Quiero morirme

Muchas personas que se sienten profundamente tristes, vacías, desgraciadas y desesperanzadas ven en suicidarse la manera de “resolver” o “salir” de la situación en que se encuentran.

Algunas personas consideran el suicidio como la solución más fácil, ya que quitarse del medio es la forma más rápida y sencilla de acabar con el sufrimiento de un plumazo. Otras lo definen como una respuesta de cobardes, al considerar que es consecuencia de no verse capaz de enfrentarse a una situación adversa y buscar formas alternativas para salir adelante. Para otras, el suicidio es un acto que requiere una enorme fuerza y valentía, pues supone desprenderse de todo, incluida la propia vida.

Sea una u otra la forma de entender el suicidio, lo cierto es que a las personas que se encuentran en esta tesitura les envuelve un profundo sentimiento de tristeza, un profundo vacío y una profunda desesperanza, consecuencia de un trastorno mental que se caracteriza por un pensamiento distorsionado que les impiden ver la realidad de manera adecuada y sentirse capaces de buscar otras posibles soluciones al sufrimiento o a la situación que la persona percibe como abrumadora, ya sea el fallecimiento de un ser querido, aislamiento social, problemas familiares, conflictos interpersonales, dificultades académicas, una ruptura de pareja, enfermedades físicas graves, problemas económicos, etc.

Pero ante esto, nos podríamos preguntar qué es lo que hace que ante las mismas situaciones desestabilizadoras que pueden llevar a unas personas a decidir acabar con su vida, otras decidan enfrentarse a ellas y buscar otras soluciones alternativas al suicidio.

Son diversas las variables que pueden ayudarnos a hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y crecer incluso ante ellas. Por ejemplo, es importante disponer de buenas relaciones con familiares cercanos, amistades y otras personas importantes en nuestra vida, aceptando su ayuda y apoyo.

Es conveniente que tengamos en cuenta que, aunque no se pueden evitar las situaciones adversas, se puede cambiar la manera de interpretarlas y reaccionar ante ellas, tratando de mirar más allá del momento presente y pensando que en el futuro las cosas mejorarán. Sin embargo, en ocasiones las dificultades vienen dadas por situaciones que no es posible cambiar. Aceptar que estos cambios son parte de la vida nos puede ayudar a centrarnos en aquello que sí podemos cambiar y a adaptarnos a las nuevas circunstancias.

Debemos desarrollar metas realistas, que por muy pequeñas que nos parezcan serán logros que nos servirán para el día de hoy y nos ayudarán a caminar en la dirección hacia la cual queremos ir, acercándonos a nuestras metas.

Es momento también de confiar más en uno mismo, mirando otros momentos en los que hemos salido adelante y tratando de considerar la situación desde una perspectiva más amplia.

No perdamos la esperanza, visualicemos lo que queremos conseguir en lugar de estar centrados en la preocupación o en la situación abrumadora actual, siendo conscientes de que la situación cambiará con el tiempo y la desesperación irá decreciendo.

Todo ello, sin dejar de interesarnos y participar en actividades que disfrutemos y encontremos relajantes, o que en algún momento disfrutamos de ellas, aunque ahora hayan perdido parte de ese poder gratificante.

Y tener presente que no son las diferentes situaciones adversas que van apareciendo a lo largo de nuestra vida las que nos llevan a dar el mal paso de necesitar apartarnos de la vida para dejar de sufrir, sino que es el modo de afrontar cada una de ellas, así como la desesperación del momento ante los sentimientos de tristeza, vacío y enfado con el mundo y con nosotros mismos, lo que hace que demos menos valor a la vida y veamos en perderla la “solución” a nuestros males.

Busca en cada una de las recomendaciones que te ofrecemos, cual puede ser tu ancla… Agárrate a la vida…

Fernando Bermejo.

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La separación y el divorcio: efectos en la pareja y en los hijos

Tanto la separación como el divorcio producen en la pareja una gran sensación de fracaso. Aunque al principio pueda aparecer cierta sensación de liberación por haber tomado la decisión o por haber decidido solucionar un problema que ya resultaba insoportable, pronto se presenta la duda, la sensación de haber fallado, la culpa, el desasosiego y un profundo sentimiento de pérdida. También el propio entorno se siente desorientado ante una situación de ruptura. Casi nadie sabe qué hacer ni qué es lo más conveniente. De este modo, podríamos decir que sus consecuencias negativas a corto plazo superan con creces a las positivas.

