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No sé qué decisión tomar

Esta es una de las frases más frecuentes en aquellas personas que son inseguras, y por tanto indecisas ante las situaciones cotidianas de la vida.

En realidad, sí sabemos, todos sabemos tomar decisiones. Lo que sucede es que dudamos de cuál es la decisión correcta, y eso nos paraliza. Tomar una decisión es fácil, siempre que nos sintamos seguros de nosotros mismos. Pero es precisamente nuestra inseguridad la que nos impide tomar decisiones ante la vida. Y junto a ella, nuestros miedos.

Sentirnos inseguros significa no estar centrados en nosotros mismos, sino más bien pendientes de lo que pensarán los demás de nuestra decisión. Por tanto, es fácil no saber tomar una decisión cuando nos basamos en los motivos en los que otros esperan u opinan acerca de esto o lo otro.

Sentirnos seguros de nosotros mismos supone tener una buena autoestima, es decir, una buena relación con nosotros mismos, valorando quienes somos, conociendo bien nuestras virtudes y también nuestras debilidades. Tener seguridad personal supone conocernos a nosotros mismos y conocer nuestros valores y deseos ante la vida.

Cuando estamos ante varias opciones, de las cuales tenemos que tomar una decisión, en primer lugar, como hemos dicho, es importante sentirnos conectados con nosotros mismos, sabiendo quiénes somos y nuestra proyección en la vida. De tal forma, que no estaremos centrados en los demás, en lo que piensan u opinan de nuestras opciones, sino en nosotros.

Ante cualquier cambio en la vida, aparecerán miedos y éstos nos harán dudar sobre si esa decisión será la más adecuada. ¿Y quién sabe qué decisión es la mejor? La única persona que puede valorar lo que es mejor es uno mismo. Podemos equivocarnos, pero el error, inevitablemente, también puede servirnos para aportarnos aprendizaje en nuestra vida.

Además, es probable que no tomar la decisión fuese la peor opción, porque nos bloquearía en el camino, y la consecuencia de esto podría ser mucho peor que las consecuencias que nos puede deparar el camino escogido, ya que se corresponde a nuestros deseos y valores más profundos.

Fernando Bermejo.

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La terapia por Internet

El desarrollo de Internet y de las telecomunicaciones han influenciado enormemente en todas las áreas del saber y del conocimiento humanos. La psicología no se ha quedado al margen y los nuevos sistemas de telecomunicación han posibilitado lo que se ha dado en llamar ciberpsicología.

¿Podemos beneficiarnos de este tipo de orientación, consulta o apoyo psicológicos?

Rotundamente, sí. La tecnología actual permite y facilita que se pueda llevar a cabo desde una consulta a través de correo electrónico hasta la aplicación de un programa de tratamiento a través de Internet, y todo ello de forma cómoda, interactiva, flexible y económica. Los profesionales de Tu psicologo online somos pioneros en España en la utilización de Internet como herramienta terapéutica. Si su problema no está entre los considerados incompatibles con este medio de comunicación, puede recibir asistencia psicológica cómodamente desde su propio hogar o desde el lugar que desee.

La magia de la palabra.

De la palabra parten todas las dudas y las soluciones; la información gestual es sustituida en la consulta por Internet por el estilo, la convicción al escribir, la capacidad de síntesis, la forma de organizar el texto, las inflexiones del habla, la entonación… En la historia de nuestro cliente y en el modo de contarla se esconde el germen de la resolución de sus problemas. Al escribir dejamos un rastro de nuestra alma, un pedazo del corazón… Nuestra labor consiste en determinar las claves de su sufrimiento y ofrecerle la mejor orientación en la resolución de sus problemas.

Confidencias en Internet. ¿Quién dijo que la comunicación no es cálida?

¡Pierda el miedo a consultar sobre sus problemas! Descríbanos su problema o mejor: descúbranoslo. Aplicaremos las estrategias más adecuadas para conocerlo, ofrecerle una explicación sobre sus dificultades y establecer un análisis de los factores que contribuyen o han contribuido a su desarrollo y mantenimiento. De forma similar a la práctica clínica y científica, le proporcionaremos un diagnóstico si es posible, estableceremos una hipótesis sobre la función que tienen sus problemas en su vida y le enseñaremos herramientas psicológicas para aplicar en cada caso y poner fin a sus dificultades.

Sensibilidad y calidez emocional.

En Tu psicologo online también sabemos lo que significa escuchar a nuestros clientes y prestar oídos a sus problemas; y sabemos que escuchando sus problemas se hacen más pequeños para ellos, porque se sienten atendidos y apreciados. Escríbanos sus preocupaciones, sus sinsabores, sus amarguras… Actualmente no tiene sentido que nos resignemos a padecer un trastorno mental o psicológico sin hacer nada por manejarlo, reducirlo o eliminarlo. Desde la primera consulta se verá implicado en una relación terapéutica cálida que favorecerá la resolución de sus dificultades y preocupaciones.

