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El perfeccionismo en los niños

Hay niños que se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas. A estos niños les resulta fácil caer en la frustración, y les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan cuando pintan un dibujo, que están tensos si no van vestidos de forma correcta o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo psicológico que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. En los niños excesivamente perfeccionistas existen conductas típicas que pueden ayudar a distinguirlos. La más evidente es que son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, estos niños tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Este perfeccionismo suele tener su origen en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el pequeño afectado siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. Sin embargo, algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño «huye» de ellos al refugiarse en esta tendencia. Para ayudar a un niño perfeccionista se le debe valorar, aunque no haya logrado el resultado deseado en una actividad, y transmitirles la idea de que no hay por qué aspirar a hacer las cosas perfectas sino hacerlas lo mejor posible y con el mayor empeño que uno ha podido poner para sentirse satisfecho con uno mismo.

Fernando Bermejo.

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Tengo ataques de pánico

¿Has tenido alguna vez una crisis de ansiedad?, ¿sabes qué es un ataque de pánico?, ¿alguna vez has sentido tu corazón ir tan deprisa que parecía que quería salirse del pecho?. Si alguna vez te ha sucedido esto, sabrás que entonces respirar se hace muy difícil, la sensación de ahogo es cada vez más acuciante y en muchas ocasiones nos lleva a pensar que nos estamos muriendo.

Lo que se siente en un ataque de pánico es un miedo muy grande a la muerte y/o a la locura, unido a otros síntomas como dolor en el pecho, taquicardia, respiración entrecortada, sensación de ahogo, mareo, escalofríos, sudores, temblores o sacudidas, hormigueos en piernas y brazos, confusión y pérdida de la noción de la realidad. Estos ataques duran apenas unos minutos, pero los síntomas son tan acusados que causan un impacto y sufrimiento enorme.  Todas estas sensaciones físicas y todos los pensamientos de muerte y de pérdida de control que las acompañan suceden a gran velocidad, y en pocos segundos se pasa de estar bien a sentir que te estás muriendo.

Las causas de los ataques de pánico pueden ser muy variadas: posibles factores estresantes (divorcio o separación, estrés laboral, muerte o enfermedad de una persona allegada, enfermedades importantes, problemas económicos…), ansiedad tónica elevada, susceptibilidad a la ansiedad, nivel elevado de actividad, problemas médicos (cardiovasculares, endocrinos, neurológicos…), ejercicio, fatiga,  falta de sueño, ciertos medicamentos, etc. En otros casos son consecuencia del consumo excesivo de cafeína, nicotina, marihuna, cocaína, anfetaminas o estimulantes; abuso de alcohol o de alucinógenos, etc.

Es un trastorno mucho más frecuente de lo que se cree, que interfiere notablemente en la vida de las personas que lo padecen. En cuanto al tratamiento, sus objetivos están dirigidos a eliminar o reducir las conductas de evitación de las situaciones relacionadas con el pánico, los pensamientos catastróficos, los ataques de pánico, la preocupación por ataques de pánico futuros, el miedo y evitación de sensaciones fisiológicas, etc. Afortunadamente, existen en la actualidad tratamientos que han demostrado su eficacia en diversos estudios clínicos, mostrando unas elevadas tasas de recuperación. Esto sitúa al trastorno de pánico en una patología cuyo pronóstico, siempre y cuando se reciba el tratamiento adecuado, es uno de los más favorables entre los trastornos psicológicos.

En cuanto al tratamiento, se suelen utilizar la respiración diafragmática, técnicas de distracción, reestructuración cognitiva (para que la persona aprenda a identificar y cuestionar los pensamientos negativos y realizar atribuciones más objetivas sobre sus sensaciones fisiológicas), técnicas de decatastrofización (para cambiar la interpretación catastrofista que se suele hacer de las respuestas de ansiedad o de las situaciones que las provocan), exposición controlada a los estímulos externos o internos que provocan los ataques de pánico, exposición y prevención de respuesta (para neutralizar las conductas que evitan la ansiedad o permiten que se escape de ella), etc.

