Yo tengo razón

Querer tener razón es la enfermedad crónica de la humanidad, seguramente una de las causas que han enfrentado más a las personas, las naciones y las religiones organizadas del planeta. En demasiadas ocasiones comprobamos cómo querer imponer nuestras razones y opiniones a los demás nos cuesta caro. Tal vez logremos desautorizar las ideas de alguien, pero al final acabamos con una razón más y un amigo menos. ¿Vale la pena? Seguramente no. Sin embargo, somos adictos a “tener razón”. De no ser así no serían tan frecuentes frases como: “estás equivocado”, “no es verdad”, “esto no es así”, “no tienes razón”…

El resultado es que querer estar siempre en posesión de la verdad consume una gran cantidad de energía y tiempo que nos impide disfrutar de los demás y de la paz mental de saber que en el fondo todos tenemos nuestra propia lógica. Tener opiniones es normal, también tener gustos y preferencias, pero la libertad de opinión se convierte en una desventaja cuando las posiciones mentales impiden abrirse a nuevas perspectivas o puntos de vista que no concuerdan con las propias.

Con el tiempo acumulamos opiniones, creencias, que pasan a conformar lo que llamamos identidad construida o ego. Si alguien agrede esas posesiones mentales, en realidad es como si lanzara un ataque personal, porque confundimos pensamiento e identidad. No parece sensato confundir lo que somos con lo que pensamos, pero esto no lo tienen tan claro quienes se aferran a sus creencias con desesperación.

Cuando una creencia nos domina, llegamos a pensar que todo el mundo piensa, o debería pensar, lo mismo. Pero hay opiniones para todos los gustos, la diversidad construye el mundo, y aunque parezca extraño, hay personas que creen cosas muy diferentes a las que nos parecen normales. Sin duda, aquellos que no esperan que todo el mundo esté de acuerdo con ellos gozan de una mayor tranquilidad mental.

El disgusto que sentimos ante las ideas que no nos son afines es proporcional al grado de apego que tenemos a las propias (o la poca disponibilidad para cambiarlas por otras). Cuanto más apego tenemos a una creencia, más disgusto sentiremos cuando nos enfrentemos a las contrarias. Es fácil deducir que no es la idea del otro lo que nos causa molestia, sino nuestro rechazo a aceptar puntos de vista diferentes. No es su creencia el problema, sino nuestra posición contraria a ella.

Aceptar las ideas de otros es en realidad más sencillo de lo que parece. Basta con tener presente que aceptarlas no significa adoptarlas o validarlas (no significa estar de acuerdo). Es más bien aceptar que no entendemos a todo el mundo, ni que todo el mundo nos entenderá. Es más sencillo aceptarlos a ellos (aunque tal vez no sus ideas) porque no hacerlo complica la vida de todos. La pregunta a la que deberíamos responder antes de defender nuestra “razón” sería: ¿Es mejor tener razón a toda costa antes que ser feliz?

Fernando Bermejo.

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Las asignaturas pendientes: culpa y sensación de fracaso

Quien cree que cometer errores equivale a fracasar, olvida que las equivocaciones forman parte fundamental de todo aprendizaje. Además, niega la posibilidad de reparar aquello que siente como una asignatura pendiente y que tal vez pueda solucionarse, siempre y cuando se haga para mejorar el presente y no con la intención de reparar el pasado. “Si hubiese hecho, si hubiese dicho, si me hubiese comportado de otra manera o hubiera optado por la otra opción”… Echamos la vista atrás y nos culpabilizamos por acciones de nuestro pasado y pensamos que ahora pagamos las consecuencias. También achacamos lo que no nos gusta del presente a situaciones desfavorables que nos tocó vivir. Concluimos entonces que, si pudiéramos, cambiaríamos algunos capítulos de nuestra vida porque son culpables de que no tengamos lo que merecemos y de que no seamos lo felices que podríamos ser. ¿Cuánto de razón o sinrazón hay en ello?