Usted también tiene que poner de su parte.

Normalmente, la asistencia psicológica a través de Internet requiere una mayor implicación y motivación por su parte para la resolución de sus problemas, si lo comparamos con la visita tradicional al psicólogo. Es preciso que posea una cierta habilidad para intercambiar información por vía telemática a fin de facilitar información relevante de cara a la intervención. Aún así, personas que carecen de experiencia en el uso de Internet pueden beneficiarse de la ayuda psicológica que ofrecemos, apoyándose en personas conocedoras de Internet o recurriendo a medios de comunicación más tradicionales, como el teléfono. En Tu psicologo online va a encontrar el servicio más adecuado a sus necesidades y adaptado a sus posibilidades de comunicación.

Fernando Bermejo.

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¿Cómo vivir el presente?

La práctica del mindfulness puede ayudarte a vivir el presente en cada instante, día tras día, mediante el control de tu atención, que es a su vez el mejor modo de controlar tu mente y tus emociones, sin dejarte atrapar por obsesiones, autocríticas o emociones intensas y destructivas, estando plenamente en el momento presente.

El mindfulness ayuda a tomar las riendas de uno mismo, en vez de vernos arrastrados por torbellinos de emociones o pensamientos descontrolados que no nos aportan nada bueno. Implica decidir libremente cuándo y durante cuánto tiempo te vas a preocupar por algo o pensar en algún problema, en vez de dejar que sea tu propia mente la que lo decida, llenándote la cabeza de ideas negativas en los momentos más inoportunos (como cuando estás trabajando o pasando un buen rato con tus amigos) o viéndote atrapado por el miedo, la ansiedad, la rabia o el desconsuelo sin poder hacer nada por evitarlo.

Tal vez te ha sucedido alguna vez que tenías un fuerte dolor de cabeza (o cualquier otra molestia física igual de desagradable) y has empezado a ver una película tan interesante que te has sumergido en ella hasta el punto de olvidarte del dolor. Por supuesto, el dolor no se ha ido, pero al centrar tu atención intensamente en otra cosa, ha pasado a segundo plano. Como ves, controlar tu atención es un arma muy poderosa.

Cuando no puedes dormir porque no paras de dar vueltas a preocupaciones; cuando comienza en tu mente un autodiálogo de desprecio hacia ti mismo; cuando aparece en tu cabeza una y otra vez un recuerdo relacionado con una humillación, una pérdida importante, una discusión de pareja o cualquier otra cosa igual de desagradable; cuando sucede todo eso y no sabes qué hacer para salir de esa espiral autodestructiva, recurrir al mindfulness puede ser tu respuesta.

Por desgracia, la mayoría de la gente está más habituada a no estar en estado de mindfulness, sino todo lo contrario. Por ejemplo, ¿has entrado alguna vez en alguna habitación para coger algo y has olvidado qué era? ¿Has estado hablando con alguien pero no has escuchado nada de lo que decía? ¿No recuerdas lo que comiste ayer? ¿Has ido en coche alguna vez y al llegar te das cuenta de que no recuerdas la mitad del viaje, como si hubieras ido en piloto automático? ¿Has aparcado el coche hace un instante y no recuerdas si lo has cerrado con llave o dónde lo has aparcado? Si has respondido que sí a algunas de estas preguntas, entonces ya sabes qué es lo contrario al mindfulness. Todo esto que comento aquí arriba son ejemplos de falta total o casi total de atención al momento presente. Tu mente está en otra parte; tal vez en el pasado, recordando agravios o malos momentos, o en el futuro, tratando de resolver las cosas malas que pueden pasar… Tu mente no está donde tú quieres tenerla, sino que está descontrolada, yendo adónde ella quiere, de un lado a otro. Este divagar la mente puede ser algo positivo, que ayuda a fomentar la creatividad, pero no cuando el lugar al que suele ir tu mente solo sirve para hacer que te sientas mal.

Por lo general, estamos tan atrapados por nuestros pensamientos acerca de lo que ha pasado o lo que va a pasar, que apenas estamos en el presente, que es donde se desarrollan realmente nuestras vidas.