Fernando Bermejo.

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Cuando el perfeccionismo se torna en una obsesión

Muchos niños se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas, a quienes les resulta fácil caer en la frustración, que les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos.

Niños que cogen una rabieta si se equivocan o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. Una definición ampliamente aceptada lo define como un conjunto de creencias muy exigentes acerca de lo que las personas consideran que deben llegar a ser.

Sin embargo, también existen personas con un perfeccionismo que podríamos entender como sano, las cuales se caracterizan por unas metas elevadas, pero razonables y alcanzables, tienen altas expectativas de sí mismos y los demás y, aunque esto los vuelve exigentes, no los hace hostiles ni extremadamente críticos.

Un criterio para pensar que un niño puede ser perfeccionista en exceso es analizar si siente rabia al hacer muy bien -pero no de forma perfecta- una tarea. Otro es que los niños excesivamente perfeccionistas son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, los afectados tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros.

Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena.

Algunas explicaciones sobre cómo se desarrolla el perfeccionismo, señalan que estos niños suelen vivir en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el niño siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. No obstante, hay quienes señalan que algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño «huye» de ellos al refugiarse en esta tendencia. En todo caso, la mayoría de los especialistas coinciden en que está directamente relacionado con una baja autoestima y una necesidad apremiante de sentirse querido al hacer las cosas tan perfectas como pueda.

Para ayudar a estos niños, hay que animarles aunque no hayan logrado el resultado deseado en una actividad. Cuando tengan una rabieta porque no han hecho de forma perfecta una tarea cotidiana, hay que transmitirles la idea de que no es necesario que se enfaden tanto aunque entendemos su sufrimiento. Y tener en cuenta que los mejores momentos para explicarles que no hay por qué aspirar al perfeccionismo es cuando están tranquilos, justo después de la rabieta o el disgusto, y no en plena crisis emocional.

Fernando Bermejo.

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Los niños necesitan límites

Una de las grandes dudas de padres y madres en la educación de sus hijos e hijas es referente a los límites que deben imponerles en sus actitudes y comportamientos. ¿Cuándo hay que recriminar, advertir o castigar a un niño? ¿Cómo podemos guiar a nuestros hijos sin generar tensiones innecesarias? Las preguntas son muchas y no existe una respuesta inequívoca. Un primer paso para afrontar estas dificultades consiste en tomar conciencia de que no es beneficioso, para pequeños ni para adultos, proteger y excusar por sistema la actitud de los hijos e hijas.

Las consecuencias de la permisividad y la sobreprotección pueden ser muy negativas. Hay quienes aseguran que la experiencia familiar de los padres de hoy ha influido de forma notable. Hace veinte años, adultos que recibieron una educación familiar estricta se estrenaron en la tarea de ser padre o madre, convencidos de que había que superar el autoritarismo que habían sufrido. Eso empujó a muchos de ellos a dejar hacer, a no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas psicológicos, a no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros.

En la educación de un hijo no se pueden evadir las normas ni la disciplina. Un niño aprende que cuando su madre o su padre dicen que no, esa decisión es inamovible. La frustración que le generará es inevitable, pero debe aprender a tolerarla y convivir con ella porque las normas son precisamente las que le dan seguridad y le enseñan a confiar en un criterio sólido.

Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar («eres un tonto», «eres malo»…), sino marcar el problema («eso que haces o eso que dices está mal»). Conviene dar razones, pero no excederse en la explicación. Los sermones no sirven de mucho. Los niños responden a los hechos, no a las palabras. Un gesto de firmeza y serenidad, acompañado de pocas palabras será más efectivo que un discurso.

