Adicciones

El uso de drogas por parte del hombre es tan antiguo como su propia historia. Desde antaño el alcohol o las plantas psicoactivas han formado parte de la ‘cultura’ y han sido consumidos ampliamente, si bien por muy diversos motivos y de forma claramente diferente, tanto en occidente como en oriente, en el norte y en el sur. Con el devenir de los tiempos su uso no solo no ha decrecido sino que ha pasado a ser un problema socio sanitario de primer orden. Han cambiado los motivos por los que se consume y se han modificado las formas de administración, pero el uso permanece.

¿POR QUÉ SE CONSUMEN DROGAS?

Unos lo hacen para compartir sensaciones con sus compañeros y amigos, otros por el mero placer de su consumo, otros para reducir sus niveles de malestar emocional (p.e. siempre se ha dicho que el alcohol “ahoga las penas”), algunos han buscado una cierta transformación personal (recurriendo a alucinógenos), hay quienes consumen como protesta y rebeldía frente al sistema de valores dominante. Pero sobre todo el “refuerzo” en los seres humanos por consumir una droga es tanto “farmacológico” (efectos eufóricos, tranquilizantes, desinhibidores, etc.) como social (búsqueda de relación y unión con otras personas). El efecto farmacológico está relacionado con el aumento en el cerebro de los niveles de un neurotransmisor: la dopamina, que no sólo se consigue por consumo de sustancias adictivas, sino también puede alterarse esta concentración por contactos sexuales, por un atracón, por el placer de comprar por comprar o el enganche a una máquina tragaperras. Es decir, las personas podemos sufrir también, no sólo adicciones a sustancias (alcoholismo, drogadicción, tabaquismo, etc.) sino también adicciones de carácter social (sin drogas): adicción al trabajo, a las compras, al juego, a Internet, el teléfono móvil, etc.

Los componentes fundamentales de los trastornos adictivos (con o sin drogas) son: la ingerencia grave en la vida cotidiana, la pérdida de control y la dependencia. Sea cual fuere el consumo o conducta adictiva que presente una persona, si observamos estas características en su comportamiento nos hallaremos frente a un problema grave que precisa intervención profesional inmediata.

Entre las adicciones químicas más usuales nos encontramos con: adicción a opiáceos, alcoholismo, adicción a la cocaína y a las anfetaminas, a las benzodiacepinas (ansiolíticos) y el tabaquismo. Las variantes más comunes de las adicciones psicológicas son: el juego patológico (ludopatía), adicción al sexo, adicción a las compras, adicción a la comida, adicción al trabajo, adicción al teléfono móvil, adicción a Internet y adicción al ejercicio físico.

Todas las conductas potencialmente adictivas comienzan por ser controladas por reforzadores positivos (es decir, se consumen por el placer que conllevan) pero terminan siendo controladas por reforzadores negativos (es decir, se realizan no ya por el placer que aportan, sino por aliviar el malestar presente en una persona). En estos casos, el sujeto muestra una fuerte dependencia psicológica hacia las mismas, actúa con ansia y de forma impulsiva y pierde interés por cualquier otro tipo de actividades gratificantes anteriores, sin ser capaz de controlarse a pesar de las consecuencias negativas experimentadas. Si el sujeto decide abandonar la conducta adictiva en los días y semanas siguientes a dicho abandono presentará lo que característicamente se denomina “síndrome de abstinencia”: impulso en forma de deseo intenso, tensión creciente (humor depresivo, irritabilidad, deterioro de la concentración, trastornos del sueño, etc.) y presencia de estímulos internos y externos diversos (recuerdos, tensión emocional, disforia, olores, etc.). Si la persona con este problema desea abandonar su conducta adictiva deberá soportar y afrontar este “síndrome de abstinencia” sin recurrir de nuevo a la conducta o sustancia adictiva (y continuar posteriormente con un tratamiento específico) ya que si recayera nuevamente volvería a tener que replantearse todo el proceso, con la carga de sufrimiento inherente al mismo.

¿QUÉ PODEMOS HACER?

Para abandonar el consumo de cualquier droga, ya sean las denominadas “drogas sociales”, como el alcohol y el tabaco, o los psicofármacos, el hachís, la marihuana o la cocaína; se necesita tener una predisposición para el cambio. Ninguna persona que no se haya planteado seriamente el abandono de su adicción puede conseguir dejar de aferrarse a su conducta problema.

Hay un paso inevitable (salvo en casos muy específicos) que es el planteamiento de la abstinencia. Durante la primera fase de abandono de la conducta adictiva es imprescindible la misma, y la evitación de todo lugar, estímulos o personas que hasta ahora eran detonantes del consumo de sustancias. Las primeras semanas y dependiendo del nivel de adicción, son complicadas; pero si conseguimos dar este paso, habremos dado un paso de gigante en nuestra recuperación.

En un primer momento se hace necesario proveer las acciones precisas para que el paciente pueda abandonar por completo la conducta adictiva ayudado por procedimientos psicológicos y farmacológicos (en su caso) adecuados, orientados a la superación del síndrome de abstinencia.

Se planificarán y se realizarán los cambios necesarios orientados a la evitación de los estímulos asociados a la conducta descontrolada. Como arriba comentábamos, es preciso que en una primera fase el paciente no frecuente los lugares, personas, etc., que han sido una espoleta para el consumo de sustancias o la realización de conductas adictivas. Por ejemplo, si estamos ante un problema de alcoholismo, será necesario que olvide frecuentar las amistades que le incitaban a la bebida. Si se trata de un abuso de Internet, durante la primera fase habrá que arbitrar y negociar con el paciente medidas tendentes al abandono de la conexión a Internet. La abstinencia, es en general, necesaria en una primera fase.

Se introducirán procedimientos psicológicos orientados a la solución de problemas específicos: control de la ansia (craving), entrenamiento distractor, técnicas de autocontrol, control de la ansiedad/disforia, ejercicios respiratorios, ejercicios de relajación, programación de actividades, resolución de conflictos interpersonales, entrenamiento en habilidades sociales, intervención en el estilo de vida, entrenamiento en autoinstrucciones, técnicas de reestructuración cognitiva, etc.

Una estrategia de evitación de riesgos sugeriría a medio plazo la introducción de la exposición por parte del paciente a estímulos relacionados con la conducta adictiva (solo o acompañado) sin que ejecute dicha conducta compulsiva (exposición con prevención de respuesta).

Finalmente, como en todo programa de tratamiento psicológico, es preciso la instauración de procedimientos psicológicos de prevención de recaídas.


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