La separación y el divorcio suponen la ruptura de un equilibrio y conlleva el sufrimiento para la pareja. Constituyen acontecimientos vitales que generan un proceso de duelo, aunque pocas veces los dos cónyuges lo viven de forma parecida. Muchas veces uno vive la ruptura como un paso adelante y el otro como un paso atrás, pero para los dos es un proceso de pérdida que tendrán que superar y donde muchas emociones van a entremezclar. La rabia que se mezcla con la nostalgia y la pena inicial, para más tarde dejar paso a la melancolía, la desesperanza y el desamor. Y a todas éstas pueden añadirse otras como el odio, la rivalidad, los celos, la envidia y la necesidad o el deseo de controlar al otro.

El dolor por la separación o el divorcio no es solo para la pareja, ya que ocasiona también un importante sufrimiento a los hijos. Los cambios que siguen a la separación o el divorcio son muy estresantes para la mayoría de los hijos, aunque existen diversos factores que influyen notablemente en la adaptación a la nueva situación (el nivel de conflictividad entre los padres, la edad de los hijos en el momento de la separación o el divorcio, la calidad de la relación con el progenitor con el que viva, las nuevas parejas y relaciones de los padres, el sexo del hijo, etc.).

Los hijos que han vivido el divorcio de sus padres suelen manifestar un mayor número de problemas de comportamiento y psicológicos, más trastornos psicopatológicos, mayor desadaptación social y una disminución de los logros académicos. Al contrario, un factor que protege de estos efectos es que los padres mantengan sus funciones parentales de manera satisfactoria a pesar de su ruptura.

Para favorecer la adaptación de los hijos y reducir los efectos psicológicos en situaciones de separación o divorcio son necesarias varias tareas. Los niños deben reconocer y aceptar la ruptura, lo que implica entender qué quiere decir el divorcio y aceptar las realidades que conlleva. Es importante que puedan continuar con sus actividades cotidianas, a pesar de que el divorcio en muchos casos supone la pérdida de las rutinas familiares diarias y de la estabilidad hasta ahora conocida.

También son muchas las emociones a las que los hijos habrán de sobreponerse, entre ellas, el sentimiento de rechazo, humillación e impotencia que provoca la partida de un progenitor, o la rabia contra los padres y la autoculpabilización. A esto último contribuye que el divorcio representa una decisión voluntaria de al menos uno de los miembros de la pareja, lo que hace que los niños sean conscientes de que no es inevitable y entiendan que su causa verdadera es la falta de ganas o el fracaso de mantener el matrimonio. Por ello, los niños, e incluso los adolescentes, no creen que el divorcio no tenga culpables, culpando a uno o a los dos padres o a sí mismos, sobre todo los niños pequeños.

Otra tarea necesaria para los hijos es aceptar que el divorcio es definitivo, luchando con las esperanzas de restablecer la familia tal como estaba y con las fantasías de reconciliación. El hecho que ambos padres tengan cierto contacto y que el divorcio sea percibido como evitable, favorece y alimenta las fantasías de reconciliación.

En definitiva, a pesar del intenso dolor que puede sentir uno o los dos miembros de la pareja que se rompe, el dolor puede superarse si se asume la pérdida y se resuelve favorablemente el duelo que le sigue. Por otro lado, como decía antes, a este dolor se puede sumar el que los hijos experimentan, dolor que puede mitigarse si ambos padres siguen ejerciendo como tales a pesar de la ruptura, lo que contribuirá a que los hijos superen la separación de sus padres evitando problemas psicológicos.

Fernando Bermejo.

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La importancia de las emociones positivas

Cada vez son más habituales las referencias que encontramos sobre la psicología positiva. Se trata de una rama reciente de la psicología que busca comprender desde un punto de vista científico, los procesos que subyacen a las cualidades y emociones positivas del ser humano. Tiene como objetivo aportar nuevos conocimientos de la mente humana no sólo para resolver los problemas psicológicos, sino también para incrementar la mayor calidad de vida y el bienestar de las personas. Esto va en contra de la tendencia natural y habitual de estudiar lo que amenaza el bienestar de las personas, y por tanto, centrarse en las emociones negativas y olvidar el valor de las positivas.

Experimentar emociones positivas es siempre algo agradable y placentero, y sus funciones vendrían a complementar las de las emociones negativas, de modo que ambas serían igualmente importantes desde un punto de vista adaptativo. De modo que de la misma manera que las emociones negativas nos ayudan de cara a nuestra supervivencia, por ejemplo, la ira nos prepara para el ataque o el miedo para huida, las emociones positivas nos hablan de cuestiones relativas con el desarrollo y crecimiento personal.