A los padres nos cuesta poner límites porque no nos sentimos suficientemente fuertes para enfrentarnos a nuestros hijos; porque demasiado a menudo somos complacientes con nuestros hijos e hijas para compensar el poco tiempo que les podemos dedicar; porque cuando nuestra autoestima no pasa por su mejor momento queremos ser aceptados por nuestros hijos; o, porque los adultos, el padre y la madre, nos desautorizamos mutuamente y seguimos líneas de actuación claramente contradictorias. Sin embargo, los efectos de no poner límites enseñan al niño que nunca tiene suficiente, que exige cada vez más y que tolera cada vez peor las negativas, un niño que crece con una escasa o nula tolerancia a la frustración.

Fernando Bermejo.

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La fiesta de Halloween: una forma de enfrentarnos a nuestros miedos más primitivos

La fiesta de Halloween, aparte de su carácter lúdico, es también una forma de enfrentarnos a los miedos más ancestrales del hombre, como la muerte o los espíritus que vuelven al mundo de los vivos, burlándonos de todo ello durante una noche y convirtiéndolo en una diversión macabra. Este es el secreto del éxito de Halloween, que nos permite entrar en contacto con nuestros miedos y, de forma controlada, burlarnos y reírnos de ellos. Todo esto, ridiculizar a la muerte y reírse de los miedos humanos, es positivo. Además, experimentar miedo es a veces muy divertido y es una sensación que resulta muy estimulante para muchas personas. Si no, difícil explicación tendría el gusto que muchas personas tienen por las películas de terror.

Sin embargo, la vivencia de esta celebración puede ser bien distinta para unos y otros. En el caso de los niños, Halloween siempre se ha relacionado con grupos de niños que, ataviados con los disfraces más terroríficos, van de casa en casa pidiendo que les den dulces y caramelos. Sin embargo, a algunos niños Halloween les despierta otras sensaciones bien distintas, ya que los disfraces típicos de esta celebración (fantasmas, vampiros, esqueletos o brujas), les provocan un miedo tan intenso que, en los casos más extremos, puede llevar a provocarles una fobia severa.

Incluso existen datos que indican que alrededor de un 1% de los niños tienen fobia a los disfraces, y no solo a los más terroríficos. Aunque el miedo a los disfraces es una respuesta que en mayor o menor medida la mayoría de los niños han experimentado en algún momento, a veces el problema se agrava. En estos casos, los niños con fobia a los disfraces suelen negarse a acudir a celebraciones o eventos dónde haya personas disfrazadas, lo que puede interferir de manera importante en la vida social de estos niños.

Para los adultos, aunque la festividad de Halloween puede verse como una buena oportunidad para disfrutar con la familia y los amigos, también hay personas que sufren una verdadera fobia a Halloween, y a todos aquellos elementos relacionados con esa noche de terror: la oscuridad, la sangre, la muerte, los cementerios, los espíritus, el más allá… Esto nos enseña que lo que para muchas personas es divertido, para otras puede implicar situaciones en la que se sientan verdaderamente incómodas.

De modo que tengamos en cuenta las sensaciones tan distintas que Halloween puede despertar, y tomemos la versión más lúdica de esta celebración. Aprovechemos también la oportunidad que nos ofrece de acercarnos a aquello que nos causa tanto desasosiego, e incluso, angustia o terror, como la muerte, las tinieblas, la oscuridad, los espíritus que vuelven a la vida… En definitiva, con miedos que van inexorablemente unidos al hombre y que nos han acompañado a lo largo de nuestra historia.

Fernando Bermejo.

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¿Hay que contar la verdad a un enfermo terminal?

Esta es una de las decisiones más complejas para los familiares directos de quienes saben que un ser querido tiene un diagnóstico terminal. En este tipo de situación, se plantea un debate entre los derechos esenciales del ser humano a conocer la verdad sobre su vida, y también, el deseo del entorno de querer proteger a esa persona de la conciencia de su propio final. A todo ello hay que sumar también la realidad de que algunos pacientes quieren vivir realmente en la ignorancia de este hecho. Es decir, para algunas personas, conocer esta información puede ser un detonante de hundimiento moral definitivo.