Es cierto que las decisiones que resultaron no ser las más acertadas condicionan muchas facetas de nuestra vida. De hecho, lo que somos es producto tanto de lo que hicimos como de lo que dejamos de hacer, y nos afecta en lo académico, profesional y emocional. Es comprensible que en ciertas situaciones, que suelen coincidir con momentos de inestabilidad o de carencias emocionales, nos lamentemos por no haber adquirido habilidades concretas o por haber dejado escapar a aquella persona que tanto bien nos hacía. Sentirlo con cierta añoranza no es negativo, siempre que aceptemos nuestro presente y lo vivamos con agrado, no con resignación. Pero si no partimos de esa aceptación y andamos de continuo con la vista atrás pensando en lo que fue y en lo que pudo haber sido, tendremos que plantearnos si no estamos viviendo con asignaturas pendientes.

Al hablar de asignaturas pendientes nos referimos a situaciones del pasado cuya influencia en nuestra realidad cotidiana tendemos a magnificar. Vistas en la actualidad y con un sentimiento de fracaso, incapacidad e incluso de culpa, podemos idealizar lo que hubiera sido nuestra vida si no existieran, si hubiéramos sabido gestionar lo que ocurrió de manera diferente. Pero lo cierto es que no hay vuelta atrás y no sabemos, ni podremos saber, qué hubiera sido de nosotros y de nuestras vidas si nuestra asignatura pendiente no existiera.

En las asignaturas pendientes se mezclan sentimientos dolorosos, como la insatisfacción, la incapacidad personal, la irresponsabilidad, la falta de confianza, la exigencia perfeccionista, el victimismo, el miedo y la culpa. Se sostienen porque se parte de la falsa creencia de que cometer errores equivale a no valer. Las equivocaciones del pasado se toman, entonces, como fracasos personales y no como parte fundamental de todo aprendizaje, olvidando que sirven para percibir lo que no nos conviene o nos hace mal. Usarlas para maltratarnos y castigarnos, además de despojarlas de su utilidad, nos lleva a recaer en otro nuevo error: castigarnos.

Además, dependiendo de nuestro momento actual y de cuál sea nuestra asignatura pendiente quizá podamos reparar aquello que pensamos que hicimos equivocadamente, acometer lo que no hicimos, decir lo que no dijimos, aclarar malentendidos, pedir perdón o dar las gracias. Pero es importante hacerlo desde la idea de que nos va a procurar mayor felicidad y ahora es posible porque se ha aprendido del error del pasado. Hacerlo para llenar huecos y negar lo que fue es no vivir el presente.

Fernando Bermejo.

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La fiesta de Halloween: una forma de enfrentarnos a nuestros miedos más primitivos

La fiesta de Halloween, aparte de su carácter lúdico, es también una forma de enfrentarnos a los miedos más ancestrales del hombre, como la muerte o los espíritus que vuelven al mundo de los vivos, burlándonos de todo ello durante una noche y convirtiéndolo en una diversión macabra. Este es el secreto del éxito de Halloween, que nos permite entrar en contacto con nuestros miedos y, de forma controlada, burlarnos y reírnos de ellos. Todo esto, ridiculizar a la muerte y reírse de los miedos humanos, es positivo. Además, experimentar miedo es a veces muy divertido y es una sensación que resulta muy estimulante para muchas personas. Si no, difícil explicación tendría el gusto que muchas personas tienen por las películas de terror.

Sin embargo, la vivencia de esta celebración puede ser bien distinta para unos y otros. En el caso de los niños, Halloween siempre se ha relacionado con grupos de niños que, ataviados con los disfraces más terroríficos, van de casa en casa pidiendo que les den dulces y caramelos. Sin embargo, a algunos niños Halloween les despierta otras sensaciones bien distintas, ya que los disfraces típicos de esta celebración (fantasmas, vampiros, esqueletos o brujas), les provocan un miedo tan intenso que, en los casos más extremos, puede llevar a provocarles una fobia severa.

