Vencer la timidez

Muchas personas sienten un rubor que invade sus mejillas, sudor frío en las manos y la frente, que los latidos se aceleran, un nudo en la garganta, temblores, algunos tics y un sinfín sensaciones incontrolables cuando se encuentran ante otras personas. Todas estas sensaciones son las que con frecuencia dice experimentar una persona cuando se considera tímido o tímida.

Aunque las personas tímidas tratan de esconder estas sensaciones, en general, fracasan en su intento, y ante el evidente fracaso, las cosas empeoran aún más. Si una persona se encuentra incómoda y no sabe cómo actuar, por ejemplo, en una reunión de amigos o de trabajo, en un principio se ruborizará. Pero esto no es lo peor: al darse cuenta de que llama la atención, el rubor aumentará; si, además, alguien le hace la observación de que se está poniendo colorado, terminará por vivir el encuentro casi como una tragedia.

La timidez se relaciona con el contacto social. Por ello, hay muchas y variadas situaciones en las que las personas tímidas lo pasan francamente mal: hacer una pregunta en público, iniciar una conversación, encontrarse a solas con alguien en el ascensor, hacer una crítica o simplemente dar una opinión, iniciar una relación de pareja, etc. Por ello, en la mayoría de las ocasiones la timidez se convierte en una tortura para las personas que la padecen, un problema patológico que les impide relacionarse con normalidad y que muchas veces requiere atención especializada.

La cuestión es cuando se puede considerar la timidez un problema suficiente como para buscar ayuda profesional. El criterio fundamental es el sufrimiento que suponga para la propia persona, que esa dificultad o temor ante el contacto social se convierta en una angustia que desestabiliza y perjudica a las personas en sus relaciones laborales, de amigos y familiares. En definitiva, cuando el bienestar emocional y, en general, la calidad de vida se resienten demasiado es cuando hay que intervenir.

Conviene también aclarar que ser tímido no es lo mismo que ser introvertido. Las personas introvertidas son más bien reservadas, pero podrían no ser tímidas. Lo son porque eligen disfrutar de su mundo interior y no salir mucho de sí mismos. El tímido suele ser más bien una persona insegura, que no confía mucho en sí misma y muy sensible a la opinión de los demás. Y aunque algunas personas tímidas aceptan su timidez como parte de su personalidad y conviven con ella, logrando sobreponerse, en otros casos les causa un importante sufrimiento.

Lo importante es que no se nace siendo tímido. Las experiencias infantiles influyen notablemente en el desarrollo de la timidez. El modo de relacionarse con los demás se aprende de niño por la influencia de modelos parentales o por determinadas actitudes de quienes intervienen en el proceso educativo. También una etapa importante para la aparición de la timidez es la adolescencia.

Para superar la timidez hay que abordar las sensaciones que la acompañan y los pensamientos no deseados que asaltan a las personas tímidas, desarrollar estrategias para afrontar la angustia que provocan los encuentros sociales, incrementar las habilidades para desenvolverse en situaciones sociales, aumentar la confianza en sí mismo, disminuir la importancia de lo que los demás puedan pensar, ser menos perfeccionista, aceptar las equivocaciones, y en muchos casos, valorarse más y aceptarse tal como se es.

Como vemos, son diversos los aspectos que alimentan y mantienen la timidez, y cada persona se verá más afectada por unos que por otros. De cualquier modo, lo importante es que al vivir en un mundo social, reflexionemos sobre nuestras dificultades en este ámbito y entendamos que podemos mejorar nuestras competencias sociales y disminuir los temores que las situaciones sociales nos puedan provocar.

Fernando Bermejo.

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Las técnicas de relajación: la importancia de saber relajarse

El estrés, la ansiedad y la depresión, situaciones asociadas a nuestro vertiginoso ritmo de vida, son cada vez más frecuentes. De hecho, la ansiedad es la primera causa de consulta a especialistas en salud mental. Para hacer frente a estos estados, muchas personas utilizan las llamadas técnicas de relajación, una serie de herramientas que pueden incluir respiraciones profundas, meditación, tensión y relajación de músculos, sugestión o imaginación mental. Sin embargo, aunque estos procedimientos son de gran utilidad en ámbito de la psicología clínica y de la salud, en muchos casos estos métodos no son eficaces si no se hacen bajo la orientación de un psicólogo.