Es cierto que, generalmente, es difícil que un paciente no se dé cuenta de la situación que está viviendo. Sin embargo, en ocasiones, surge un deseo de conocer la situación a medias. Y conviene no juzgar de forma negativa esta especie de autoengaño puesto que hay que asumir la complejidad existencial de la situación: conocer el límite definitivo de la vida, sin poder hacer nada más que asumirlo como tal. No todas las personas se sienten preparadas para ello.

Es una situación compleja en la que no existe una única solución correcta. Es decir, lo más importante en estas circunstancias es el respeto a las familias que actúan siempre con el mejor deseo de hacer el mayor bien al paciente. Aquellas familias que deciden contar toda la verdad lo hacen por el deseo de dar al paciente su libertad de llevar a cabo sus últimas voluntades en vida. Es decir, puede que le hayan quedado cosas por hacer, asuntos sobre los que quiere decidir, y para ello, necesita saber esta información.

Respecto de estas últimas voluntades no solo puede hablarse de la cuestión del testamento, sino también, de aspectos emocionales. Por ejemplo, tal vez el paciente decida mantener una conversación pediente con una persona con la que lleva tiempo distanciada.

En ocasiones, fruto de la duda y de la inquietud que muestra el propio paciente por saber qué le ocurre y el miedo de que le estén ocultando algo, contar la verdad puede ser la mejor respuesta para dar a esa persona la paz que necesita. Conocer la verdad aporta paz porque es la duda lo que puede atormentar a una persona.

Es decir, no es lo mismo la ignorancia real de un paciente que vive ajeno a su realidad definitiva, que quien está en una lucha interior continua.

Leer más: http://psicoblog.com/contar-la-verdad-enfermo-terminal/#ixzz4XibE7KhG

El sentimiento de culpa

En nuestra vida experimentamos multitud de situaciones que nos despiertan sentimientos y emociones. Unos son de alegría y regocijo, y estimulan la risa e incluso el llanto de emoción. Otros son de tristeza y dolor, y nos llevan al silencio y al desconsuelo. Esto último sucede con el sentimiento de culpa. Cuando aparece, si no se sabe manejar correctamente, puede conducirnos al bloqueo y al encierro en nosotros mismos. Ser consciente de ello nos ayudará a superarlo y a encauzar el juicio sobre nuestra persona sin convertir la culpa en castigo.

Señales físicas (presión en el pecho, dolor de estómago, de cabeza, de espalda), señales emocionales (nerviosismo, desasosiego, irascibilidad) y señales mentales (pensamientos de autoacusaciones y autorreproches) nos alertan de que la culpa está siendo mal administrada.

Es más probable que sea así cuando mantenemos un sistema de pensamiento polarizado (pensamos que las cosas son blancas o negras, buenas o malas, y no admitimos el término medio); negativo (tan sólo tenemos en cuenta los detalles negativos y además los magnificamos, sin atender a los aspectos positivos); rígido (nos basamos en un sistema de normas estricto donde el deber prevalece en nuestras acciones), sobredimensionado (abandonamos la responsabilidad de nuestra vida y pasamos a responsabilizarnos de las vidas de los demás y de cuanto ocurre a nuestro alrededor) o perfeccionista (el nivel de exigencia lo colocamos en la perfección y ésta en todos los actos que llevemos a cabo).

Cuanta mayor concordancia exista entre nuestro pensar y actuar, y cuanto más lejos se mantenga nuestro razonamiento de absolutos, rigideces y perfeccionismos, menos veces se nos generará el sentimiento de culpa. Pero sin duda, cuando somos incoherentes, el sentimiento de culpa aparece. En ese momento, en la medida en que aparquemos la descalificación y el castigo, nos liberaremos de la paralización y mantendremos la suficiente fluidez interna que nos llevará a abordar nuestras faltas de coherencia como problemas a resolver y no como losas autodestructivas.