Incluso existen datos que indican que alrededor de un 1% de los niños tienen fobia a los disfraces, y no solo a los más terroríficos. Aunque el miedo a los disfraces es una respuesta que en mayor o menor medida la mayoría de los niños han experimentado en algún momento, a veces el problema se agrava. En estos casos, los niños con fobia a los disfraces suelen negarse a acudir a celebraciones o eventos dónde haya personas disfrazadas, lo que puede interferir de manera importante en la vida social de estos niños.

Para los adultos, aunque la festividad de Halloween puede verse como una buena oportunidad para disfrutar con la familia y los amigos, también hay personas que sufren una verdadera fobia a Halloween, y a todos aquellos elementos relacionados con esa noche de terror: la oscuridad, la sangre, la muerte, los cementerios, los espíritus, el más allá… Esto nos enseña que lo que para muchas personas es divertido, para otras puede implicar situaciones en la que se sientan verdaderamente incómodas.

De modo que tengamos en cuenta las sensaciones tan distintas que Halloween puede despertar, y tomemos la versión más lúdica de esta celebración. Aprovechemos también la oportunidad que nos ofrece de acercarnos a aquello que nos causa tanto desasosiego, e incluso, angustia o terror, como la muerte, las tinieblas, la oscuridad, los espíritus que vuelven a la vida… En definitiva, con miedos que van inexorablemente unidos al hombre y que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.

Fernando Bermejo.

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Aceptarnos como somos: mirarnos a nosotros mismos

Casi todas las personas tenemos un ideal acerca de quién queremos ser, y como ocurre con todos los ideales, casi nunca coincide con la realidad. Esto en sí no es negativo ni sorprendente, pues esa diferencia entre lo ideal y la realidad ocurre en muchos órdenes de la vida. El problema aparece cuando esa diferencia desencadena una frustración que nos lleva a enfadarnos con nosotros mismos por no ser capaces de alcanzar aquello que perseguimos, y que erróneamente pensamos que nos haría sentirnos bien. El no vernos reflejados como creemos que nos gustaría ser nos puede llevar a sentirnos frustrados y a no gustarnos a nosotros mismos, o lo que es igual: no aceptar nuestros defectos, ni tampoco mirar ni valorar nuestras virtudes.Conviene aclarar que muchas veces entendemos que aceptarse es resignarse o conformarse. Nada más lejos de la realidad. Aceptarse es mirarse a sí mismo, y desde esa aceptación proponerse cambios, pero cambios realistas, o convivir activamente y de forma provechosa con quienes somos. Y esto no es resignarse.

Para poder aceptarnos es necesario dedicar un tiempo para encontrarnos con nosotros mismos, pero no para agobiarnos con todo lo que deberíamos haber hecho o nos falta por hacer, dar vueltas a cualquier hecho que nos tiene preocupados o aislarnos con nuestras preocupaciones o pensamientos recurrentes. Más bien, para darnos un respiro de las preocupaciones y una tregua de las obligaciones, conectar con nuestra propia soledad y sentirnos y conocernos más y mejor. Y desde ahí, centrados en ese momento presente experienciar lo que estamos viviendo, pensando y sintiendo.

Y durante ese tiempo, se pueden agolpar los pensamientos, o nos vendrán de uno a uno, o puedo que no venga ninguno. A los pensamientos hay que dejarlos pasar, sin pararnos en cada uno de ellos, ni concederles interés. Y esto vale también para las emociones o para otras sensaciones. Al principio puede que ese tiempo incomode e inquiete, igual que la primera vez que compartimos un espacio y un tiempo con alguien a quien no conocemos. Pero debemos encontrar el gusto y el placer de disfrutar más de nuestra propia compañía, y valorarla más.

Fernando Bermejo.

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Los niños necesitan límites

Una de las grandes dudas de padres y madres en la educación de sus hijos e hijas es referente a los límites que deben imponerles en sus actitudes y comportamientos. ¿Cuándo hay que recriminar, advertir o castigar a un niño? ¿Cómo podemos guiar a nuestros hijos sin generar tensiones innecesarias? Las preguntas son muchas y no existe una respuesta inequívoca. Un primer paso para afrontar estas dificultades consiste en tomar conciencia de que no es beneficioso, para pequeños ni para adultos, proteger y excusar por sistema la actitud de los hijos e hijas.

