La manía por el orden

La manía por el orden y el afán de perfección y pulcritud que sienten algunas personas puede ser un rasgo muy ventajoso en algunas situaciones, pero también puede ser indicativo de una patología y revelar la existencia de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC).

La manía por el orden que sufren algunas personas puede parecer una afección extraña y hasta cómica para quienes no la sufren o no han tenido que convivir con alguien que la padezca. Pero cuando ésta alcanza niveles patológicos puede transformar la existencia en un verdadero infierno. Una cosa es ser extremadamente pulcro, preciso, metódico y ordenado, y otra muy distinta es convertirse en esclavo de rituales y conductas que, además de causar ansiedad y sufrimiento a quien las practica, llevan a ejecutar compulsivamente cierto tipo de acciones siempre en el mismo orden, y siguiendo un patrón de comportamiento obsesivo que las demás personas pueden tomarán por excéntrico y absurdo.

Más concretamente, cuando se habla de obsesión por el orden nos referimos a personas que pueden sentir una angustiosa necesidad de ordenar los objetos de su lugar de trabajo, de su vivienda de acuerdo con una rígida disposición milimétrica, por colores y tamaño, o según un patrón totalmente arbitrario. Y el simple hecho de que les cambien de sitio una lámpara, una silla, o cualquier otro objeto, puede provocar que se angustien en extremo; incluso pueden adquirir el hábito de vestirse o asearse siempre en un determinado orden, volviendo a empezar desde el principio si se salta algún paso.

A este respecto, conviene también señalar que cuando se trata de una simple manía por el orden, este rasgo particular de la personalidad puede llegar a ser ventajoso cuando el afán por el método, la perfección, la pulcritud, la proporción y la simetría se aplica a cualquier actividad que requiera un alto grado de rigurosidad, precisión y exactitud. Sin embargo, cuando estos rasgos son patológicos se convierten en un claro inconveniente, ya que en exceso entorpecen el rendimiento normal.

Llegado a este extremo, es cuando muchas personas buscan la ayuda profesional, después de mucho tiempo en el que se han visto perturbados por su problema, y se han sentido incomprendidos o como personas extrañas que tenían que esconder sus manías. Recibir ayuda psicológica, más concretamente un tratamiento basado en la terapia conductual, la exposición con prevención de respuesta, el cual ha demostrado empíricamente su eficacia, puede servir para dar respuesta a las necesidades de estas personas y dar un nuevo impulso a sus vidas. Este tratamiento consiste en hacer que la propia persona busque aquellos pensamientos y estímulos que teme y se enfrente a ellos, y que, sobre todo, se resista a realizar los típicos rituales compulsivos encaminados a restaurar el orden, la pulcritud o la perfección. Todo ello de manera gradual y programada, bajo la guía del terapeuta el cual le ayudará en todo este difícil proceso.

Fernando Bermejo.

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Los peligros de la sobreprotección infantil

Hoy en día, es frecuente que muchos padres se sientan culpables por no poder pasar más tiempo con ellos, por cuestiones laborales, y se vuelquen de forma excesiva y sobreprotectora. Los padres sobreprotectores son aquellos que están de forma continua pendientes de evitar que sus hijos se expongan a situaciones conflictivas, angustiantes o dolorosas. Son quienes les hacen los deberes si ven que son incapaces, que toman decisiones que por edad ya deberían tomar sus niños, que dan todo lo que les piden para evitar que se frustren, los que no quieren que vayan de excursión o que se queden a dormir en casa de algún amigo, que no dan tareas del hogar, que no quieren separarse nunca de ellos, que disculpan cualquier error o travesura que cometan sus hijos… Con estas conductas de sobreprotección los padres consiguen calmar su angustia, pero puede ser una piedra en el camino para el desarrollo de sus hijos.

Numerosas investigaciones señalan que la sobreprotección puede ser un lastre para el desarrollo del niño y que, incluso, puede afectar de forma negativa y profunda al futuro adulto. Aunque no todos los pequeños reaccionarán igual ante un estilo relacional sobreprotector por parte de sus padres, muchos tendrán baja tolerancia a la frustración y una incapacidad para reconocer sus errores, serán inseguros con problemas para relacionarse con los demás, tendrán un desarrollo psicológico inferior a su edad o serán niños que siempre están aburridos o descontentos.