Ahora bien, incluso practicando lo anterior no estamos exentos de que se nos encienda esa señal de la culpa con capacidad de ser dolorosa. El problema no radica en sentirla, sino en cómo afrontamos su presencia.

Cuando se presenta la culpa, el reto es convertir ese sentimiento en una señal que sirva para cuestionarnos cómo hacemos lo que estamos haciendo; un momento de reflexión y análisis de por qué nos surge, sin entrar a desvalorizarnos ni a hundirnos en el desasosiego y el sufrimiento; un diálogo interior que nos lleve a designar y concretar cuál es la conducta por la que sentimos la culpa; la búsqueda de soluciones, o en su defecto alternativas a cómo reparar el daño causado; y la petición de perdón a las personas afectadas por nuestra conducta.

Si ante la culpa no ejercemos nuestra responsabilidad, caeremos en la descalificación personal (somos malos, egoístas….) y en el autocastigo (agresividad que provoca sufrimiento). Pero también podemos ver en su manifestación una función saludable, pues nos hace conscientes del conflicto y, a partir de ahí, seremos capaces de analizar las soluciones y dar los pasos oportunos que restablezcan nuestro vivir coherente. Si el sentimiento de culpa nos afecta de tal forma que nos conduce a una situación emocional que nos impide un análisis claro, conviene acudir a un profesional para que pueda ayudarnos a encontrar las soluciones adecuadas.

Fernando Bermejo.

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La separación y el divorcio: efectos en la pareja y en los hijos

Tanto la separación como el divorcio producen en la pareja una gran sensación de fracaso. Aunque al principio pueda aparecer cierta sensación de liberación por haber tomado la decisión o por haber decidido solucionar un problema que ya resultaba insoportable, pronto se presenta la duda, la sensación de haber fallado, la culpa, el desasosiego y un profundo sentimiento de pérdida. También el propio entorno se siente desorientado ante una situación de ruptura. Casi nadie sabe qué hacer ni qué es lo más conveniente. De este modo, podríamos decir que sus consecuencias negativas a corto plazo superan con creces a las positivas.

La separación y el divorcio suponen la ruptura de un equilibrio y conlleva el sufrimiento para la pareja. Constituyen acontecimientos vitales que generan un proceso de duelo, aunque pocas veces los dos cónyuges lo viven de forma parecida. Muchas veces uno vive la ruptura como un paso adelante y el otro como un paso atrás, pero para los dos es un proceso de pérdida que tendrán que superar y donde muchas emociones van a entremezclar. La rabia que se mezcla con la nostalgia y la pena inicial, para más tarde dejar paso a la melancolía, la desesperanza y el desamor. Y a todas éstas pueden añadirse otras como el odio, la rivalidad, los celos, la envidia y la necesidad o el deseo de controlar al otro.

El dolor por la separación o el divorcio no es solo para la pareja, ya que ocasiona también un importante sufrimiento a los hijos. Los cambios que siguen a la separación o el divorcio son muy estresantes para la mayoría de los hijos, aunque existen diversos factores que influyen notablemente en la adaptación a la nueva situación (el nivel de conflictividad entre los padres, la edad de los hijos en el momento de la separación o el divorcio, la calidad de la relación con el progenitor con el que viva, las nuevas parejas y relaciones de los padres, el sexo del hijo, etc.).

Los hijos que han vivido el divorcio de sus padres suelen manifestar un mayor número de problemas de comportamiento y psicológicos, más trastornos psicopatológicos, mayor desadaptación social y una disminución de los logros académicos. Al contrario, un factor que protege de estos efectos es que los padres mantengan sus funciones parentales de manera satisfactoria a pesar de su ruptura.

Para favorecer la adaptación de los hijos y reducir los efectos psicológicos en situaciones de separación o divorcio son necesarias varias tareas. Los niños deben reconocer y aceptar la ruptura, lo que implica entender qué quiere decir el divorcio y aceptar las realidades que conlleva. Es importante que puedan continuar con sus actividades cotidianas, a pesar de que el divorcio en muchos casos supone la pérdida de las rutinas familiares diarias y de la estabilidad hasta ahora conocida.