Lo preocupante es que este ámbito abundan seudo especialistas con poca formación profesional que se dedican a enseñar técnicas de relajación sin conocimientos clínicos previos. Y es ahí donde está el riesgo, ya que cuando se trata de estados crónicos una aplicación “casera” de la relajación no basta para solucionar el problema. Lo ideal siempre es acudir al psicólogo. Además, hay trastornos de ansiedad que no se pueden tratar sólo mediante la relajación ya que muchos requieren otro tipo de tratamiento que va más allá de la simple relajación. A los problemas de ansiedad no se les puede aplicar una receta rápida y fácil.

Para tratar la ansiedad existen varios métodos. Los profesionales en este ámbito suelen aplicar tratamientos farmacológicos, psicológicos o la combinación de ambos. En el caso de la relajación, cuando se aplica dentro de un tratamiento psicológico, no importa tanto la técnica que se utilice como la constancia con la que se lleve a cabo. Por lo general, los terapeutas tienen que asegurarse de que sus pacientes practiquen diariamente en casa y apliquen la relajación ante situaciones específicas, hasta convertirla en un hábito.

Las técnicas de relajación más utilizadas por los especialistas y aceptadas como procedimientos válidos de tratamiento psicológico son la relajación progresiva, la relajación pasiva, la relajación autógena de Schultz o la respiración diafragmática. Clínicamente, hay una amplia variedad de estrategias y a menudo los terapeutas plantean programas donde se combinan varias modalidades. Siempre será el especialista quien determine cuál será el método más apropiado de relajación para el paciente en función del trastorno que padezca.

En defitiva, insistir en que cuando pretendemos utilizar una técnica de relajación, lo ideal es acudir siempre a un profesional, ya que si lo que queremos es aplicar la relajación para enfrentar el estrés o un problema de ansiedad, necesita entrenamiento.

Fernando Bermejo.

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La vuelta al cole: sensaciones entremezcladas

Cada año, por estas fechas, miles de niños vuelven al colegio, lo que implica dejar atrás las vacaciones estivales que tanto han disfrutado. De un día para otro pasan de la despreocupación propia del periodo vacacional a tener que adaptarse a una rutina y disciplina más o menos exigentes. Esto genera, muchas veces, sensaciones entremezcladas de alivio, tensión e incertidumbre en los padres, y de ilusión y nervios en el niño. Encarar este momento, con una buena actitud tanto de los padres como del niño, son las claves para iniciar el nuevo curso con buen pie.

Conviene, por tanto, que los padres y el niño afronten adecuadamente este momento, teniendo en cuenta unas pequeñas recomendaciones. Por ejemplo, se suele recomendar preparar juntos cada día la mochila y el material escolar, hojear los nuevos libros y despertarle la curiosidad por los nuevos temas que va a tener que aprender, contarle historias y anécdotas de la época en la que nosotros, como él ahora, íbamos al cole…

Y en cuanto a nuestra actitud ante el regreso, aunque esto sería extensible al resto del curso, debemos evitar que los niños vean la vuelta al cole como una carga u obligación, sino, más bien, como una situación a la que acompañan novedades, retos y atractivos. Todo lo contrario de lo que muchos padres, sin querer, transmiten a sus hijos. En ocasiones, sin ser conscientes de ello, les hacemos llegar malas vibraciones, cuando criticamos y descalificamos a los profesores, al sistema de enseñanza, al colegio en general, etc.

Tampoco podemos olvidar que también los padres necesitamos nuestra adaptación al nuevo curso, y a veces nos dejamos llevar por cierta negatividad a la que son sensibles nuestros hijos, que olvidan que ir a la escuela es algo positivo y agradable. Allí se divierten, aprenden cosas nuevas y necesarias, conocen a otros niños o vuelven a encontrarse con los amigos que no ven desde que acabó el curso anterior. Esta es la perspectiva que debemos transmitir a nuestros hijos.