Si bien experimentar emociones negativas es algo inevitable y a la vez útil desde el punto de vista evolutivo, también es cierto que tales emociones se encuentran en el núcleo de muchos de los trastornos psicológicos. Aunque el interés por estudiarlas y manipularlas ha ayudado notablemente a disminuir el sufrimiento de muchas personas, no es suficiente y se necesita seguir mejorando la eficacia de los tratamientos psicológicos. Esto obliga a explorar nuevos caminos y en este sentido parece razonable proponer el posible papel de las emociones positivas en la prevención y el tratamiento de numerosos trastornos.

De hecho, podríamos decir que parte de la eficacia de muchas de las técnicas psicológicas ampliamente utilizadas se debe a que generan estados emocionales positivos o a que crean las condiciones adecuadas para que éstos aparezcan. Por ejemplo, la relajación que se utilizan en el tratamiento de los trastornos de ansiedad es eficaz porque, de alguna forma, fomenta sensaciones positivas de calma interior o de desconexión con el mundo. Algo parecido ocurre con la activación conductual o la programación de actividades placenteras para tratar trastornos como la depresión. Es obvio que realizar de actividades placenteras aumenta los niveles de reforzamiento positivo y hace más probable que aparezcan distintas emociones positivas, que vendrían a contrarrestar la presencia de las negativas.

En definitiva, con la Psicología Positiva nos encontramos una tendencia sugerente que no parte del malestar psicológico y se centra en el presente, en la vida cotidiana, pero desde un enfoque positivo, basándose en las potencialidades y las fortalezas, de cara a buscar el crecimiento personal y la felicidad. Se trata, por tanto, de alcanzar el bienestar psicológico introduciendo emociones positivas en nuestra vida, en lugar de evitando o eliminando las emociones negativas; se trata de sentirse bien y continuar sintiéndose bien, sin necesidad de haberse sentido mal.

Fernando Bermejo.

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Tus psicólogos, más cerca

Buscar un psicólogo no es tarea fácil. Tienes la incertidumbre de dónde ir, a quién buscar, dónde encontrar la persona que te pueda ayudar, etc. Y sobre todo, si darás con alguien con quien sintonices, te sientas cómodo y te entienda. Y más cuando se trata de contar tus problemas a un desconocido. Pues bien, todo esto es lo que intentamos ofrecerte en el Instituto de Psicología PSICOMED, en Collado Villalba y Collado Mediano. Pensamos en ti, y queremos que te sientas entendido, en un ambiente cálido, sin sentirte extraño.

Te ofrecemos la ayuda que necesitas en el lugar o en la zona en que vives, en un horario compatible con tu trabajo, familia, o demás circunstancias de tu vida. Si vives en Collado Villalba, Collado Mediano, Cercedilla, Navacerrada, Los Molinos, El Escorial, Guadarrama, Alpedrete, Becerril de la Sierra, Moralzarzal, Cerceda, etc., estamos cerca de ti.

Fernando Bermejo

Instituto de Psicologia PSICOMED

www.psicomed.es

El perfeccionismo en los niños

Hay niños que se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas. A estos niños les resulta fácil caer en la frustración, y les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan cuando pintan un dibujo, que están tensos si no van vestidos de forma correcta o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo psicológico que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. En los niños excesivamente perfeccionistas existen conductas típicas que pueden ayudar a distinguirlos. La más evidente es que son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, estos niños tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Este perfeccionismo suele tener su origen en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el pequeño afectado siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. Sin embargo, algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño “huye” de ellos al refugiarse en esta tendencia. Para ayudar a un niño perfeccionista se le debe valorar, aunque no haya logrado el resultado deseado en una actividad, y transmitirles la idea de que no hay por qué aspirar a hacer las cosas perfectas sino hacerlas lo mejor posible y con el mayor empeño que uno ha podido poner para sentirse satisfecho con uno mismo.

Fernando Bermejo.

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¿Hay que contar la verdad a un enfermo terminal?

Esta es una de las decisiones más complejas para los familiares directos de quienes saben que un ser querido tiene un diagnóstico terminal. En este tipo de situación, se plantea un debate entre los derechos esenciales del ser humano a conocer la verdad sobre su vida, y también, el deseo del entorno de querer proteger a esa persona de la conciencia de su propio final. A todo ello hay que sumar también la realidad de que algunos pacientes quieren vivir realmente en la ignorancia de este hecho. Es decir, para algunas personas, conocer esta información puede ser un detonante de hundimiento moral definitivo.