Los padres que sobreprotegen a sus hijos creen que, actuando como lo hacen, protegen a sus hijos de los sinsabores y las frustraciones de la vida. Pero, en realidad, consiguen el efecto contrario. Las emociones negativas, como la frustración, son su mejor entrenamiento. Durante los primeros años de vida, es necesario que los niños sientan que sus progenitores están para protegerles. De este modo, crecen con confianza para aventurarse a explorar el mundo. Pero, poco a poco, también deben equivocarse y sentirse frustrados o aburridos. Pequeños sinsabores que les ayudan a desarrollar una saludable tolerancia a la frustración. Ver sufrir a un hijo no es agradable. No obstante, el sufrimiento o la frustración son aspectos fundamentales en el desarrollo de los niños.

Los adultos pueden y deben proteger a sus hijos, pero no sobreprotegerles. Proteger significa dejar que estos se equivoquen o sufran pero que sientan que sus padres están para ayudarles. Por ejemplo, no hay que hacerles los deberes; son los escolares quienes deben hacerlos y, si no lo logran, pedir ayuda a sus padres. Y no hay que anticiparse a la frustración. Hay que esperar que el niño se equivoque o su frustre, de vez en cuando (sin poner en peligro su integridad física o psicológica), para que vaya madurando.

Fernando Bermejo.

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Educar en el optimismo

Entre las enseñanzas más útiles que los padres pueden transmitir a sus hijos está que aprendan una actitud saludable frente a la vida y prepararles para tratar con las dificultades y desafíos que se les presenten de una manera eficiente. Uno de los caminos para lograrlo es ayudarles a ver el lado positivo de las cosas, lo cual no tiene que estar ligado a la ingenuidad o al engaño. Además, es recomendable hacerlo desde la infancia más temprana ya que pensar de manera positiva hace que los niños se sientan mejor.

Enseñarles a pensar en positivo va en contra de la tendencia natural del individuo: centrarse en lo negativo y en las amenazas que suponemos que nos rodean. Para ello se trataría de no centrarse solo en lo doloroso, en la adversidad o los contratiempos, sino en ser capaces de abarcar también aquello que sí que funciona, lo que es valioso y en las oportunidades y aprendizajes que surgen a partir de las contrariedades.

Mirar también hacia el aspecto positivo, aunque nos pueda suponer un esfuerzo, permite ampliar la visión de realidad y aumentar nuestro bienestar. Y no hay que caer en considerar que el optimismo consiste en repetirnos a nosotros mismos pensamientos felices porque esto puede proporcionarnos cierto bienestar por un momento pero no ayudan por mucho tiempo. Se trata de prestar atención y hacer nuestra esa otra parte de la realidad que muchas veces ni siquiera vemos.

Por tanto, son muchos los beneficios de ayudar a los niños a construir una visión optimista, que les proporcionará una visión más sana de la vida. Además, está demostrado que el optimismo incrementa su autoestima y seguridad en sí mismo. Y también que el optimismo y el pesimismo no son innatos, sino que procede de la realidad: los niños aprenden su estilo explicativo de sus padres, profesores, compañeros y amigos, es decir, de todo su entorno desde la infancia. Aprenden a responder ante la adversidad como su entorno más directo responde, y ese modelo les acompañará sin cuestionarlo mucho tiempo o, incluso, toda la vida.

Como cualquier persona, cuando un niño hace algo mal o algo le sale mal se pregunta por qué, quién tiene la culpa, cuánto tiempo durará, en qué medida me afectará, etc. Aquí es donde los padres pueden enseñar cómo abordar las respuestas desde una visión más amplia y positiva. Compartir los pensamientos positivos con los hijos o reformular sus frases negativas para que puedan descubrir la parte beneficiosa, son algunas herramientas que pueden ser útiles a los padres.

Fernando Bermejo.

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La eyaculación precoz: un golpe para la autoestima

La eyaculación precoz es más frecuente de lo que señalan las estadísticas, ya que, a menudo, se lleva en silencio. Uno de de cada tres hombres padecen este trastorno y el factor psicológico suele estar detrás de la mayoría de los casos. En este artículo pretendemos describir algunas de las causas de esta disfunción, sus consecuencias en la autoestima de los afectados y cómo el tratamiento psicológico puede ayudar a resolver este problema.

