Con el inicio de cada año nos solemos proponer cambios en nuestra vida con la buena intención de sentirnos mejor con uno mismo. Con propositos, que no son lo mismo que la expresión de un deseo, nos referimos a metas que planeamos, a intenciones firmes cuya realización dependerá exclusivamente de nuestro empeño y acción al respecto.El principio de año suele ser propicio para que nos planteemos estas metas debido a que con el cambio de año y la vuelta de vacaciones, que supone el regreso a la rutina tras un periodo en el que hemos dado rienda suelta a lo que nos apetecía, sin exigirnos demasiado, llega el momento de pensar qué queremos ser y qué tenemos que hacer para conseguirlo.

Cuando hagamos nuestros propósitos para el año entrante, debemos hacerlo con confianza, esperanza y determinación. Debemos proponernos realizar aquello que en verdad estemos dispuestos a buscar y a esforzarnos para conseguirlo. No se trata de elaborar una lista interminable de metas, sino más bien de elegir tan sólo unos pocos, aquellos que nos sean de verdad deseados, necesarios y beneficiosos.

Los propósitos pueden ser formulados mediante alguno de los tradicionales rituales, como poner fecha, escribirlos en un papel, comunicarlos a nuestros allegados o comprometernos públicamente. O también pueden plantearse de manera íntima y personal, tan sólo pensando en ellos, con determinación, y visualizando la manera de convertirlos en realidad. Existen muchos tópicos entre los propósitos para el año nuevo que se repiten, no sólo año tras año sino también entre todas las personas, como perder peso, comer mejor, ir al gimnasio, dejar de fumar, tener una vida menos sedentaria, encontrar tiempo para realizar alguna actividad de ocio, quedar más con los amigos, mejorar el aspecto físico, dedicar más tiempo a la familia, trabajar menos horas, tener un hijo, etc. Todos estos propósitos son como contratos que firmamos con nosotros mismos y con nuestro bienestar.

Sin embargo, muchas veces estos propósitos se quedan tan solo en buenas intenciones, si los hacemos de una forma poco reflexiva al estar centrados en lo que nos gustaría ser o hacer, pero sin pensar demasiado si estos cambios se ajustan a nuestras posibilidades reales de conseguir los cambios que nos proponemos, o cuando los objetivos son variados o la elección estuvo guiada por el deseo de ajustarse a un ideal que poco tiene que ver con uno mismo. De modo que aunque es positivo plantearse objetivos e intentar crecer como personas, esto se puede volver en contra cuando nos proponemos cambios inalcanzables o que una vez alcanzados, dejan de tener valor para nosotros, ya que esto conducirá a la insatisfacción y a la sensación de fracaso.

Por tanto, cuando nos planteemos cambios para el año que comienza, conviene reflexionar seriamente en lo que de verdad deseamos alcanzar, ser realista y no proponernos algo que se escapa de nuestro alcance; encontrar satisfacción en el camino que lleve a alcanzar el objetivo y no que esta satisfacción provenga únicamente de su consecución, lo que nos llevaría a abandonar prematuramente; procurar que los cambios se conviertan en parte de un nuevo estilo de vida en lugar de que tengan un principio y un fin; y sobre todo, tener en cuenta que por muchos propósitos que nos hagamos, es muy posible que no lleguemos a ese “ideal”, y que un buen objetivo a incluir entre los propósitos del año nuevo es que aunque deseemos ciertos cambios y nos comprometamos para conseguirlos, intentemos querernos más, ser menos críticos con nosotros mismos, y fijarnos y valorar más como somos que lo que deseamos ser.

Feliz 2018.

Fernando Bermejo.

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