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¿Somos nuestro peor enemigo?: Una mirada hacia la autoestima

¿Somos nuestro peor enemigo?: Una mirada hacia la autoestima

No puedes tocarla, pero forma parte de ti. No puedes verla, pero siempre está a tu lado. No puedes oírla, pero se manifiesta cuando hablas de ti mismo/a. Estamos hablando de la autoestima.

La autoestima viene dada por las actitudes que tenemos hacia nosotros mismos. El nivel de nuestra autoestima tiene profundas consecuencias en nuestra vida: tiene que ver con la medida en que nos sentimos competentes, el trato con los demás, los logros que conseguimos y, en definitiva, con el grado en que estamos satisfechos con nosotros mismos. De tener nuestra autoestima alta o baja, dependerá como afrontemos los retos de la vida.

¿Y cómo sabemos que nuestra autoestima es baja?. Pues bien, una persona con baja autoestima suele ser alguien inseguro, que desconfía de sus propias facultades y no quiere tomar decisiones por miedo a equivocarse. Además, necesita de la aprobación de los demás pues tiene muchos complejos. Suele tener una imagen distorsionada de sí misma, tanto en lo que se refiere a sus rasgos físicos como a su valía personal. Todo esto le produce un sentimiento de inferioridad a la hora de relacionarse con otras personas, por lo que suele estar pendiente del qué dirán o pensarán los demás, pues tiene un miedo excesivo al rechazo, a ser juzgado o abandonado. Aunque es normal tener altibajos, no es bueno tener una baja autoestima permanentemente. Sentir que no somos importantes va a ser un lastre que nos impida caminar en el día a día, y ser felices.

Al contrario, tener una autoestima alta no implica presumir de lo maravilloso que somos sino, más bien, sentirnos valiosos por el hecho de ser quienes somos. No se trata de pensar que somos perfectos, porque nadie lo es, sino que nos queremos y aceptamos, aún con nuestros defectos. Y aunque puede que haya aspectos que tengamos que cambiar necesariamente, de los que no nos sintamos orgullosos, o que han llegado a convertirse en un problema, ese camino lo haremos con respeto, sin críticas exacerbadas y crueles, sin menospreciarnos ni fustigarnos.

Una sana autoestima es necesaria porque nos ayuda a mantener la cabeza alta, mirar de frente a las otras personas y sentirnos orgullosos de nosotros mismos y de lo que podemos hacer y conseguir. Nos proporciona el empuje necesario para estar activos o hacer cosas nuevas, nos permite respetarnos, incluso cuando cometemos errores. Si no nos queremos y respetamos a nosotros mismos, tampoco nos creeremos merecedores de que los demás nos quieran y respeten. Y, probablemente, pensaremos que los demás opinan de nosotros lo que pensamos de nosotros mismos, y que se avergüenzan de nosotros o nos rechazan, al igual que también nosotros sentimos vergüenza y nos rechazamos.

Una sana autoestima nos ayuda a tomar decisiones, buenas decisiones, con menos dudas e inseguridad, y sin necesitar la aprobación de los demás. Si confiamos en nosotros mismos, es menos probable que nos dejemos arrastrar por las opiniones que recibamos de familia o amigos. Seguro que te aconsejarán con su mejor intención, pero si ponemos en sus manos nuestras decisiones, no habremos decidido nosotros, ni asumido nuestras propias responsabilidades.

¿Y cómo elevar la autoestima?. No es fácil cambiar la autoestima. Si lo fuera, seguramente nadie sufriría por tenerla demasiado baja; pero hemos de creer que tampoco hay nada imposible si ponemos realmente empeño en conseguirlo. No hay una receta mágica, ni se consigue de un día para otro, pero sí que nos ayudará evitar ciertos caminos que conducen a una baja autoestima.

Para aumentar tu autoestima ante todo empieza por ser tu mejor amigo/a, saber que no hay nada ni nadie en este mundo más importante que tú mismo/a. Acéptate tal y como eres, con tus cualidades y defectos, pensando que no existe nadie mejor ni peor que tú, aunque todos seamos diferentes. Si habitualmente te centras en las cosas que peor se te dan, fíjate en las cosas que durante el día se te han dado bien, aunque puedan parecer insignificantes. Si habitualmente te criticas o menosprecias, elógiate a lo largo del día, buscando motivos para hacerlo, o mira tus “defectos”, pero con respeto. Prémiate por tus logros, aunque éstos sean pequeños o poco importantes, así te sentirás mejor. Si sientes que eres tu peor enemigo, rechaza los comentarios o mensajes negativos de tu mente, y reflexiona si te atreverías a dirigirlos al peor de tus enemigos. Si estás “peleado” con tu cuerpo, recuerda que tu cuerpo es tuyo, y no puedes huir de él, y aunque te plantees ciertos cambios para sentirte mejor, hasta que eso llegue, si llega, va a ser tu compañero de viaje. Si te da miedo fracasar, no temas cometer errores, asumir responsabilidades o tomar decisiones; si algo sale mal, aprende de tus errores e inténtalo de nuevo. Nadie está libre de cometer errores, y equivocarse no es fracasar. Y si algo no funciona, no pienses nunca que la culpa es sólo tuya. Seguro que hay otros factores que también están influyendo.