Es cierto que, generalmente, es difícil que un paciente no se dé cuenta de la situación que está viviendo. Sin embargo, en ocasiones, surge un deseo de conocer la situación a medias. Y conviene no juzgar de forma negativa esta especie de autoengaño puesto que hay que asumir la complejidad existencial de la situación: conocer el límite definitivo de la vida, sin poder hacer nada más que asumirlo como tal. No todas las personas se sienten preparadas para ello.

Es una situación compleja en la que no existe una única solución correcta. Es decir, lo más importante en estas circunstancias es el respeto a las familias que actúan siempre con el mejor deseo de hacer el mayor bien al paciente. Aquellas familias que deciden contar toda la verdad lo hacen por el deseo de dar al paciente su libertad de llevar a cabo sus últimas voluntades en vida. Es decir, puede que le hayan quedado cosas por hacer, asuntos sobre los que quiere decidir, y para ello, necesita saber esta información.

Respecto de estas últimas voluntades no solo puede hablarse de la cuestión del testamento, sino también, de aspectos emocionales. Por ejemplo, tal vez el paciente decida mantener una conversación pediente con una persona con la que lleva tiempo distanciada.

En ocasiones, fruto de la duda y de la inquietud que muestra el propio paciente por saber qué le ocurre y el miedo de que le estén ocultando algo, contar la verdad puede ser la mejor respuesta para dar a esa persona la paz que necesita. Conocer la verdad aporta paz porque es la duda lo que puede atormentar a una persona.

Es decir, no es lo mismo la ignorancia real de un paciente que vive ajeno a su realidad definitiva, que quien está en una lucha interior continua.

Leer más: http://psicoblog.com/contar-la-verdad-enfermo-terminal/#ixzz4XibE7KhG

El equilibrio emocional en los hijos: el papel de los padres

Muchos padres pagarían a quien les facilitase la receta que les asegure el desarrollo autónomo, equilibrado y maduro de sus hijos. Y lo haría porque son conscientes de que ésta no es una tarea sencilla, ni se consigue de forma inmediata ni a través de una fórmula mágica. Sin embargo, a pesar de no existir una receta, factores como la autonomía, la autoestima, la responsabilidad o la tolerancia a la frustración son claves en la infancia y la adolescencia para prevenir daños en la salud psicológica de la edad adulta. Estos factores protegen el desarrollo y deben fomentarse por parte de los padres ya que aumentan las posibilidades de los hijos de crecer de una forma equilibrada desde el punto de vista psicológico.

Fomentar la autonomía en los niños ayuda a dotarles de un carácter independiente. Pese a que necesitan la orientación de los padres, han de aprender a tomar decisiones por sí mismos y asumir responsabilidades de manera progresiva, sin la constante atención de los padres. Para ello es suficiente con proponer, explicar y supervisar las tareas, pero dejando que sea el niño quien la realice aunque tengamos que ir corrigiéndole. Pero para ello, resulta crucial otorgar sólo aquellas responsabilidades que se ajusten a la edad del niño, asegurándonos de que están al alcance de sus posibilidades. También, que vayan tomando sus propias decisiones y aprendan de sus errores.

También es importante fomentar la autoestima y la seguridad en uno mismo, de modo que el niño sea capaz de darse un valor positivo a sí mismo para ganar confianza y tomar sus propias decisiones y prevenir un carácter inseguro durante la vida adulta. Un modo de conseguirlo es destacar los logros merecidos. Y es que, en ocasiones, se da más importancia a corregir los errores que los niños cometen y se obvian sus aciertos, y se tiende a censurar al niño en su totalidad más que al acto en sí.

En cuanto a la responsabilidad, es un factor muy ligado a la autonomía, que supone que el niño sea consciente de sus actos, tome decisiones y tenga capacidad para reconocer sus errores y solucionarlos con sus propios medios. Es importante porque le va ayudar a adaptarse en entornos donde hay normas que cumplir y a comprometerse con las tareas que se inicie.