A este respecto, también hemos de hacer un esfuerzo de reconocimiento y respeto al profesorado de nuestro hijo, aunque a veces tenga que ir acompañada de cierta crítica sana y constructiva. Eso sí, siempre razonada cuando se hace delante del niño. Entendamos que, aún con sus errores, los profesores ponen un gran empeño en tareas nada sencillas: ayudar a nuestros hijos a crecer, favorecer su proceso de crecimiento personal, educarles en ciertos valores y promover su aprendizaje académico. Estas tareas sólo serán posibles si padres y profesores cooperan y están en sintonía.

En definitiva, afrontemos el inicio del curso con energías renovadas y con optimismo, ya que nos van a hacer falta para afrontar los muchos meses de travesía. Todo tiene su atractivo, y la vuelta al cole también puede ser agradable. Tratemos el regreso al colegio de forma natural, como algo cotidiano y sin darle al acontecimiento más trascendencia de la que tiene. Y sobre todo, que no se nos note a los padres que muchas veces este retorno es más duro para nosotros que para los propios niños.

Fernando Bermejo.

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Tengo obsesiones y manías

El término obsesión es definido como “una perturbación anímica producida por una idea fija” o como “una idea que con tenaz persistencia asalta a la mente”. Sin embargo, más coloquialmente solemos hablar de “manías” que de “obsesiones”, pues nos parece que las manías son hasta cierto punto normales y todos tenemos las nuestras. De modo que decimos “tengo la manía de contar los pasos que doy cuando camino”; “tengo la manía de sumar los números de las matrículas de los coches”; “tengo la manía de comprobar varias veces que he cerrado la puerta del garaje”; “tengo la manía de lavarme las manos muchas veces durante el día”; “tengo la manía de leer dos veces lo que estoy leyendo”, etc. Estos serían algunos síntomas obsesivos a los que nos referimos con la palabra “manías”.

Lo cierto es que no todos los síntomas de los llamados “obsesivos” son igualmente graves, sino que más responden a un continuo y habría que tener en cuenta su intensidad y frecuencia, y sobre todo si están ocasionando un deterioro en la vida personal, social, familiar o laboral. Al hablar de continuo, nos referimos a que existen diferentes niveles que van desde el menos grave, que se correspondería con la presencia de rasgos obsesivos, a otros más graves donde estaríamos ante un trastorno de la personalidad obsesiva o un trastorno obsesivo-compulsivo.

Cuando hablamos de rasgos obsesivos, nos estamos refiriendo a la puntualidad, el orden, la responsabilidad, la autoexigencia y la meticulosidad, características que son muy valoradas socialmente y más si cabe el mundo laboral. De modo que este patrón de comportamiento es sinónimo del buen trabajador, que vela por los intereses de la empresa, y que pone en segundo plano los de la familia. Esto lleva a que generalmente la persona sea muy valorado por sus jefes y se muestre muy complaciente, responsable y autoexigente en su trabajo, pero siendo bien distinto en su vida familiar donde probablemente se muestre muy rígido e intransigente.

También podríamos hablar de trastorno de la personalidad obsesiva, cuando los rasgos anteriores son exagerados y producen un deterioro significativo en el ámbito familiar, social y laboral. Las personas con este trastorno se suelen caracterizar por una preocupación excesiva por el orden, la organización y los horarios; una dedicación excesiva al trabajo dejando de lado las obligaciones familiares, sociales o de ocio; la inflexibilidad y el perfeccionismo, la incapacidad para delegar en los demás o la dificultad para ver otros puntos de vista distintos al propio.

El trastorno obsesivo-compulsivo sería el nivel más grave, donde aparecerían obsesiones y compulsiones (rituales) como los ejemplos que planteábamos al principio, pudiendo llegar a provocar una gran incapacidad para desarrollar la vida cotidiana pese a que la persona en muchos casos es consciente de lo absurdo de sus pensamientos y su conducta.

Para resumir, subrayar que las “manías” no siempre reflejan un trastorno subyacente, pero que de ocupar una parte importante del día determinados pensamientos y rituales o “manías”, representar varias de las características antes descritas el funcionamiento habitual de la persona, y sobre todo, perturbar uno o varios ámbitos de su vida, harían necesaria la intervención profesional, ya sea psicológica o psiquiátrica. De modo que estemos atentos, sin obsesionarnos, a determinados comportamientos que lejos de ser elegidos por nosotros, más bien nos hacen ser menos libres.