Practicar el mindfulness lleva a estar totalmente implicado en el presente, en todo lo que haces en cada momento. No significa que no te des cuenta de las ideas, pensamientos o recuerdos que surgen en tu mente; por supuesto que te das cuenta, pero optas por dejarlo ir y centrar tu atención en el presente o bien optas por pensar en esa idea que ha surgido en tu mente, pero lo haces voluntariamente. Esta es la gran diferencia. Al practicar el mindfulness cada día, en cada pequeña cosa que hagas, ya sea comer, leer, darte una ducha o hablar por teléfono te metes de lleno en esa experiencia y la vives plenamente en cada instante, como si no hubiera nada más en el mundo. Si haces esto habitualmente, vas adquiriendo cada vez un mayor control de tu mente. Además, el mindfulness hace que tu experiencia del día a día sea más rica y amplia. Con mindfulness, los días que parecían todos iguales empiezan a dejar de serlo, porque todo es siempre diferente si lo observas con atención. Incluso tú eres diferente cada día y cada momento que pasa.

Las muchas investigaciones realizadas han mostrado que el mindfulness no solo tiene beneficios emocionales sino también físicos. Por ejemplo, ayuda a manejar el dolor, reduce la presión sanguínea, alivia la ansiedad y la depresión, hace mejorar ciertas enfermedades de la piel y ayuda a dormir mejor. Las personas que lo practican habitualmente muestran menos signos de estrés, ven las situaciones complicadas como menos estresantes y más manejables y tienen menos probabilidades de evitarlas. El mindfulness ayuda a que las personas estén más relajadas pero al mismo tiempo más alertas, aumenta el número de emociones positivas que siente una persona habitualmente, así como la sensación general de bienestar emocional y social. Saber vivir plenamente el momento presente ayuda a ser más consciente de esas emociones, disfrutarlas más y sacar el máximo partido de cada día.

Fernando Bermejo.

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Tus psicólogos, más cerca

Buscar un psicólogo no es tarea fácil. Tienes la incertidumbre de dónde ir, a quién buscar, dónde encontrar la persona que te pueda ayudar, etc. Y sobre todo, si darás con alguien con quien sintonices, te sientas cómodo y te entienda. Y más cuando se trata de contar tus problemas a un desconocido. Pues bien, todo esto es lo que intentamos ofrecerte en el Instituto de Psicología PSICOMED, en Collado Villalba y Collado Mediano. Pensamos en ti, y queremos que te sientas entendido, en un ambiente cálido, sin sentirte extraño.

Te ofrecemos la ayuda que necesitas en el lugar o en la zona en que vives, en un horario compatible con tu trabajo, familia, o demás circunstancias de tu vida. Si vives en Collado Villalba, Collado Mediano, Cercedilla, Navacerrada, Los Molinos, El Escorial, Guadarrama, Alpedrete, Becerril de la Sierra, Moralzarzal, Cerceda, etc., estamos cerca de ti.

Fernando Bermejo

Instituto de Psicologia PSICOMED

www.psicomed.es

El miedo a estar enfermo

Quién no tiene un pariente, un amigo o un conocido que continuamente se lamenta de las enfermedades que cree sufrir? A menudo se tilda a estas personas de quejicas y su entorno más cercano, como familiares y amigos, considera que la única razón de los habituales lamentos es conseguir ser el centro de atención. Sin embargo, en muchas ocasiones, estas personas se enfrentan sin saberlo y sin hallar la comprensión de quienes les rodean a un trastorno crónico y de difícil solución: la hipocondría.

La hipocondría consiste en la preocupación excesiva que una persona siente por su propia salud, una inquietud fuera de lo normal por padecer enfermedades que no se tienen, o por magnificar las ya existentes. Angustia, depresión y el abandono de las actividades habituales para dedicarse al cuidado de uno mismo son algunos de sus efectos más frecuentes.

Para poder diagnosticar este trastorno, debe existir preocupación y miedo a tener, o la convicción de padecer, una enfermedad grave (generalmente relacionadas con determinados cánceres o enfermedades del corazón) a partir de la interpretación personal de ciertos síntomas somáticos; que suelen persistir a pesar de las exploraciones y explicaciones médicas, llegando a provocar un gran malestar o deterioro familiar, social o laboral.

Existen varias causas que pueden producir el desarrollo de la hipocondría, entre las que se encuentran una educación basada en el miedo o la protección excesiva; haber padecido enfermedades durante la infancia; la interpretación incorrecta de ciertos síntomas; experiencias traumáticas relacionadas con la enfermedad o la muerte; o recibir información alarmante sobre enfermedades. También se cree que situaciones de estrés psicosocial, sobre todo la muerte de alguna persona cercana, pueden precipitar la aparición de este trastorno.

Se puede definir a los hipocondríacos como personas obsesionadas por su salud. El mismo hipocondríaco se diagnostica por su cuenta su enfermedad, basándose en los síntomas que cree padecer incluso mucho antes de llegar a la consulta del médico. Una vez allí, y aunque se le asegure que no está enfermo, su preocupación sólo desaparecerá momentáneamente, para volver a angustiarse al poco tiempo. Este es el proceso habitual.