La eyaculación precoz consiste en expulsar el semen fuera de la vagina de la mujer, antes incluso de penetrarla. A veces, cualquier mínimo roce o estimulación disparan esta eyaculación no deseada, por lo que el acto sexual resulta frustrante para ellos. Se considera que un hombre sufre este trastorno si no tiene dominio sobre el momento en que desea hacerlo.

Las causas de esta disfunción son varias. Una de las más importantes es la masturbación rápida durante la adolescencia; los adolescentes tienden a masturbarse en poco tiempo, lo que enseña al cuerpo en qué tiempo se ha de eyacular. Otra causa muy frecuente es la ansiedad sexual. El nerviosismo, propio de muchas relaciones sexuales, provoca que la eyaculación surja antes de lo deseado. Hay determinados pensamientos que están en la base del problema. Otra posible causa, relacionada con la anterior (el nerviosismo), que es muy habitual, es el miedo a que una mala experiencia pasada se repita. Las situaciones en que tiene lugar el acto sexual también influyen. Así, surge con más frecuencia en circunstancias en las que hay una carga de nerviosismo, como la que produce cuando el sexo ocurre en lugares donde se teme que alguien les descubra.

La autoestima de los chicos u hombres con esta disfunción sufre un duro golpe. Los afectados suelen tener menos seguridad en sí mismos, sobre todo, ante el sexo opuesto, tienden a evitar el contacto afectivo e, incluso, suelen mostrar comportamientos de irritación. En las parejas con una buena comunicación, se sufre el problema, pero el conflicto que crea es menor. En aquellas con problemas añadidos o que tienen falta de habilidades para comunicarse, este problema provoca una afectación mayor.

La eyaculación precoz en la mayoría de los hombres entre la adolescencia y los 45 años es de origen psicológico, aunque hay algunos que tienen una base orgánica o física. Por este motivo, siempre es conveniente consultar a un médico. Además, con la edad, las causas físicas comienzan a cobrar mayor protagonismo, junto a otros problemas como la impotencia y la falta de deseo sexual. Los afectados deben acudir a la consulta de un psicólogo cuando nunca han tenido un control de la eyaculación o lo han tenido y lo han perdido, sobre todo si esta pérdida se relaciona con alguna experiencia adversa (un “gatillazo” o pensamientos negativos). En estos casos, el objetivo del tratamiento desde una perspectiva cognitivo-conductual, es educar su reflejo eyaculatorio, para conseguir retrasarla y, así, disfrutar de una relación sexual más prolongada y placentera.

Fernando Bermejo.

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La importancia de la empatía

La habilidad para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar y responder correctamente a sus reacciones emocionales, se conoce como empatía.

La habilidad de experimentar emociones ajenas como si fuesen propias es la base de la empatía. Averiguar qué emociones alberga nuestro interlocutor, cuán fuertes son dichas emociones y qué las ha desencadenado puede parecer una labor de adivino, pero hay muchas personas que en un grado u otro pueden acometer esta tarea. No se trata sólo de ser simpáticos. Podemos invitar a alguien a tomar café, escuchar atentamente sus exposiciones y mostrarnos congruentes con su estado de ánimo, aliviando sus pesares o reforzando sus alegrías… Peros eso es sólo simpatía.

Si no entendemos las emociones que nuestro invitado expone hasta el punto de identificar su origen, no seremos capaces de cuadrar el círculo empático. La simpatía es un proceso puramente emocional, que tiene con la empatía la misma relación que puede tener un dibujo con el objeto que representa. La empatía involucra las emociones propias; sentimos lo que sienten los demás porque compartimos los mismos sentimientos; no captamos solamente la emoción ajena, la sentimos propia y la razonamos con nuestra propia razón. Incluye perspectivas, pensamientos, deseos o creencias que importamos de quien está sentado ante nosotros.

