Trastorno obsesivo-compulsivo en niños

Niños que están excesivamente preocupados por el orden de su habitación o que se lavan de forma compulsiva las manos. Los pequeños también pueden sufrir obsesiones y compulsiones. Hay dos elementos centrales en este trastorno: las obsesiones y las compulsiones.

Las obsesiones son pensamientos, impulsos o imágenes que los niños tienen de forma repetitiva e indeseada, y que les hacen sufrir. Las formas más habituales tienen que ver con el miedo a contaminarse, pensamientos prohibidos (como palabrotas o deseos de agredir a un hermano), miedo a que le pase algo malo a un ser querido o que suceda una catástrofe y la necesidad de que sus cosas estén bien ordenadas.

Las compulsiones son un intento de controlar la angustia y el malestar que causan las obsesiones. Pueden ser conductas que se repiten con frecuencia, como lavarse las manos varias veces al día u ordenar la habitación hasta que esté todo perfecto; volver a ejecutar una acción, como cruzar varias veces la misma puerta o comprobar varias veces que una puerta está bien cerrada; repetirla hasta que salga a la perfección; o vestirse de una forma extraña y ritualizada. Pero también pueden ser pensamientos, como contar números mentalmente o decir una y otra vez frases o palabras para tapar una obsesión.

En la mayoría de los casos, el trastorno se origina en los pequeños entre los ocho y los nueve años de edad. Es infrecuente que se den situaciones antes de los cinco años. También es importante saber que hay niños con obsesiones que realizan rituales o repiten acciones de forma algo extraña, pero que no sufren el trastorno. Es diferente tener la manía de lavarse varias veces las manos al día que padecer un trastorno obsesivo compulsivo.

Para diagnosticar el trastorno, es necesario que las obsesiones y las compulsiones causen un claro malestar en el menor y le dificulten su vida cotidiana (le hacen perder mucho tiempo, complican su rendimiento académico o interfieren en sus relaciones sociales). Muchos pequeños se dan cuenta de que sus pensamientos y actos son absurdos, pero se pueden sentir atrapados por ellos y sin capacidad de romper el círculo vicioso de obsesiones y compulsiones.

Para un buen abordaje del trastorno obsesivo compulsivo en los niños, es fundamental la participación de los padres. Estos han de ser muy cuidadosos para no culpabilizar al hijo por sus pensamientos y sus conductas. Muchos de estos pequeños se sienten extraños, lo que no ayuda a mitigar los síntomas, sino que genera más angustia. Además, hay niños que intentan que sus padres cooperen en sus rituales, lo que puede poner a prueba su paciencia. Pero no hay que regañarles ni hacerles comentarios despectivos, como que dejen de hacer cosas raras.

Afortunadamente, es un trastorno que puede ser tratado de manera eficaz. El tratamiento terapéutico suele incluir la terapia cognitivo-conductual y terapia farmacológica. No obstante, siempre que sea posible, la terapia cognitivo-conductual debería elegirse para tratar al niño antes que los fármacos. Dicha terapia está enfocada a controlar los pensamientos y las compulsiones. Así, si la obsesión del niño es el orden, el psicólogo le ayuda a relajarse y evitar los pensamientos angustiantes en un espacio que no está perfectamente ordenado. Se trata de enfrentarse poco a poco, a las situaciones que le generan angustia, descubriendo que sus temores no son reales y que puede acostumbrarse a la sensación del miedo como medio para que dicha sensación disminuya y/o desaparezca.

Fernando Bermejo.

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Los miedos infantiles

Miedo a un ruido fuerte, a quedarse solo en la habitación, a la oscuridad, a que mamá se vaya y no vuelva o, incluso, a seres sobrenaturales… En la infancia, estos miedos son muy habituales. La mayoría de los niños tienen algún tipo de miedo, pero sólo si llega a ser excesivo, poco razonable o se prolonga durante la vida adulta, puede favorecer el desarrollo de trastornos de ansiedad. Ante estos casos, es aconsejable acudir a un especialista.