Las personas que rodean a estos enfermos son conscientes del continuo autoanálisis al que se someten: estudian con detenimiento cada pequeño síntoma de su cuerpo, se toman el pulso, la temperatura, la tensión, cuentan las veces que respiran por minuto, analizan sus heces y orinas, sus ojos y su piel. Se trata de personas muy informadas que leen continuamente reportajes y artículos sobre medicina, además de ver todos programas televisivos sobre salud, o se pasan horas realizando búsquedas en Internet. Resulta curioso observar la reacción de estos enfermos ante la lectura de los diversos males, en muchas ocasiones sienten los síntomas según los leen.

Dentro de esta patología hay varios tipos de pacientes: aquéllos que no acuden a la consulta del médico por miedo a que les diagnostiquen una enfermedad y quienes no dejan de acudir a diversas consultas en su empeño de encontrar a un médico que les haga caso, que les tome en serio.

Es difícil encontrar un terapeuta que trate bien la hipocondría. El paciente se resiste a ser atendido porque entiende que su enfermedad es física y no encuentra motivos para ser sometido a terapia. Y aunque acceda y el profesional consiga que supere su sintomatología y miedos, el hipocondríaco tiende a exponer nuevos síntomas y a autoconvencerse de que padece nuevas enfermedades.

De cara al tratamiento, es importante enseñar al paciente cómo afrontar el problema y a que diferencie entre los síntomas reales y los creados. Se utilizan estrategias como la exposición, el control de la ansiedad a través de la relajación, etc. Se dará por terminado el tratamiento cuando deje de sentir miedo a las enfermedades y a la muerte de una manera obsesiva, no siente la necesidad de acudir continuamente al médico y a urgencias, y cesan las habituales quejas y conversaciones sobre probables enfermedades. De esta manera recuperará su bienestar personal y dejará de situar la enfermedad en el centro de su vida familiar, social y laboral.

Fernando Bermejo.

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Aprender a decir «no»

Comunicarse eficientemente con los demás, con precisión y empatía y dejando un poso de imagen positiva ante nuestros interlocutores es uno de los cometidos clave en una vida en sociedad. Se trata de un proceso complejo, en el que debemos articular habilidades aprendidas y talentos naturales (como el dominio del lenguaje oral y gestual, el don de la oportunidad, la adecuada gestión de las emociones, el encanto personal…). Y en el que hemos de combinar la tolerancia necesaria para aceptar y entender al otro, con la capacidad de expresar nuestras opiniones o preferencias. Sin embargo, hay dos cosas que a muchas personas les resultan problemáticas o difíciles: una es de pedir o solicitar favores, y la otra, decir «no». Centrándonos en esta última cuestión, dar respuestas negativas supone un esfuerzo, empeñados como estamos en caer bien, en resultar tolerantes, comprensivos, amables y diligentes. La timidez y el déficit de autoestima son problemas añadidos a la hora de decir que no.

Si no manifestamos nuestro desacuerdo cuando discrepamos en cuestiones importantes, o si hacemos lo que consideramos inapropiado o lo que resulta perjudicial para nuestros intereses, anteponemos las necesidades, opiniones o deseos de los demás a los nuestros. Esto puede causarnos, además de los previsibles perjuicios de índole práctica, problemas de autoestima, y puede trasmitir de nosotros una imagen de personas con poco criterio.

Tras esta conducta complaciente puede hallarse la creencia de que llevar la contraria o no aceptar tareas que consideramos incorrectas o que no nos corresponden conduce a que se nos vea (o nos veamos) como egoístas. Muchos piensan que eso es casi lo peor que les pueden llamar, hasta tal punto tienen asumido que la generosidad, la compasión, la empatía y la incondicionalidad son atributos positivos, y del todo contrapuestos al egoísmo natural -y hasta cierto punto, lógico- de las personas.

Algunas personas sufren cada vez que se han de negar a algo, bien sea por miedo a defraudar las expectativas de otros, bien por temor a no dar «la talla» o a no saber argumentar su negativa, o por simple pereza y comodidad. Se trata, en definitiva, del miedo a no ser valorados y queridos. Nuestra necesidad de ser valorados, atendidos y tenidos en cuenta, puede llevarnos -desde el espejismo que crea una autoestima poco asentada- a mostrar una constante disponibilidad a todo, lo que nos sume en una dependencia no sólo de los demás, sino de esa imagen desde la que actuamos, dejando de ejercer nuestro derecho a decir «no». Esa dependencia dificulta nuestra evolución personal, dinamita nuestra autoestima e imposibilita el libre ejercicio de la responsabilidad que propicia unas saludables y equilibradas relaciones de interdependencia con los demás, en las que decimos «sí» cuando lo consideramos adecuado y en las que mantenemos vigente la posibilidad a decir «no».

