La importancia de la empatía

La habilidad para entender las necesidades, sentimientos y problemas de los demás, poniéndose en su lugar y responder correctamente a sus reacciones emocionales, se conoce como empatía.

La habilidad de experimentar emociones ajenas como si fuesen propias es la base de la empatía. Averiguar qué emociones alberga nuestro interlocutor, cuán fuertes son dichas emociones y qué las ha desencadenado puede parecer una labor de adivino, pero hay muchas personas que en un grado u otro pueden acometer esta tarea. No se trata sólo de ser simpáticos. Podemos invitar a alguien a tomar café, escuchar atentamente sus exposiciones y mostrarnos congruentes con su estado de ánimo, aliviando sus pesares o reforzando sus alegrías… Peros eso es sólo simpatía.

Si no entendemos las emociones que nuestro invitado expone hasta el punto de identificar su origen, no seremos capaces de cuadrar el círculo empático. La simpatía es un proceso puramente emocional, que tiene con la empatía la misma relación que puede tener un dibujo con el objeto que representa. La empatía involucra las emociones propias; sentimos lo que sienten los demás porque compartimos los mismos sentimientos; no captamos solamente la emoción ajena, la sentimos propia y la razonamos con nuestra propia razón. Incluye perspectivas, pensamientos, deseos o creencias que importamos de quien está sentado ante nosotros.

La mayoría de nosotros habla prestando más atención a las propias emociones que a lo que nos dicen las emociones de los demás; escuchamos pensando en lo que vamos a decir nosotros a continuación, o pensando en qué tipo de experiencias propias podemos aportar a la situación. Aprender a escuchar supone enfocar toda la atención hacia el otro cuando habla, dejar de pensar en lo que queremos decir o en lo que nosotros haríamos en su lugar. Las personas con gran capacidad de empatía son capaces de sincronizar su lenguaje no verbal al de su interlocutor. Son capaces de interpretar indicaciones no verbales por medio de cambios en los tonos de voz, gestos o movimientos que realizamos inconscientemente pero que proporcionan gran cantidad de información.

Sin embargo, conviene tener en cuenta que un exceso de empatía puede también suponer un problema. Una persona tremendamente empática vive expuesta a un complejo universo de información emocional, dolorosa y puede que intolerable, que los demás simplemente no perciben. Los muy empáticos triunfan en labores de enseñanza, asistencia sanitaria o ventas, pero también deben hacer frente a una constante fuente de estrés.

Fernando Bermejo.

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Cuando los hijos se van de casa

Es ley de vida: un día los hijos se independizan y dejan el hogar familiar. Los padres que han dedicado todas sus energías a su cuidado son más proclives a padecer el síndrome del nido vacío, un problema que se puede prevenir y superar. Los sentimientos de soledad, tristeza y vacío que origina no duran para siempre si se siguen los pasos adecuados.

Este sentimiento de malestar y soledad nace en los padres cuando uno o más hijos se van de casa, ya sea para ir a estudiar a la universidad o para emanciparse. Afecta a quienes tienen hijos u otras personas a su cargo pero, sobre todo, a madres. Las personas que lo padecen suelen ser dependientes, han dedicado toda su vida a los hijos, se ven a sí mismas sin ningún objetivo, obligación o utilidad una vez que los hijos abandonan el hogar; tienen pocas aficiones y, por norma general, no trabajan fuera de casa.

Los sentimientos que afloran son varios: se sienten solos, tristes, inútiles, angustiados y con cierto nivel de ansiedad. Pueden, incluso, padecer trastornos del sueño, como insomnio o frecuentes despertares nocturnos. Su autoestima se puede ver afectada y, en algunos casos, desarrollan síntomas asociados a la depresión, como la fatiga o la falta de concentración. Aunque las principales señales son psicológicas, también pueden experimentar dolores de estómago, dificultades en la digestión o dolores de espalda.