Fernando Bermejo.

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No tengo ganas de nada

Casi de repente, sin darnos cuenta, llega un día en que no tenemos deseos de levantarnos y sentimos que la cama es un buen refugio del que salir es todo una aventura, y donde el mero hecho pensar en levantarse, arreglarse y salir a calle, resulta difícil o se ve como una tarea imposible. Puede también que en momentos del día nos invada una angustia inexplicable o sintamos unas tremendas ganas de llorar, sin motivo aparente.

Muchas veces estos sentimientos se ven acompañados por la falta de apetito y por una profunda fatiga y sensación de debilidad. Y si encima nos cuesta dormir, esas noches casi eternas son una estupenda oportunidad de que nuestra cabeza se vea asaltada por pensamientos repetitivos e incontrolables, de menosprecio, incompetencia, culpabilidad, autocrítica y negatividad, en los que interpretamos lo que hemos sido y somos, recordamos los malos momentos que estamos viviendo y nos abate el futuro negro que intuimos.

Y puede también que desde hace ya un tiempo nos hayamos ido alejando de los amigos y de la familia, y donde haya días en los que no tengamos ganas de ver a nadie, donde prefiramos estar solo, y esto a su vez nos vaya llevando a un profundo sentimiento de soledad y abatimiento, donde no queremos estar con nadie, pero tampoco podamos estar con nosotros mismos.

Y cuando esto representa nuestro día a día ¿qué nos está pasando?. Pues lo más probable es que estemos ante una depresión. Y ante la depresión hay que actuar, ya que supone un deterioro importante en la calidad de vida de las personas, que en sus formas más graves lleva incluso a preferir morir en lugar de continuar con una vida con la que sienten que ya no pueden.

La depresión hace que uno se sienta agotado, inútil y desesperanzado. Estas formas negativas de pensar y sentirse hacen que las personas se vean muchas veces en un túnel sin salida. Sin embargo, es importante entender que las maneras negativas de ver las cosas son parte de la depresión y que no reflejan, del todo, la realidad de una forma objetiva.

Será necesario desarrollar modos de pensamiento más positivos, pero sobre todo más objetivos y realistas, que reemplacen los pensamientos negativos que son parte de la depresión. De modo que los pensamientos relacionados con la culpa, ser inútil, la autocrítica, etc., vayan dando paso a un mayor respeto, aceptación de uno mismo y, en definitiva, a un aumento de la autoestima y el ánimo.

Es importante fijarse metas realistas, sin tratar de asumir una cantidad excesiva de responsabilidades, y sin buscar ser quiénes éramos y cómo éramos antes de la depresión, sino viendo desde donde partimos en este momento. También lo es involucrarse en actividades que nos ayuden a sentirnos mejor, pero no por el mero hecho de entretenerse, sino de participar en actividades que sean valiosas para uno mismo.

Puede ayudar dividir las metas en partes pequeñas, estableciendo prioridades y valorando más lo que se es capaz de hacer, que lo que se es incapaz de realizar. No esperes que tu estado de ánimo mejore de inmediato, sino que es un camino largo y que habrá que recorrer poco a poco. Sentirse mejor lleva su tiempo.

En cuanto al tratamiento de la depresión, la orientación cognitivo-conductual tiene una larga tradición y probada eficacia. Desde las perspectivas conductuales y la posterior terapia cognitiva, hasta las recientes terapias de activación conductual, de aceptación y compromiso o las que incluyen las habilidades mindfulness. Todas ellas constituyen alternativas válidas que nos permiten a los psicólogos ofrecer opciones de tratamiento eficaces para mejorar la calidad de vida de las personas con depresión. Para ello, pide ayuda e intenta encontrar a la persona que creías perdida.

Fernando Bermejo.

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Adicción a las compras

Frases como “cuando tengo algo de dinero no puedo evitar gastarlo”, “a veces compro cosas que no le enseño a nadie porque me siento culpable”, “compro cosas que no necesito” o “suelo comprar sin ningún control”, son afirmaciones en las que se ven reconocidas las personas con un problema de adicción a las compras. No se sabe bien cuántas personas se encuentran en esta situación, pero lo cierto es que fechas como las Navidades, con los consabidos regalos de Reyes, o las rebajas que se avecinan pueden acentuar este problema.