También son muchas las emociones a las que los hijos habrán de sobreponerse, entre ellas, el sentimiento de rechazo, humillación e impotencia que provoca la partida de un progenitor, o la rabia contra los padres y la autoculpabilización. A esto último contribuye que el divorcio representa una decisión voluntaria de al menos uno de los miembros de la pareja, lo que hace que los niños sean conscientes de que no es inevitable y entiendan que su causa verdadera es la falta de ganas o el fracaso de mantener el matrimonio. Por ello, los niños, e incluso los adolescentes, no creen que el divorcio no tenga culpables, culpando a uno o a los dos padres o a sí mismos, sobre todo los niños pequeños.

Otra tarea necesaria para los hijos es aceptar que el divorcio es definitivo, luchando con las esperanzas de restablecer la familia tal como estaba y con las fantasías de reconciliación. El hecho que ambos padres tengan cierto contacto y que el divorcio sea percibido como evitable, favorece y alimenta las fantasías de reconciliación.

En definitiva, a pesar del intenso dolor que puede sentir uno o los dos miembros de la pareja que se rompe, el dolor puede superarse si se asume la pérdida y se resuelve favorablemente el duelo que le sigue. Por otro lado, como decía antes, a este dolor se puede sumar el que los hijos experimentan, dolor que puede mitigarse si ambos padres siguen ejerciendo como tales a pesar de la ruptura, lo que contribuirá a que los hijos superen la separación de sus padres evitando problemas psicológicos.

Fernando Bermejo.

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Dejar de fumar es posible

Dejar de fumar es posible, pero no es sencillo. Y lo que sí es necesario es tener la firme decisión de dejar de fumar, o al menos contemplar esta posibilidad. Pero aunque querer dejar de fumar es importante, diría yo que fundamental, también lo es saber cómo.

Y una vez que se intenta, no basta con la fuerza de voluntad. Hay que adoptar diversas medidas, tomar ciertas precauciones que ayuden esos difíciles primeros días. Por ejemplo, se recomienda quitar de la vista, incluso tirándolo, todo lo relacionado con fumar, como cigarrillos, ceniceros, mecheros, cerillas, etc.; restringir los lugares donde antes se fumaba para facilitar dejar de fumar; beber abundante agua, zumos sin azúcar o líquidos sin alcohol para eliminar más rápidamente la nicotina del organismo, para que desaparezca la sequedad de boca y para que el cuerpo esté hidratado; reducir el consumo de café; caminar o hacer algún tipo de ejercicio físico; y llevar a cabo cualquier actividad que pueda ayudar a mantenerse sin fumar. También es conveniente aprender a relajarse mediante la respiración, haciendo una inspiración profunda de aire, reteniendo el aire en los pulmones unos segundos, y luego expulsando el aire lentamente. Y repetir este ejercicio varias veces al día para ayudar a relajarse cuando se necesite.

Incluso, como alternativa previa, de no verse capaz de dejar de fumar, existe una solución intermedia, antes del abandono definitivo del tabaco: reducir el consumo de cigarrillos. Esta es una medida mucho mejor a no hacer nada o a que el fumador siga impasible sin hacer ningún tipo de cambios. El mero hecho de poner esta medida en práctica le obliga a estar pendiente de su conducta, de por qué hace lo que hace, de cómo se comporta con los demás que fuman, etc. Poco a poco, si consigue reducir el consumo de cigarrillos, en mayor o menor grado, puede ir ganando confianza en sí mismo. Aunque suele ser poco efectiva la simple reducción, ya que aunque se mantenga mucho tiempo, suele volverse al consumo anterior. Pero si se ha conseguido una reducción el fumador ya sabe que es capaz de bajar en su número de cigarrillos. Sólo le falta dar un paso más: ese descenso convertirlo en el abandono de sus cigarrillos.