Afecta más cuanto mayor es la sensación de soledad, lo que implica que la permanencia de un hijo o más en el hogar familiar puede aliviar un tanto los síntomas. No obstante, estos no son más acusados si se van más hijos, o menos si se queda alguno en casa, sino que depende del vínculo y dedicación que los padres hayan tenido con cada uno de ellos. Puede que esos lazos y entrega hayan sido muy estrechos con sólo uno de ellos. En ese caso, aunque quede uno o más hijos en casa, la persona puede padecer los mismos síntomas si el que se va es el que se había protegido más. En cambio, los que han sido más independientes durante años, no dejan tras de sí tantos síntomas del síndrome.

¿Se puede evitar el dolor que genera la ausencia de los hijos? Es aconsejable que los padres se preparen para la nueva etapa mientras los hijos aún vivan en el hogar familiar. Esta preparación consiste en ampliar su red social o número de personas que uno tiene a su alrededor, así como la calidad de sus relaciones. También aumentar el número de actividades de ocio y aficiones contribuye a prevenir el síndrome.

Por tanto, son varias las medidas que conviene tomar: ocupar el tiempo que antes se dedicaba a los hijos en actividades de ocio y tiempo libre que resulten agradables; reavivar la vida de pareja y aprovechar esa soledad para recuperar la intimidad y el diálogo que quizás no se podía tener cuando los hijos estaban aún en casa; transformar esta situación en una oportunidad para hacer cosas que no se habían podido hacer; y sobre todo, aceptar la nueva situación, tomando una clara conciencia de que la relación con los hijos cambia, no termina.

Fernando Bermejo.

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¿Necesito un psicólogo?

¿Cuándo acudir a un psicólogo?, ¿me podría ayudar ir a un psicólogo?, ¿necesito la ayuda de un psicólogo?. Estas y otras preguntas similares son frecuentes cuando nos planteamos solicitar la ayuda de un profesional y, desgraciadamente, suelen aparecer a consecuencia de estar sufriendo un importante malestar psicológico, en muchos casos desde hace bastante tiempo.

Sin embargo, no dudamos tanto el pedir ayuda cuando estamos ante otras dificultades y contrariedades que se nos presentan en nuestra vida cotidiana, donde nos vemos obligados a tomar decisiones con prontitud. Pensemos en nuestra propia casa, cuando observamos una grieta, una humedad, un radiador que gotea o un problema eléctrico. Solemos actuar con celeridad ya que identificamos claramente el problema, y sabemos claramente hasta qué punto nuestros propios recursos son suficientes para resolverlo. Raramente permanece en el tiempo la pregunta: ¿llamo a un electricista? o ¿llamo al fontanero para que me revise la instalación?.

Pero no hacemos esto mismo con nuestra salud psicológica, lo que tiene que ver evidentemente con su mayor complejidad y con el intento que solemos hacer de resolver nuestros problemas nosotros mismos, convivir con ellos o esperar que desaparezcan por sí solos, o lo que es peor, soportarlos creyendo que necesariamente son parte de la vida misma. Algo es cierto, los problemas, las dificultades y el malestar psicológico son parte de la vida, como lo son las piedras que nos encontramos en un camino y nos hacen tropezar e incluso caer, pero no lo es creer que no podemos hacer nada al respecto, ya sea por nosotros mismos o contando con la ayuda de un psicólogo, ayuda que muchas veces llega cuando llevamos tiempo y tiempo soportando moratones y magulladuras, si no en el suelo sin levantarnos.

Nos cuesta reconocer que necesitamos ayuda. ¡Déjame, que yo puedo solo!, es otra de nuestras expresiones favoritas aún cuando demos muestras de que no es así y nosotros mismos estemos siendo conscientes. Puede ser impidiendo que nos ayuden a coger una caja, aún cuando a duras penas podemos levantarla de suelo, o cualquier otra situación ante la que tras diversos intentos fracasados seguimos diciendo, ¡déjame, que yo puedo! Creemos que los servicios de un psicólogo no son para nosotros. Inclusive existe, aunque cada vez menos, la idea de que el psicólogo es para cuando se está “loco”. El hecho de enfrentar los problemas y decidir consultar con un psicólogo ya denota un cambio de actitud y el buen comienzo en el camino de la recuperación, en caso de existir un trastorno o, simplemente, un intento de superar nuestras dificultades y fomentar nuestro crecimiento personal.

