Vivir con adolescentes

La adolescencia de los hijos es para muchos padres una etapa marcada por la angustia, donde se hacen menos imprescindibles para los hijos al ser los amigos lo más importante y en la que hay que adaptarse a multitud de cambios. En esta época, los jóvenes necesitan independizarse, hacerse con las riendas de su vida y construir su propia identidad. No obstante, a pesar de que son frecuentes los conflictos con los padres, ante las dificultades muchos todavía necesitan refugiarse en la familia.

La adolescencia es un momento en el que los padres se topan con el deseo de autonomía de los hijos, cuando su percepción suele ser que no están todavía preparados para volar solos. Además, los jóvenes cambian de preferencias y rechazan la intromisión de los adultos que quedan relegados por el grupo de amigos. Los padres deben saber que el grupo de amistades es necesario para su crecimiento personal y, por ello, es imprescindible respetarlo.

En esta etapa, además, los adolescentes se enfrentan a nuevas situaciones como es el contacto con el alcohol, el tabaco, las drogas, las relaciones sexuales e, incluso, es el momento de decidir sus intereses académicos y laborales. Por todo, tampoco es un tiempo fácil para ellos. Por ello, es esencial permitirles espacio y escuchar sus opiniones, pero sin abandonar los límites y la orientación de los padres, porque son necesarios, ya que les aportan tranquilidad y les facilitan su autonomía. En otras palabras, y aunque a veces cueste de creer, siguen necesitando a los padres.

Por otro lado, adolescencia es equivalente a ansias de libertad, de riesgo, de negación sistemática sobre todo a la autoridad especialmente de los padres, de sexo, de experimentación… Un sinfín de actitudes contra las cuales los progenitores poco pueden hacer en ese momento. Por este motivo, es fundamental llevar los deberes hechos antes de que se vean inmersos en esta etapa, porque a esa edad de poco servirá aleccionarlos. La relación con el adolescente, la confianza, las pautas de comportamiento y de prevención, entre otras, hay que trabajarlas desde la infancia. No obstante, hay que seguir hablando con ellos, aconsejarlos, que sientan que se está a su lado y confiar en ellos y en que sepan escoger de manera adecuada.

Además, es en esta etapa vital cuando se incrementa el número de disputas: sea por la ropa, por el incumplimiento de las tareas domésticas, por los horarios, los estudios, los amigos… Sin embargo, aunque estas saquen de quicio a los padres, no hay que desesperarse. A medida que el joven crece y se desarrolla, disminuye el número de discusiones.

Establecer puentes de comunicación y saber ponerse en la piel del hijo, comprender sus inquietudes, es fundamental para resolver conflictos. También hay que ser selectivos en las batallas ya que “a veces es mejor tener paz, que tener razón”. Tal vez no valga la pena pelearse por el corte del pelo o la vestimenta -cosas que en definitiva, suelen ser temporales y, en el fondo, inofensivas- y guardarse las objeciones por aspectos de mayor envergadura como el tabaco, las drogas o el alcohol, entre otros.

Quienes tengan hijos adolescentes, ánimo… Y que no se convierta en una época para sufrirla, sino únicamente para vivirla…

Fernando Bermejo.

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Quiero morirme

Muchas personas que se sienten profundamente tristes, vacías, desgraciadas y desesperanzadas ven en suicidarse la manera de “resolver” o “salir” de la situación en que se encuentran.

Algunas personas consideran el suicidio como la solución más fácil, ya que quitarse del medio es la forma más rápida y sencilla de acabar con el sufrimiento de un plumazo. Otras lo definen como una respuesta de cobardes, al considerar que es consecuencia de no verse capaz de enfrentarse a una situación adversa y buscar formas alternativas para salir adelante. Para otras, el suicidio es un acto que requiere una enorme fuerza y valentía, pues supone desprenderse de todo, incluida la propia vida.

Sea una u otra la forma de entender el suicidio, lo cierto es que a las personas que se encuentran en esta tesitura les envuelve un profundo sentimiento de tristeza, un profundo vacío y una profunda desesperanza, consecuencia de un trastorno mental que se caracteriza por un pensamiento distorsionado que les impiden ver la realidad de manera adecuada y sentirse capaces de buscar otras posibles soluciones al sufrimiento o a la situación que la persona percibe como abrumadora, ya sea el fallecimiento de un ser querido, aislamiento social, problemas familiares, conflictos interpersonales, dificultades académicas, una ruptura de pareja, enfermedades físicas graves, problemas económicos, etc.