El miedo es una de las emociones básicas. A los bebés les asustan los estruendos o las personas desconocidas, muchos niños entre tres y cinco años necesitan dormir con alguna luz encendida porque temen a la oscuridad y entre los seis y los ocho años es común el recelo a seres sobrenaturales. Algunos padres creen que sus hijos pueden sufrir un problema psicológico cuando estos les cuentan sus miedos. Sin embargo, es propio del desarrollo del pequeño pasar por etapas en las que estos temores adquieren protagonismo. Pero a medida que crecen los miedos remiten.

Es fundamental tomar en serio a los niños. En su mundo infantil, el miedo a la oscuridad puede ser muy desasosegante. Es necesario que el niño sepa que tiene derecho a sentir temor. No ayudan comentarios como “venga, no llores, que no pasa nada”, ni intentar convencerle de forma racional. Se puede decir al niño que aunque la luz está apagada no va a pasar nada, pero es aconsejable, mientras se da la explicación, consolarle de alguna forma, con abrazos, besos, caricias, etc.

No es recomendable forzar al niño a que se enfrente al miedo de forma directa con la esperanza de que lo supere de manera inmediata. Si un niño teme la oscuridad, obligarle a dormir con la luz apagada aumentará su ansiedad, casi con toda probabilidad. Es preferible hacerlo de forma progresiva: primero dejar una noche todas las luces encendidas para, en noches sucesivas, reducir la iluminación si el niño está cada vez más tranquilo. Los padres, además, deben reaccionar con la máxima tranquilidad posible.

Los pequeños son muy sensibles a las reacciones emocionales de las personas importantes para ellos y pueden contagiarse de su miedo. Por este motivo, es muy importante que los padres moderen sus reacciones ante los miedos de sus hijos. De cualquier modo, ante temores muy frecuentes e intensos que afecten al rendimiento escolar o a la vida social del niño, es aconsejable acudir al experto.

Fernando Bermejo.

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El sentimiento de culpa

En nuestra vida experimentamos multitud de situaciones que nos despiertan sentimientos y emociones. Unos son de alegría y regocijo, y estimulan la risa e incluso el llanto de emoción. Otros son de tristeza y dolor, y nos llevan al silencio y al desconsuelo. Esto último sucede con el sentimiento de culpa. Cuando aparece, si no se sabe manejar correctamente, puede conducirnos al bloqueo y al encierro en nosotros mismos. Ser consciente de ello nos ayudará a superarlo y a encauzar el juicio sobre nuestra persona sin convertir la culpa en castigo.

Señales físicas (presión en el pecho, dolor de estómago, de cabeza, de espalda), señales emocionales (nerviosismo, desasosiego, irascibilidad) y señales mentales (pensamientos de autoacusaciones y autorreproches) nos alertan de que la culpa está siendo mal administrada.

Es más probable que sea así cuando mantenemos un sistema de pensamiento polarizado (pensamos que las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no admitimos el término medio); negativo (tan sólo tenemos en cuenta los detalles negativos y además los magnificamos, sin atender a los aspectos positivos); rígido (nos basamos en un sistema de normas estricto donde el deber prevalece en nuestras acciones), sobredimensionado (abandonamos la responsabilidad de nuestra vida y pasamos a responsabilizarnos de las vidas de los demás y de cuanto ocurre a nuestro alrededor) o perfeccionista (el nivel de exigencia lo colocamos en la perfección y ésta en todos los actos que llevemos a cabo).

Cuanta mayor concordancia exista entre nuestro pensar y actuar, y cuanto más lejos se mantenga nuestro razonamiento de absolutos, rigideces y perfeccionismos, menos veces se nos generará el sentimiento de culpa. Pero sin duda, cuando somos incoherentes, el sentimiento de culpa aparece. En ese momento, en la medida en que aparquemos la descalificación y el castigo, nos liberaremos de la paralización y mantendremos la suficiente fluidez interna que nos llevará a abordar nuestras faltas de coherencia como problemas a resolver y no como losas autodestructivas.

Ahora bien, incluso practicando lo anterior no estamos exentos de que se nos encienda esa señal de la culpa con capacidad de ser dolorosa. El problema no radica en sentirla, sino en cómo afrontamos su presencia.

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en una señal que sirva para cuestionarnos cómo hacemos lo que estamos haciendo; un momento de reflexión y análisis de por qué nos surge, sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento; un diálogo interior que nos lleve a designar y concretar cuál es la conducta por la que sentimos la culpa; la búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado; y la petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.