Pero si hay una tarea difícil para los niños y los adultos, esa es controlar la frustración que se siente; es decir, aceptar que algo es diferente a lo que se ha imaginado o deseado y aceptar las equivocaciones propias. Para ayudar a los niños en esta tarea es necesario responsabilizarles de sus fallos hasta que interioricen que es un sentimiento natural que se puede dar en cualquier contexto y ante el cual no se hay que asustarse, enfadarse ni llorar, sino que es una oportunidad para superarse, sacar el máximo partido a esa situación y aprender de cara al futuro.

Todos estos factores protectores del desarrollo se encuentran conectados entre sí, de forma que si se fomenta la adquisición de uno de ellos repercutirá de manera positiva en los demás. Y como decía al principio, no hay una receta ni fórmula mágica para lograrlo, sino que es con unas dosis adecuadas de paciencia, firmeza y afecto como se pueden sentar las bases para que nuestros hijos crezcan sanos desde el punto de vista psicológico.

Fernando Bermejo.

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La manía por el orden

La manía por el orden y el afán de perfección y pulcritud que sienten algunas personas puede ser un rasgo muy ventajoso en algunas situaciones, pero también puede ser indicativo de una patología y revelar la existencia de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC).

La manía por el orden que sufren algunas personas puede parecer una afección extraña y hasta cómica para quienes no la sufren o no han tenido que convivir con alguien que la padezca. Pero cuando ésta alcanza niveles patológicos puede transformar la existencia en un verdadero infierno. Una cosa es ser extremadamente pulcro, preciso, metódico y ordenado, y otra muy distinta es convertirse en esclavo de rituales y conductas que, además de causar ansiedad y sufrimiento a quien las practica, llevan a ejecutar compulsivamente cierto tipo de acciones siempre en el mismo orden, y siguiendo un patrón de comportamiento obsesivo que las demás personas pueden tomarán por excéntrico y absurdo.

Más concretamente, cuando se habla de obsesión por el orden nos referimos a personas que pueden sentir una angustiosa necesidad de ordenar los objetos de su lugar de trabajo, de su vivienda de acuerdo con una rígida disposición milimétrica, por colores y tamaño, o según un patrón totalmente arbitrario. Y el simple hecho de que les cambien de sitio una lámpara, una silla, o cualquier otro objeto, puede provocar que se angustien en extremo; incluso pueden adquirir el hábito de vestirse o asearse siempre en un determinado orden, volviendo a empezar desde el principio si se salta algún paso.

A este respecto, conviene también señalar que cuando se trata de una simple manía por el orden, este rasgo particular de la personalidad puede llegar a ser ventajoso cuando el afán por el método, la perfección, la pulcritud, la proporción y la simetría se aplica a cualquier actividad que requiera un alto grado de rigurosidad, precisión y exactitud. Sin embargo, cuando estos rasgos son patológicos se convierten en un claro inconveniente, ya que en exceso entorpecen el rendimiento normal.

Llegado a este extremo, es cuando muchas personas buscan la ayuda profesional, después de mucho tiempo en el que se han visto perturbados por su problema, y se han sentido incomprendidos o como personas extrañas que tenían que esconder sus manías. Recibir ayuda psicológica, más concretamente un tratamiento basado en la terapia conductual, la exposición con prevención de respuesta, el cual ha demostrado empíricamente su eficacia, puede servir para dar respuesta a las necesidades de estas personas y dar un nuevo impulso a sus vidas. Este tratamiento consiste en hacer que la propia persona busque aquellos pensamientos y estímulos que teme y se enfrente a ellos, y que, sobre todo, se resista a realizar los típicos rituales compulsivos encaminados a restaurar el orden, la pulcritud o la perfección. Todo ello de manera gradual y programada, bajo la guía del terapeuta el cual le ayudará en todo este difícil proceso.

Fernando Bermejo.

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Los peligros de la sobreprotección infantil

Hoy en día, es frecuente que muchos padres se sientan culpables por no poder pasar más tiempo con ellos, por cuestiones laborales, y se vuelquen de forma excesiva y sobreprotectora. Los padres sobreprotectores son aquellos que están de forma continua pendientes de evitar que sus hijos se expongan a situaciones conflictivas, angustiantes o dolorosas. Son quienes les hacen los deberes si ven que son incapaces, que toman decisiones que por edad ya deberían tomar sus niños, que dan todo lo que les piden para evitar que se frustren, los que no quieren que vayan de excursión o que se queden a dormir en casa de algún amigo, que no dan tareas del hogar, que no quieren separarse nunca de ellos, que disculpan cualquier error o travesura que cometan sus hijos… Con estas conductas de sobreprotección los padres consiguen calmar su angustia, pero puede ser una piedra en el camino para el desarrollo de sus hijos.