Entonces, ¿como saber si necesito consultar con un psicólogo?. Esta pregunta se resuelve tomando la temperatura a nuestro malestar. Si nos sentimos mal física, mental y/o emocionalmente, sin causas aparentes, llevamos un tiempo en esta situación y no podemos hacer frente a ella en solitario, entonces es un buen momento para consultar con un psicólogo. Cuando en nuestro vocabulario empiezan a instalarse expresiones como “no aguanto más”, “no puedo soportarlo” o “no sé qué hacer”, o ya no son frecuentes los momentos de calma, alegría y disfrute, y predominan más bien la tristeza, la angustia, el estrés, la amargura, la ira, el rencor, la insatisfacción, el desasosiego, la ansiedad, el miedo, la desesperanza… En definitiva, cuando hemos dejado de ser quienes éramos, y ni nuestros comportamientos, pensamientos ni emociones son los que eran. O si simplemente nos sentimos mal y eso nos afecta o afecta seriamente a las personas con las que nos relacionamos. Entonces es recomendable consultar con un especialista, con un psicólogo clínico.

Fernando Bermejo.

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Nuestros propósitos para el nuevo año

Con el inicio de cada año nos solemos proponer cambios en nuestra vida con la buena intención de sentirnos mejor con uno mismo. Con propositos, que no son lo mismo que la expresión de un deseo, nos referimos a metas que planeamos, a intenciones firmes cuya realización dependerá exclusivamente de nuestro empeño y acción al respecto.El principio de año suele ser propicio para que nos planteemos estas metas debido a que con el cambio de año y la vuelta de vacaciones, que supone el regreso a la rutina tras un periodo en el que hemos dado rienda suelta a lo que nos apetecía, sin exigirnos demasiado, llega el momento de pensar qué queremos ser y qué tenemos que hacer para conseguirlo.

Cuando hagamos nuestros propósitos para el año entrante, debemos hacerlo con confianza, esperanza y determinación. Debemos proponernos realizar aquello que en verdad estemos dispuestos a buscar y a esforzarnos para conseguirlo. No se trata de elaborar una lista interminable de metas, sino más bien de elegir tan sólo unos pocos, aquellos que nos sean de verdad deseados, necesarios y beneficiosos.

Los propósitos pueden ser formulados mediante alguno de los tradicionales rituales, como poner fecha, escribirlos en un papel, comunicarlos a nuestros allegados o comprometernos públicamente. O también pueden plantearse de manera íntima y personal, tan sólo pensando en ellos, con determinación, y visualizando la manera de convertirlos en realidad. Existen muchos tópicos entre los propósitos para el año nuevo que se repiten, no sólo año tras año sino también entre todas las personas, como perder peso, comer mejor, ir al gimnasio, dejar de fumar, tener una vida menos sedentaria, encontrar tiempo para realizar alguna actividad de ocio, quedar más con los amigos, mejorar el aspecto físico, dedicar más tiempo a la familia, trabajar menos horas, tener un hijo, etc. Todos estos propósitos son como contratos que firmamos con nosotros mismos y con nuestro bienestar.

Sin embargo, muchas veces estos propósitos se quedan tan solo en buenas intenciones, si los hacemos de una forma poco reflexiva al estar centrados en lo que nos gustaría ser o hacer, pero sin pensar demasiado si estos cambios se ajustan a nuestras posibilidades reales de conseguir los cambios que nos proponemos, o cuando los objetivos son variados o la elección estuvo guiada por el deseo de ajustarse a un ideal que poco tiene que ver con uno mismo. De modo que aunque es positivo plantearse objetivos e intentar crecer como personas, esto se puede volver en contra cuando nos proponemos cambios inalcanzables o que una vez alcanzados, dejan de tener valor para nosotros, ya que esto conducirá a la insatisfacción y a la sensación de fracaso.