Las consecuencias de la permisividad y la sobreprotección pueden ser muy negativas. Hay quienes aseguran que la experiencia familiar de los padres de hoy ha influido de forma notable. Hace veinte años, adultos que recibieron una educación familiar estricta se estrenaron en la tarea de ser padre o madre, convencidos de que había que superar el autoritarismo que habían sufrido. Eso empujó a muchos de ellos a dejar hacer, a no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas psicológicos, a no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros.

En la educación de un hijo no se pueden evadir las normas ni la disciplina. Un niño aprende que cuando su madre o su padre dicen que no, esa decisión es inamovible. La frustración que le generará es inevitable, pero debe aprender a tolerarla y convivir con ella porque las normas son precisamente las que le dan seguridad y le enseñan a confiar en un criterio sólido.

Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar (“eres un tonto”, “eres malo”…), sino marcar el problema (“eso que haces o eso que dices está mal”). Conviene dar razones, pero no excederse en la explicación. Los sermones no sirven de mucho. Los niños responden a los hechos, no a las palabras. Un gesto de firmeza y serenidad, acompañado de pocas palabras será más efectivo que un discurso.

A los padres nos cuesta poner límites porque no nos sentimos suficientemente fuertes para enfrentarnos a nuestros hijos; porque demasiado a menudo somos complacientes con nuestros hijos e hijas para compensar el poco tiempo que les podemos dedicar; porque cuando nuestra autoestima no pasa por su mejor momento queremos ser aceptados por nuestros hijos; o, porque los adultos, el padre y la madre, nos desautorizamos mutuamente y seguimos líneas de actuación claramente contradictorias. Sin embargo, los efectos de no poner límites enseñan al niño que nunca tiene suficiente, que exige cada vez más y que tolera cada vez peor las negativas, un niño que crece con una escasa o nula tolerancia a la frustración.

Fernando Bermejo.

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Trastorno obsesivo-compulsivo en niños

Niños que están excesivamente preocupados por el orden de su habitación o que se lavan de forma compulsiva las manos. Los pequeños también pueden sufrir obsesiones y compulsiones. Hay dos elementos centrales en este trastorno: las obsesiones y las compulsiones.

Las obsesiones son pensamientos, impulsos o imágenes que los niños tienen de forma repetitiva e indeseada, y que les hacen sufrir. Las formas más habituales tienen que ver con el miedo a contaminarse, pensamientos prohibidos (como palabrotas o deseos de agredir a un hermano), miedo a que le pase algo malo a un ser querido o que suceda una catástrofe y la necesidad de que sus cosas estén bien ordenadas.

Las compulsiones son un intento de controlar la angustia y el malestar que causan las obsesiones. Pueden ser conductas que se repiten con frecuencia, como lavarse las manos varias veces al día u ordenar la habitación hasta que esté todo perfecto; volver a ejecutar una acción, como cruzar varias veces la misma puerta o comprobar varias veces que una puerta está bien cerrada; repetirla hasta que salga a la perfección; o vestirse de una forma extraña y ritualizada. Pero también pueden ser pensamientos, como contar números mentalmente o decir una y otra vez frases o palabras para tapar una obsesión.

En la mayoría de los casos, el trastorno se origina en los pequeños entre los ocho y los nueve años de edad. Es infrecuente que se den situaciones antes de los cinco años. También es importante saber que hay niños con obsesiones que realizan rituales o repiten acciones de forma algo extraña, pero que no sufren el trastorno. Es diferente tener la manía de lavarse varias veces las manos al día que padecer un trastorno obsesivo compulsivo.