Si ante la culpa no ejercemos nuestra responsabilidad, caeremos en la descalificación personal (somos malos, egoístas….) y en el autocastigo (agresividad que provoca sufrimiento). Pero también podemos ver en su manifestación una función saludable, pues nos hace conscientes del conflicto y, a partir de ahí, seremos capaces de analizar las soluciones y dar los pasos oportunos que restablezcan nuestro vivir coherente. Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas.

Fernando Bermejo.

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Tengo ataques de pánico

¿Has tenido alguna vez una crisis de ansiedad?, ¿sabes qué es un ataque de pánico?, ¿alguna vez has sentido tu corazón ir tan deprisa que parecía que quería salirse del pecho?. Si alguna vez te ha sucedido esto, sabrás que entonces respirar se hace muy difícil, la sensación de ahogo es cada vez más acuciante y en muchas ocasiones nos lleva a pensar que nos estamos muriendo.

Lo que se siente en un ataque de pánico es un miedo muy grande a la muerte y/o a la locura, unido a otros síntomas como dolor en el pecho, taquicardia, respiración entrecortada, sensación de ahogo, mareo, escalofríos, sudores, temblores o sacudidas, hormigueos en piernas y brazos, confusión y pérdida de la noción de la realidad. Estos ataques duran apenas unos minutos, pero los síntomas son tan acusados que causan un impacto y sufrimiento enorme.  Todas estas sensaciones físicas y todos los pensamientos de muerte y de pérdida de control que las acompañan suceden a gran velocidad, y en pocos segundos se pasa de estar bien a sentir que te estás muriendo.

Las causas de los ataques de pánico pueden ser muy variadas: posibles factores estresantes (divorcio o separación, estrés laboral, muerte o enfermedad de una persona allegada, enfermedades importantes, problemas económicos…), ansiedad tónica elevada, susceptibilidad a la ansiedad, nivel elevado de actividad, problemas médicos (cardiovasculares, endocrinos, neurológicos…), ejercicio, fatiga,  falta de sueño, ciertos medicamentos, etc. En otros casos son consecuencia del consumo excesivo de cafeína, nicotina, marihuna, cocaína, anfetaminas o estimulantes; abuso de alcohol o de alucinógenos, etc.

Es un trastorno mucho más frecuente de lo que se cree, que interfiere notablemente en la vida de las personas que lo padecen. En cuanto al tratamiento, sus objetivos están dirigidos a eliminar o reducir las conductas de evitación de las situaciones relacionadas con el pánico, los pensamientos catastróficos, los ataques de pánico, la preocupación por ataques de pánico futuros, el miedo y evitación de sensaciones fisiológicas, etc. Afortunadamente, existen en la actualidad tratamientos que han demostrado su eficacia en diversos estudios clínicos, mostrando unas elevadas tasas de recuperación. Esto sitúa al trastorno de pánico en una patología cuyo pronóstico, siempre y cuando se reciba el tratamiento adecuado, es uno de los más favorables entre los trastornos psicológicos.

En cuanto al tratamiento, se suelen utilizar la respiración diafragmática, técnicas de distracción, reestructuración cognitiva (para que la persona aprenda a identificar y cuestionar los pensamientos negativos y realizar atribuciones más objetivas sobre sus sensaciones fisiológicas), técnicas de decatastrofización (para cambiar la interpretación catastrofista que se suele hacer de las respuestas de ansiedad o de las situaciones que las provocan), exposición controlada a los estímulos externos o internos que provocan los ataques de pánico, exposición y prevención de respuesta (para neutralizar las conductas que evitan la ansiedad o permiten que se escape de ella), etc.

Fernando Bermejo.

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Cuando el perfeccionismo se torna en una obsesión

Muchos niños se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas, a quienes les resulta fácil caer en la frustración, que les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. Una definición ampliamente aceptada lo define como un conjunto de creencias muy exigentes acerca de lo que las personas consideran que deben llegar a ser.

Sin embargo, también existen personas con un perfeccionismo que podríamos entender como sano, las cuales se caracterizan por unas metas elevadas, pero razonables y alcanzables, tienen altas expectativas de sí mismos y los demás y, aunque esto los vuelve exigentes, no los hace hostiles ni extremadamente críticos.