Por tanto, cuando nos planteemos cambios para el año que comienza, conviene reflexionar seriamente en lo que de verdad deseamos alcanzar, ser realista y no proponernos algo que se escapa de nuestro alcance; encontrar satisfacción en el camino que lleve a alcanzar el objetivo y no que esta satisfacción provenga únicamente de su consecución, lo que nos llevaría a abandonar prematuramente; procurar que los cambios se conviertan en parte de un nuevo estilo de vida en lugar de que tengan un principio y un fin; y sobre todo, tener en cuenta que por muchos propósitos que nos hagamos, es muy posible que no lleguemos a ese “ideal”, y que un buen objetivo a incluir entre los propósitos del año nuevo es que aunque deseemos ciertos cambios y nos comprometamos para conseguirlos, intentemos querernos más, ser menos críticos con nosotros mismos, y fijarnos y valorar más como somos que lo que deseamos ser.

Feliz 2019.

Fernando Bermejo.

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Llega la Navidad

Cuando pensamos en la Navidad, solemos asociar este periodo a momentos que tienen que ser de alegría, disfrute y buenos propósitos, también de reconciliación y estar acompañado, compartiendo momentos y emociones. Sin embargo, en muchas ocasiones ocurre más bien al contrario, y para muchas personas se convierte en un tiempo que temen y desean que pase cuanto antes mejor al representar para ellos tristeza, nostalgia, soledad, tensión, angustia, ansiedad, conflictos familiares, y en definitiva, malestar o incomodidad. Este malestar puede aparecer por diversos motivos: la Navidad puede hacer más visible el dolor por la ausencia de un ser querido que ha muerto o se encuentra lejos, la nostalgia de Navidades pasadas, el incumplimiento de las expectativas creadas e ilusiones puestas en torno a estas fiestas, se hace mucho más patente la soledad en personas con un entorno social y/o familiar escaso o deteriorado, el marcado carácter consumista de esta época en caso de estar asociado a una posible falta de recursos económicos, o la falsa creencia, muy extendida y potenciada por los medios de comunicación, de que en estos días todos tenemos que estar alegres y felices, cuando muchas veces nada de esto tiene que ver con la realidad de muchas personas con problemas económicos, personales, laborales o de pareja.

Por otro lado, son fechas que nos obligan a relacionarnos con familiares con los que no tenemos mucho contacto o cuya compañía no nos es grata, o que facilitan que salgan a relucir los trapos sucios que nos hemos ido guardando, pero que tras una buena comida, y más si la hemos regado con un buen, o mejor dicho, con mucho vino, lleva a que una celebración termine convirtiéndose en una batalla.

Y son fechas en las que también son numerosos los conflictos que surgen dentro de la propia familia o se hacen más visibles. Se trata de conflictos que quizás estén presentes durante el resto del año, pero que pasan más desapercibidos o se les da menos importancia, mientras que se viven más intensamente en Navidad; o aquéllos que surgen de las situaciones propias de este periodo, como decidir el lugar donde juntarse para comer y cenar, el menú a elegir, los regalos que comprar, etc.; o los conflictos que aparecen al ser un periodo en que las familias disponen de mayor tiempo para estar juntos, cuando en el resto del año las ocupaciones de cada uno hace que el contacto entre ellos sea más escaso.

En definitiva, la Navidad es para muchas personas algo distinto a turrones, belenes, regalos, celebraciones, deseos de felicidad y oportunidades para relacionarse y compartir con los demás. Pensemos también en ellos, e intentemos ayudarles a recorrer este periodo no solo deseándoles una Feliz Navidad, sino preguntando y comprendiendo cómo se sienten, y haciendo que sea más feliz “su” Navidad.

Fernando Bermejo.

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El abuso de las nuevas tecnologías

El uso de las nuevas tecnologías facilita el día a día de gran parte de las personas y difícilmente nos podemos ya imaginar un mundo sin ellas. Ordenadores, videoconsolas, móviles, Internet… nos permiten comunicarnos mejor, obtener muchísima información o entretenernos sin necesidad de salir de casa.

Sin embargo, se estima que una de cada cuatro personas sufre un problema relacionado con el abuso de las nuevas tecnologías, por lo que también pueden suponer un riesgo para la salud. En este sentido, las nuevas tecnologías que más problemas dan son, sobre todo, el móvil, las videoconsolas e Internet. Y como parte de este último, al igual que en otro tipo de adicciones, puede aparecer la dependencia a las redes sociales, al correo electrónico, a chatear, a la compra online, etc.

