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Tengo ataques de pánico

Tengo ataques de pánico

¿Has tenido alguna vez una crisis de ansiedad?, ¿sabes qué es un ataque de pánico?, ¿alguna vez has sentido tu corazón ir tan deprisa que parecía que quería salirse del pecho?. Si alguna vez te ha sucedido esto, sabrás que entonces respirar se hace muy difícil, la sensación de ahogo es cada vez más acuciante y en muchas ocasiones nos lleva a pensar que nos estamos muriendo.

Lo que se siente en un ataque de pánico es un miedo muy grande a la muerte y/o a la locura, unido a otros síntomas como dolor en el pecho, taquicardia, respiración entrecortada, sensación de ahogo, mareo, escalofríos, sudores, temblores o sacudidas, hormigueos en piernas y brazos, confusión y pérdida de la noción de la realidad. Estos ataques duran apenas unos minutos, pero los síntomas son tan acusados que causan un impacto y sufrimiento enorme.  Todas estas sensaciones físicas y todos los pensamientos de muerte y de pérdida de control que las acompañan suceden a gran velocidad, y en pocos segundos se pasa de estar bien a sentir que te estás muriendo.

Las causas de los ataques de pánico pueden ser muy variadas: posibles factores estresantes (divorcio o separación, estrés laboral, muerte o enfermedad de una persona allegada, enfermedades importantes, problemas económicos…), ansiedad tónica elevada, susceptibilidad a la ansiedad, nivel elevado de actividad, problemas médicos (cardiovasculares, endocrinos, neurológicos…), ejercicio, fatiga,  falta de sueño, ciertos medicamentos, etc. En otros casos son consecuencia del consumo excesivo de cafeína, nicotina, marihuna, cocaína, anfetaminas o estimulantes; abuso de alcohol o de alucinógenos, etc.

Es un trastorno mucho más frecuente de lo que se cree, que interfiere notablemente en la vida de las personas que lo padecen. En cuanto al tratamiento, sus objetivos están dirigidos a eliminar o reducir las conductas de evitación de las situaciones relacionadas con el pánico, los pensamientos catastróficos, los ataques de pánico, la preocupación por ataques de pánico futuros, el miedo y evitación de sensaciones fisiológicas, etc. Afortunadamente, existen en la actualidad tratamientos que han demostrado su eficacia en diversos estudios clínicos, mostrando unas elevadas tasas de recuperación. Esto sitúa al trastorno de pánico en una patología cuyo pronóstico, siempre y cuando se reciba el tratamiento adecuado, es uno de los más favorables entre los trastornos psicológicos.

En cuanto al tratamiento, se suelen utilizar la respiración diafragmática, técnicas de distracción, reestructuración cognitiva (para que la persona aprenda a identificar y cuestionar los pensamientos negativos y realizar atribuciones más objetivas sobre sus sensaciones fisiológicas), técnicas de decatastrofización (para cambiar la interpretación catastrofista que se suele hacer de las respuestas de ansiedad o de las situaciones que las provocan), exposición controlada a los estímulos externos o internos que provocan los ataques de pánico, exposición y prevención de respuesta (para neutralizar las conductas que evitan la ansiedad o permiten que se escape de ella), etc.

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Cuando el perfeccionismo se torna en una obsesión