Numerosas investigaciones señalan que la sobreprotección puede ser un lastre para el desarrollo del niño y que, incluso, puede afectar de forma negativa y profunda al futuro adulto. Aunque no todos los pequeños reaccionarán igual ante un estilo relacional sobreprotector por parte de sus padres, muchos tendrán baja tolerancia a la frustración y una incapacidad para reconocer sus errores, serán inseguros con problemas para relacionarse con los demás, tendrán un desarrollo psicológico inferior a su edad o serán niños que siempre están aburridos o descontentos.

Los padres que sobreprotegen a sus hijos creen que, actuando como lo hacen, protegen a sus hijos de los sinsabores y las frustraciones de la vida. Pero, en realidad, consiguen el efecto contrario. Las emociones negativas, como la frustración, son su mejor entrenamiento. Durante los primeros años de vida, es necesario que los niños sientan que sus progenitores están para protegerles. De este modo, crecen con confianza para aventurarse a explorar el mundo. Pero, poco a poco, también deben equivocarse y sentirse frustrados o aburridos. Pequeños sinsabores que les ayudan a desarrollar una saludable tolerancia a la frustración. Ver sufrir a un hijo no es agradable. No obstante, el sufrimiento o la frustración son aspectos fundamentales en el desarrollo de los niños.

Los adultos pueden y deben proteger a sus hijos, pero no sobreprotegerles. Proteger significa dejar que estos se equivoquen o sufran pero que sientan que sus padres están para ayudarles. Por ejemplo, no hay que hacerles los deberes; son los escolares quienes deben hacerlos y, si no lo logran, pedir ayuda a sus padres. Y no hay que anticiparse a la frustración. Hay que esperar que el niño se equivoque o su frustre, de vez en cuando (sin poner en peligro su integridad física o psicológica), para que vaya madurando.

Fernando Bermejo.

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Educar en el optimismo

Entre las enseñanzas más útiles que los padres pueden transmitir a sus hijos está que aprendan una actitud saludable frente a la vida y prepararles para tratar con las dificultades y desafíos que se les presenten de una manera eficiente. Uno de los caminos para lograrlo es ayudarles a ver el lado positivo de las cosas, lo cual no tiene que estar ligado a la ingenuidad o al engaño. Además, es recomendable hacerlo desde la infancia más temprana ya que pensar de manera positiva hace que los niños se sientan mejor.

Enseñarles a pensar en positivo va en contra de la tendencia natural del individuo: centrarse en lo negativo y en las amenazas que suponemos que nos rodean. Para ello se trataría de no centrarse solo en lo doloroso, en la adversidad o los contratiempos, sino en ser capaces de abarcar también aquello que sí que funciona, lo que es valioso y en las oportunidades y aprendizajes que surgen a partir de las contrariedades.

Mirar también hacia el aspecto positivo, aunque nos pueda suponer un esfuerzo, permite ampliar la visión de realidad y aumentar nuestro bienestar. Y no hay que caer en considerar que el optimismo consiste en repetirnos a nosotros mismos pensamientos felices porque esto puede proporcionarnos cierto bienestar por un momento pero no ayudan por mucho tiempo. Se trata de prestar atención y hacer nuestra esa otra parte de la realidad que muchas veces ni siquiera vemos.

Por tanto, son muchos los beneficios de ayudar a los niños a construir una visión optimista, que les proporcionará una visión más sana de la vida. Además, está demostrado que el optimismo incrementa su autoestima y seguridad en sí mismo. Y también que el optimismo y el pesimismo no son innatos, sino que procede de la realidad: los niños aprenden su estilo explicativo de sus padres, profesores, compañeros y amigos, es decir, de todo su entorno desde la infancia. Aprenden a responder ante la adversidad como su entorno más directo responde, y ese modelo les acompañará sin cuestionarlo mucho tiempo o, incluso, toda la vida.

Como cualquier persona, cuando un niño hace algo mal o algo le sale mal se pregunta por qué, quién tiene la culpa, cuánto tiempo durará, en qué medida me afectará, etc. Aquí es donde los padres pueden enseñar cómo abordar las respuestas desde una visión más amplia y positiva. Compartir los pensamientos positivos con los hijos o reformular sus frases negativas para que puedan descubrir la parte beneficiosa, son algunas herramientas que pueden ser útiles a los padres.

Fernando Bermejo.

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