Determinar o no la presencia de una adicción a las nuevas tecnologías es más bien una cuestión de grado. Sería un problema cuando su uso repercute de manera negativa en la vida de una persona y se llega a descuidar las obligaciones laborales y familiares, o se entra en una espiral de aislamiento, abandono de las aficiones u otras actividades propias del tiempo libre, descenso del rendimiento académico o laboral, gasto incontrolado, depresión y ansiedad.

Sin embargo, no todas las personas tienen el mismo riesgo de padecer una adicción de este tipo ya que algunos rasgos de personalidad o estados emocionales que pueden aumentar la vulnerabilidad a sufrir la adicción. Se trataría de personas con ciertos niveles de impulsividad, cambios de humor, baja tolerancia a la frustración, falta de habilidades sociales, dificultad para enfrentarse a problemas y para encontrar soluciones, dependencia emocional o baja autoestima. Y como son numerosas las personas que no buscan ayuda para abordar estos problemas, la adicción puede actuar como una válvula de escape a través de la cual se busque sentirse bien, aunque esta sea sólo una “solución” que sirva durante poco tiempo.

En cuanto a su tratamiento, para tratar este tipo de adicciones nos encontramos con una dificultad que las hace diferentes a adicciones como el alcohol o las drogas. En este último caso, el objetivo es la abstinencia, mientras que este objetivo es inviable para algunas adicciones a las nuevas tecnologías, porque Internet o el móvil son imprescindibles para trabajar o comunicarse. Así pues, las personas adictas deben aprender a vivir con las nuevas tecnologías de una forma más sana.

Pero esto último, convivir con las nuevas tecnologías de una forma sana, no solo es aplicable a las personas para quienes las nuevas tecnologías ya se han convertido en un problema, sino que es una recomendación que vale para todos. Es cierto que las nuevas tecnologías nos han cambiado la vida, pero tenemos también que ser conscientes de sus riesgos y de que su uso ha de corresponderse con nuestras verdaderas necesidades. Y deben servir para facilitar, completar o potenciar los ámbitos en los que nos movemos, pero no para sustituirlos ni enmascarar las dificultades que tengamos en ellos.

Fernando Bermejo.

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La utilidad del mindfulness

Mindfulness es un término que no tiene traducción al castellano, aunque a veces lo encontramos como atención o conciencia plena. Con independencia del término que se utilice, consiste en centrarse en el momento presente, en el aquí y el ahora, de forma activa y reflexiva, siendo consciente de lo que se está haciendo, sintiendo o pensando. Constituye una experiencia en la que se trata de prestar atención y observar sin emitir juicios, aceptando dicha experiencia tal como se produce. En definitiva, una atención y conciencia ausente de crítica, abierta y no valorativa.

Como decíamos, el mindfulness implica centrarse en el momento actual, sentir las cosas tal como ocurren, sin pretender su control, aceptando las experiencias, sentimientos y sensaciones tal como suceden. También requiere la apertura a la experiencia y los hechos, a los aspectos perceptivos y emocionales por encima de su interpretación, sin dejarse llevar por la multitud de pensamientos que asaltan la mente, y evitando que tales pensamientos deformen lo que se ve y se siente, que interfieran o sustituyan lo real, falsificando o encorsetando la experiencia en base a los esquemas del pensamiento.

Otro aspecto novedoso que incluye el mindfulness es la aceptación, sin emitir juicios ni análisis, de la experiencia. Es decir, prestar atención y aceptar la experiencia sin realizar ninguna valoración, como algo natural y normal, con independencia de su valor positivo o negativo, de su agrado o desagrado. Sin rechazar el malestar psicológico, sin intentar controlarlo ni reducirlo. Y decimos que esto es novedoso al alejarse de la pretensión inicial de quien busca ayuda psicológica: evitar o eliminar el malestar y huir de aquello que lo provoca.

Con el mindfulness no se pretende el control directo de las sensaciones ni emociones, sino experimentarlas tal como ocurren. Es decir, no se busca controlar o reducir el malestar, el miedo, la ira o la ansiedad, sino que al experimentarlos, puedan actuar los mecanismos de regulación emocional y fisiológica, pero de un modo indirecto. Esto es también novedoso respecto a las estrategias psicológicas habitualmente utilizadas que pretenden el control de la ansiedad o de la ira, la eliminación los pensamientos negativos, el control de la excitación sexual, la reducción de la activación, controlar las sensaciones fisiológicas desagradables, etc.

