El confinamiento y sus efectos en los niños: consejos para las familias

Según se ha podido comprobar, en los adultos que se encuentran en confinamiento existe un mayor riesgo de sufrir algunos problemas psicológicos, como la depresión, el desapego hacia los demás, estrés postraumático, ira o mayor irritabilidad, fatiga, insomnio o angustia. Los niños son mucho más resistentes que los adultos a los efectos psicológicos del aislamiento, pero no son inmunes en su totalidad. El cambio en sus rutinas, el continuo “bombardeo” de noticias, o no poder satisfacer sus necesidades básicas como correr, saltar, jugar con sus amigos, etc. puede provocarles estrés y tener un gran impacto emocional en ellos.

Según el tipo de personalidad y carácter del niño se pueden dar diferentes efectos psicológicos:

Los niños que son más sensibles suelen sentirse muy abrumados por los estímulos, por los cambios repentinos y sobre todo, por la angustia emocional de los demás. Este tipo de niños pueden llorar más a menudo y llegar a experimentar alteraciones del sueño como terrores nocturnos o pesadillas.

Los niños con un temperamento difícil suelen tener problemas para aceptar las instrucciones y las normas que se le dan y poseen una mayor tendencia a responder de malas formas. Este tipo de niños experimentaran una mayor rebeldía ante la cuarentena, además de cambios de humor y aburrimiento.

Dentro de la cuarentena por coronavirus los adultos tenemos que ser activos para combatir todos los efectos psicológicos negativos que producen el aislamiento tanto en nosotros mismos, como en los niños y el resto de la familia.

En referencia a los pequeños, será necesario que:

  1. Se establezcan unas rutinas

La principal tarea de los padres será la de crear unas rutinas que proporcionen seguridad y estabilidad a los más pequeños dentro de esta situación de excepción. Los niños deben entender que no son vacaciones. Por eso, fijar un horario será muy importante para ayudarles a saber lo que va a ocurrir. Este “programa” incluirá los diferentes momentos del día como las comidas, los momentos de estudio, tareas como recoger el cuarto, hacerse la cama, etc.

  1. Ser más tolerantes

En estos días niños y adultos podemos mostrarnos más nerviosos. Es importante ser un poco más tolerantes con el comportamiento de los pequeños. Para ello será importante saber manejar las herramientas necesarias para la gestión de situaciones como peleas entre hermanos, rabietas, etc. Los adultos hemos de ser pacientes, firmes y utilizar el sentido común.

  1. El buen uso de la tecnología

Las consolas, los ordenadores, la televisión, el teléfono móvil y la tableta pueden ser grandes aliados sobre todo en esos momentos del día donde la energía de los niños está más decaída para realizar otro tipo de actividades donde se requiere mucha más concentración. ¡Pero siempre controlando su uso!

  1. Mantener contacto con otras personas

Somos “animales sociales” y como tal necesitamos relacionarnos con otras personas. Será importante telefonear o hacer videollamadas a amigos o familia para mantener el contacto y combatir los miedos y la incertidumbre de esta situación tan nueva y estresante para los pequeños.

  1. Relax

Es necesario combatir la irritabilidad. Hay que tranquilizarse y dejar de lado el malestar. Para ello los progenitores se pueden hacer turnos del cuidado de los hijos y tomarse un rato para sí mismos (o teletrabajar sin distracciones).

  1. Hablar con los niños sobre el tema

Para hacerlo, los padres deben adaptar el mensaje que quieren dar a la edad y la madurez de los hijos. Todo lo que se diga debe ser verdad y utilizar la sinceridad.

  1. Actividades en familia

No se puede salir pero se pueden seguir haciendo actividades en familia como ver películas juntos, jugar a juegos de mesa, etc. Eso ayudará a los pequeños a sobrellevar mejor el aislamiento.

Esta situación, como vemos, va a poner a prueba a toda la familia. Por ello, conviene tener en cuenta estos consejos para que este periodo, aun no estando libre de conflictos y momentos complicados, sea lo más llevadero posible. De lograrlo, esta situación puede haberos servido también para que seáis una familia más unida, más fuerte y con unos lazos más estrechos. ¡No dejéis pasar esta oportunidad!