Un «no» a secas resulta demasiado expeditivo; después del «no» conviene decir «sí», aunque sea a la postura contraria de la de nuestro interlocutor, proporcionando alternativas, exponiendo y defendiendo nuestros argumentos con convicción y firmeza pero eso sí, sin herir ni menospreciar a nadie. Y esto sólo es posible si previamente sabemos decir «no» sin sentirnos culpables por ello.

Cuando queremos decir «no» y, sin embargo, decimos «sí», estamos devaluando nuestro «sí», ya que, de puro rutinario, lo hemos despojado de su verdadero valor. Y devaluar nuestra afirmación es hacerlo con nuestro crédito como personas que sienten, piensan y tienen criterio propio. Equivale a devaluarnos ante los demás y ante nosotros mismos.

Hemos de buscar un equilibrio que nos permita ser tolerantes y comprensivos, pero siempre habilitando un espacio para expresar nuestros matices o discrepancias. Si cedemos siempre, nos estamos haciendo daño. Si no somos capaces de decir «no», pensaremos que a los demás les puede ocurrir lo mismo. Y cada vez que obtengamos una afirmación a algo que pedimos o comentamos, dudaremos de si realmente es una respuesta sincera, y por ende, si importamos a nuestro interlocutor.

Conectar con nuestras necesidades, atender a lo que queremos, priorizar el cómo estamos en cada momento y situación, nos obliga a saber decir «no». En ocasiones, decir «no» es necesario para conocernos, para significarnos y mostrarnos al mundo tal como somos. Desde la sinceridad empática (acercándonos a la situación del interlocutor), entablaremos unas relaciones de autenticidad, en las que impere un diálogo más veraz, fluido y constructivo. Y podremos decir que sabemos con quién hablamos y cómo se encuentra la persona con la que lo hacemos. Hay demasiadas relaciones vacías, formales, vestidas de cordialidad y buenos modales. Una cosa es la sociabilidad y otra muy distinta, la hipocresía del «quedar bien» a toda costa.

Fernando Bermejo.

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Yo tengo razón

Querer tener razón es la enfermedad crónica de la humanidad, seguramente una de las causas que han enfrentado más a las personas, las naciones y las religiones organizadas del planeta. En demasiadas ocasiones comprobamos cómo querer imponer nuestras razones y opiniones a los demás nos cuesta caro. Tal vez logremos desautorizar las ideas de alguien, pero al final acabamos con una razón más y un amigo menos. ¿Vale la pena? Seguramente no. Sin embargo, somos adictos a «tener razón». De no ser así no serían tan frecuentes frases como: «estás equivocado», «no es verdad», «esto no es así», «no tienes razón»…

El resultado es que querer estar siempre en posesión de la verdad consume una gran cantidad de energía y tiempo que nos impide disfrutar de los demás y de la paz mental de saber que en el fondo todos tenemos nuestra propia lógica. Tener opiniones es normal, también tener gustos y preferencias, pero la libertad de opinión se convierte en una desventaja cuando las posiciones mentales impiden abrirse a nuevas perspectivas o puntos de vista que no concuerdan con las propias.

Con el tiempo acumulamos opiniones, creencias, que pasan a conformar lo que llamamos identidad construida o ego. Si alguien agrede esas posesiones mentales, en realidad es como si lanzara un ataque personal, porque confundimos pensamiento e identidad. No parece sensato confundir lo que somos con lo que pensamos, pero esto no lo tienen tan claro quienes se aferran a sus creencias con desesperación.

Cuando una creencia nos domina, llegamos a pensar que todo el mundo piensa, o debería pensar, lo mismo. Pero hay opiniones para todos los gustos, la diversidad construye el mundo, y aunque parezca extraño, hay personas que creen cosas muy diferentes a las que nos parecen normales. Sin duda, aquellos que no esperan que todo el mundo esté de acuerdo con ellos gozan de una mayor tranquilidad mental.

El disgusto que sentimos ante las ideas que no nos son afines es proporcional al grado de apego que tenemos a las propias (o la poca disponibilidad para cambiarlas por otras). Cuanto más apego tenemos a una creencia, más disgusto sentiremos cuando nos enfrentemos a las contrarias. Es fácil deducir que no es la idea del otro lo que nos causa molestia, sino nuestro rechazo a aceptar puntos de vista diferentes. No es su creencia el problema, sino nuestra posición contraria a ella.