Las compras compulsivas y no planificadas de artículos que no se necesitan, por un importe que muchas veces supera las posibilidades económicas que una persona tiene y le llevan a endeudarse, o que tienen el objetivo de mejorar la autoestima a través de los productos que se adquieren, podrían ser a grandes rasgos las características que definen a un adicto a las compras.

Sin embargo, lo difícil es diferenciar los excesos propios de las compras navideñas o de las rebajas de una verdadera adicción. Una de las diferencias está en que el consumo abusivo debe mantenerse en el tiempo para considerarse adicción, y no darse solo en una época determinada del año, ya que si en estas fechas nos tuviesen que diagnosticar este problema, muchos seríamos los que podríamos caer dentro de esta categoría. Otra característica diferencial sería que tenga consecuencias negativas para quien la practica, y aún así la mantenga.

Una idea falsa en torno a las compras compulsivas es que son las mujeres las mayores adictas, cuando en realidad la diferencia está sólo en el tipo de productos que adquieren unos y otros. Las mujeres se decantan más por las joyas, la lencería o los cosméticos; mientras que los adictos varones compran móviles, informática, tecnología, etc. De modo que una cosa es que a las mujeres les guste más ir de compras y otra muy distinta es que sean más adictas.

En cuanto al tratamiento, como todos los adictos, los adictos a las compras se pueden recuperar de su problema, aunque el primer paso que deben dar es reconocer que tienen un trastorno. Una vez valorado el trastorno, las técnicas conductuales de control de los impulsos y las cognitivas pueden ayudar a desengancharse. De modo que si es feliz con lo que compra, usa los artículos que adquiere y gasta dentro de sus posibilidades, no se preocupe, tal vez no sea más que un poco consumista; quizás un poco más en estas fechas.

Fernando Bermejo.

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Cómo disfrutar de las vacaciones

En pocos días o en unas semanas, la mayoría de nosotros comenzará un año más las ansiadas vacaciones de verano. Y serán muchos lo que se planteen el reto de cómo aprovechar lo más posible este periodo tan anhelado, en el que dejamos de lado el trabajo y adquiere un mayor protagonismo el deseo de disfrutar.

Sin embargo, al pensar en las vacaciones solemos depositar unas expectativas muy ambiciosas, y el problema es que, con frecuencia, las ilusiones que ponemos en este tiempo se ven defraudadas. Y es que tener unas expectativas muy elevadas para las vacaciones, lo que probablemente está reflejando son las carencias, frustraciones y sinsabores que sufrimos durante el año, los cuales queremos compensar de alguna manera en unos pocos días. Pero esto está abocado al fracaso, pues en vacaciones también pueden aparecer otras frustraciones y desencantos. Esto es así porque las frustraciones y sinsabores forman parte de estar vivos, y para eso no nos tomamos vacaciones en ninguna época del año.

También puede que tengamos la sensación, al igual que con los pocos momentos de asueto que tengamos durante el día o durante el fin de semana, que las vacaciones terminan pasando muy rápidamente y con la sensación subjetiva de que no hemos hecho todo lo que queríamos ni hemos disfrutado todo lo que deseábamos, o quizás, necesitábamos. Para no que tener la sensación de que se han pasado volando y apenas hemos tenido tiempo de disfrutar, conviene que hagamos muchas cosas pues esto nos dará la impresión de que las hemos vivido muy intensamente. Si queremos que nos parezcan largas y distintas, lo mejor es hacer cosas muy variadas y no dejarse llevar por la idea de que para descansar lo mejor es no hacer nada. Esto es un error, pues al final nos parecerá que las vacaciones no han servido de nada. No es cuestión de no parar e ir corriendo a todos los sitios, sino de organizarnos para aprovechar el tiempo, pues descansar es más bien, cambiar de actividades, ir a otros lugares que no se frecuentan durante el año, quedar con amigos que no solemos ver habitualmente…

Por último, el tiempo que tengamos durante nuestras vacaciones lo podemos convertir en una oportunidad para dar un impulso a nuestras vidas, para cuidarnos y fortalecernos, para buscar un disfrute creativo y enriquecedor, que podamos llevar más allá del periodo vacacional y nos proteja de estrés de la vida cotidiana. Cada persona tenemos nuestras preferencias y gustos, aquello que más nos llena y nos hace felices. Y si no es así es tenemos una buena oportunidad para buscarlo, pues luego, con menos tiempo y metidos en la vorágine diaria de las obligaciones laborales y familiares, será mucho más difícil.