Fernando Bermejo.

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Tengo obsesiones y manías

El término obsesión es definido como “una perturbación anímica producida por una idea fija” o como “una idea que con tenaz persistencia asalta a la mente”. Sin embargo, más coloquialmente solemos hablar de “manías” que de “obsesiones”, pues nos parece que las manías son hasta cierto punto normales y todos tenemos las nuestras. De modo que decimos “tengo la manía de contar los pasos que doy cuando camino”; “tengo la manía de sumar los números de las matrículas de los coches”; “tengo la manía de comprobar varias veces que he cerrado la puerta del garaje”; “tengo la manía de lavarme las manos muchas veces durante el día”; “tengo la manía de leer dos veces lo que estoy leyendo”, etc. Estos serían algunos síntomas obsesivos a los que nos referimos con la palabra “manías”.

Lo cierto es que no todos los síntomas de los llamados “obsesivos” son igualmente graves, sino que más responden a un continuo y habría que tener en cuenta su intensidad y frecuencia, y sobre todo si están ocasionando un deterioro en la vida personal, social, familiar o laboral. Al hablar de continuo, nos referimos a que existen diferentes niveles que van desde el menos grave, que se correspondería con la presencia de rasgos obsesivos, a otros más graves donde estaríamos ante un trastorno de la personalidad obsesiva o un trastorno obsesivo-compulsivo.

Cuando hablamos de rasgos obsesivos, nos estamos refiriendo a la puntualidad, el orden, la responsabilidad, la autoexigencia y la meticulosidad, características que son muy valoradas socialmente y más si cabe el mundo laboral. De modo que este patrón de comportamiento es sinónimo del buen trabajador, que vela por los intereses de la empresa, y que pone en segundo plano los de la familia. Esto lleva a que generalmente la persona sea muy valorado por sus jefes y se muestre muy complaciente, responsable y autoexigente en su trabajo, pero siendo bien distinto en su vida familiar donde probablemente se muestre muy rígido e intransigente.

También podríamos hablar de trastorno de la personalidad obsesiva, cuando los rasgos anteriores son exagerados y producen un deterioro significativo en el ámbito familiar, social y laboral. Las personas con este trastorno se suelen caracterizar por una preocupación excesiva por el orden, la organización y los horarios; una dedicación excesiva al trabajo dejando de lado las obligaciones familiares, sociales o de ocio; la inflexibilidad y el perfeccionismo, la incapacidad para delegar en los demás o la dificultad para ver otros puntos de vista distintos al propio.

El trastorno obsesivo-compulsivo sería el nivel más grave, donde aparecerían obsesiones y compulsiones (rituales) como los ejemplos que planteábamos al principio, pudiendo llegar a provocar una gran incapacidad para desarrollar la vida cotidiana pese a que la persona en muchos casos es consciente de lo absurdo de sus pensamientos y su conducta.

Para resumir, subrayar que las “manías” no siempre reflejan un trastorno subyacente, pero que de ocupar una parte importante del día determinados pensamientos y rituales o “manías”, representar varias de las características antes descritas el funcionamiento habitual de la persona, y sobre todo, perturbar uno o varios ámbitos de su vida, harían necesaria la intervención profesional, ya sea psicológica o psiquiátrica. De modo que estemos atentos, sin obsesionarnos, a determinados comportamientos que lejos de ser elegidos por nosotros, más bien nos hacen ser menos libres.

Fernando Bermejo.

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Aceptarnos como somos: mirarnos a nosotros mismos

Casi todas las personas tenemos un ideal acerca de quién queremos ser, y como ocurre con todos los ideales, casi nunca coincide con la realidad. Esto en sí no es negativo ni sorprendente, pues esa diferencia entre lo ideal y la realidad ocurre en muchos órdenes de la vida. El problema aparece cuando esa diferencia desencadena una frustración que nos lleva a enfadarnos con nosotros mismos por no ser capaces de alcanzar aquello que perseguimos, y que erróneamente pensamos que nos haría sentirnos bien. El no vernos reflejados como creemos que nos gustaría ser nos puede llevar a sentirnos frustrados y a no gustarnos a nosotros mismos, o lo que es igual: no aceptar nuestros defectos, ni tampoco mirar ni valorar nuestras virtudes.Conviene aclarar que muchas veces entendemos que aceptarse es resignarse o conformarse. Nada más lejos de la realidad. Aceptarse es mirarse a sí mismo, y desde esa aceptación proponerse cambios, pero cambios realistas, o convivir activamente y de forma provechosa con quienes somos. Y esto no es resignarse.