Un criterio para pensar que un niño puede ser perfeccionista en exceso es analizar si siente rabia al hacer muy bien -pero no de forma perfecta- una tarea. Otro es que los niños excesivamente perfeccionistas son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, los afectados tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Algunas explicaciones sobre cómo se desarrolla el perfeccionismo, señalan que estos niños suelen vivir en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el niño siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. No obstante, hay quienes señalan que algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño “huye” de ellos al refugiarse en esta tendencia. En todo caso, la mayoría de los especialistas coinciden en que está directamente relacionado con una baja autoestima y una necesidad apremiante de sentirse querido al hacer las cosas tan perfectas como pueda.

Para ayudar a estos niños, hay que animarles aunque no hayan logrado el resultado deseado en una actividad. Cuando tengan una rabieta porque no han hecho de forma perfecta una tarea cotidiana, hay que transmitirles la idea de que no es necesario que se enfaden tanto aunque entendemos su sufrimiento. Y tener en cuenta que los mejores momentos para explicarles que no hay por qué aspirar al perfeccionismo es cuando están tranquilos, justo después de la rabieta o el disgusto, y no en plena crisis emocional.

Fernando Bermejo.

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Los deberes en vacaciones

Acaba el curso escolar y empiezan las vacaciones. Todos los miembros de la familia desean disfrutar del verano. Los niños también necesitan romper con la rutina de la escuela, los deberes, los horarios y las actividades extraescolares. El verano es el momento ideal para relajarse y olvidar la disciplina del reloj.

Sin embargo, algunos niños se sienten abrumados cuando llega el verano porque sus padres les mandan gran cantidad de deberes, ya que la mayoría de ellos considera que sus hijos deberían continuar con alguna tarea escolar también en vacaciones. Algunos padres lo plantean con el objetivo de reforzar lo aprendido durante el año, otros quieren que empiecen a preparar algunas asignaturas para el curso siguiente, y también hay quien desea simplemente tenerlos ocupados durante algunas horas del día.

Si un niño ha aprobado el curso y tiene un buen nivel, no tendrá problemas cuando regrese en septiembre, aunque pueda olvidar algunas cositas. Por tanto, si no le han quedado asignaturas para septiembre es preferible dedicar el tiempo libre a las actividades lúdicas y no hacer excesivas tareas relacionadas con la escuela.

Los niños necesitan descansar del trabajo realizado durante todo el curso y lo mejor es que vivan el verano como un período para relajarse, jugar y compartir actividades con sus padres y amigos estará en mejor disposición para empezar el nuevo curso que otro que viva estos meses como una tortura, agobiado por los deberes. Y si les ha quedado alguna asignatura, se puede hacer compatible el tiempo libre con las clases particulares o la planificación de los estudios.

Fernando Bermejo.

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Obsesiones y rituales: el trastorno obsesivo compulsivo

El trastorno obsesivo compulsivo puede interferir de forma significativa en la vida cotidiana y causar un gran malestar psicológico. Sin embargo, muchas personas que lo padecen sienten vergüenza de sus obsesiones y compulsiones, de modo que pueden tardar hasta diez años en acudir a un especialista. De este modo, los síntomas se agravan y es frecuente desarrollar otros trastornos asociados, como depresión.

El trastorno obsesivo compulsivo es un trastorno de ansiedad que se caracteriza por sentir obsesiones y compulsiones. Las primeras son pensamientos o imágenes mentales que se presentan de forma espontánea y que a menudo se reconocen como absurdas o sin sentido. Las compulsiones son actos que se realizan para neutralizar la ansiedad provocada por las obsesiones convirtiéndose de llevarse a cabo de forma encadenada, en lo que se denominan rituales.

Una de las formas en que se manifiesta este trastorno consiste en sentir una persona que se contamina al tocar determinados objetos, sin necesidad de que estos estén muy sucios, de modo que necesita evitar el contacto o lavarse las manos para dominar la elevada ansiedad que siente tras tocarlos. Otra forma es sentir una inseguridad tremenda tras realizar determinados actos, como cerrar la llave del gas, cerrar la puerta del coche o conectar una alarma, lo que le lleva a realizar comprobaciones frecuentes, pese a que en el fondo se sabe que son innecesarias. También es muy frecuente tener pensamientos agresivos, obscenos o de contenido sexual inapropiado.