Aprovecha, por tanto, el tiempo de ocio que ahora se avecina y vívelo con intensidad.

Fernando Bermejo.

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¿Somos nuestro peor enemigo?: Una mirada hacia la autoestima

No puedes tocarla, pero forma parte de ti. No puedes verla, pero siempre está a tu lado. No puedes oírla, pero se manifiesta cuando hablas de ti mismo/a. Estamos hablando de la autoestima.

La autoestima viene dada por las actitudes que tenemos hacia nosotros mismos. El nivel de nuestra autoestima tiene profundas consecuencias en nuestra vida: tiene que ver con la medida en que nos sentimos competentes, el trato con los demás, los logros que conseguimos y, en definitiva, con el grado en que estamos satisfechos con nosotros mismos. De tener nuestra autoestima alta o baja, dependerá como afrontemos los retos de la vida.

¿Y cómo sabemos que nuestra autoestima es baja?. Pues bien, una persona con baja autoestima suele ser alguien inseguro, que desconfía de sus propias facultades y no quiere tomar decisiones por miedo a equivocarse. Además, necesita de la aprobación de los demás pues tiene muchos complejos. Suele tener una imagen distorsionada de sí misma, tanto en lo que se refiere a sus rasgos físicos como a su valía personal. Todo esto le produce un sentimiento de inferioridad a la hora de relacionarse con otras personas, por lo que suele estar pendiente del qué dirán o pensarán los demás, pues tiene un miedo excesivo al rechazo, a ser juzgado o abandonado. Aunque es normal tener altibajos, no es bueno tener una baja autoestima permanentemente. Sentir que no somos importantes va a ser un lastre que nos impida caminar en el día a día, y ser felices.

Al contrario, tener una autoestima alta no implica presumir de lo maravilloso que somos sino, más bien, sentirnos valiosos por el hecho de ser quienes somos. No se trata de pensar que somos perfectos, porque nadie lo es, sino que nos queremos y aceptamos, aún con nuestros defectos. Y aunque puede que haya aspectos que tengamos que cambiar necesariamente, de los que no nos sintamos orgullosos, o que han llegado a convertirse en un problema, ese camino lo haremos con respeto, sin críticas exacerbadas y crueles, sin menospreciarnos ni fustigarnos.

Una sana autoestima es necesaria porque nos ayuda a mantener la cabeza alta, mirar de frente a las otras personas y sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de lo que podemos hacer y conseguir. Nos proporciona el empuje necesario para estar activos o hacer cosas nuevas, nos permite respetarnos, incluso cuando cometemos errores. Si no nos queremos y respetamos a nosotros mismos, tampoco nos creeremos merecedores de que los demás nos quieran y respeten. Y, probablemente, pensaremos que los demás opinan de nosotros lo que pensamos de nosotros mismos, y que se avergüenzan de nosotros o nos rechazan, al igual que también nosotros sentimos vergüenza y nos rechazamos.

Una sana autoestima nos ayuda a tomar decisiones, buenas decisiones, con menos dudas e inseguridad, y sin necesitar la aprobación de los demás. Si confiamos en nosotros mismos, es menos probable que nos dejemos arrastrar por las opiniones que recibamos de familia o amigos. Seguro que te aconsejarán con su mejor intención, pero si ponemos en sus manos nuestras decisiones, no habremos decidido nosotros, ni asumido nuestras propias responsabilidades.

¿Y cómo elevar la autoestima?. No es fácil cambiar la autoestima. Si lo fuera, seguramente nadie sufriría por tenerla demasiado baja; pero hemos de creer que tampoco hay nada imposible si ponemos realmente empeño en conseguirlo. No hay una receta mágica, ni se consigue de un día para otro, pero sí que nos ayudará evitar ciertos caminos que conducen a una baja autoestima.