En cuanto a su utilidad, en la actualidad muchos psicólogos clínicos están mostrando su interés por las técnicas mindfulness, que han sido integradas en el tratamiento de una gran variedad de trastornos psicológicos. Actualmente existen programas diseñados para varias aplicaciones que incluyen el mindfulness como un conjunto de habilidades que pueden ser aprendidas y practicadas para reducir los problemas psicológicos e incrementar la salud y el bienestar. Entre ellos, trastornos de ansiedad, depresión, trastornos de la alimentación, estrés relacionado con el cáncer, dolor crónico, etc.

En definitiva, esta es una muestra más de cómo los tratamientos psicológicos se pueden enriquecer de nuevas estrategias de intervención. Pero previamente, dichas estrategias tienen que ser investigadas y conocidas, no sólo entre los profesionales sino entre la población general. Este es el objetivo de estas líneas, contribuir a que las personas que soliciten ayuda psicológica conozcan mejor las posibilidades y utilidad de esta técnica.

Fernando Bermejo.

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Qué hacer ante la soledad

Nos sentimos solos cuando no tenemos comunicación con otras personas o cuando percibidos que nuestras relaciones sociales no son satisfactorias.

Los seres humanos necesitamos gente a nuestro alrededor. Aunque haya personas que buscan y disfrutan de la soledad, la mayoría de nosotros estamos más felices y nos sentimos más seguros viviendo en compañía. Somos seres sociales que necesitamos de los demás para hacernos a nosotros mismos. Y no sólo para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo personal, sino también para afianzar y revalidar nuestra autoestima y confianza en nosotros mismos, ya que éstas se generan cada día en la interrelación con las personas que nos rodean.

La soledad, salvo excepciones, es una experiencia indeseada que puede llevar a sentimientos de depresión y ansiedad. No significa necesariamente que la persona esté aislada socialmente, sino que refleja una percepción subjetiva de la persona respecto a sus relaciones sociales, bien porque esta red es escasa o porque la relación es insatisfactoria o demasiado superficial. La soledad puede ser consecuencia de la ausencia de una relación intensa e íntima con otra persona que nos produzca satisfacción y seguridad o consecuencia de la no pertenencia a un grupo donde se compartan intereses y preocupaciones.

Cuando carecemos de la habilidad suficiente para relacionarnos de manera eficiente, es decir, son deficitarias nuestras habilidades sociales, aumenta la probabilidad de que nos quedemos solos ya que las relaciones que mantenemos son de menor calidad y más forzadas. También podemos apartarnos de los demás si pensamos que no somos personas dignas de ser apreciadas o somos especialmente sensibles a un posible rechazo de los demás.

La soledad también está asociada a la pérdida de relaciones con personas significativas que se produce habitualmente en la vida de los individuos lo que, dependiendo del tipo de pérdida, puede conducir a estados de tristeza, rabia, desamor y negatividad. Por ejemplo, ante una separación en la pareja o el fallecimiento de un ser querido, desaparece de nuestra vida alguien a quien hemos amado o que ocupaba un espacio estelar en nuestra cotidianeidad, por lo que nos puede invadir una notable sensación de soledad y un vacío ante una situación en la que nos vemos perdidos y sin la referencia en la que antes podíamos estar apoyándonos en el día a día.

También existe la soledad de quien apenas habla más que con su familia más cercana o sus compañeros de trabajo. Muchas veces somos incapaces de intimar con quienes nos rodean, o tememos abrirnos y que nos hagan daño o nos rechacen. Si la soledad es deseada nada hay que objetar, aunque la situación entraña peligro: el ser humano es social por naturaleza y una red de amigos con la que compartir aficiones, preocupaciones y anhelos es un bien que no tiene precio. Sin embargo, cuando la soledad no es deseada, pueden convertirse en angustia, tristeza o depresión.