Para poder aceptarnos es necesario dedicar un tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, pero no para agobiarnos con todo lo que deberíamos haber hecho o nos falta por hacer, dar vueltas a cualquier hecho que nos tiene preocupados o aislarnos con nuestras preocupaciones o pensamientos recurrentes. Más bien, para darnos un respiro de las preocupaciones y una tregua de las obligaciones, conectar con nuestra propia soledad y sentirnos y conocernos más y mejor. Y desde ahí, centrados en ese momento presente experienciar lo que estamos viviendo, pensando y sintiendo.

Y durante ese tiempo, se pueden agolpar los pensamientos, o nos vendrán de uno a uno, o puedo que no venga ninguno. A los pensamientos hay que dejarlos pasar, sin pararnos en cada uno de ellos, ni concederles interés. Y esto vale también para las emociones o para otras sensaciones. Al principio puede que ese tiempo incomode e inquiete, igual que la primera vez que compartimos un espacio y un tiempo con alguien a quien no conocemos. Pero debemos encontrar el gusto y el placer de disfrutar más de nuestra propia compañía, y valorarla más.

Fernando Bermejo.

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Llega la Navidad

Cuando pensamos en la Navidad, solemos asociar este periodo a momentos que tienen que ser de alegría, disfrute y buenos propósitos, también de reconciliación y estar acompañado, compartiendo momentos y emociones. Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre más bien al contrario, y para muchas personas se convierte en un tiempo que temen y desean que pase cuanto antes mejor al representar para ellos tristeza, nostalgia, soledad, tensión, angustia, ansiedad, conflictos familiares, y en definitiva, malestar o incomodidad. Este malestar puede aparecer por diversos motivos: la Navidad puede hacer más visible el dolor por la ausencia de un ser querido que ha muerto o se encuentra lejos, la nostalgia de Navidades pasadas, el incumplimiento de las expectativas creadas e ilusiones puestas en torno a estas fiestas, se hace mucho más patente la soledad en personas con un entorno social y/o familiar escaso o deteriorado, el marcado carácter consumista de esta época en caso de estar asociado a una posible falta de recursos económicos, o la falsa creencia, muy extendida y potenciada por los medios de comunicación, de que en estos días todos tenemos que estar alegres y felices, cuando muchas veces nada de esto tiene que ver con la realidad de muchas personas con problemas económicos, personales, laborales o de pareja.

Por otro lado, son fechas que nos obligan a relacionarnos con familiares con los que no tenemos mucho contacto o cuya compañía no nos es grata, o que facilitan que salgan a relucir los trapos sucios que nos hemos ido guardando, pero que tras una buena comida, y más si la hemos regado con un buen, o mejor dicho, con mucho vino, lleva a que una celebración termine convirtiéndose en una batalla.

Y son fechas en las que también son numerosos los conflictos que surgen dentro de la propia familia o se hacen más visibles. Se trata de conflictos que quizás estén presentes durante el resto del año, pero que pasan más desapercibidos o se les da menos importancia, mientras que se viven más intensamente en Navidad; o aquéllos que surgen de las situaciones propias de este periodo, como decidir el lugar donde juntarse para comer y cenar, el menú a elegir, los regalos que comprar, etc.; o los conflictos que aparecen al ser un periodo en que las familias disponen de mayor tiempo para estar juntos, cuando en el resto del año las ocupaciones de cada uno hace que el contacto entre ellos sea más escaso.

En definitiva, la Navidad es para muchas personas algo distinto a turrones, belenes, regalos, celebraciones, deseos de felicidad y oportunidades para relacionarse y compartir con los demás. Pensemos también en ellos, e intentemos ayudarles a recorrer este periodo no solo deseándoles una Feliz Navidad, sino preguntando y comprendiendo cómo se sienten, y haciendo que sea más feliz “su” Navidad.