Pero ante esto, nos podríamos preguntar qué es lo que hace que ante las mismas situaciones desestabilizadoras que pueden llevar a unas personas a decidir acabar con su vida, otras decidan enfrentarse a ellas y buscar otras soluciones alternativas al suicidio.

Son diversas las variables que pueden ayudarnos a hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y crecer incluso ante ellas. Por ejemplo, es importante disponer de buenas relaciones con familiares cercanos, amistades y otras personas importantes en nuestra vida, aceptando su ayuda y apoyo.

Es conveniente que tengamos en cuenta que, aunque no se pueden evitar las situaciones adversas, se puede cambiar la manera de interpretarlas y reaccionar ante ellas, tratando de mirar más allá del momento presente y pensando que en el futuro las cosas mejorarán. Sin embargo, en ocasiones las dificultades vienen dadas por situaciones que no es posible cambiar. Aceptar que estos cambios son parte de la vida nos puede ayudar a centrarnos en aquello que sí podemos cambiar y a adaptarnos a las nuevas circunstancias.

Debemos desarrollar metas realistas, que por muy pequeñas que nos parezcan serán logros que nos servirán para el día de hoy y nos ayudarán a caminar en la dirección hacia la cual queremos ir, acercándonos a nuestras metas.

Es momento también de confiar más en uno mismo, mirando otros momentos en los que hemos salido adelante y tratando de considerar la situación desde una perspectiva más amplia.

No perdamos la esperanza, visualicemos lo que queremos conseguir en lugar de estar centrados en la preocupación o en la situación abrumadora actual, siendo conscientes de que la situación cambiará con el tiempo y la desesperación irá decreciendo.

Todo ello, sin dejar de interesarnos y participar en actividades que disfrutemos y encontremos relajantes, o que en algún momento disfrutamos de ellas, aunque ahora hayan perdido parte de ese poder gratificante.

Y tener presente que no son las diferentes situaciones adversas que van apareciendo a lo largo de nuestra vida las que nos llevan a dar el mal paso de necesitar apartarnos de la vida para dejar de sufrir, sino que es el modo de afrontar cada una de ellas, así como la desesperación del momento ante los sentimientos de tristeza, vacío y enfado con el mundo y con nosotros mismos, lo que hace que demos menos valor a la vida y veamos en perderla la “solución” a nuestros males.

Busca en cada una de las recomendaciones que te ofrecemos, cual puede ser tu ancla… Agárrate a la vida…

Fernando Bermejo.

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La importancia de las emociones positivas

Cada vez son más habituales las referencias que encontramos sobre la psicología positiva. Se trata de una rama reciente de la psicología que busca comprender desde un punto de vista científico, los procesos que subyacen a las cualidades y emociones positivas del ser humano. Tiene como objetivo aportar nuevos conocimientos de la mente humana no sólo para resolver los problemas psicológicos, sino también para incrementar la mayor calidad de vida y el bienestar de las personas. Esto va en contra de la tendencia natural y habitual de estudiar lo que amenaza el bienestar de las personas, y por tanto, centrarse en las emociones negativas y olvidar el valor de las positivas.

Experimentar emociones positivas es siempre algo agradable y placentero, y sus funciones vendrían a complementar las de las emociones negativas, de modo que ambas serían igualmente importantes desde un punto de vista adaptativo. De modo que de la misma manera que las emociones negativas nos ayudan de cara a nuestra supervivencia, por ejemplo, la ira nos prepara para el ataque o el miedo para huida, las emociones positivas nos hablan de cuestiones relativas con el desarrollo y crecimiento personal.

Si bien experimentar emociones negativas es algo inevitable y a la vez útil desde el punto de vista evolutivo, también es cierto que tales emociones se encuentran en el núcleo de muchos de los trastornos psicológicos. Aunque el interés por estudiarlas y manipularlas ha ayudado notablemente a disminuir el sufrimiento de muchas personas, no es suficiente y se necesita seguir mejorando la eficacia de los tratamientos psicológicos. Esto obliga a explorar nuevos caminos y en este sentido parece razonable proponer el posible papel de las emociones positivas en la prevención y el tratamiento de numerosos trastornos.

