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Le doy muchas vueltas a las cosas

Le doy muchas vueltas a las cosas

Una queja bastante frecuente de las personas que acuden a la consulta de un psicólogo es que dan muchas vueltas a las cosas, el pensar demasiado. Aunque no se puede dejar de pensar ni alcanzar el deseo de muchas de estas personas de poder dejar la mente en blanco, lo que sí es posible y deseable es poder pensar en una cosa cada vez, lograr que los pensamientos no sean tan repetitivos o dejar de tener la sensación de que no se puede dejar de pensar en ellos.

A veces dar vueltas a las cosas tiene que ver con que nos empecinamos en algo, en solo una de las posibles opciones, cuando acercarse a la situación desde una perspectiva más amplia puede ayudar a ver puntos de vista alternativos. También es frecuente cuando tenemos que tomar una decisión, suponiendo que pensar bien las cosas es pensarlas durante bastante tiempo. Sin embargo, decidir con cierta agilidad no tiene porqué ser enemigo de tomar decisiones correctas. El problema de dar excesivas vueltas a una decisión es que podemos llegar a paralizarnos, alargando la toma de una decisión y manteniendo muchas veces una situación que requiere tomar tal decisión. Además, dilatar en el tiempo una decisión no hace que tengamos todo controlado, que no se escape detalle. No debemos ceder a la falacia de que dar más vueltas a las cosas nos lleva a tenerlas más controladas.

No es extraño que detrás de las vueltas que damos a las cosas estén nuestras preocupaciones o nuestros propios miedos. Pero pensar demasiado no permite por sí mismo cambiar el motivo de preocupación ni eliminar ningún temor. Más bien, a lo que contribuye es a centrarnos más en ellos, sin llegar a ningún punto. Y el miedo que supuestamente tendría que surgir ante a una amenaza real, se convierte en la respuesta a una amenaza subjetiva, nuestros pensamientos.

Por ello, es importante centrarse en lo relevante, en las actividades cotidianas, en lo que nos rodea, en lo real, en lo objetivo, sin realizar un intento de suprimir tales pensamientos, sin que se convierta en una lucha abierta contra ellos. Es recomendable distraerse e involucrarse en actividades gratificantes, dejar que los pensamientos sean meros acompañantes, y contribuyendo a que se alejen pacíficamente de nosotros. Y, fundamental, no desplazarse en el tiempo, rumiando aspectos del pasado o dirimiendo cuestiones del futuro que no han sucedido ni sabemos si van suceder. Centrarse en el presente, vivir el presente. Viviendo el presente nos permitimos conectar mejor con nosotros mismos y estar así pendientes de lo relevante, de lo que ahora mismo pasa en nuestras vidas.

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El chantaje emocional

El chantaje emocional

Manipular es algo común en todos los ámbitos de la vida, desde el individual al social. En todos ellos, el manipulador presenta siempre una serie de rasgos comunes: gran habilidad y sutileza en sus artimañas; sabe perfectamente lo que quieren, y a pesar de las resistencias, normalmente lo consigue; es una persona encantadora, amable y extrovertida; y necesita que el otro actúe como él quiere ya que, en caso contrario, le rechaza la amistad o incluso se dedica a desprestigiarle o perjudicarle al no haber respondido como esperaba.

Entre la manipulación, el chantaje emocional es una forma especialmente poderosa, en la que las personas cercanas a nosotros nos amenazan, directa o indirectamente, si no hacemos aquello que ellas quieren. Es un comportamiento vinculado al maltrato psicológico pues el chantaje emocional funciona porque se instala la culpa en el individuo manipulado, siendo muy alta la probabilidad de que éste ceda a la presión como mecanismo de liberación de su propia tensión o sentimiento de culpa.

Las personas que chantajean emocionalmente suelen ser personas bastante inseguras e inmaduras en los afectos, con temor al rechazo o miedo al abandono. Sin embargo, en otras ocasiones la manipulación es simplemente utilitarista, para conseguir sus objetivos mediante presión sobre los demás. Por su parte, los manipuladores son especialistas en el uso retorcido y sibilino del lenguaje, como medio inefable de suscitar nuestras respuestas emocionales dirigidas a alinearnos con sus deseos y actuar para que los consigan. Seguro que a todos nos suenan estas expresiones, típicas del chantajista emocional:

• Yo que siempre me sacrifico por todos, y mira el pago que me dais. • No puedes hacerme esto, sabiendo lo mucho que te quiero. • Tú te diviertes y yo fíjate, aquí, siempre al pie del cañón. • Me haces falta; no sabría vivir sin ti. • Lo hago solo por tu bien.

El chantaje emocional es una práctica de maltrato psicológico que denota inseguridad en quien lo practica y servidumbre en quien lo padece. La principal consecuencia es la falta de libertad de la persona chantajeada quien deja de ser ella misma para ceder a los deseos e imperativos del otro.

Y tú… ¿Eres libre? ¿Puedes ser tú mismo/a? ¿Te ves forzado/a a cambiar quién eres para no sentirte culpable? ¿Te ves obligado/a a ser quién no eres para complacer a alguien?

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