Para diagnosticar el trastorno, es necesario que las obsesiones y las compulsiones causen un claro malestar en el menor y le dificulten su vida cotidiana (le hacen perder mucho tiempo, complican su rendimiento académico o interfieren en sus relaciones sociales). Muchos pequeños se dan cuenta de que sus pensamientos y actos son absurdos, pero se pueden sentir atrapados por ellos y sin capacidad de romper el círculo vicioso de obsesiones y compulsiones.

Para un buen abordaje del trastorno obsesivo compulsivo en los niños, es fundamental la participación de los padres. Estos han de ser muy cuidadosos para no culpabilizar al hijo por sus pensamientos y sus conductas. Muchos de estos pequeños se sienten extraños, lo que no ayuda a mitigar los síntomas, sino que genera más angustia. Además, hay niños que intentan que sus padres cooperen en sus rituales, lo que puede poner a prueba su paciencia. Pero no hay que regañarles ni hacerles comentarios despectivos, como que dejen de hacer cosas raras.

Afortunadamente, es un trastorno que puede ser tratado de manera eficaz. El tratamiento terapéutico suele incluir la terapia cognitivo-conductual y terapia farmacológica. No obstante, siempre que sea posible, la terapia cognitivo-conductual debería elegirse para tratar al niño antes que los fármacos. Dicha terapia está enfocada a controlar los pensamientos y las compulsiones. Así, si la obsesión del niño es el orden, el psicólogo le ayuda a relajarse y evitar los pensamientos angustiantes en un espacio que no está perfectamente ordenado. Se trata de enfrentarse poco a poco, a las situaciones que le generan angustia, descubriendo que sus temores no son reales y que puede acostumbrarse a la sensación del miedo como medio para que dicha sensación disminuya y/o desaparezca.

Fernando Bermejo.

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Los miedos infantiles

Miedo a un ruido fuerte, a quedarse solo en la habitación, a la oscuridad, a que mamá se vaya y no vuelva o, incluso, a seres sobrenaturales… En la infancia, estos miedos son muy habituales. La mayoría de los niños tienen algún tipo de miedo, pero sólo si llega a ser excesivo, poco razonable o se prolonga durante la vida adulta, puede favorecer el desarrollo de trastornos de ansiedad. Ante estos casos, es aconsejable acudir a un especialista.

El miedo es una de las emociones básicas. A los bebés les asustan los estruendos o las personas desconocidas, muchos niños entre tres y cinco años necesitan dormir con alguna luz encendida porque temen a la oscuridad y entre los seis y los ocho años es común el recelo a seres sobrenaturales. Algunos padres creen que sus hijos pueden sufrir un problema psicológico cuando estos les cuentan sus miedos. Sin embargo, es propio del desarrollo del pequeño pasar por etapas en las que estos temores adquieren protagonismo. Pero a medida que crecen los miedos remiten.

Es fundamental tomar en serio a los niños. En su mundo infantil, el miedo a la oscuridad puede ser muy desasosegante. Es necesario que el niño sepa que tiene derecho a sentir temor. No ayudan comentarios como “venga, no llores, que no pasa nada”, ni intentar convencerle de forma racional. Se puede decir al niño que aunque la luz está apagada no va a pasar nada, pero es aconsejable, mientras se da la explicación, consolarle de alguna forma, con abrazos, besos, caricias, etc.

No es recomendable forzar al niño a que se enfrente al miedo de forma directa con la esperanza de que lo supere de manera inmediata. Si un niño teme la oscuridad, obligarle a dormir con la luz apagada aumentará su ansiedad, casi con toda probabilidad. Es preferible hacerlo de forma progresiva: primero dejar una noche todas las luces encendidas para, en noches sucesivas, reducir la iluminación si el niño está cada vez más tranquilo. Los padres, además, deben reaccionar con la máxima tranquilidad posible.

Los pequeños son muy sensibles a las reacciones emocionales de las personas importantes para ellos y pueden contagiarse de su miedo. Por este motivo, es muy importante que los padres moderen sus reacciones ante los miedos de sus hijos. De cualquier modo, ante temores muy frecuentes e intensos que afecten al rendimiento escolar o a la vida social del niño, es aconsejable acudir al experto.

Fernando Bermejo.

