Educar en el optimismo

Entre las enseñanzas más útiles que los padres pueden transmitir a sus hijos está que aprendan una actitud saludable frente a la vida y prepararles para tratar con las dificultades y desafíos que se les presenten de una manera eficiente. Uno de los caminos para lograrlo es ayudarles a ver el lado positivo de las cosas, lo cual no tiene que estar ligado a la ingenuidad o al engaño. Además, es recomendable hacerlo desde la infancia más temprana ya que pensar de manera positiva hace que los niños se sientan mejor.

Enseñarles a pensar en positivo va en contra de la tendencia natural del individuo: centrarse en lo negativo y en las amenazas que suponemos que nos rodean. Para ello se trataría de no centrarse solo en lo doloroso, en la adversidad o los contratiempos, sino en ser capaces de abarcar también aquello que sí que funciona, lo que es valioso y en las oportunidades y aprendizajes que surgen a partir de las contrariedades.

Mirar también hacia el aspecto positivo, aunque nos pueda suponer un esfuerzo, permite ampliar la visión de realidad y aumentar nuestro bienestar. Y no hay que caer en considerar que el optimismo consiste en repetirnos a nosotros mismos pensamientos felices porque esto puede proporcionarnos cierto bienestar por un momento pero no ayudan por mucho tiempo. Se trata de prestar atención y hacer nuestra esa otra parte de la realidad que muchas veces ni siquiera vemos.

Por tanto, son muchos los beneficios de ayudar a los niños a construir una visión optimista, que les proporcionará una visión más sana de la vida. Además, está demostrado que el optimismo incrementa su autoestima y seguridad en sí mismo. Y también que el optimismo y el pesimismo no son innatos, sino que procede de la realidad: los niños aprenden su estilo explicativo de sus padres, profesores, compañeros y amigos, es decir, de todo su entorno desde la infancia. Aprenden a responder ante la adversidad como su entorno más directo responde, y ese modelo les acompañará sin cuestionarlo mucho tiempo o, incluso, toda la vida.

Como cualquier persona, cuando un niño hace algo mal o algo le sale mal se pregunta por qué, quién tiene la culpa, cuánto tiempo durará, en qué medida me afectará, etc. Aquí es donde los padres pueden enseñar cómo abordar las respuestas desde una visión más amplia y positiva. Compartir los pensamientos positivos con los hijos o reformular sus frases negativas para que puedan descubrir la parte beneficiosa, son algunas herramientas que pueden ser útiles a los padres.

Fernando Bermejo.

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Cuando los hijos se van de casa

Es ley de vida: un día los hijos se independizan y dejan el hogar familiar. Los padres que han dedicado todas sus energías a su cuidado son más proclives a padecer el síndrome del nido vacío, un problema que se puede prevenir y superar. Los sentimientos de soledad, tristeza y vacío que origina no duran para siempre si se siguen los pasos adecuados.

Este sentimiento de malestar y soledad nace en los padres cuando uno o más hijos se van de casa, ya sea para ir a estudiar a la universidad o para emanciparse. Afecta a quienes tienen hijos u otras personas a su cargo pero, sobre todo, a madres. Las personas que lo padecen suelen ser dependientes, han dedicado toda su vida a los hijos, se ven a sí mismas sin ningún objetivo, obligación o utilidad una vez que los hijos abandonan el hogar; tienen pocas aficiones y, por norma general, no trabajan fuera de casa.

Los sentimientos que afloran son varios: se sienten solos, tristes, inútiles, angustiados y con cierto nivel de ansiedad. Pueden, incluso, padecer trastornos del sueño, como insomnio o frecuentes despertares nocturnos. Su autoestima se puede ver afectada y, en algunos casos, desarrollan síntomas asociados a la depresión, como la fatiga o la falta de concentración. Aunque las principales señales son psicológicas, también pueden experimentar dolores de estómago, dificultades en la digestión o dolores de espalda.

Afecta más cuanto mayor es la sensación de soledad, lo que implica que la permanencia de un hijo o más en el hogar familiar puede aliviar un tanto los síntomas. No obstante, estos no son más acusados si se van más hijos, o menos si se queda alguno en casa, sino que depende del vínculo y dedicación que los padres hayan tenido con cada uno de ellos. Puede que esos lazos y entrega hayan sido muy estrechos con sólo uno de ellos. En ese caso, aunque quede uno o más hijos en casa, la persona puede padecer los mismos síntomas si el que se va es el que se había protegido más. En cambio, los que han sido más independientes durante años, no dejan tras de sí tantos síntomas del síndrome.

¿Se puede evitar el dolor que genera la ausencia de los hijos? Es aconsejable que los padres se preparen para la nueva etapa mientras los hijos aún vivan en el hogar familiar. Esta preparación consiste en ampliar su red social o número de personas que uno tiene a su alrededor, así como la calidad de sus relaciones. También aumentar el número de actividades de ocio y aficiones contribuye a prevenir el síndrome.