En diversas ocasiones de la vida puede que esta sensación esté más presente, a veces por lo cambiante de las circunstancias, lo que significa que también puede entenderse como algo transitorio y no necesariamente traumática. No obstante, conviene mirar hacia sí mismo y reflexionar sobre el tipo y las causas de la soledad que estamos sufriendo (si se debe a una pérdida que hemos de superar, si nuestro círculo social es muy reducido o si carecemos de las habilidades sociales necesarias para interaccionar satisfactoriamente con los demás, entre otras), dejar aparte la timidez e intentar tomar la iniciativa de establecer nuevas relaciones que puedan satisfacernos, luchar contra el miedo al rechazo y a las insatisfacciones que provoca lo que a veces son expectativas que no se cumplen o esfuerzos que no se ven correspondidos, y evitar mensajes que nos llevan a desconfiar de las intenciones de los demás. En definitiva, adoptar una postura distinta, arriesgándose a abrirse a los demás, o aprendiendo las habilidades sociales que permitan unas relaciones amplias e íntimas que le sirvan para mitigar la soledad y sentar las bases para que esta sensación sea menos probable en un futuro.

Fernando Bermejo.

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Los celos no son amor

Los celos, como cualquier otro tipo de sentimientos, ya sea el amor, el odio, el deseo o el rencor, son emociones naturales que todos experimentamos en algún momento de nuestras vidas. De este modo, se pueden tener celos de cualquier persona, sea pareja, alguien de la familia, algún amigo o amiga, compañeros de trabajo, etc. Los celos no son un patrimonio ni de hombres ni de mujeres, ya que ambos los sentimos, o más bien los sufrimos, y a cualquier edad. Una sus principales características es que se perciben de forma subjetiva, por eso ante la misma situación no todos reaccionamos por igual. Y aunque, como decía antes, son emociones naturales, el problema comienza cuando controlan nuestra vida, nos perturban y deterioran nuestra relación ya sea de pareja, familiar o de amistad.

Conviene aclarar respecto a los celos que no cualquier persona es proclive a sentir celos. La persona celosa suele ser insegura y tener una autoestima muy baja, de ahí que dude de la persona querida que tiene a su lado y le cueste creer que otro pueda estar interesado en él o ella y que le quieran.

Esta inseguridad le lleva a desconfiar totalmente de su pareja, o del ser querido. Se va cuestionando cosas y poco a poco desconfía absolutamente de todo lo que dice y hace, esto le lleva a necesitar un control total sobre la otra persona, comenzando a realizarle miles de preguntas para intentar pillarla en alguna contradicción, aunque teniendo en cuenta que con el acoso al que someten es fácil cometer algún error, pero no por mentir sino porque la ansiedad que genera esa situación hace que ya no se sepa lo que decir.

Cuando comienzan los celos a convertirse en obsesión, la persona celosa se deja llevar por su imaginación e incluso puede acusar a su pareja de cosas que no son ciertas y que ni siquiera puede demostrar. Simplemente empiezan a aparecer pensamientos, normalmente negativos y referentes a un supuesto engaño, y llega a considerarlos ciertos sin que nadie pueda convencerle de lo contrario. Vive con un sentimiento continuo de temor a ser engañado o de que aparezca una tercera persona que sea la causante de su abandono, cuando el problema ha surgido y se alimenta de su propia inseguridad y obsesión, sin base en la realidad.

A veces las personas que tienen celos no necesariamente los han tenido desde siempre, ya que pueden haber sido provocados por anteriores relaciones donde hayan sido abandonados o engañados, y esto les ha hecho desarrollar esa desconfianza y estar permanentemente vigilantes. En otras ocasiones los celos pueden venir del temor a estar solo; esta soledad origina una angustia enorme y aparece el temor de perder a la otra persona. El darse cuenta de que no se es indispensable es algo difícil de llevar, pero esto acompañado de la soledad que implica puede llegar a resultar horrible. Uno de los problemas de las personas celosas es que su inseguridad les lleva a pedir a su pareja que lo quiera de modo incondicional, piden una y otra vez que se les apruebe y reafirme, algo que es difícil de mantener de forma continuada.