También existen materiales como guías para dejar de fumar, folletos de autoayuda y otros materiales que pueden ser de ayuda. Hoy en día hay publicados un gran número de estos materiales, que distribuye el Ministerio de Sanidad y Consumo, las Comunidades Autónomas, Asociaciones científicas, laboratorios farmacéuticos, farmacias, etc. En ese material se pueden encontrar consejos útiles.

Y si después de varios intentos no lo consigue, o tiene dudas de poder lograrlo por sí mismo, existen profesionales que le pueden ayudar a conseguirlo y le apoyarán. Afortunadamente, disponemos en la actualidad de tratamientos especializados para dejar de fumar, que incluyen procedimientos farmacológicos (por ejemplo, terapia sustitutiva de nicotina), y/o psicológicos, con estrategias que van dirigidas a la preparación para dejar de fumar, el abandono de los cigarrillos y el mantenimiento de la abstinencia, al ser momentos diferentes que requieren actuaciones específicas.

En definitiva, como decía al principio, tan importante es querer dejar de fumar, como saber hacerlo. Y sobre todo no rendirse ante las dificultades.

Fernando Bermejo.

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Cómo disfrutar de las vacaciones

En pocos días o en unas semanas, la mayoría de nosotros comenzará un año más las ansiadas vacaciones de verano. Y serán muchos lo que se planteen el reto de cómo aprovechar lo más posible este periodo tan anhelado, en el que dejamos de lado el trabajo y adquiere un mayor protagonismo el deseo de disfrutar.

Sin embargo, al pensar en las vacaciones solemos depositar unas expectativas muy ambiciosas, y el problema es que, con frecuencia, las ilusiones que ponemos en este tiempo se ven defraudadas. Y es que tener unas expectativas muy elevadas para las vacaciones, lo que probablemente está reflejando son las carencias, frustraciones y sinsabores que sufrimos durante el año, los cuales queremos compensar de alguna manera en unos pocos días. Pero esto está abocado al fracaso, pues en vacaciones también pueden aparecer otras frustraciones y desencantos. Esto es así porque las frustraciones y sinsabores forman parte de estar vivos, y para eso no nos tomamos vacaciones en ninguna época del año.

También puede que tengamos la sensación, al igual que con los pocos momentos de asueto que tengamos durante el día o durante el fin de semana, que las vacaciones terminan pasando muy rápidamente y con la sensación subjetiva de que no hemos hecho todo lo que queríamos ni hemos disfrutado todo lo que deseábamos, o quizás, necesitábamos. Para no que tener la sensación de que se han pasado volando y apenas hemos tenido tiempo de disfrutar, conviene que hagamos muchas cosas pues esto nos dará la impresión de que las hemos vivido muy intensamente. Si queremos que nos parezcan largas y distintas, lo mejor es hacer cosas muy variadas y no dejarse llevar por la idea de que para descansar lo mejor es no hacer nada. Esto es un error, pues al final nos parecerá que las vacaciones no han servido de nada. No es cuestión de no parar e ir corriendo a todos los sitios, sino de organizarnos para aprovechar el tiempo, pues descansar es más bien, cambiar de actividades, ir a otros lugares que no se frecuentan durante el año, quedar con amigos que no solemos ver habitualmente…

Por último, el tiempo que tengamos durante nuestras vacaciones lo podemos convertir en una oportunidad para dar un impulso a nuestras vidas, para cuidarnos y fortalecernos, para buscar un disfrute creativo y enriquecedor, que podamos llevar más allá del periodo vacacional y nos proteja de estrés de la vida cotidiana. Cada persona tenemos nuestras preferencias y gustos, aquello que más nos llena y nos hace felices. Y si no es así es tenemos una buena oportunidad para buscarlo, pues luego, con menos tiempo y metidos en la vorágine diaria de las obligaciones laborales y familiares, será mucho más difícil.

Aprovecha, por tanto, el tiempo de ocio que ahora se avecina y vívelo con intensidad.

Fernando Bermejo.

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