De hecho, podríamos decir que parte de la eficacia de muchas de las técnicas psicológicas ampliamente utilizadas se debe a que generan estados emocionales positivos o a que crean las condiciones adecuadas para que éstos aparezcan. Por ejemplo, la relajación que se utilizan en el tratamiento de los trastornos de ansiedad es eficaz porque, de alguna forma, fomenta sensaciones positivas de calma interior o de desconexión con el mundo. Algo parecido ocurre con la activación conductual o la programación de actividades placenteras para tratar trastornos como la depresión. Es obvio que realizar de actividades placenteras aumenta los niveles de reforzamiento positivo y hace más probable que aparezcan distintas emociones positivas, que vendrían a contrarrestar la presencia de las negativas.

En definitiva, con la Psicología Positiva nos encontramos una tendencia sugerente que no parte del malestar psicológico y se centra en el presente, en la vida cotidiana, pero desde un enfoque positivo, basándose en las potencialidades y las fortalezas, de cara a buscar el crecimiento personal y la felicidad. Se trata, por tanto, de alcanzar el bienestar psicológico introduciendo emociones positivas en nuestra vida, en lugar de evitando o eliminando las emociones negativas; se trata de sentirse bien y continuar sintiéndose bien, sin necesidad de haberse sentido mal.

Fernando Bermejo.

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El equilibrio emocional en los hijos: el papel de los padres

Muchos padres pagarían a quien les facilitase la receta que les asegure el desarrollo autónomo, equilibrado y maduro de sus hijos. Y lo haría porque son conscientes de que ésta no es una tarea sencilla, ni se consigue de forma inmediata ni a través de una fórmula mágica. Sin embargo, a pesar de no existir una receta, factores como la autonomía, la autoestima, la responsabilidad o la tolerancia a la frustración son claves en la infancia y la adolescencia para prevenir daños en la salud psicológica de la edad adulta. Estos factores protegen el desarrollo y deben fomentarse por parte de los padres ya que aumentan las posibilidades de los hijos de crecer de una forma equilibrada desde el punto de vista psicológico.

Fomentar la autonomía en los niños ayuda a dotarles de un carácter independiente. Pese a que necesitan la orientación de los padres, han de aprender a tomar decisiones por sí mismos y asumir responsabilidades de manera progresiva, sin la constante atención de los padres. Para ello es suficiente con proponer, explicar y supervisar las tareas, pero dejando que sea el niño quien la realice aunque tengamos que ir corrigiéndole. Pero para ello, resulta crucial otorgar sólo aquellas responsabilidades que se ajusten a la edad del niño, asegurándonos de que están al alcance de sus posibilidades. También, que vayan tomando sus propias decisiones y aprendan de sus errores.

También es importante fomentar la autoestima y la seguridad en uno mismo, de modo que el niño sea capaz de darse un valor positivo a sí mismo para ganar confianza y tomar sus propias decisiones y prevenir un carácter inseguro durante la vida adulta. Un modo de conseguirlo es destacar los logros merecidos. Y es que, en ocasiones, se da más importancia a corregir los errores que los niños cometen y se obvian sus aciertos, y se tiende a censurar al niño en su totalidad más que al acto en sí.

En cuanto a la responsabilidad, es un factor muy ligado a la autonomía, que supone que el niño sea consciente de sus actos, tome decisiones y tenga capacidad para reconocer sus errores y solucionarlos con sus propios medios. Es importante porque le va ayudar a adaptarse en entornos donde hay normas que cumplir y a comprometerse con las tareas que se inicie.

Pero si hay una tarea difícil para los niños y los adultos, esa es controlar la frustración que se siente; es decir, aceptar que algo es diferente a lo que se ha imaginado o deseado y aceptar las equivocaciones propias. Para ayudar a los niños en esta tarea es necesario responsabilizarles de sus fallos hasta que interioricen que es un sentimiento natural que se puede dar en cualquier contexto y ante el cual no se hay que asustarse, enfadarse ni llorar, sino que es una oportunidad para superarse, sacar el máximo partido a esa situación y aprender de cara al futuro.