Cuando el perfeccionismo se torna en una obsesión

Muchos niños se esfuerzan de forma excesiva para seguir un ideal de conducta muy difícil de alcanzar. Son niños perfeccionistas, a quienes les resulta fácil caer en la frustración, que les puede causar intensos y dolorosos sentimientos de culpa y de fracaso, que afectan a su vida cotidiana. Además, suelen tener una baja autoestima y una necesidad imperiosa de sentirse queridos. Niños que cogen una rabieta si se equivocan o que se frustran o entristecen si no obtienen siempre las mejores notas. El perfeccionismo es un rasgo que condiciona la vida de muchos niños y, por supuesto, de muchos adultos. Una definición ampliamente aceptada lo define como un conjunto de creencias muy exigentes acerca de lo que las personas consideran que deben llegar a ser. Sin embargo, también existen personas con un perfeccionismo que podríamos entender como sano, las cuales se caracterizan por unas metas elevadas, pero razonables y alcanzables, tienen altas expectativas de sí mismos y los demás y, aunque esto los vuelve exigentes, no los hace hostiles ni extremadamente críticos. Un criterio para pensar que un niño puede ser perfeccionista en exceso es analizar si siente rabia al hacer muy bien -pero no de forma perfecta- una tarea. Otro es que los niños excesivamente perfeccionistas son muy inseguros. Más allá de la inseguridad propia y normal de la infancia, los afectados tienen tanto miedo a equivocarse, que prefieren hacer lo que controlan, ya sea en el ámbito académico o al jugar, antes que intentar actividades nuevas. Por eso, repiten de forma constante las actividades que dominan. De este modo, se sienten seguros. Además, intentan hacerlas de un modo perfecto, un aspecto que les genera una importante ansiedad, y están muy preocupados por las opiniones que los demás tienen de ellos, sobre todo, los progenitores, los compañeros de clase y los profesores. Son muy críticos con ellos mismos y, a pesar de que obtengan un excelente resultado académico, siempre piensan que lo podrían haber hecho mejor. No entienden que hacer algo muy bien ya vale la pena. Algunas explicaciones sobre cómo se desarrolla el perfeccionismo, señalan que estos niños suelen vivir en un contexto familiar muy meticuloso, en el que se valora en gran medida la capacidad de realizar cualquier actividad con excelencia. De este modo, el niño siente que solo será querido por sus padres si es perfecto. No obstante, hay quienes señalan que algunos niños perfeccionistas crecen en ambientes en los que se da todo lo contrario: son laxos y permisivos con las normas o no se valora realizar las tareas escolares de manera correcta. Suelen ser entornos familiares muy caóticos, muy pobres emocional e intelectualmente y, por esto, el niño «huye» de ellos al refugiarse en esta tendencia. En todo caso, la mayoría de los especialistas coinciden en que está directamente relacionado con una baja autoestima y una necesidad apremiante de sentirse querido al hacer las cosas tan perfectas como pueda. Para ayudar a estos niños, hay que animarles aunque no hayan logrado el resultado deseado en una actividad. Cuando tengan una rabieta porque no han hecho de forma perfecta una tarea cotidiana, hay que transmitirles la idea de que no es necesario que se enfaden tanto aunque entendemos su sufrimiento. Y tener en cuenta que los mejores momentos para explicarles que no hay por qué aspirar al perfeccionismo es cuando están tranquilos, justo después de la rabieta o el disgusto, y no en plena crisis emocional. Fernando Bermejo. ¿Necesitas Ayuda? Entra en Tu psicólogo online y Tu psicólogo al teléfono. Estamos cerca de ti.
Los niños necesitan límites

Los niños necesitan límites

Una de las grandes dudas de padres y madres en la educación de sus hijos e hijas es referente a los límites que deben imponerles en sus actitudes y comportamientos. ¿Cuándo hay que recriminar, advertir o castigar a un niño? ¿Cómo podemos guiar a nuestros hijos sin generar tensiones innecesarias? Las preguntas son muchas y no existe una respuesta inequívoca. Un primer paso para afrontar estas dificultades consiste en tomar conciencia de que no es beneficioso, para pequeños ni para adultos, proteger y excusar por sistema la actitud de los hijos e hijas. Las consecuencias de la permisividad y la sobreprotección pueden ser muy negativas. Hay quienes aseguran que la experiencia familiar de los padres de hoy ha influido de forma notable. Hace veinte años, adultos que recibieron una educación familiar estricta se estrenaron en la tarea de ser padre o madre, convencidos de que había que superar el autoritarismo que habían sufrido. Eso empujó a muchos de ellos a dejar hacer, a no llevar la contraria al hijo o hija para que no sufriera traumas psicológicos, a no usar los castigos como método de aprendizaje, a satisfacer caprichos, a proteger a los hijos e incluso desprestigiar en algunos casos a otros educadores, principalmente maestros. En la educación de un hijo no se pueden evadir las normas ni la disciplina. Un niño aprende que cuando su madre o su padre dicen que no, esa decisión es inamovible. La frustración que le generará es inevitable, pero debe aprender a tolerarla y convivir con ella porque las normas son precisamente las que le dan seguridad y le enseñan a confiar en un criterio sólido. Los niños necesitan ser guiados por los adultos y para ello es fundamental establecer reglas con las que fortalecer conductas y lograr su crecimiento personal. Los límites se deben orientar al comportamiento del niño, no a la expresión de sus sentimientos. Se le puede exigir que no haga algo, pero no se le puede pedir, por ejemplo, que no sienta rabia o que no llore. Los márgenes deben fijarse sin humillar al niño para que no se sienta herido en su autoestima. Por eso, no se debe descalificar («eres un tonto», «eres malo»…), sino marcar el problema («eso que haces o eso que dices está mal»). Conviene dar razones, pero no excederse en la explicación. Los sermones no sirven de mucho. Los niños responden a los hechos, no a las palabras. Un gesto de firmeza y serenidad, acompañado de pocas palabras será más efectivo que un discurso. A los padres nos cuesta poner límites porque no nos sentimos suficientemente fuertes para enfrentarnos a nuestros hijos; porque demasiado a menudo somos complacientes con nuestros hijos e hijas para compensar el poco tiempo que les podemos dedicar; porque cuando nuestra autoestima no pasa por su mejor momento queremos ser aceptados por nuestros hijos; o, porque los adultos, el padre y la madre, nos desautorizamos mutuamente y seguimos líneas de actuación claramente contradictorias. Sin embargo, los efectos de no poner límites enseñan al niño que nunca tiene suficiente, que exige cada vez más y que tolera cada vez peor las negativas, un niño que crece con una escasa o nula tolerancia a la frustración. Fernando Bermejo. ¿Necesitas Ayuda? Entra en Tu psicólogo online y Tu psicólogo al teléfono. Estamos cerca de ti.