La mayoría de nosotros habla prestando más atención a las propias emociones que a lo que nos dicen las emociones de los demás; escuchamos pensando en lo que vamos a decir nosotros a continuación, o pensando en qué tipo de experiencias propias podemos aportar a la situación. Aprender a escuchar supone enfocar toda la atención hacia el otro cuando habla, dejar de pensar en lo que queremos decir o en lo que nosotros haríamos en su lugar. Las personas con gran capacidad de empatía son capaces de sincronizar su lenguaje no verbal al de su interlocutor. Son capaces de interpretar indicaciones no verbales por medio de cambios en los tonos de voz, gestos o movimientos que realizamos inconscientemente pero que proporcionan gran cantidad de información.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que un exceso de empatía puede también suponer un problema. Una persona tremendamente empática vive expuesta a un complejo universo de información emocional, dolorosa y puede que intolerable, que los demás simplemente no perciben. Los muy empáticos triunfan en labores de enseñanza, asistencia sanitaria o ventas, pero también deben hacer frente a una constante fuente de estrés.

Fernando Bermejo.

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Cuando los hijos se van de casa

Es ley de vida: un día los hijos se independizan y dejan el hogar familiar. Los padres que han dedicado todas sus energías a su cuidado son más proclives a padecer el síndrome del nido vacío, un problema que se puede prevenir y superar. Los sentimientos de soledad, tristeza y vacío que origina no duran para siempre si se siguen los pasos adecuados.

Este sentimiento de malestar y soledad nace en los padres cuando uno o más hijos se van de casa, ya sea para ir a estudiar a la universidad o para emanciparse. Afecta a quienes tienen hijos u otras personas a su cargo pero, sobre todo, a madres. Las personas que lo padecen suelen ser dependientes, han dedicado toda su vida a los hijos, se ven a sí mismas sin ningún objetivo, obligación o utilidad una vez que los hijos abandonan el hogar; tienen pocas aficiones y, por norma general, no trabajan fuera de casa.

Los sentimientos que afloran son varios: se sienten solos, tristes, inútiles, angustiados y con cierto nivel de ansiedad. Pueden, incluso, padecer trastornos del sueño, como insomnio o frecuentes despertares nocturnos. Su autoestima se puede ver afectada y, en algunos casos, desarrollan síntomas asociados a la depresión, como la fatiga o la falta de concentración. Aunque las principales señales son psicológicas, también pueden experimentar dolores de estómago, dificultades en la digestión o dolores de espalda.

Afecta más cuanto mayor es la sensación de soledad, lo que implica que la permanencia de un hijo o más en el hogar familiar puede aliviar un tanto los síntomas. No obstante, estos no son más acusados si se van más hijos, o menos si se queda alguno en casa, sino que depende del vínculo y dedicación que los padres hayan tenido con cada uno de ellos. Puede que esos lazos y entrega hayan sido muy estrechos con sólo uno de ellos. En ese caso, aunque quede uno o más hijos en casa, la persona puede padecer los mismos síntomas si el que se va es el que se había protegido más. En cambio, los que han sido más independientes durante años, no dejan tras de sí tantos síntomas del síndrome.

¿Se puede evitar el dolor que genera la ausencia de los hijos? Es aconsejable que los padres se preparen para la nueva etapa mientras los hijos aún vivan en el hogar familiar. Esta preparación consiste en ampliar su red social o número de personas que uno tiene a su alrededor, así como la calidad de sus relaciones. También aumentar el número de actividades de ocio y aficiones contribuye a prevenir el síndrome.

Por tanto, son varias las medidas que conviene tomar: ocupar el tiempo que antes se dedicaba a los hijos en actividades de ocio y tiempo libre que resulten agradables; reavivar la vida de pareja y aprovechar esa soledad para recuperar la intimidad y el diálogo que quizás no se podía tener cuando los hijos estaban aún en casa; transformar esta situación en una oportunidad para hacer cosas que no se habían podido hacer; y sobre todo, aceptar la nueva situación, tomando una clara conciencia de que la relación con los hijos cambia, no termina.

Fernando Bermejo.

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¿Necesito un psicólogo?

¿Cuándo acudir a un psicólogo?, ¿me podría ayudar ir a un psicólogo?, ¿necesito la ayuda de un psicólogo?. Estas y otras preguntas similares son frecuentes cuando nos planteamos solicitar la ayuda de un profesional y, desgraciadamente, suelen aparecer a consecuencia de estar sufriendo un importante malestar psicológico, en muchos casos desde hace bastante tiempo.