Las obsesiones y las compulsiones provocan un gran malestar y limitan de forma muy evidente la vida personal, laboral o académica. Los individuos que sufren este problema acostumbran a evitar multitud de situaciones habituales. Dedican mucho tiempo a las compulsiones y rituales con los que intentan calmar su ansiedad. El sufrimiento psicológico lleva a muchos afectados a plantearse si son unos pervertidos o están locos, lo que contribuye a multiplicar su angustia.

Sin el tratamiento adecuado, el trastorno obsesivo compulsivo empeora con el paso del tiempo. Sin embargo, quienes lo sufren sienten tanta vergüenza de sus obsesiones y compulsiones, que muchas veces no se atreven a acudir al especialista o cuando lo hacen evitan hablar de todas sus obsesiones.

De cara al tratamiento, primero se trabaja con las obsesiones que el afectado considera menos amenazantes y, a continuación, de manera progresiva, se intenta dominar la exposición y prevención de respuesta, que es una de las técnicas que más apoyo empírico acumula en cuanto a eficacia. Consiste en una exposición gradual a los estímulos que disparan las obsesiones e impide las compulsiones que se utilizarían para calmar la ansiedad. Se complementa con técnicas cognitivas y, en ocasiones, es necesario el apoyo de la medicación para poder abordar este trastorno en toda su extensión.

Pero lo más importante es no dejar que el trastorno se cronifique a la vez que se enmascara o minimiza bajo la justificación de que se solo trata de rarezas o de manías. El sufrimiento que conlleva es el primer indicador de que puede que estemos ante un trastorno que va más allá de simples manías o rarezas.

Fernando Bermejo.

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Vivir con adolescentes

La adolescencia de los hijos es para muchos padres una etapa marcada por la angustia, donde se hacen menos imprescindibles para los hijos al ser los amigos lo más importante y en la que hay que adaptarse a multitud de cambios. En esta época, los jóvenes necesitan independizarse, hacerse con las riendas de su vida y construir su propia identidad. No obstante, a pesar de que son frecuentes los conflictos con los padres, ante las dificultades muchos todavía necesitan refugiarse en la familia.

La adolescencia es un momento en el que los padres se topan con el deseo de autonomía de los hijos, cuando su percepción suele ser que no están todavía preparados para volar solos. Además, los jóvenes cambian de preferencias y rechazan la intromisión de los adultos que quedan relegados por el grupo de amigos. Los padres deben saber que el grupo de amistades es necesario para su crecimiento personal y, por ello, es imprescindible respetarlo.

En esta etapa, además, los adolescentes se enfrentan a nuevas situaciones como es el contacto con el alcohol, el tabaco, las drogas, las relaciones sexuales e, incluso, es el momento de decidir sus intereses académicos y laborales. Por todo, tampoco es un tiempo fácil para ellos. Por ello, es esencial permitirles espacio y escuchar sus opiniones, pero sin abandonar los límites y la orientación de los padres, porque son necesarios, ya que les aportan tranquilidad y les facilitan su autonomía. En otras palabras, y aunque a veces cueste de creer, siguen necesitando a los padres.

Por otro lado, adolescencia es equivalente a ansias de libertad, de riesgo, de negación sistemática sobre todo a la autoridad especialmente de los padres, de sexo, de experimentación… Un sinfín de actitudes contra las cuales los progenitores poco pueden hacer en ese momento. Por este motivo, es fundamental llevar los deberes hechos antes de que se vean inmersos en esta etapa, porque a esa edad de poco servirá aleccionarlos. La relación con el adolescente, la confianza, las pautas de comportamiento y de prevención, entre otras, hay que trabajarlas desde la infancia. No obstante, hay que seguir hablando con ellos, aconsejarlos, que sientan que se está a su lado y confiar en ellos y en que sepan escoger de manera adecuada.

Además, es en esta etapa vital cuando se incrementa el número de disputas: sea por la ropa, por el incumplimiento de las tareas domésticas, por los horarios, los estudios, los amigos… Sin embargo, aunque estas saquen de quicio a los padres, no hay que desesperarse. A medida que el joven crece y se desarrolla, disminuye el número de discusiones.