Por tanto, son varias las medidas que conviene tomar: ocupar el tiempo que antes se dedicaba a los hijos en actividades de ocio y tiempo libre que resulten agradables; reavivar la vida de pareja y aprovechar esa soledad para recuperar la intimidad y el diálogo que quizás no se podía tener cuando los hijos estaban aún en casa; transformar esta situación en una oportunidad para hacer cosas que no se habían podido hacer; y sobre todo, aceptar la nueva situación, tomando una clara conciencia de que la relación con los hijos cambia, no termina.

Fernando Bermejo.

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Llega la Navidad

Cuando pensamos en la Navidad, solemos asociar este periodo a momentos que tienen que ser de alegría, disfrute y buenos propósitos, también de reconciliación y estar acompañado, compartiendo momentos y emociones. Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre más bien al contrario, y para muchas personas se convierte en un tiempo que temen y desean que pase cuanto antes mejor al representar para ellos tristeza, nostalgia, soledad, tensión, angustia, ansiedad, conflictos familiares, y en definitiva, malestar o incomodidad. Este malestar puede aparecer por diversos motivos: la Navidad puede hacer más visible el dolor por la ausencia de un ser querido que ha muerto o se encuentra lejos, la nostalgia de Navidades pasadas, el incumplimiento de las expectativas creadas e ilusiones puestas en torno a estas fiestas, se hace mucho más patente la soledad en personas con un entorno social y/o familiar escaso o deteriorado, el marcado carácter consumista de esta época en caso de estar asociado a una posible falta de recursos económicos, o la falsa creencia, muy extendida y potenciada por los medios de comunicación, de que en estos días todos tenemos que estar alegres y felices, cuando muchas veces nada de esto tiene que ver con la realidad de muchas personas con problemas económicos, personales, laborales o de pareja.

Por otro lado, son fechas que nos obligan a relacionarnos con familiares con los que no tenemos mucho contacto o cuya compañía no nos es grata, o que facilitan que salgan a relucir los trapos sucios que nos hemos ido guardando, pero que tras una buena comida, y más si la hemos regado con un buen, o mejor dicho, con mucho vino, lleva a que una celebración termine convirtiéndose en una batalla.

Y son fechas en las que también son numerosos los conflictos que surgen dentro de la propia familia o se hacen más visibles. Se trata de conflictos que quizás estén presentes durante el resto del año, pero que pasan más desapercibidos o se les da menos importancia, mientras que se viven más intensamente en Navidad; o aquéllos que surgen de las situaciones propias de este periodo, como decidir el lugar donde juntarse para comer y cenar, el menú a elegir, los regalos que comprar, etc.; o los conflictos que aparecen al ser un periodo en que las familias disponen de mayor tiempo para estar juntos, cuando en el resto del año las ocupaciones de cada uno hace que el contacto entre ellos sea más escaso.

En definitiva, la Navidad es para muchas personas algo distinto a turrones, belenes, regalos, celebraciones, deseos de felicidad y oportunidades para relacionarse y compartir con los demás. Pensemos también en ellos, e intentemos ayudarles a recorrer este periodo no solo deseándoles una Feliz Navidad, sino preguntando y comprendiendo cómo se sienten, y haciendo que sea más feliz “su” Navidad.

Fernando Bermejo.

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Qué hacer ante la soledad

Nos sentimos solos cuando no tenemos comunicación con otras personas o cuando percibidos que nuestras relaciones sociales no son satisfactorias.

Los seres humanos necesitamos gente a nuestro alrededor. Aunque haya personas que buscan y disfrutan de la soledad, la mayoría de nosotros estamos más felices y nos sentimos más seguros viviendo en compañía. Somos seres sociales que necesitamos de los demás para hacernos a nosotros mismos. Y no sólo para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo personal, sino también para afianzar y revalidar nuestra autoestima y confianza en nosotros mismos, ya que éstas se generan cada día en la interrelación con las personas que nos rodean.

La soledad, salvo excepciones, es una experiencia indeseada que puede llevar a sentimientos de depresión y ansiedad. No significa necesariamente que la persona esté aislada socialmente, sino que refleja una percepción subjetiva de la persona respecto a sus relaciones sociales, bien porque esta red es escasa o porque la relación es insatisfactoria o demasiado superficial. La soledad puede ser consecuencia de la ausencia de una relación intensa e íntima con otra persona que nos produzca satisfacción y seguridad o consecuencia de la no pertenencia a un grupo donde se compartan intereses y preocupaciones.