Sin embargo, no dudamos tanto el pedir ayuda cuando estamos ante otras dificultades y contrariedades que se nos presentan en nuestra vida cotidiana, donde nos vemos obligados a tomar decisiones con prontitud. Pensemos en nuestra propia casa, cuando observamos una grieta, una humedad, un radiador que gotea o un problema eléctrico. Solemos actuar con celeridad ya que identificamos claramente el problema, y sabemos claramente hasta qué punto nuestros propios recursos son suficientes para resolverlo. Raramente permanece en el tiempo la pregunta: ¿llamo a un electricista? o ¿llamo al fontanero para que me revise la instalación?.

Pero no hacemos esto mismo con nuestra salud psicológica, lo que tiene que ver evidentemente con su mayor complejidad y con el intento que solemos hacer de resolver nuestros problemas nosotros mismos, convivir con ellos o esperar que desaparezcan por sí solos, o lo que es peor, soportarlos creyendo que necesariamente son parte de la vida misma. Algo es cierto, los problemas, las dificultades y el malestar psicológico son parte de la vida, como lo son las piedras que nos encontramos en un camino y nos hacen tropezar e incluso caer, pero no lo es creer que no podemos hacer nada al respecto, ya sea por nosotros mismos o contando con la ayuda de un psicólogo, ayuda que muchas veces llega cuando llevamos tiempo y tiempo soportando moratones y magulladuras, si no en el suelo sin levantarnos.

Nos cuesta reconocer que necesitamos ayuda. ¡Déjame, que yo puedo solo!, es otra de nuestras expresiones favoritas aún cuando demos muestras de que no es así y nosotros mismos estemos siendo conscientes. Puede ser impidiendo que nos ayuden a coger una caja, aún cuando a duras penas podemos levantarla de suelo, o cualquier otra situación ante la que tras diversos intentos fracasados seguimos diciendo, ¡déjame, que yo puedo! Creemos que los servicios de un psicólogo no son para nosotros. Inclusive existe, aunque cada vez menos, la idea de que el psicólogo es para cuando se está “loco”. El hecho de enfrentar los problemas y decidir consultar con un psicólogo ya denota un cambio de actitud y el buen comienzo en el camino de la recuperación, en caso de existir un trastorno o, simplemente, un intento de superar nuestras dificultades y fomentar nuestro crecimiento personal.

Entonces, ¿como saber si necesito consultar con un psicólogo?. Esta pregunta se resuelve tomando la temperatura a nuestro malestar. Si nos sentimos mal física, mental y/o emocionalmente, sin causas aparentes, llevamos un tiempo en esta situación y no podemos hacer frente a ella en solitario, entonces es un buen momento para consultar con un psicólogo. Cuando en nuestro vocabulario empiezan a instalarse expresiones como “no aguanto más”, “no puedo soportarlo” o “no sé qué hacer”, o ya no son frecuentes los momentos de calma, alegría y disfrute, y predominan más bien la tristeza, la angustia, el estrés, la amargura, la ira, el rencor, la insatisfacción, el desasosiego, la ansiedad, el miedo, la desesperanza… En definitiva, cuando hemos dejado de ser quienes éramos, y ni nuestros comportamientos, pensamientos ni emociones son los que eran. O si simplemente nos sentimos mal y eso nos afecta o afecta seriamente a las personas con las que nos relacionamos. Entonces es recomendable consultar con un especialista, con un psicólogo clínico.

Fernando Bermejo.

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Nuestros propósitos para el nuevo año

Con el inicio de cada año nos solemos proponer cambios en nuestra vida con la buena intención de sentirnos mejor con uno mismo. Con propositos, que no son lo mismo que la expresión de un deseo, nos referimos a metas que planeamos, a intenciones firmes cuya realización dependerá exclusivamente de nuestro empeño y acción al respecto.El principio de año suele ser propicio para que nos planteemos estas metas debido a que con el cambio de año y la vuelta de vacaciones, que supone el regreso a la rutina tras un periodo en el que hemos dado rienda suelta a lo que nos apetecía, sin exigirnos demasiado, llega el momento de pensar qué queremos ser y qué tenemos que hacer para conseguirlo.