Establecer puentes de comunicación y saber ponerse en la piel del hijo, comprender sus inquietudes, es fundamental para resolver conflictos. También hay que ser selectivos en las batallas ya que “a veces es mejor tener paz, que tener razón”. Tal vez no valga la pena pelearse por el corte del pelo o la vestimenta -cosas que en definitiva, suelen ser temporales y, en el fondo, inofensivas- y guardarse las objeciones por aspectos de mayor envergadura como el tabaco, las drogas o el alcohol, entre otros.

Quienes tengan hijos adolescentes, ánimo… Y que no se convierta en una época para sufrirla, sino únicamente para vivirla…

Fernando Bermejo.

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Quiero morirme

Muchas personas que se sienten profundamente tristes, vacías, desgraciadas y desesperanzadas ven en suicidarse la manera de “resolver” o “salir” de la situación en que se encuentran.

Algunas personas consideran el suicidio como la solución más fácil, ya que quitarse del medio es la forma más rápida y sencilla de acabar con el sufrimiento de un plumazo. Otras lo definen como una respuesta de cobardes, al considerar que es consecuencia de no verse capaz de enfrentarse a una situación adversa y buscar formas alternativas para salir adelante. Para otras, el suicidio es un acto que requiere una enorme fuerza y valentía, pues supone desprenderse de todo, incluida la propia vida.

Sea una u otra la forma de entender el suicidio, lo cierto es que a las personas que se encuentran en esta tesitura les envuelve un profundo sentimiento de tristeza, un profundo vacío y una profunda desesperanza, consecuencia de un trastorno mental que se caracteriza por un pensamiento distorsionado que les impiden ver la realidad de manera adecuada y sentirse capaces de buscar otras posibles soluciones al sufrimiento o a la situación que la persona percibe como abrumadora, ya sea el fallecimiento de un ser querido, aislamiento social, problemas familiares, conflictos interpersonales, dificultades académicas, una ruptura de pareja, enfermedades físicas graves, problemas económicos, etc.

Pero ante esto, nos podríamos preguntar qué es lo que hace que ante las mismas situaciones desestabilizadoras que pueden llevar a unas personas a decidir acabar con su vida, otras decidan enfrentarse a ellas y buscar otras soluciones alternativas al suicidio.

Son diversas las variables que pueden ayudarnos a hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas y crecer incluso ante ellas. Por ejemplo, es importante disponer de buenas relaciones con familiares cercanos, amistades y otras personas importantes en nuestra vida, aceptando su ayuda y apoyo.

Es conveniente que tengamos en cuenta que, aunque no se pueden evitar las situaciones adversas, se puede cambiar la manera de interpretarlas y reaccionar ante ellas, tratando de mirar más allá del momento presente y pensando que en el futuro las cosas mejorarán. Sin embargo, en ocasiones las dificultades vienen dadas por situaciones que no es posible cambiar. Aceptar que estos cambios son parte de la vida nos puede ayudar a centrarnos en aquello que sí podemos cambiar y a adaptarnos a las nuevas circunstancias.

Debemos desarrollar metas realistas, que por muy pequeñas que nos parezcan serán logros que nos servirán para el día de hoy y nos ayudarán a caminar en la dirección hacia la cual queremos ir, acercándonos a nuestras metas.

Es momento también de confiar más en uno mismo, mirando otros momentos en los que hemos salido adelante y tratando de considerar la situación desde una perspectiva más amplia.

No perdamos la esperanza, visualicemos lo que queremos conseguir en lugar de estar centrados en la preocupación o en la situación abrumadora actual, siendo conscientes de que la situación cambiará con el tiempo y la desesperación irá decreciendo.

Todo ello, sin dejar de interesarnos y participar en actividades que disfrutemos y encontremos relajantes, o que en algún momento disfrutamos de ellas, aunque ahora hayan perdido parte de ese poder gratificante.

Y tener presente que no son las diferentes situaciones adversas que van apareciendo a lo largo de nuestra vida las que nos llevan a dar el mal paso de necesitar apartarnos de la vida para dejar de sufrir, sino que es el modo de afrontar cada una de ellas, así como la desesperación del momento ante los sentimientos de tristeza, vacío y enfado con el mundo y con nosotros mismos, lo que hace que demos menos valor a la vida y veamos en perderla la “solución” a nuestros males.

Busca en cada una de las recomendaciones que te ofrecemos, cual puede ser tu ancla… Agárrate a la vida…

Fernando Bermejo.