Todos estos factores protectores del desarrollo se encuentran conectados entre sí, de forma que si se fomenta la adquisición de uno de ellos repercutirá de manera positiva en los demás. Y como decía al principio, no hay una receta ni fórmula mágica para lograrlo, sino que es con unas dosis adecuadas de paciencia, firmeza y afecto como se pueden sentar las bases para que nuestros hijos crezcan sanos desde el punto de vista psicológico.

Fernando Bermejo.

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La manía por el orden

La manía por el orden y el afán de perfección y pulcritud que sienten algunas personas puede ser un rasgo muy ventajoso en algunas situaciones, pero también puede ser indicativo de una patología y revelar la existencia de un Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC).

La manía por el orden que sufren algunas personas puede parecer una afección extraña y hasta cómica para quienes no la sufren o no han tenido que convivir con alguien que la padezca. Pero cuando ésta alcanza niveles patológicos puede transformar la existencia en un verdadero infierno. Una cosa es ser extremadamente pulcro, preciso, metódico y ordenado, y otra muy distinta es convertirse en esclavo de rituales y conductas que, además de causar ansiedad y sufrimiento a quien las practica, llevan a ejecutar compulsivamente cierto tipo de acciones siempre en el mismo orden, y siguiendo un patrón de comportamiento obsesivo que las demás personas pueden tomarán por excéntrico y absurdo.

Más concretamente, cuando se habla de obsesión por el orden nos referimos a personas que pueden sentir una angustiosa necesidad de ordenar los objetos de su lugar de trabajo, de su vivienda de acuerdo con una rígida disposición milimétrica, por colores y tamaño, o según un patrón totalmente arbitrario. Y el simple hecho de que les cambien de sitio una lámpara, una silla, o cualquier otro objeto, puede provocar que se angustien en extremo; incluso pueden adquirir el hábito de vestirse o asearse siempre en un determinado orden, volviendo a empezar desde el principio si se salta algún paso.

A este respecto, conviene también señalar que cuando se trata de una simple manía por el orden, este rasgo particular de la personalidad puede llegar a ser ventajoso cuando el afán por el método, la perfección, la pulcritud, la proporción y la simetría se aplica a cualquier actividad que requiera un alto grado de rigurosidad, precisión y exactitud. Sin embargo, cuando estos rasgos son patológicos se convierten en un claro inconveniente, ya que en exceso entorpecen el rendimiento normal.

Llegado a este extremo, es cuando muchas personas buscan la ayuda profesional, después de mucho tiempo en el que se han visto perturbados por su problema, y se han sentido incomprendidos o como personas extrañas que tenían que esconder sus manías. Recibir ayuda psicológica, más concretamente un tratamiento basado en la terapia conductual, la exposición con prevención de respuesta, el cual ha demostrado empíricamente su eficacia, puede servir para dar respuesta a las necesidades de estas personas y dar un nuevo impulso a sus vidas. Este tratamiento consiste en hacer que la propia persona busque aquellos pensamientos y estímulos que teme y se enfrente a ellos, y que, sobre todo, se resista a realizar los típicos rituales compulsivos encaminados a restaurar el orden, la pulcritud o la perfección. Todo ello de manera gradual y programada, bajo la guía del terapeuta el cual le ayudará en todo este difícil proceso.

Fernando Bermejo.

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Los peligros de la sobreprotección infantil

Hoy en día, es frecuente que muchos padres se sientan culpables por no poder pasar más tiempo con ellos, por cuestiones laborales, y se vuelquen de forma excesiva y sobreprotectora. Los padres sobreprotectores son aquellos que están de forma continua pendientes de evitar que sus hijos se expongan a situaciones conflictivas, angustiantes o dolorosas. Son quienes les hacen los deberes si ven que son incapaces, que toman decisiones que por edad ya deberían tomar sus niños, que dan todo lo que les piden para evitar que se frustren, los que no quieren que vayan de excursión o que se queden a dormir en casa de algún amigo, que no dan tareas del hogar, que no quieren separarse nunca de ellos, que disculpan cualquier error o travesura que cometan sus hijos… Con estas conductas de sobreprotección los padres consiguen calmar su angustia, pero puede ser una piedra en el camino para el desarrollo de sus hijos.

