Nos sentimos solos cuando no tenemos comunicación con otras personas o cuando percibidos que nuestras relaciones sociales no son satisfactorias.

Los seres humanos necesitamos gente a nuestro alrededor. Aunque haya personas que buscan y disfrutan de la soledad, la mayoría de nosotros estamos más felices y nos sentimos más seguros viviendo en compañía. Somos seres sociales que necesitamos de los demás para hacernos a nosotros mismos. Y no sólo para cubrir nuestras necesidades de afecto y desarrollo personal, sino también para afianzar y revalidar nuestra autoestima y confianza en nosotros mismos, ya que éstas se generan cada día en la interrelación con las personas que nos rodean.

La soledad, salvo excepciones, es una experiencia indeseada que puede llevar a sentimientos de depresión y ansiedad. No significa necesariamente que la persona esté aislada socialmente, sino que refleja una percepción subjetiva de la persona respecto a sus relaciones sociales, bien porque esta red es escasa o porque la relación es insatisfactoria o demasiado superficial. La soledad puede ser consecuencia de la ausencia de una relación intensa e íntima con otra persona que nos produzca satisfacción y seguridad o consecuencia de la no pertenencia a un grupo donde se compartan intereses y preocupaciones.

Cuando carecemos de la habilidad suficiente para relacionarnos de manera eficiente, es decir, son deficitarias nuestras habilidades sociales, aumenta la probabilidad de que nos quedemos solos ya que las relaciones que mantenemos son de menor calidad y más forzadas. También podemos apartarnos de los demás si pensamos que no somos personas dignas de ser apreciadas o somos especialmente sensibles a un posible rechazo de los demás.

La soledad también está asociada a la pérdida de relaciones con personas significativas que se produce habitualmente en la vida de los individuos lo que, dependiendo del tipo de pérdida, puede conducir a estados de tristeza, rabia, desamor y negatividad. Por ejemplo, ante una separación en la pareja o el fallecimiento de un ser querido, desaparece de nuestra vida alguien a quien hemos amado o que ocupaba un espacio estelar en nuestra cotidianeidad, por lo que nos puede invadir una notable sensación de soledad y un vacío ante una situación en la que nos vemos perdidos y sin la referencia en la que antes podíamos estar apoyándonos en el día a día.

También existe la soledad de quien apenas habla más que con su familia más cercana o sus compañeros de trabajo. Muchas veces somos incapaces de intimar con quienes nos rodean, o tememos abrirnos y que nos hagan daño o nos rechacen. Si la soledad es deseada nada hay que objetar, aunque la situación entraña peligro: el ser humano es social por naturaleza y una red de amigos con la que compartir aficiones, preocupaciones y anhelos es un bien que no tiene precio. Sin embargo, cuando la soledad no es deseada, pueden convertirse en angustia, tristeza o depresión.

En diversas ocasiones de la vida puede que esta sensación esté más presente, a veces por lo cambiante de las circunstancias, lo que significa que también puede entenderse como algo transitorio y no necesariamente traumática. No obstante, conviene mirar hacia sí mismo y reflexionar sobre el tipo y las causas de la soledad que estamos sufriendo (si se debe a una pérdida que hemos de superar, si nuestro círculo social es muy reducido o si carecemos de las habilidades sociales necesarias para interaccionar satisfactoriamente con los demás, entre otras), dejar aparte la timidez e intentar tomar la iniciativa de establecer nuevas relaciones que puedan satisfacernos, luchar contra el miedo al rechazo y a las insatisfacciones que provoca lo que a veces son expectativas que no se cumplen o esfuerzos que no se ven correspondidos, y evitar mensajes que nos llevan a desconfiar de las intenciones de los demás. En definitiva, adoptar una postura distinta, arriesgándose a abrirse a los demás, o aprendiendo las habilidades sociales que permitan unas relaciones amplias e íntimas que le sirvan para mitigar la soledad y sentar las bases para que esta sensación sea menos probable en un futuro.

Fernando Bermejo.

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