Fernando Bermejo.

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Cuando el perfeccionismo se torna en una obsesión

Muchos niños se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas, a quienes les resulta fácil caer en la frustración, que les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. Una definición ampliamente aceptada lo define como un conjunto de creencias muy exigentes acerca de lo que las personas consideran que deben llegar a ser.

Sin embargo, también existen personas con un perfeccionismo que podríamos entender como sano, las cuales se caracterizan por unas metas elevadas, pero razonables y alcanzables, tienen altas expectativas de sí mismos y los demás y, aunque esto los vuelve exigentes, no los hace hostiles ni extremadamente críticos.

Un criterio para pensar que un niño puede ser perfeccionista en exceso es analizar si siente rabia al hacer muy bien -pero no de forma perfecta- una tarea. Otro es que los niños excesivamente perfeccionistas son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, los afectados tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Algunas explicaciones sobre cómo se desarrolla el perfeccionismo, señalan que estos niños suelen vivir en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el niño siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. No obstante, hay quienes señalan que algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño «huye» de ellos al refugiarse en esta tendencia. En todo caso, la mayoría de los especialistas coinciden en que está directamente relacionado con una baja autoestima y una necesidad apremiante de sentirse querido al hacer las cosas tan perfectas como pueda.

Para ayudar a estos niños, hay que animarles aunque no hayan logrado el resultado deseado en una actividad. Cuando tengan una rabieta porque no han hecho de forma perfecta una tarea cotidiana, hay que transmitirles la idea de que no es necesario que se enfaden tanto aunque entendemos su sufrimiento. Y tener en cuenta que los mejores momentos para explicarles que no hay por qué aspirar al perfeccionismo es cuando están tranquilos, justo después de la rabieta o el disgusto, y no en plena crisis emocional.

Fernando Bermejo.

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¿Hay que contar la verdad a un enfermo terminal?

Esta es una de las decisiones más complejas para los familiares directos de quienes saben que un ser querido tiene un diagnóstico terminal. En este tipo de situación, se plantea un debate entre los derechos esenciales del ser humano a conocer la verdad sobre su vida, y también, el deseo del entorno de querer proteger a esa persona de la conciencia de su propio final. A todo ello hay que sumar también la realidad de que algunos pacientes quieren vivir realmente en la ignorancia de este hecho. Es decir, para algunas personas, conocer esta información puede ser un detonante de hundimiento moral definitivo.

Es cierto que, generalmente, es difícil que un paciente no se dé cuenta de la situación que está viviendo. Sin embargo, en ocasiones, surge un deseo de conocer la situación a medias. Y conviene no juzgar de forma negativa esta especie de autoengaño puesto que hay que asumir la complejidad existencial de la situación: conocer el límite definitivo de la vida, sin poder hacer nada más que asumirlo como tal. No todas las personas se sienten preparadas para ello.

Es una situación compleja en la que no existe una única solución correcta. Es decir, lo más importante en estas circunstancias es el respeto a las familias que actúan siempre con el mejor deseo de hacer el mayor bien al paciente. Aquellas familias que deciden contar toda la verdad lo hacen por el deseo de dar al paciente su libertad de llevar a cabo sus últimas voluntades en vida. Es decir, puede que le hayan quedado cosas por hacer, asuntos sobre los que quiere decidir, y para ello, necesita saber esta información.

Respecto de estas últimas voluntades no solo puede hablarse de la cuestión del testamento, sino también, de aspectos emocionales. Por ejemplo, tal vez el paciente decida mantener una conversación pediente con una persona con la que lleva tiempo distanciada.

En ocasiones, fruto de la duda y de la inquietud que muestra el propio paciente por saber qué le ocurre y el miedo de que le estén ocultando algo, contar la verdad puede ser la mejor respuesta para dar a esa persona la paz que necesita. Conocer la verdad aporta paz porque es la duda lo que puede atormentar a una persona.

Es decir, no es lo mismo la ignorancia real de un paciente que vive ajeno a su realidad definitiva, que quien está en una lucha interior continua.

Leer más: http://psicoblog.com/contar-la-verdad-enfermo-terminal/#ixzz4XibE7KhG