Para aumentar tu autoestima ante todo empieza por ser tu mejor amigo/a, saber que no hay nada ni nadie en este mundo más importante que tú mismo/a. Acéptate tal y como eres, con tus cualidades y defectos, pensando que no existe nadie mejor ni peor que tú, aunque todos seamos diferentes. Si habitualmente te centras en las cosas que peor se te dan, fíjate en las cosas que durante el día se te han dado bien, aunque puedan parecer insignificantes. Si habitualmente te criticas o menosprecias, elógiate a lo largo del día, buscando motivos para hacerlo, o mira tus “defectos”, pero con respeto. Prémiate por tus logros, aunque éstos sean pequeños o poco importantes, así te sentirás mejor. Si sientes que eres tu peor enemigo, rechaza los comentarios o mensajes negativos de tu mente, y reflexiona si te atreverías a dirigirlos al peor de tus enemigos. Si estás “peleado” con tu cuerpo, recuerda que tu cuerpo es tuyo, y no puedes huir de él, y aunque te plantees ciertos cambios para sentirte mejor, hasta que eso llegue, si llega, va a ser tu compañero de viaje. Si te da miedo fracasar, no temas cometer errores, asumir responsabilidades o tomar decisiones; si algo sale mal, aprende de tus errores e inténtalo de nuevo. Nadie está libre de cometer errores, y equivocarse no es fracasar. Y si algo no funciona, no pienses nunca que la culpa es sólo tuya. Seguro que hay otros factores que también están influyendo.

A veces nos pasamos la vida queriendo dejar de ser quien somos, sin plantearnos siquiera si el camino más correcto, o incluso más corto, es que aprendamos a convivir con quienes somos, a querernos y a aceptarnos. Piensa que vas a estar contigo siempre, y que establecer una relación de odio y enfrentamiento contigo mismo/a, te va acompañar allá donde estés.

Fernando Bermejo.

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No puedo dormir: ¿son solución las pastillas?

Quién más quién menos, hemos pasado alguna vez por algún periodo en el que hemos tenido dificultades para iniciar el sueño, sufrido frecuentes interrupciones del sueño durante la noche, o tenido despertares muy tempranos. Todo ello acompañado de la sensación de tener el sueño alterado y poco o nada reparador. Esto es lo que podríamos denominar problemas de insomnio.

Entre las causas del insomnio se encuentran la distinta vulnerabilidad de cada persona a padecer este trastorno; el estrés persistente relacionado con el trabajo, la familia o cualquier otra situación estresante; la falta de actividad; el abuso de estimulantes como el café o la nicotina; o el horario irregular que muchas personas tienen por los turnos de trabajo o las horas que dedican al estudio o al ocio. En otros casos, el insomnio puede ser secundario a otros trastornos, como depresión, problemas de ansiedad, dolor crónico u otros problemas médicos.

Pero lo más frecuente, es que el insomnio se deba al proceso que se va instaurando a medida que comenzamos a dormir mal. Por ejemplo, es habitual que cuando dormimos estemos preocupados por no poder funcionar adecuadamente durante el día. Esto hace que al llegar la noche sintamos una fuerte preocupación junto con un deseo intenso de dormir. Pero lamentablemente, este esfuerzo por intentar dormir hace que estemos más tensos, con la mente puesta en dormir y dando vueltas a los problemas que el insomnio está generando. Además, algunas personas pueden hacer de la noche el momento de leer, sentarse frente al ordenador, comer o ver la tele, como alternativa al sueño, a la vez que pueden quedarse dormidas con facilidad cuando no lo pretenden o, si pueden, aprovechan para dormir la siesta para sentir esa maravillosa sensación que durante la noche parece estarles vedada. Todo ello hace que el problema aumente y se mantenga en el tiempo.

Pero, ¿qué hacer cuando este problema se vuelve crónico?. En primera instancia, las personas que padecen este problema suelen pensar en las pastillas para dormir como el medio para combatir el insomnio. Quizás porque todos conocemos alguna persona que toma o ha tomado este tipo de pastillas, o porque desde los laboratorios farmacéuticos se proponen estos medicamentos como la alternativa ideal. Sin embargo, diversas investigaciones demuestran que la terapia psicológica de tipo cognitivo-conductual tiene un impacto importante a la hora de tratar este problema y es la forma más recomendada de abordar el insomnio crónico, al ser tan efectiva como los fármacos, pero con unos resultados a la larga más beneficiosos y menos efectos secundarios.