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El sentimiento de culpa

En nuestra vida experimentamos multitud de situaciones que nos despiertan sentimientos y emociones. Unos son de alegría y regocijo, y estimulan la risa e incluso el llanto de emoción. Otros son de tristeza y dolor, y nos llevan al silencio y al desconsuelo. Esto último sucede con el sentimiento de culpa. Cuando aparece, si no se sabe manejar correctamente, puede conducirnos al bloqueo y al encierro en nosotros mismos. Ser consciente de ello nos ayudará a superarlo y a encauzar el juicio sobre nuestra persona sin convertir la culpa en castigo.

Señales físicas (presión en el pecho, dolor de estómago, de cabeza, de espalda), señales emocionales (nerviosismo, desasosiego, irascibilidad) y señales mentales (pensamientos de autoacusaciones y autorreproches) nos alertan de que la culpa está siendo mal administrada.

Es más probable que sea así cuando mantenemos un sistema de pensamiento polarizado (pensamos que las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no admitimos el término medio); negativo (tan sólo tenemos en cuenta los detalles negativos y además los magnificamos, sin atender a los aspectos positivos); rígido (nos basamos en un sistema de normas estricto donde el deber prevalece en nuestras acciones), sobredimensionado (abandonamos la responsabilidad de nuestra vida y pasamos a responsabilizarnos de las vidas de los demás y de cuanto ocurre a nuestro alrededor) o perfeccionista (el nivel de exigencia lo colocamos en la perfección y ésta en todos los actos que llevemos a cabo).

Cuanta mayor concordancia exista entre nuestro pensar y actuar, y cuanto más lejos se mantenga nuestro razonamiento de absolutos, rigideces y perfeccionismos, menos veces se nos generará el sentimiento de culpa. Pero sin duda, cuando somos incoherentes, el sentimiento de culpa aparece. En ese momento, en la medida en que aparquemos la descalificación y el castigo, nos liberaremos de la paralización y mantendremos la suficiente fluidez interna que nos llevará a abordar nuestras faltas de coherencia como problemas a resolver y no como losas autodestructivas.

Ahora bien, incluso practicando lo anterior no estamos exentos de que se nos encienda esa señal de la culpa con capacidad de ser dolorosa. El problema no radica en sentirla, sino en cómo afrontamos su presencia.

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en una señal que sirva para cuestionarnos cómo hacemos lo que estamos haciendo; un momento de reflexión y análisis de por qué nos surge, sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento; un diálogo interior que nos lleve a designar y concretar cuál es la conducta por la que sentimos la culpa; la búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado; y la petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.

Si ante la culpa no ejercemos nuestra responsabilidad, caeremos en la descalificación personal (somos malos, egoístas….) y en el autocastigo (agresividad que provoca sufrimiento). Pero también podemos ver en su manifestación una función saludable, pues nos hace conscientes del conflicto y, a partir de ahí, seremos capaces de analizar las soluciones y dar los pasos oportunos que restablezcan nuestro vivir coherente. Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas.

Fernando Bermejo.

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Tengo ataques de pánico

¿Has tenido alguna vez una crisis de ansiedad?, ¿sabes qué es un ataque de pánico?, ¿alguna vez has sentido tu corazón ir tan deprisa que parecía que quería salirse del pecho?. Si alguna vez te ha sucedido esto, sabrás que entonces respirar se hace muy difícil, la sensación de ahogo es cada vez más acuciante y en muchas ocasiones nos lleva a pensar que nos estamos muriendo.

Lo que se siente en un ataque de pánico es un miedo muy grande a la muerte y/o a la locura, unido a otros síntomas como dolor en el pecho, taquicardia, respiración entrecortada, sensación de ahogo, mareo, escalofríos, sudores, temblores o sacudidas, hormigueos en piernas y brazos, confusión y pérdida de la noción de la realidad. Estos ataques duran apenas unos minutos, pero los síntomas son tan acusados que causan un impacto y sufrimiento enorme.  Todas estas sensaciones físicas y todos los pensamientos de muerte y de pérdida de control que las acompañan suceden a gran velocidad, y en pocos segundos se pasa de estar bien a sentir que te estás muriendo.