Cuando hagamos nuestros propósitos para el año entrante, debemos hacerlo con confianza, esperanza y determinación. Debemos proponernos realizar aquello que en verdad estemos dispuestos a buscar y a esforzarnos para conseguirlo. No se trata de elaborar una lista interminable de metas, sino más bien de elegir tan sólo unos pocos, aquellos que nos sean de verdad deseados, necesarios y beneficiosos.

Los propósitos pueden ser formulados mediante alguno de los tradicionales rituales, como poner fecha, escribirlos en un papel, comunicarlos a nuestros allegados o comprometernos públicamente. O también pueden plantearse de manera íntima y personal, tan sólo pensando en ellos, con determinación, y visualizando la manera de convertirlos en realidad. Existen muchos tópicos entre los propósitos para el año nuevo que se repiten, no sólo año tras año sino también entre todas las personas, como perder peso, comer mejor, ir al gimnasio, dejar de fumar, tener una vida menos sedentaria, encontrar tiempo para realizar alguna actividad de ocio, quedar más con los amigos, mejorar el aspecto físico, dedicar más tiempo a la familia, trabajar menos horas, tener un hijo, etc. Todos estos propósitos son como contratos que firmamos con nosotros mismos y con nuestro bienestar.

Sin embargo, muchas veces estos propósitos se quedan tan solo en buenas intenciones, si los hacemos de una forma poco reflexiva al estar centrados en lo que nos gustaría ser o hacer, pero sin pensar demasiado si estos cambios se ajustan a nuestras posibilidades reales de conseguir los cambios que nos proponemos, o cuando los objetivos son variados o la elección estuvo guiada por el deseo de ajustarse a un ideal que poco tiene que ver con uno mismo. De modo que aunque es positivo plantearse objetivos e intentar crecer como personas, esto se puede volver en contra cuando nos proponemos cambios inalcanzables o que una vez alcanzados, dejan de tener valor para nosotros, ya que esto conducirá a la insatisfacción y a la sensación de fracaso.

Por tanto, cuando nos planteemos cambios para el año que comienza, conviene reflexionar seriamente en lo que de verdad deseamos alcanzar, ser realista y no proponernos algo que se escapa de nuestro alcance; encontrar satisfacción en el camino que lleve a alcanzar el objetivo y no que esta satisfacción provenga únicamente de su consecución, lo que nos llevaría a abandonar prematuramente; procurar que los cambios se conviertan en parte de un nuevo estilo de vida en lugar de que tengan un principio y un fin; y sobre todo, tener en cuenta que por muchos propósitos que nos hagamos, es muy posible que no lleguemos a ese “ideal”, y que un buen objetivo a incluir entre los propósitos del año nuevo es que aunque deseemos ciertos cambios y nos comprometamos para conseguirlos, intentemos querernos más, ser menos críticos con nosotros mismos, y fijarnos y valorar más como somos que lo que deseamos ser.

Feliz 2019.

Fernando Bermejo.

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Llega la Navidad

Cuando pensamos en la Navidad, solemos asociar este periodo a momentos que tienen que ser de alegría, disfrute y buenos propósitos, también de reconciliación y estar acompañado, compartiendo momentos y emociones. Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre más bien al contrario, y para muchas personas se convierte en un tiempo que temen y desean que pase cuanto antes mejor al representar para ellos tristeza, nostalgia, soledad, tensión, angustia, ansiedad, conflictos familiares, y en definitiva, malestar o incomodidad. Este malestar puede aparecer por diversos motivos: la Navidad puede hacer más visible el dolor por la ausencia de un ser querido que ha muerto o se encuentra lejos, la nostalgia de Navidades pasadas, el incumplimiento de las expectativas creadas e ilusiones puestas en torno a estas fiestas, se hace mucho más patente la soledad en personas con un entorno social y/o familiar escaso o deteriorado, el marcado carácter consumista de esta época en caso de estar asociado a una posible falta de recursos económicos, o la falsa creencia, muy extendida y potenciada por los medios de comunicación, de que en estos días todos tenemos que estar alegres y felices, cuando muchas veces nada de esto tiene que ver con la realidad de muchas personas con problemas económicos, personales, laborales o de pareja.

Por otro lado, son fechas que nos obligan a relacionarnos con familiares con los que no tenemos mucho contacto o cuya compañía no nos es grata, o que facilitan que salgan a relucir los trapos sucios que nos hemos ido guardando, pero que tras una buena comida, y más si la hemos regado con un buen, o mejor dicho, con mucho vino, lleva a que una celebración termine convirtiéndose en una batalla.