El tratamiento psicológico se basa en encontrar el origen del problema, por lo que, de conseguirse, el tratamiento del insomnio puede ser simple. Normalmente basta hacer algunos cambios en los hábitos a la hora de dormir ayuda a muchas personas, al igual que identificar los pensamientos y actitudes que interfieren con el sueño. A esto se puede añadir estrategias más concretas, como técnicas de relajación, la higiene del sueño, el control de estímulos, ejercicios de autohipnosis, etc.

Las pastillas para dormir pueden ayudar en algunos casos pero no son una cura para el insomnio. Solamente son una forma de alivio temporal y es mejor utilizarlas sólo por unos pocos días. Contamos con otro tipo de intervenciones, las terapias psicológicas, menos conocidas quizás en este ámbito, para abordar un problema para el que no solemos relacionar el quehacer del psicólogo.

Fernando Bermejo.

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¿Soy dependiente emocional?

La dependencia emocional es una especie de adicción hacia otra persona, una necesidad desmesurada del otro. En su base se encuentra un patrón de necesidades emocionales insatisfechas que la persona intenta cubrir estableciendo una relación de dependencia afectiva donde el dependiente emocional pone su relación con la otra persona por encima de todo, incluyendo a sí mismo. La persona que sufre una dependencia emocional busca la seguridad que le falta en el otro.

El dependiente emocional experimenta una necesidad constante de estar al lado de la persona amada. Su dependencia es tan grande que llega a ser agobiante, pero no acepta de buen grado que el otro reclame su espacio, al contrario, le insta a abandonar sus actividades para que esté a su lado. Suele idealizar al otro, por lo que asume una relación de subordinación. Como tiene miedo de que la relación termine, se comporta de manera sumisa e incluso acepta ser humillado por la persona amada. El dependiente puede llegar a aguantar casi todo, con tal de que la relación no se rompa porque sin ella, perdería el sentido de la vida. También suele tener problemas de autoestima y tiende a recriminarse por sus errores, a minimizar sus logros y maximizar sus fallos. Las personas dependientes suelen buscar continuamente la validación externa, necesitan causar una buena impresión, por lo que intentan satisfacer en todo a los demás. Cuando no obtienen esa aprobación, se sienten mal y lo interpretan como un rechazo.

La dependencia afectiva es un problema que se debe abordar lo antes posible. Algunas de las consecuencias más comunes de la dependencia emocional son las rupturas de pareja repetidas ya que la persona que sufre una dependencia emocional se ve envuelta en un círculo de continuas rupturas y reconciliaciones. También sufre insatisfacción y frustración frecuentes ya que el dependiente emocional nunca encuentra tranquilidad porque incluso cuando tiene a su lado a la persona que ama, le atormenta la idea de perderla. Como resultado, mantiene una relación agobiante que termina dando lugar a desencuentros y discusiones. De esta forma, vive en un estado de insatisfacción y frustración casi permanentes. Otra consecuencia habitual es la pérdida del “yo”. La persona dependiente se va aislando, reduce su actividad social para entregarse por completo a su pareja. Poco a poco, deja de ser quien es, ya que, al centrarse tanto en el otro, deja de pensar en lo que desea o le gusta, y comienza a vivir a través de las necesidades y preferencias de su pareja. De este modo, el “yo” comienza a difuminarse y llega un punto en que ya no sabe si actúa de cierta forma porque realmente le satisface o solo porque desea agradar a la persona que tiene a su lado.

Teniendo en cuenta las repercusiones de la dependencia emocional, no es extraño que estas personas busquen ayuda, una ayuda que irá encaminada a aumentar la autoestima, aprendiendo a valorarse y a no depender excesivamente de la aprobación de los demás, mantener una relación de pareja sana y equilibrada, donde cada cual conserve su individualidad sin menospreciar al otro, cambiar las creencias erróneas sobre el amor y las relaciones afectivas, de manera que adopte una actitud menos demandante, y aprender a convivir y disfrutar de la soledad.

Fernando Bermejo.

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