Aceptar las ideas de otros es en realidad más sencillo de lo que parece. Basta con tener presente que aceptarlas no significa adoptarlas o validarlas (no significa estar de acuerdo). Es más bien aceptar que no entendemos a todo el mundo, ni que todo el mundo nos entenderá. Es más sencillo aceptarlos a ellos (aunque tal vez no sus ideas) porque no hacerlo complica la vida de todos. La pregunta a la que deberíamos responder antes de defender nuestra «razón» sería: ¿Es mejor tener razón a toda costa antes que ser feliz?

Fernando Bermejo.

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¿Sirve de algo la terapia de pareja?

Las discusiones, el malestar en la convivencia, la rutina, la falta de sexo, o las infidelidades son los motivos más comunes por los que una pareja decide ir a terapia para salvar su relación o para, al menos, intentarlo. Hay quienes acuden cuando empiezan a ver indicios de que algo no está yendo como esperaban, pero en la mayoría de los casos se espera demasiado y se acude cuando la relación está ya más que desgastada. La clave está en ir cuando ambos miembros lo sientan y tengan además los mismos objetivos, de nada vale si uno quiere recuperar la relación y el otro romperla. Es importante señalar también que la terapia es mucho más eficaz si se acude nada más observar el malestar en la relación que si se deja pasar y pasar el tiempo hasta que el desgaste pueda más que cualquier cosa.

Una terapia de pareja no sólo vale para recuperar la relación, sino también para tener una ruptura lo menos conflictiva y dolorosa posible. De modo que el objetivo de todo es que la pareja se comunique y resuelva lo que quiera resolver para sentirse mejor consigo mismo y con el otro, sea para recuperar la relación si ambos así lo desean, o bien para romperla de la mejor de las formas.

Lo primero que se hace en estas terapias es encontrar el verdadero problema. La mayoría de las parejas viene a consulta porque discuten mucho, pero detrás de esta primera queja, hay conflictos sin resolver. Por tanto, lo primero que hay que poner sobre la mesa es el problema real por el cual la relación no funciona como antes. Después hay que trabajar el diálogo frente al monólogo. Es decir, es necesario empatizar con el otro, escucharle, saber qué le ocurre realmente e intentar entenderlo. Lo principal en terapia es enseñar a: saber escuchar, ponerse en lugar del otro, aprender a comunicar lo que sentimos o nos molesta sin herir a la otra persona, responsabilizarnos de nosotros mismos, huir de la dependencia emocional, aprender a discutir, atender y cuidar la relación de pareja, y a poner unas bases para volver a ilusionarse.

En los problemas de pareja los dos son parte del problema y los dos son parte de la solución. Dependiendo de la pareja en cuestión y del motivo que le hayan llevado a pedir ayuda, se utilizarán unos recursos u otros, pero todos tienen los mismos objetivos: que la pareja aprenda a resolver sus conflictos y a gestionarlos porque una pareja feliz no es aquella que no los tiene, sino aquella que sabe adaptarse y enfrentarse a ellos. Al final de la terapia, las parejas deciden seguir juntos o no, pero esta decisión es consciente, hablada y compartida entre ambos.

La terapia es por tanto un recurso más, cada vez más utilizado en nuestros días porque ya no se ve con tanto estigma como hace algunos años, al que las parejas pueden recurrir si así lo desean ambos. Bien para recuperar lo que un día perdieron y crecer en la relación sin que sea demasiado tarde para recoger los restos del naufragio, o bien para aceptar y afrontar que la relación ha terminado sin que suponga ni mucho menos una derrota, pues en ocasiones, la ruptura es la mejor de las soluciones. Sea como fuera, la terapia de pareja habrá ayudado a conocerse individualmente y, sobre todo, enseñará a ser mejor pareja en la relación actual o en futuras relaciones.

Fernando Bermejo.

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El confinamiento y sus efectos en los niños: consejos para las familias

Según se ha podido comprobar, en los adultos que se encuentran en confinamiento existe un mayor riesgo de sufrir algunos problemas psicológicos, como la depresión, el desapego hacia los demás, estrés postraumático, ira o mayor irritabilidad, fatiga, insomnio o angustia. Los niños son mucho más resistentes que los adultos a los efectos psicológicos del aislamiento, pero no son inmunes en su totalidad. El cambio en sus rutinas, el continuo “bombardeo” de noticias, o no poder satisfacer sus necesidades básicas como correr, saltar, jugar con sus amigos, etc. puede provocarles estrés y tener un gran impacto emocional en ellos.

Según el tipo de personalidad y carácter del niño se pueden dar diferentes efectos psicológicos:

Los niños que son más sensibles suelen sentirse muy abrumados por los estímulos, por los cambios repentinos y sobre todo, por la angustia emocional de los demás. Este tipo de niños pueden llorar más a menudo y llegar a experimentar alteraciones del sueño como terrores nocturnos o pesadillas.