Y son fechas en las que también son numerosos los conflictos que surgen dentro de la propia familia o se hacen más visibles. Se trata de conflictos que quizás estén presentes durante el resto del año, pero que pasan más desapercibidos o se les da menos importancia, mientras que se viven más intensamente en Navidad; o aquéllos que surgen de las situaciones propias de este periodo, como decidir el lugar donde juntarse para comer y cenar, el menú a elegir, los regalos que comprar, etc.; o los conflictos que aparecen al ser un periodo en que las familias disponen de mayor tiempo para estar juntos, cuando en el resto del año las ocupaciones de cada uno hace que el contacto entre ellos sea más escaso.

En definitiva, la Navidad es para muchas personas algo distinto a turrones, belenes, regalos, celebraciones, deseos de felicidad y oportunidades para relacionarse y compartir con los demás. Pensemos también en ellos, e intentemos ayudarles a recorrer este periodo no solo deseándoles una Feliz Navidad, sino preguntando y comprendiendo cómo se sienten, y haciendo que sea más feliz “su” Navidad.

Fernando Bermejo.

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El abuso de las nuevas tecnologías

El uso de las nuevas tecnologías facilita el día a día de gran parte de las personas y difícilmente nos podemos ya imaginar un mundo sin ellas. Ordenadores, videoconsolas, móviles, Internet… nos permiten comunicarnos mejor, obtener muchísima información o entretenernos sin necesidad de salir de casa.

Sin embargo, se estima que una de cada cuatro personas sufre un problema relacionado con el abuso de las nuevas tecnologías, por lo que también pueden suponer un riesgo para la salud. En este sentido, las nuevas tecnologías que más problemas dan son, sobre todo, el móvil, las videoconsolas e Internet. Y como parte de este último, al igual que en otro tipo de adicciones, puede aparecer la dependencia a las redes sociales, al correo electrónico, a chatear, a la compra online, etc.

Determinar o no la presencia de una adicción a las nuevas tecnologías es más bien una cuestión de grado. Sería un problema cuando su uso repercute de manera negativa en la vida de una persona y se llega a descuidar las obligaciones laborales y familiares, o se entra en una espiral de aislamiento, abandono de las aficiones u otras actividades propias del tiempo libre, descenso del rendimiento académico o laboral, gasto incontrolado, depresión y ansiedad.

Sin embargo, no todas las personas tienen el mismo riesgo de padecer una adicción de este tipo ya que algunos rasgos de personalidad o estados emocionales que pueden aumentar la vulnerabilidad a sufrir la adicción. Se trataría de personas con ciertos niveles de impulsividad, cambios de humor, baja tolerancia a la frustración, falta de habilidades sociales, dificultad para enfrentarse a problemas y para encontrar soluciones, dependencia emocional o baja autoestima. Y como son numerosas las personas que no buscan ayuda para abordar estos problemas, la adicción puede actuar como una válvula de escape a través de la cual se busque sentirse bien, aunque esta sea sólo una “solución” que sirva durante poco tiempo.

En cuanto a su tratamiento, para tratar este tipo de adicciones nos encontramos con una dificultad que las hace diferentes a adicciones como el alcohol o las drogas. En este último caso, el objetivo es la abstinencia, mientras que este objetivo es inviable para algunas adicciones a las nuevas tecnologías, porque Internet o el móvil son imprescindibles para trabajar o comunicarse. Así pues, las personas adictas deben aprender a vivir con las nuevas tecnologías de una forma más sana.

Pero esto último, convivir con las nuevas tecnologías de una forma sana, no solo es aplicable a las personas para quienes las nuevas tecnologías ya se han convertido en un problema, sino que es una recomendación que vale para todos. Es cierto que las nuevas tecnologías nos han cambiado la vida, pero tenemos también que ser conscientes de sus riesgos y de que su uso ha de corresponderse con nuestras verdaderas necesidades. Y deben servir para facilitar, completar o potenciar los ámbitos en los que nos movemos, pero no para sustituirlos ni enmascarar las dificultades que tengamos en ellos.

Fernando Bermejo.

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