Cuando carecemos de la habilidad suficiente para relacionarnos de manera eficiente, es decir, son deficitarias nuestras habilidades sociales, aumenta la probabilidad de que nos quedemos solos ya que las relaciones que mantenemos son de menor calidad y más forzadas. También podemos apartarnos de los demás si pensamos que no somos personas dignas de ser apreciadas o somos especialmente sensibles a un posible rechazo de los demás.

La soledad también está asociada a la pérdida de relaciones con personas significativas que se produce habitualmente en la vida de los individuos lo que, dependiendo del tipo de pérdida, puede conducir a estados de tristeza, rabia, desamor y negatividad. Por ejemplo, ante una separación en la pareja o el fallecimiento de un ser querido, desaparece de nuestra vida alguien a quien hemos amado o que ocupaba un espacio estelar en nuestra cotidianeidad, por lo que nos puede invadir una notable sensación de soledad y un vacío ante una situación en la que nos vemos perdidos y sin la referencia en la que antes podíamos estar apoyándonos en el día a día.

También existe la soledad de quien apenas habla más que con su familia más cercana o sus compañeros de trabajo. Muchas veces somos incapaces de intimar con quienes nos rodean, o tememos abrirnos y que nos hagan daño o nos rechacen. Si la soledad es deseada nada hay que objetar, aunque la situación entraña peligro: el ser humano es social por naturaleza y una red de amigos con la que compartir aficiones, preocupaciones y anhelos es un bien que no tiene precio. Sin embargo, cuando la soledad no es deseada, pueden convertirse en angustia, tristeza o depresión.

En diversas ocasiones de la vida puede que esta sensación esté más presente, a veces por lo cambiante de las circunstancias, lo que significa que también puede entenderse como algo transitorio y no necesariamente traumática. No obstante, conviene mirar hacia sí mismo y reflexionar sobre el tipo y las causas de la soledad que estamos sufriendo (si se debe a una pérdida que hemos de superar, si nuestro círculo social es muy reducido o si carecemos de las habilidades sociales necesarias para interaccionar satisfactoriamente con los demás, entre otras), dejar aparte la timidez e intentar tomar la iniciativa de establecer nuevas relaciones que puedan satisfacernos, luchar contra el miedo al rechazo y a las insatisfacciones que provoca lo que a veces son expectativas que no se cumplen o esfuerzos que no se ven correspondidos, y evitar mensajes que nos llevan a desconfiar de las intenciones de los demás. En definitiva, adoptar una postura distinta, arriesgándose a abrirse a los demás, o aprendiendo las habilidades sociales que permitan unas relaciones amplias e íntimas que le sirvan para mitigar la soledad y sentar las bases para que esta sensación sea menos probable en un futuro.

Fernando Bermejo.

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Vencer la timidez

Muchas personas sienten un rubor que invade sus mejillas, sudor frío en las manos y la frente, que los latidos se aceleran, un nudo en la garganta, temblores, algunos tics y un sinfín sensaciones incontrolables cuando se encuentran ante otras personas. Todas estas sensaciones son las que con frecuencia dice experimentar una persona cuando se considera tímido o tímida.

Aunque las personas tímidas tratan de esconder estas sensaciones, en general, fracasan en su intento, y ante el evidente fracaso, las cosas empeoran aún más. Si una persona se encuentra incómoda y no sabe cómo actuar, por ejemplo, en una reunión de amigos o de trabajo, en un principio se ruborizará. Pero esto no es lo peor: al darse cuenta de que llama la atención, el rubor aumentará; si, además, alguien le hace la observación de que se está poniendo colorado, terminará por vivir el encuentro casi como una tragedia.

La timidez se relaciona con el contacto social. Por ello, hay muchas y variadas situaciones en las que las personas tímidas lo pasan francamente mal: hacer una pregunta en público, iniciar una conversación, encontrarse a solas con alguien en el ascensor, hacer una crítica o simplemente dar una opinión, iniciar una relación de pareja, etc. Por ello, en la mayoría de las ocasiones la timidez se convierte en una tortura para las personas que la padecen, un problema patológico que les impide relacionarse con normalidad y que muchas veces requiere atención especializada.

La cuestión es cuando se puede considerar la timidez un problema suficiente como para buscar ayuda profesional. El criterio fundamental es el sufrimiento que suponga para la propia persona, que esa dificultad o temor ante el contacto social se convierta en una angustia que desestabiliza y perjudica a las personas en sus relaciones laborales, de amigos y familiares. En definitiva, cuando el bienestar emocional y, en general, la calidad de vida se resienten demasiado es cuando hay que intervenir.

Conviene también aclarar que ser tímido no es lo mismo que ser introvertido. Las personas introvertidas son más bien reservadas, pero podrían no ser tímidas. Lo son porque eligen disfrutar de su mundo interior y no salir mucho de sí mismos. El tímido suele ser más bien una persona insegura, que no confía mucho en sí misma y muy sensible a la opinión de los demás. Y aunque algunas personas tímidas aceptan su timidez como parte de su personalidad y conviven con ella, logrando sobreponerse, en otros casos les causa un importante sufrimiento.