Los niños con un temperamento difícil suelen tener problemas para aceptar las instrucciones y las normas que se le dan y poseen una mayor tendencia a responder de malas formas. Este tipo de niños experimentaran una mayor rebeldía ante la cuarentena, además de cambios de humor y aburrimiento.

Dentro de la cuarentena por coronavirus los adultos tenemos que ser activos para combatir todos los efectos psicológicos negativos que producen el aislamiento tanto en nosotros mismos, como en los niños y el resto de la familia.

En referencia a los pequeños, será necesario que:

  1. Se establezcan unas rutinas

La principal tarea de los padres será la de crear unas rutinas que proporcionen seguridad y estabilidad a los más pequeños dentro de esta situación de excepción. Los niños deben entender que no son vacaciones. Por eso, fijar un horario será muy importante para ayudarles a saber lo que va a ocurrir. Este “programa” incluirá los diferentes momentos del día como las comidas, los momentos de estudio, tareas como recoger el cuarto, hacerse la cama, etc.

  1. Ser más tolerantes

En estos días niños y adultos podemos mostrarnos más nerviosos. Es importante ser un poco más tolerantes con el comportamiento de los pequeños. Para ello será importante saber manejar las herramientas necesarias para la gestión de situaciones como peleas entre hermanos, rabietas, etc. Los adultos hemos de ser pacientes, firmes y utilizar el sentido común.

  1. El buen uso de la tecnología

Las consolas, los ordenadores, la televisión, el teléfono móvil y la tableta pueden ser grandes aliados sobre todo en esos momentos del día donde la energía de los niños está más decaída para realizar otro tipo de actividades donde se requiere mucha más concentración. ¡Pero siempre controlando su uso!

  1. Mantener contacto con otras personas

Somos “animales sociales” y como tal necesitamos relacionarnos con otras personas. Será importante telefonear o hacer videollamadas a amigos o familia para mantener el contacto y combatir los miedos y la incertidumbre de esta situación tan nueva y estresante para los pequeños.

  1. Relax

Es necesario combatir la irritabilidad. Hay que tranquilizarse y dejar de lado el malestar. Para ello los progenitores se pueden hacer turnos del cuidado de los hijos y tomarse un rato para sí mismos (o teletrabajar sin distracciones).

  1. Hablar con los niños sobre el tema

Para hacerlo, los padres deben adaptar el mensaje que quieren dar a la edad y la madurez de los hijos. Todo lo que se diga debe ser verdad y utilizar la sinceridad.

  1. Actividades en familia

No se puede salir pero se pueden seguir haciendo actividades en familia como ver películas juntos, jugar a juegos de mesa, etc. Eso ayudará a los pequeños a sobrellevar mejor el aislamiento.

Esta situación, como vemos, va a poner a prueba a toda la familia. Por ello, conviene tener en cuenta estos consejos para que este periodo, aun no estando libre de conflictos y momentos complicados, sea lo más llevadero posible. De lograrlo, esta situación puede haberos servido también para que seáis una familia más unida, más fuerte y con unos lazos más estrechos. ¡No dejéis pasar esta oportunidad!

Fernando Bermejo.

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Cómo gestionar psicológicamente la cuarentena por el coronavirus

Además de sus consecuencias más graves y directas, el coronavirus y las medidas que se han tomado con el objetivo de frenar la pandemia producen algunas consecuencias colaterales a las que también hay que prestar atención. Entre las más importantes se destacan los efectos psicológicos del encierro y el confinamiento, una situación inédita para todos nosotros.

El Colegio Oficial de la Psicología de Madrid (COPM) ha publicado días atrás un documento con Orientaciones para la gestión psicológica de la cuarentena por el coronavirus. A partir de estas recomendaciones, se enumeran a continuación las principales estrategias psicológicas que podemos poner en marcha para sobrellevar el confinamiento.

  1. Asumir la realidad y proponerse hacer lo correcto

La situación es tan insólita y extraña que es normal que al principio cueste entenderla o creer que de verdad debemos ponernos en cuarentena, una palabra que hasta ahora nos remitía a las pestes de varios siglos atrás. Sin embargo, como explican los psicólogos de Madrid, «la realidad lamentablemente es la que es» y ahora es necesario «entender que permanecer en casa es lo más correcto, es imprescindible».

  1. Planificar la nueva situación

Con la cuarentena, la vida se modifica de manera sustancial. Por eso, el consejo es buscar cosas que hacer, planificar todo lo posible y no improvisar. Para quienes viven con otras personas, es importante consensuar ciertas normas, comprender las necesidades específicas de los demás y respetar espacios y tiempos diferenciados. Puede resultar útil apuntar todas las ideas de cosas para hacer en casa en los días en que no se puede salir.