Numerosas investigaciones señalan que la sobreprotección puede ser un lastre para el desarrollo del niño y que, incluso, puede afectar de forma negativa y profunda al futuro adulto. Aunque no todos los pequeños reaccionarán igual ante un estilo relacional sobreprotector por parte de sus padres, muchos tendrán baja tolerancia a la frustración y una incapacidad para reconocer sus errores, serán inseguros con problemas para relacionarse con los demás, tendrán un desarrollo psicológico inferior a su edad o serán niños que siempre están aburridos o descontentos.

Los padres que sobreprotegen a sus hijos creen que, actuando como lo hacen, protegen a sus hijos de los sinsabores y las frustraciones de la vida. Pero, en realidad, consiguen el efecto contrario. Las emociones negativas, como la frustración, son su mejor entrenamiento. Durante los primeros años de vida, es necesario que los niños sientan que sus progenitores están para protegerles. De este modo, crecen con confianza para aventurarse a explorar el mundo. Pero, poco a poco, también deben equivocarse y sentirse frustrados o aburridos. Pequeños sinsabores que les ayudan a desarrollar una saludable tolerancia a la frustración. Ver sufrir a un hijo no es agradable. No obstante, el sufrimiento o la frustración son aspectos fundamentales en el desarrollo de los niños.

Los adultos pueden y deben proteger a sus hijos, pero no sobreprotegerles. Proteger significa dejar que estos se equivoquen o sufran pero que sientan que sus padres están para ayudarles. Por ejemplo, no hay que hacerles los deberes; son los escolares quienes deben hacerlos y, si no lo logran, pedir ayuda a sus padres. Y no hay que anticiparse a la frustración. Hay que esperar que el niño se equivoque o su frustre, de vez en cuando (sin poner en peligro su integridad física o psicológica), para que vaya madurando.

Fernando Bermejo.

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Educar en el optimismo

Entre las enseñanzas más útiles que los padres pueden transmitir a sus hijos está que aprendan una actitud saludable frente a la vida y prepararles para tratar con las dificultades y desafíos que se les presenten de una manera eficiente. Uno de los caminos para lograrlo es ayudarles a ver el lado positivo de las cosas, lo cual no tiene que estar ligado a la ingenuidad o al engaño. Además, es recomendable hacerlo desde la infancia más temprana ya que pensar de manera positiva hace que los niños se sientan mejor.

Enseñarles a pensar en positivo va en contra de la tendencia natural del individuo: centrarse en lo negativo y en las amenazas que suponemos que nos rodean. Para ello se trataría de no centrarse solo en lo doloroso, en la adversidad o los contratiempos, sino en ser capaces de abarcar también aquello que sí que funciona, lo que es valioso y en las oportunidades y aprendizajes que surgen a partir de las contrariedades.

Mirar también hacia el aspecto positivo, aunque nos pueda suponer un esfuerzo, permite ampliar la visión de realidad y aumentar nuestro bienestar. Y no hay que caer en considerar que el optimismo consiste en repetirnos a nosotros mismos pensamientos felices porque esto puede proporcionarnos cierto bienestar por un momento pero no ayudan por mucho tiempo. Se trata de prestar atención y hacer nuestra esa otra parte de la realidad que muchas veces ni siquiera vemos.

Por tanto, son muchos los beneficios de ayudar a los niños a construir una visión optimista, que les proporcionará una visión más sana de la vida. Además, está demostrado que el optimismo incrementa su autoestima y seguridad en sí mismo. Y también que el optimismo y el pesimismo no son innatos, sino que procede de la realidad: los niños aprenden su estilo explicativo de sus padres, profesores, compañeros y amigos, es decir, de todo su entorno desde la infancia. Aprenden a responder ante la adversidad como su entorno más directo responde, y ese modelo les acompañará sin cuestionarlo mucho tiempo o, incluso, toda la vida.

Como cualquier persona, cuando un niño hace algo mal o algo le sale mal se pregunta por qué, quién tiene la culpa, cuánto tiempo durará, en qué medida me afectará, etc. Aquí es donde los padres pueden enseñar cómo abordar las respuestas desde una visión más amplia y positiva. Compartir los pensamientos positivos con los hijos o reformular sus frases negativas para que puedan descubrir la parte beneficiosa, son algunas herramientas que pueden ser útiles a los padres.