Las causas de los ataques de pánico pueden ser muy variadas: posibles factores estresantes (divorcio o separación, estrés laboral, muerte o enfermedad de una persona allegada, enfermedades importantes, problemas económicos…), ansiedad tónica elevada, susceptibilidad a la ansiedad, nivel elevado de actividad, problemas médicos (cardiovasculares, endocrinos, neurológicos…), ejercicio, fatiga,  falta de sueño, ciertos medicamentos, etc. En otros casos son consecuencia del consumo excesivo de cafeína, nicotina, marihuna, cocaína, anfetaminas o estimulantes; abuso de alcohol o de alucinógenos, etc.

Es un trastorno mucho más frecuente de lo que se cree, que interfiere notablemente en la vida de las personas que lo padecen. En cuanto al tratamiento, sus objetivos están dirigidos a eliminar o reducir las conductas de evitación de las situaciones relacionadas con el pánico, los pensamientos catastróficos, los ataques de pánico, la preocupación por ataques de pánico futuros, el miedo y evitación de sensaciones fisiológicas, etc. Afortunadamente, existen en la actualidad tratamientos que han demostrado su eficacia en diversos estudios clínicos, mostrando unas elevadas tasas de recuperación. Esto sitúa al trastorno de pánico en una patología cuyo pronóstico, siempre y cuando se reciba el tratamiento adecuado, es uno de los más favorables entre los trastornos psicológicos.

En cuanto al tratamiento, se suelen utilizar la respiración diafragmática, técnicas de distracción, reestructuración cognitiva (para que la persona aprenda a identificar y cuestionar los pensamientos negativos y realizar atribuciones más objetivas sobre sus sensaciones fisiológicas), técnicas de decatastrofización (para cambiar la interpretación catastrofista que se suele hacer de las respuestas de ansiedad o de las situaciones que las provocan), exposición controlada a los estímulos externos o internos que provocan los ataques de pánico, exposición y prevención de respuesta (para neutralizar las conductas que evitan la ansiedad o permiten que se escape de ella), etc.

Fernando Bermejo.

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Cuando el perfeccionismo se torna en una obsesión

Muchos niños se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas, a quienes les resulta fácil caer en la frustración, que les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. Una definición ampliamente aceptada lo define como un conjunto de creencias muy exigentes acerca de lo que las personas consideran que deben llegar a ser.

Sin embargo, también existen personas con un perfeccionismo que podríamos entender como sano, las cuales se caracterizan por unas metas elevadas, pero razonables y alcanzables, tienen altas expectativas de sí mismos y los demás y, aunque esto los vuelve exigentes, no los hace hostiles ni extremadamente críticos.

Un criterio para pensar que un niño puede ser perfeccionista en exceso es analizar si siente rabia al hacer muy bien -pero no de forma perfecta- una tarea. Otro es que los niños excesivamente perfeccionistas son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, los afectados tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Algunas explicaciones sobre cómo se desarrolla el perfeccionismo, señalan que estos niños suelen vivir en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el niño siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. No obstante, hay quienes señalan que algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño “huye” de ellos al refugiarse en esta tendencia. En todo caso, la mayoría de los especialistas coinciden en que está directamente relacionado con una baja autoestima y una necesidad apremiante de sentirse querido al hacer las cosas tan perfectas como pueda.

Para ayudar a estos niños, hay que animarles aunque no hayan logrado el resultado deseado en una actividad. Cuando tengan una rabieta porque no han hecho de forma perfecta una tarea cotidiana, hay que transmitirles la idea de que no es necesario que se enfaden tanto aunque entendemos su sufrimiento. Y tener en cuenta que los mejores momentos para explicarles que no hay por qué aspirar al perfeccionismo es cuando están tranquilos, justo después de la rabieta o el disgusto, y no en plena crisis emocional.

Fernando Bermejo.

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