -cosas que en definitiva, suelen ser temporales y, en el fondo, inofensivas- y guardarse las objeciones por aspectos de mayor envergadura como el tabaco, las drogas o el alcohol, entre otros.

Quienes tengan hijos adolescentes, ánimo… Y que no se convierta en una época para sufrirla, sino únicamente para vivirla…

Fernando Bermejo.

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La importancia de las emociones positivas

Cada vez son más habituales las referencias que encontramos sobre la psicología positiva. Se trata de una rama reciente de la psicología que busca comprender desde un punto de vista científico, los procesos que subyacen a las cualidades y emociones positivas del ser humano. Tiene como objetivo aportar nuevos conocimientos de la mente humana no sólo para resolver los problemas psicológicos, sino también para incrementar la mayor calidad de vida y el bienestar de las personas. Esto va en contra de la tendencia natural y habitual de estudiar lo que amenaza el bienestar de las personas, y por tanto, centrarse en las emociones negativas y olvidar el valor de las positivas.

Experimentar emociones positivas es siempre algo agradable y placentero, y sus funciones vendrían a complementar las de las emociones negativas, de modo que ambas serían igualmente importantes desde un punto de vista adaptativo. De modo que de la misma manera que las emociones negativas nos ayudan de cara a nuestra supervivencia, por ejemplo, la ira nos prepara para el ataque o el miedo para huida, las emociones positivas nos hablan de cuestiones relativas con el desarrollo y crecimiento personal.

Si bien experimentar emociones negativas es algo inevitable y a la vez útil desde el punto de vista evolutivo, también es cierto que tales emociones se encuentran en el núcleo de muchos de los trastornos psicológicos. Aunque el interés por estudiarlas y manipularlas ha ayudado notablemente a disminuir el sufrimiento de muchas personas, no es suficiente y se necesita seguir mejorando la eficacia de los tratamientos psicológicos. Esto obliga a explorar nuevos caminos y en este sentido parece razonable proponer el posible papel de las emociones positivas en la prevención y el tratamiento de numerosos trastornos.

De hecho, podríamos decir que parte de la eficacia de muchas de las técnicas psicológicas ampliamente utilizadas se debe a que generan estados emocionales positivos o a que crean las condiciones adecuadas para que éstos aparezcan. Por ejemplo, la relajación que se utilizan en el tratamiento de los trastornos de ansiedad es eficaz porque, de alguna forma, fomenta sensaciones positivas de calma interior o de desconexión con el mundo. Algo parecido ocurre con la activación conductual o la programación de actividades placenteras para tratar trastornos como la depresión. Es obvio que realizar de actividades placenteras aumenta los niveles de reforzamiento positivo y hace más probable que aparezcan distintas emociones positivas, que vendrían a contrarrestar la presencia de las negativas.

En definitiva, con la Psicología Positiva nos encontramos una tendencia sugerente que no parte del malestar psicológico y se centra en el presente, en la vida cotidiana, pero desde un enfoque positivo, basándose en las potencialidades y las fortalezas, de cara a buscar el crecimiento personal y la felicidad. Se trata, por tanto, de alcanzar el bienestar psicológico introduciendo emociones positivas en nuestra vida, en lugar de evitando o eliminando las emociones negativas; se trata de sentirse bien y continuar sintiéndose bien, sin necesidad de haberse sentido mal.

Fernando Bermejo.

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¿Hay que contar la verdad a un enfermo terminal?

Esta es una de las decisiones más complejas para los familiares directos de quienes saben que un ser querido tiene un diagnóstico terminal. En este tipo de situación, se plantea un debate entre los derechos esenciales del ser humano a conocer la verdad sobre su vida, y también, el deseo del entorno de querer proteger a esa persona de la conciencia de su propio final. A todo ello hay que sumar también la realidad de que algunos pacientes quieren vivir realmente en la ignorancia de este hecho. Es decir, para algunas personas, conocer esta información puede ser un detonante de hundimiento moral definitivo.

Es cierto que, generalmente, es difícil que un paciente no se dé cuenta de la situación que está viviendo. Sin embargo, en ocasiones, surge un deseo de conocer la situación a medias. Y conviene no juzgar de forma negativa esta especie de autoengaño puesto que hay que asumir la complejidad existencial de la situación: conocer el límite definitivo de la vida, sin poder hacer nada más que asumirlo como tal. No todas las personas se sienten preparadas para ello.

Es una situación compleja en la que no existe una única solución correcta. Es decir, lo más importante en estas circunstancias es el respeto a las familias que actúan siempre con el mejor deseo de hacer el mayor bien al paciente. Aquellas familias que deciden contar toda la verdad lo hacen por el deseo de dar al paciente su libertad de llevar a cabo sus últimas voluntades en vida. Es decir, puede que le hayan quedado cosas por hacer, asuntos sobre los que quiere decidir, y para ello, necesita saber esta información.

Respecto de estas últimas voluntades no solo puede hablarse de la cuestión del testamento, sino también, de aspectos emocionales. Por ejemplo, tal vez el paciente decida mantener una conversación pediente con una persona con la que lleva tiempo distanciada.

En ocasiones, fruto de la duda y de la inquietud que muestra el propio paciente por saber qué le ocurre y el miedo de que le estén ocultando algo, contar la verdad puede ser la mejor respuesta para dar a esa persona la paz que necesita. Conocer la verdad aporta paz porque es la duda lo que puede atormentar a una persona.

Es decir, no es lo mismo la ignorancia real de un paciente que vive ajeno a su realidad definitiva, que quien está en una lucha interior continua.

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