Fernando Bermejo.

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La eyaculación precoz: un golpe para la autoestima

La eyaculación precoz es más frecuente de lo que señalan las estadísticas, ya que, a menudo, se lleva en silencio. Uno de de cada tres hombres padecen este trastorno y el factor psicológico suele estar detrás de la mayoría de los casos. En este artículo pretendemos describir algunas de las causas de esta disfunción, sus consecuencias en la autoestima de los afectados y cómo el tratamiento psicológico puede ayudar a resolver este problema.

La eyaculación precoz consiste en expulsar el semen fuera de la vagina de la mujer, antes incluso de penetrarla. A veces, cualquier mínimo roce o estimulación disparan esta eyaculación no deseada, por lo que el acto sexual resulta frustrante para ellos. Se considera que un hombre sufre este trastorno si no tiene dominio sobre el momento en que desea hacerlo.

Las causas de esta disfunción son varias. Una de las más importantes es la masturbación rápida durante la adolescencia; los adolescentes tienden a masturbarse en poco tiempo, lo que enseña al cuerpo en qué tiempo se ha de eyacular. Otra causa muy frecuente es la ansiedad sexual. El nerviosismo, propio de muchas relaciones sexuales, provoca que la eyaculación surja antes de lo deseado. Hay determinados pensamientos que están en la base del problema. Otra posible causa, relacionada con la anterior (el nerviosismo), que es muy habitual, es el miedo a que una mala experiencia pasada se repita. Las situaciones en que tiene lugar el acto sexual también influyen. Así, surge con más frecuencia en circunstancias en las que hay una carga de nerviosismo, como la que produce cuando el sexo ocurre en lugares donde se teme que alguien les descubra.

La autoestima de los chicos u hombres con esta disfunción sufre un duro golpe. Los afectados suelen tener menos seguridad en sí mismos, sobre todo, ante el sexo opuesto, tienden a evitar el contacto afectivo e, incluso, suelen mostrar comportamientos de irritación. En las parejas con una buena comunicación, se sufre el problema, pero el conflicto que crea es menor. En aquellas con problemas añadidos o que tienen falta de habilidades para comunicarse, este problema provoca una afectación mayor.

La eyaculación precoz en la mayoría de los hombres entre la adolescencia y los 45 años es de origen psicológico, aunque hay algunos que tienen una base orgánica o física. Por este motivo, siempre es conveniente consultar a un médico. Además, con la edad, las causas físicas comienzan a cobrar mayor protagonismo, junto a otros problemas como la impotencia y la falta de deseo sexual. Los afectados deben acudir a la consulta de un psicólogo cuando nunca han tenido un control de la eyaculación o lo han tenido y lo han perdido, sobre todo si esta pérdida se relaciona con alguna experiencia adversa (un “gatillazo” o pensamientos negativos). En estos casos, el objetivo del tratamiento desde una perspectiva cognitivo-conductual, es educar su reflejo eyaculatorio, para conseguir retrasarla y, así, disfrutar de una relación sexual más prolongada y placentera.

Fernando Bermejo.

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La importancia de la empatía

La habilidad para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar y responder correctamente a sus reacciones emocionales, se conoce como empatía.

La habilidad de experimentar emociones ajenas como si fuesen propias es la base de la empatía. Averiguar qué emociones alberga nuestro interlocutor, cuán fuertes son dichas emociones y qué las ha desencadenado puede parecer una labor de adivino, pero hay muchas personas que en un grado u otro pueden acometer esta tarea. No se trata sólo de ser simpáticos. Podemos invitar a alguien a tomar café, escuchar atentamente sus exposiciones y mostrarnos congruentes con su estado de ánimo, aliviando sus pesares o reforzando sus alegrías… Peros eso es sólo simpatía.

Si no entendemos las emociones que nuestro invitado expone hasta el punto de identificar su origen, no seremos capaces de cuadrar el círculo empático. La simpatía es un proceso puramente emocional, que tiene con la empatía la misma relación que puede tener un dibujo con el objeto que representa. La empatía involucra las emociones propias; sentimos lo que sienten los demás porque compartimos los mismos sentimientos; no captamos solamente la emoción ajena, la sentimos propia y la razonamos con nuestra propia razón. Incluye perspectivas, pensamientos, deseos o creencias que importamos de quien está sentado ante nosotros.