  1. Evitar la sobreinformación

Es claro que estar informados es importante, más aún en una situación como la actual. Sin embargo, hay que evitar caer en la sobrecarga informativa. El exceso de información ocasiona, por lo general, dos resultados negativos. El primero es la dificultad para diferenciar los datos veraces y confirmados, los cuales vienen difundidos en general por los canales oficiales, de los simples rumores o versiones no confirmadas. El segundo efecto nocivo es encerrarse en un laberinto de malas noticias que solo conduce a la paranoia y el desasosiego. El COPM recomienda manejarse «con prudencia y mensajes constructivos» y evitar hablar todo el tiempo de este tema «especialmente a los más pequeños».

  1. Mantener los contactos

Gracias a la tecnología, estar confinado no significa estar aislado. Teléfonos y ordenadores permiten, hoy por hoy, escribirse y conversar con otras personas, incluso viéndolas a la cara y sin importar que estén lejos, en otra ciudad u otro país. Además, hasta se pueden tender lazos con vecinos con quienes se puede conversar de balcón a balcón. Mantener el contacto y compartir información acerca de cómo están viviendo la situación resulta de gran apoyo y ayuda, siempre respetando la consigna de no alimentar inútilmente miedos e inquietudes, como se señaló en el punto anterior.

  1. Aprovechar para hacer lo que nunca tenemos tiempo de hacer

Casi todos tenemos pequeñas cuentas pendientes, es decir, actividades que queremos hacer pero para las cuales nunca encontramos tiempo. Pues bien, este puede ser el momento más oportuno. Podemos hacer actividades creativas como leer, cocinar, decorar una habitación o aprender aquello que tanto deseamos. Incluso tareas prácticas como ordenar o acometer esas reparaciones que llevaban tiempo esperando. Hacer esto no solo servirá para obtener cierta satisfacción, sino que también es una forma de que el tiempo pase más rápido y evitar el aburrimiento.

  1. Hacer deporte

Por supuesto, la imposibilidad de salir de casa no significa en absoluto que no se pueda hacer actividad física. Existen aplicaciones y tutoriales en internet que sirven como guía para practicar deporte incluso en espacios reducidos. Los resultados son puros beneficios: divertirse, evitar los efectos físicos del sedentarismo y mejorar el humor. Las endorfinas y demás hormonas que el organismo segrega al ejercitarse ayudan a reducir los síntomas de la depresión y la ansiedad y contribuye con el bienestar general.

  1. No descuidar aspectos de salud e higiene personal

La cuarentena tiene la finalidad de prevenir la propagación del coronavirus, es decir, cuidar la salud de todos. Pero no se deben olvidar los cuidados que la propia salud requiere en el día a día: tomar el sol aunque sea en la ventana, mantener una dieta equilibrada, no abusar del alcohol, dormir el número de horas adecuado (ni menos, ni más) y hacerlo en los horarios correspondientes. Es también importante como exponerse a la luz natural al menos unos veinte minutos por día, no dejar de ducharse a diario, lavarse los dientes, afeitarse en el caso de los hombres, etc.

  1. Prestar atención a los demás

Hay que mantener la atención sobre las personas con las que uno convive. Sin obsesionarse, desde luego, pero preparados para obrar como indican las autoridades si surgiera alguna situación preocupante. Y también es importante ocuparse de los propios pensamientos y emociones y, sobre todo, de lo que se dice y el modo en que se expresa. Son momentos difíciles, en que el ánimo puede resquebrajarse, y una mala comunicación puede derivar en discusiones y momentos desagradables que solo causarán perjuicios.

  1. Tratar de no pensar en plazos y fechas

No pongas fechas. Siempre plantéate que vas a volver a la normalidad en más tiempo del previsto. Si te mentalizas en que todo acaba el 1 de abril, y luego se alarga al 5, esos cuatro días son un infierno. A la contra, no sucede. Si te mentalizas en que vuelves a la normalidad el 5, y al final todo acaba el 3, esos días son un regalo. Aceptemos que llevará su tiempo volver a la normalidad, y que no hay fecha para que esto ocurra.

  1. Si es necesario, pedir ayuda profesional

Si bien ya se ha destacado la importancia de no descuidar otros aspectos de la salud, requiere una especial atención la salud emocional. Estos son consejos o estrategias para sobrellevar el encierro obligado por la cuarentena, que sin duda son muy útiles. Pero si alguien detecta -en sí mismo o en alguna de las personas con las que convive- señales de estrés o ansiedad importantes, debe buscar el apoyo de un psicólogo.

Fernando Bermejo.

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