A veces nos pasamos la vida queriendo dejar de ser quien somos, sin plantearnos siquiera si el camino más correcto, o incluso más corto, es que aprendamos a convivir con quienes somos, a querernos y a aceptarnos. Piensa que vas a estar contigo siempre, y que establecer una relación de odio y enfrentamiento contigo mismo/a, te va acompañar allá donde estés.

Fernando Bermejo. ¿Necesitas Ayuda? Entra en Tu psicólogo online y Tu psicólogo al teléfono. Estamos cerca de ti.

No puedo dormir: ¿son solución las pastillas?

No puedo dormir: ¿son solución las pastillas?

Quién más quién menos, hemos pasado alguna vez por algún periodo en el que hemos tenido dificultades para iniciar el sueño, sufrido frecuentes interrupciones del sueño durante la noche, o tenido despertares muy tempranos. Todo ello acompañado de la sensación de tener el sueño alterado y poco o nada reparador. Esto es lo que podríamos denominar problemas de insomnio. Entre las causas del insomnio se encuentran la distinta vulnerabilidad de cada persona a padecer este trastorno; el estrés persistente relacionado con el trabajo, la familia o cualquier otra situación estresante; la falta de actividad; el abuso de estimulantes como el café o la nicotina; o el horario irregular que muchas personas tienen por los turnos de trabajo o las horas que dedican al estudio o al ocio. En otros casos, el insomnio puede ser secundario a otros trastornos, como depresión, problemas de ansiedad, dolor crónico u otros problemas médicos. Pero lo más frecuente, es que el insomnio se deba al proceso que se va instaurando a medida que comenzamos a dormir mal. Por ejemplo, es habitual que cuando dormimos estemos preocupados por no poder funcionar adecuadamente durante el día. Esto hace que al llegar la noche sintamos una fuerte preocupación junto con un deseo intenso de dormir. Pero lamentablemente, este esfuerzo por intentar dormir hace que estemos más tensos, con la mente puesta en dormir y dando vueltas a los problemas que el insomnio está generando. Además, algunas personas pueden hacer de la noche el momento de leer, sentarse frente al ordenador, comer o ver la tele, como alternativa al sueño, a la vez que pueden quedarse dormidas con facilidad cuando no lo pretenden o, si pueden, aprovechan para dormir la siesta para sentir esa maravillosa sensación que durante la noche parece estarles vedada. Todo ello hace que el problema aumente y se mantenga en el tiempo. Pero, ¿qué hacer cuando este problema se vuelve crónico?. En primera instancia, las personas que padecen este problema suelen pensar en las pastillas para dormir como el medio para combatir el insomnio. Quizás porque todos conocemos alguna persona que toma o ha tomado este tipo de pastillas, o porque desde los laboratorios farmacéuticos se proponen estos medicamentos como la alternativa ideal. Sin embargo, diversas investigaciones demuestran que la terapia psicológica de tipo cognitivo-conductual tiene un impacto importante a la hora de tratar este problema y es la forma más recomendada de abordar el insomnio crónico, al ser tan efectiva como los fármacos, pero con unos resultados a la larga más beneficiosos y menos efectos secundarios. El tratamiento psicológico se basa en encontrar el origen del problema, por lo que, de conseguirse, el tratamiento del insomnio puede ser simple. Normalmente basta hacer algunos cambios en los hábitos a la hora de dormir ayuda a muchas personas, al igual que identificar los pensamientos y actitudes que interfieren con el sueño. A esto se puede añadir estrategias más concretas, como técnicas de relajación, la higiene del sueño, el control de estímulos, ejercicios de autohipnosis, etc. Las pastillas para dormir pueden ayudar en algunos casos pero no son una cura para el insomnio. Solamente son una forma de alivio temporal y es mejor utilizarlas sólo por unos pocos días. Contamos con otro tipo de intervenciones, las terapias psicológicas, menos conocidas quizás en este ámbito, para abordar un problema para el que no solemos relacionar el quehacer del psicólogo. Fernando Bermejo. ¿Necesitas Ayuda? Entra en Tu psicólogo online y Tu psicólogo al teléfono. Estamos cerca de ti.