La mayoría de nosotros habla prestando más atención a las propias emociones que a lo que nos dicen las emociones de los demás; escuchamos pensando en lo que vamos a decir nosotros a continuación, o pensando en qué tipo de experiencias propias podemos aportar a la situación. Aprender a escuchar supone enfocar toda la atención hacia el otro cuando habla, dejar de pensar en lo que queremos decir o en lo que nosotros haríamos en su lugar. Las personas con gran capacidad de empatía son capaces de sincronizar su lenguaje no verbal al de su interlocutor. Son capaces de interpretar indicaciones no verbales por medio de cambios en los tonos de voz, gestos o movimientos que realizamos inconscientemente pero que proporcionan gran cantidad de información.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que un exceso de empatía puede también suponer un problema. Una persona tremendamente empática vive expuesta a un complejo universo de información emocional, dolorosa y puede que intolerable, que los demás simplemente no perciben. Los muy empáticos triunfan en labores de enseñanza, asistencia sanitaria o ventas, pero también deben hacer frente a una constante fuente de estrés.

Fernando Bermejo.

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Cuando los hijos se van de casa

Es ley de vida: un día los hijos se independizan y dejan el hogar familiar. Los padres que han dedicado todas sus energías a su cuidado son más proclives a padecer el síndrome del nido vacío, un problema que se puede prevenir y superar. Los sentimientos de soledad, tristeza y vacío que origina no duran para siempre si se siguen los pasos adecuados.

Este sentimiento de malestar y soledad nace en los padres cuando uno o más hijos se van de casa, ya sea para ir a estudiar a la universidad o para emanciparse. Afecta a quienes tienen hijos u otras personas a su cargo pero, sobre todo, a madres. Las personas que lo padecen suelen ser dependientes, han dedicado toda su vida a los hijos, se ven a sí mismas sin ningún objetivo, obligación o utilidad una vez que los hijos abandonan el hogar; tienen pocas aficiones y, por norma general, no trabajan fuera de casa.

Los sentimientos que afloran son varios: se sienten solos, tristes, inútiles, angustiados y con cierto nivel de ansiedad. Pueden, incluso, padecer trastornos del sueño, como insomnio o frecuentes despertares nocturnos. Su autoestima se puede ver afectada y, en algunos casos, desarrollan síntomas asociados a la depresión, como la fatiga o la falta de concentración. Aunque las principales señales son psicológicas, también pueden experimentar dolores de estómago, dificultades en la digestión o dolores de espalda.

Afecta más cuanto mayor es la sensación de soledad, lo que implica que la permanencia de un hijo o más en el hogar familiar puede aliviar un tanto los síntomas. No obstante, estos no son más acusados si se van más hijos, o menos si se queda alguno en casa, sino que depende del vínculo y dedicación que los padres hayan tenido con cada uno de ellos. Puede que esos lazos y entrega hayan sido muy estrechos con sólo uno de ellos. En ese caso, aunque quede uno o más hijos en casa, la persona puede padecer los mismos síntomas si el que se va es el que se había protegido más. En cambio, los que han sido más independientes durante años, no dejan tras de sí tantos síntomas del síndrome.

¿Se puede evitar el dolor que genera la ausencia de los hijos? Es aconsejable que los padres se preparen para la nueva etapa mientras los hijos aún vivan en el hogar familiar. Esta preparación consiste en ampliar su red social o número de personas que uno tiene a su alrededor, así como la calidad de sus relaciones. También aumentar el número de actividades de ocio y aficiones contribuye a prevenir el síndrome.

Por tanto, son varias las medidas que conviene tomar: ocupar el tiempo que antes se dedicaba a los hijos en actividades de ocio y tiempo libre que resulten agradables; reavivar la vida de pareja y aprovechar esa soledad para recuperar la intimidad y el diálogo que quizás no se podía tener cuando los hijos estaban aún en casa; transformar esta situación en una oportunidad para hacer cosas que no se habían podido hacer; y sobre todo, aceptar la nueva situación, tomando una clara conciencia de que la relación con los hijos cambia, no termina.

Fernando Bermejo.

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