Aunque parezca lo contrario, los celos no son amor, sino más bien un conjunto de sentimientos como inseguridad, posesividad, dependencia emocional, falta de autoestima, necesidad de controlar a la otra persona, miedo a la soledad, etc. Y todos estos sentimientos se alejan mucho del amor. Cómo se puede decir que una persona que coarta la libertad de otra, que desconfía sin motivo real, hasta el punto de que todo lo que observe o le digan sirve para sospechar y crear ideas que se apartan de la realidad, actúa en base al amor. Cuando esto es así, lo único que hace es provocarse un gran daño a sí mismo y a la persona que se supone que ama, generándole impotencia y malestar.

Las personas no pertenecen a nadie, todos somos seres individuales y nadie tiene el derecho de ser el dueño de nadie. No se puede obligar a nadie a dar explicaciones de qué hace, dónde está o con quién, sino que hay que tener la suficiente confianza para no dudar y esperar a que la otra persona nos cuente sus cosas, aunque cuando los celos rondan cerca, probablemente dé igual lo que nuestra pareja nos cuente porque siempre estará la duda de si nos estará mintiendo. Todo esto lleva a un círculo vicioso, porque cuanto más se persigue, agobia y más deseos de control tiene la persona celosa, más querrá separarse de su lado la persona amada. Así que, tenga en cuenta que o pone remedio a sus celos, o en lugar de mantener cerca a la persona que quiere, va a terminar por perderla irremediablemente.

Fernando Bermejo.

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La fiesta de Halloween: una forma de enfrentarnos a nuestros miedos más primitivos

La fiesta de Halloween, aparte de su carácter lúdico, es también una forma de enfrentarnos a los miedos más ancestrales del hombre, como la muerte o los espíritus que vuelven al mundo de los vivos, burlándonos de todo ello durante una noche y convirtiéndolo en una diversión macabra. Este es el secreto del éxito de Halloween, que nos permite entrar en contacto con nuestros miedos y, de forma controlada, burlarnos y reírnos de ellos. Todo esto, ridiculizar a la muerte y reírse de los miedos humanos, es positivo. Además, experimentar miedo es a veces muy divertido y es una sensación que resulta muy estimulante para muchas personas. Si no, difícil explicación tendría el gusto que muchas personas tienen por las películas de terror.

Sin embargo, la vivencia de esta celebración puede ser bien distinta para unos y otros. En el caso de los niños, Halloween siempre se ha relacionado con grupos de niños que, ataviados con los disfraces más terroríficos, van de casa en casa pidiendo que les den dulces y caramelos. Sin embargo, a algunos niños Halloween les despierta otras sensaciones bien distintas, ya que los disfraces típicos de esta celebración (fantasmas, vampiros, esqueletos o brujas), les provocan un miedo tan intenso que, en los casos más extremos, puede llevar a provocarles una fobia severa.

Incluso existen datos que indican que alrededor de un 1% de los niños tienen fobia a los disfraces, y no solo a los más terroríficos. Aunque el miedo a los disfraces es una respuesta que en mayor o menor medida la mayoría de los niños han experimentado en algún momento, a veces el problema se agrava. En estos casos, los niños con fobia a los disfraces suelen negarse a acudir a celebraciones o eventos dónde haya personas disfrazadas, lo que puede interferir de manera importante en la vida social de estos niños.

Para los adultos, aunque la festividad de Halloween puede verse como una buena oportunidad para disfrutar con la familia y los amigos, también hay personas que sufren una verdadera fobia a Halloween, y a todos aquellos elementos relacionados con esa noche de terror: la oscuridad, la sangre, la muerte, los cementerios, los espíritus, el más allá… Esto nos enseña que lo que para muchas personas es divertido, para otras puede implicar situaciones en la que se sientan verdaderamente incómodas.

De modo que tengamos en cuenta las sensaciones tan distintas que Halloween puede despertar, y tomemos la versión más lúdica de esta celebración. Aprovechemos también la oportunidad que nos ofrece de acercarnos a aquello que nos causa tanto desasosiego, e incluso, angustia o terror, como la muerte, las tinieblas, la oscuridad, los espíritus que vuelven a la vida… En definitiva, con miedos que van inexorablemente unidos al hombre y que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.

Fernando Bermejo.

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