Lo importante es que no se nace siendo tímido. Las experiencias infantiles influyen notablemente en el desarrollo de la timidez. El modo de relacionarse con los demás se aprende de niño por la influencia de modelos parentales o por determinadas actitudes de quienes intervienen en el proceso educativo. También una etapa importante para la aparición de la timidez es la adolescencia.

Para superar la timidez hay que abordar las sensaciones que la acompañan y los pensamientos no deseados que asaltan a las personas tímidas, desarrollar estrategias para afrontar la angustia que provocan los encuentros sociales, incrementar las habilidades para desenvolverse en situaciones sociales, aumentar la confianza en sí mismo, disminuir la importancia de lo que los demás puedan pensar, ser menos perfeccionista, aceptar las equivocaciones, y en muchos casos, valorarse más y aceptarse tal como se es.

Como vemos, son diversos los aspectos que alimentan y mantienen la timidez, y cada persona se verá más afectada por unos que por otros. De cualquier modo, lo importante es que al vivir en un mundo social, reflexionemos sobre nuestras dificultades en este ámbito y entendamos que podemos mejorar nuestras competencias sociales y disminuir los temores que las situaciones sociales nos puedan provocar.

Fernando Bermejo.

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Tengo obsesiones y manías

El término obsesión es definido como “una perturbación anímica producida por una idea fija” o como “una idea que con tenaz persistencia asalta a la mente”. Sin embargo, más coloquialmente solemos hablar de “manías” que de “obsesiones”, pues nos parece que las manías son hasta cierto punto normales y todos tenemos las nuestras. De modo que decimos “tengo la manía de contar los pasos que doy cuando camino”; “tengo la manía de sumar los números de las matrículas de los coches”; “tengo la manía de comprobar varias veces que he cerrado la puerta del garaje”; “tengo la manía de lavarme las manos muchas veces durante el día”; “tengo la manía de leer dos veces lo que estoy leyendo”, etc. Estos serían algunos síntomas obsesivos a los que nos referimos con la palabra “manías”.

Lo cierto es que no todos los síntomas de los llamados “obsesivos” son igualmente graves, sino que más responden a un continuo y habría que tener en cuenta su intensidad y frecuencia, y sobre todo si están ocasionando un deterioro en la vida personal, social, familiar o laboral. Al hablar de continuo, nos referimos a que existen diferentes niveles que van desde el menos grave, que se correspondería con la presencia de rasgos obsesivos, a otros más graves donde estaríamos ante un trastorno de la personalidad obsesiva o un trastorno obsesivo-compulsivo.

Cuando hablamos de rasgos obsesivos, nos estamos refiriendo a la puntualidad, el orden, la responsabilidad, la autoexigencia y la meticulosidad, características que son muy valoradas socialmente y más si cabe el mundo laboral. De modo que este patrón de comportamiento es sinónimo del buen trabajador, que vela por los intereses de la empresa, y que pone en segundo plano los de la familia. Esto lleva a que generalmente la persona sea muy valorado por sus jefes y se muestre muy complaciente, responsable y autoexigente en su trabajo, pero siendo bien distinto en su vida familiar donde probablemente se muestre muy rígido e intransigente.

También podríamos hablar de trastorno de la personalidad obsesiva, cuando los rasgos anteriores son exagerados y producen un deterioro significativo en el ámbito familiar, social y laboral. Las personas con este trastorno se suelen caracterizar por una preocupación excesiva por el orden, la organización y los horarios; una dedicación excesiva al trabajo dejando de lado las obligaciones familiares, sociales o de ocio; la inflexibilidad y el perfeccionismo, la incapacidad para delegar en los demás o la dificultad para ver otros puntos de vista distintos al propio.

El trastorno obsesivo-compulsivo sería el nivel más grave, donde aparecerían obsesiones y compulsiones (rituales) como los ejemplos que planteábamos al principio, pudiendo llegar a provocar una gran incapacidad para desarrollar la vida cotidiana pese a que la persona en muchos casos es consciente de lo absurdo de sus pensamientos y su conducta.

Para resumir, subrayar que las “manías” no siempre reflejan un trastorno subyacente, pero que de ocupar una parte importante del día determinados pensamientos y rituales o “manías”, representar varias de las características antes descritas el funcionamiento habitual de la persona, y sobre todo, perturbar uno o varios ámbitos de su vida, harían necesaria la intervención profesional, ya sea psicológica o psiquiátrica. De modo que estemos atentos, sin obsesionarnos, a determinados comportamientos que lejos de ser elegidos por nosotros, más bien nos hacen ser menos libres.

Fernando Bermejo.

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