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La separación y el divorcio: efectos en la pareja y en los hijos

Tanto la separación como el divorcio producen en la pareja una gran sensación de fracaso. Aunque al principio pueda aparecer cierta sensación de liberación por haber tomado la decisión o por haber decidido solucionar un problema que ya resultaba insoportable, pronto se presenta la duda, la sensación de haber fallado, la culpa, el desasosiego y un profundo sentimiento de pérdida. También el propio entorno se siente desorientado ante una situación de ruptura. Casi nadie sabe qué hacer ni qué es lo más conveniente. De este modo, podríamos decir que sus consecuencias negativas a corto plazo superan con creces a las positivas.

La separación y el divorcio suponen la ruptura de un equilibrio y conlleva el sufrimiento para la pareja. Constituyen acontecimientos vitales que generan un proceso de duelo, aunque pocas veces los dos cónyuges lo viven de forma parecida. Muchas veces uno vive la ruptura como un paso adelante y el otro como un paso atrás, pero para los dos es un proceso de pérdida que tendrán que superar y donde muchas emociones van a entremezclar. La rabia que se mezcla con la nostalgia y la pena inicial, para más tarde dejar paso a la melancolía, la desesperanza y el desamor. Y a todas éstas pueden añadirse otras como el odio, la rivalidad, los celos, la envidia y la necesidad o el deseo de controlar al otro.

El dolor por la separación o el divorcio no es solo para la pareja, ya que ocasiona también un importante sufrimiento a los hijos. Los cambios que siguen a la separación o el divorcio son muy estresantes para la mayoría de los hijos, aunque existen diversos factores que influyen notablemente en la adaptación a la nueva situación (el nivel de conflictividad entre los padres, la edad de los hijos en el momento de la separación o el divorcio, la calidad de la relación con el progenitor con el que viva, las nuevas parejas y relaciones de los padres, el sexo del hijo, etc.).

Los hijos que han vivido el divorcio de sus padres suelen manifestar un mayor número de problemas de comportamiento y psicológicos, más trastornos psicopatológicos, mayor desadaptación social y una disminución de los logros académicos. Al contrario, un factor que protege de estos efectos es que los padres mantengan sus funciones parentales de manera satisfactoria a pesar de su ruptura.

Para favorecer la adaptación de los hijos y reducir los efectos psicológicos en situaciones de separación o divorcio son necesarias varias tareas. Los niños deben reconocer y aceptar la ruptura, lo que implica entender qué quiere decir el divorcio y aceptar las realidades que conlleva. Es importante que puedan continuar con sus actividades cotidianas, a pesar de que el divorcio en muchos casos supone la pérdida de las rutinas familiares diarias y de la estabilidad hasta ahora conocida.

También son muchas las emociones a las que los hijos habrán de sobreponerse, entre ellas, el sentimiento de rechazo, humillación e impotencia que provoca la partida de un progenitor, o la rabia contra los padres y la autoculpabilización. A esto último contribuye que el divorcio representa una decisión voluntaria de al menos uno de los miembros de la pareja, lo que hace que los niños sean conscientes de que no es inevitable y entiendan que su causa verdadera es la falta de ganas o el fracaso de mantener el matrimonio. Por ello, los niños, e incluso los adolescentes, no creen que el divorcio no tenga culpables, culpando a uno o a los dos padres o a sí mismos, sobre todo los niños pequeños.

Otra tarea necesaria para los hijos es aceptar que el divorcio es definitivo, luchando con las esperanzas de restablecer la familia tal como estaba y con las fantasías de reconciliación. El hecho que ambos padres tengan cierto contacto y que el divorcio sea percibido como evitable, favorece y alimenta las fantasías de reconciliación.

En definitiva, a pesar del intenso dolor que puede sentir uno o los dos miembros de la pareja que se rompe, el dolor puede superarse si se asume la pérdida y se resuelve favorablemente el duelo que le sigue. Por otro lado, como decía antes, a este dolor se puede sumar el que los hijos experimentan, dolor que puede mitigarse si ambos padres siguen ejerciendo como tales a pesar de la ruptura, lo que contribuirá a que los hijos superen la separación de sus padres evitando problemas psicológicos.

Fernando Bermejo.

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